Una invitación para conocer la historia del Galeón de Manila, su cultura y su impacto en Filipinas y en América.

sábado, 24 de agosto de 2013

Un gobernador de Tlaxcala a Filipinas

En esta ocasión invito a los lectores a conocer un pasaje de la administración española al inicio del siglo XVIII, época de activo movimiento de administradores bajo el dominio Borbónico, que recorrieron Europa, América y Filipinas, casi siempre en un contexto de crisis y de fallida reforma. Este es el caso de un gobernador español que sobrevivió a un motín popular en Tlaxcala, México; participó luego en la Guerra de Sucesión en Europa, y en premio fue enviado a Manila, donde encontró dramática muerte. Personajes como el que nos ocupa, más que virtuosos, son ejemplo de una maquinaria imperial en crisis que mostraba sus fallas estructurales y dificultades políticas a lo ancho del planeta.

El historiador español Florentino Rodao ofrece el siguiente contexto histórico: ¨Para España, la Guerra de Sucesión y la subida de los Borbones al trono hispano supuso una revitalización de la presencia ibérica en Manila, que se puede percibir desde la llegada del primer gobernador producto del nuevo régimen: Fernando Manuel de Bustamante y Bustillo (1717-1719). Los Borbones portaron una nueva mentalidad dentro del Imperio Español que intentaría aprovechar sus posibilidades comerciales; en el caso de las Filipinas se puede percibir con la fundación de la Real Compañía de las Filipinas y con la apertura del puerto de Manila, ambas en 1785".

Es difícil trazar un corte exacto en cualquier proceso histórico, aunque en este caso se advierte la presencia de una nueva mentalidad administrativa de la metrópoli. Más comercio y menos colonización, parecía el lema de la época, sin embargo, las inercias generadas por el control anterior, basado en prebendas hacia los colonizadores y el intento de ocupar físicamente los territorios, parecían prevalecer en todo el sistema imperial. La breve estancia de Bustamante en los diversos puestos ofrece la oportunidad de hacer una revisión de estas contradicciones. En un ensayo escrito por un historiador filipino contemporáneo, Ferdinand C. Llanes, se discute en detalle sobre el significado para Filipinas de la transición en la administración desde la llegada de los Borbones al poder y coloca nuevas interrogantes en la interpretación histórica de este pasaje.




Tlaxcala-Manila-Ayuthaya-Manila

Don Fernando Manuel Bustamante Bustillo y Rueda nació en el valle de Toranzo, Santander, en 1663. Era señor y pariente de las casas solariegas e infanzonas de Bustillo de la Herrán, por lo que gustaba firmar cambiando sus dos primeros apellidos, de ahí que se genere confusión en las fuentes históricas. No hablaremos aquí de su infancia, pero podemos decir que a los 27 años se le encuentra ya en un cargo de importancia en América.

Llegó a México el 10 de octubre de 1690 como Gentilhombre del Virrey Conde de Galve, "que lo nombró Alcalde Mayor de Tlaxcala, dándole al mismo tiempo el grado de Teniente de Capitán General, que antes se concedía a todos los alcaldes de aquella provincia".  Llegó en un momento de turbulencia en el gran reino americano y le tocó vivir la insurrección popular contra las medidas dictadas por el Virrey para controlar el abasto de grano en la ciudad, el famoso Gran Tumulto del 8 de junio de 1692, del que ya hemos hablado en otra ocasión.

Apenas unos días más tarde, el 14 de junio de 1692, y también por la furia popular causada por la carestía de maíz, la pacífica Tlaxcala también se levantó en tropel contra el palacio de gobierno. La respuesta de Bustillo Bustamante fue tratar de dominar con su reducida guardia a la muchedumbre, compuesta esencialmente de población indígena, pero sus asistentes lo disuadieron ante la evidencia de que tenían poca capacidad para resistir a una gran multitud. La historiadora Concepción Pajarón Parody, en un estudio clásico escrito hace medio siglo, cuenta de esta manera aquel momento, basada en las crónicas del Ayuntamiento de Tlaxcala:

"Ordenó a su teniente general, don Amador de Mirafuertes, que guardara las bocacalles de la plaza. Al mismo tiempo manda al Cabildo de la ciudad y a la nobleza de los naturales que traten de apaciguar los ánimos, valiéndose de cuanto medios fuese necesarios. (...) El Ayuntamiento de Tlaxcala escribe al Rey en 13 de julio de aquel mismo año para informarle sobre el suceso y dice que a eso de las tres de la tarde algunos naturales, privados de sus sentidos, prendieron fuego al Palacio, que han habitado en todos los tiempos los gobernadores que han sido de esta provincia y al presente habitaba don Fernando Manuel de Bustamante, como gobernador actual y teniente de Capitán General"
"De nada le valieron los esfuerzos realizados para contenerlos. A una señal que uno de ellos hizo, embistieron con tanta furia y arrojo que atropellaron a los españoles que guarnecían el Palacio y le pegaron fuego durando la lucha unas tres horas. El Alcalde Mayor, entretanto, sólo tenía para defenderse veinte arcabuceros, que actuaron con valentía. Pero como los indios eran tantos, y el fuego crecía velozmente los más abandonaron el palacio para salvarse. Quedó Bustamante con sólo seis hombres, defendiéndose con valentía hasta que viéndose acosados por los indios, y por el fuego, sin más recursos que el del cielo y su valor, resolvió salir por una puerta falsa y acompañado de los seis hombres que le quedaban llegó a la Plaza a pie, armado de rodela y alfanje. El teniente general, con doce hombres, acudió a socorrerlos, logrando con tan poca gente que los indios se retiraran y abandonaran la ciudad"
"Hecha la calma, el primer cuidado de Bustamante fue salvar el Palacio que estaba ardiendo. Sólo se quemó la antesala, otra pieza inmediata al cuarto del Alcalde y el Archivo (...) De la refriega salió Bustamante lastimado en una pierna. Perdió sólo tres de sus hombres mientras los indios tuvieron más de doscientos muertos".
"El desvelo que sentía por sus vasallos se hizo patente en los días que siguieron al motín. Animó a los vecinos asustados por la superioridad numérica del enemigo y los organizó en milicias para contener a los indios que amenazaban con bajar de nuevo a pegar fuego a todas las casas de los españoles" (...) Esta enérgica actitud desanimó a los sublevados y cuando los esperábamos  que volviesen crueles a la venganza vinieron humildes y rendidos a dar obediencia y disculparse unos con otros, ciento veintisiete pueblos que tiene la provincia"
Desde la Ciudad de Veracruz se enviaron fuerzas militares para controlar a la provincia y Bustamante fue llamado a la Ciudad de México para dar cuenta de sus acciones. En un memorial dirigido al Rey intentó explicar que el motín fue causado por los indígenas y propuso que se les aleccionara con la destrucción de dos pueblos, San Bernardo y Santa Cruz, donde habían saqueado los graneros. Afortunadamente no se tomó tan drástica medida. Fue exculpado y repuesto en su cargo donde se mantuvo hasta el fin de su mandato. Cabe señalar que algunos cronistas sospechan que el maíz y trigo tomado por la población pertenecía precisamente al Gobernador.

Regresó a Europa, donde tuvo un papel destacado en la Guerra de Sucesión, lo que le redituó ser nombrado como Gobernador en Filipinas en 1717. Entre tanto obtuvo reconocimientos como miembro de las órdenes religioso-militares, incluyendo la de Santiago. Fue partidario en todo momento de la casa de los Borbones y se tiene noticia de que estuvo en Cadiz "defendiendo la Bahía del ataque de ingleses y holandeses y tomó parte en otras campañas por tierras andaluzas".

Volveremos a ver a este personaje en la lejana Manila (alejada de la península y la corte por supuesto), pero no como un castigo, sino como un reto en su carrera.  Zarpó de Acapulco en el galeón Santo Cristo de Burgos y en los primeros días de julio de 1717 llegó al puerto de Bacón, donde tuvo que dejar a su mujer gravemente enferma pues en la travesía había dado a luz a dos mellizos. Concepción Pajarón comenta: "Difícil debía ser la situación del Archipiélago, pues Bustamante no duda en abandonar a su mujer en aquel estado, marchando por tierra para hacerse cargo del gobierno lo más pronto posible". Pocos días después  ella moriría.

El final de su recorrido

Al inicio del siglo XVIII, la vida en Filipinas había llegado a un estado de conflicto dominado por los diversos sectores que se aprovechaban del comercio del galeón, así como de la explotación de la población indígena. Comerciantes, burócratas llegados desde España y México, religiosos y aventureros medraban con esta situación. Un primer intento de colocar orden en el caos fue el nombramiento de Fernando Manuel de Bustillo Bustamante y Rueda, un representante de las ideas reformadoras en España que enfrentó una serie de problemas "con mejor voluntad que fortuna", como apunta Concepción Pajarón.

En el contexto concreto de los acontecimientos de Filipinas, Bustillo Bustamante heredaba una tremenda serie de conflictos en el que las órdenes religiosas se habían enfrentado con los administradores anteriores y entre ellas mismas. Estancamiento económico, corrupción y una plaga de langostas que había destruido la cosecha de arroz por esos años. Este estado de conflicto se percibía en otras latitudes, como lo pudo atestiguar el propio funcionario durante su etapa en México.

Una de sus primeras acciones fue tratar de recaudar ingresos que no habían sido pagados a las Cajas Reales. Para exigir el pago de impuestos a los funcionarios retuvo el situado, o subvención real en plata que traía consigo en el galeón, lo que generó la primera gran fricción con la clase política de las islas. También intentó resolver la caída del comercio con los países vecinos que abastecían el galeón, especialmente China y los reinos del sudeste de Asia. La presencia de holandeses e ingleses en la región había afectado gravemente al emporio manilense y el contrabando penetraba por todos los poros del comercio local.

En una entrada anterior habíamos hablado brevemente de los primeros intentos del gobierno colonial en Filipinas de acercarse a Siam, la actual Tailandia, para fortalecer el comercio y eventualmente construir galeones. El antecedente inmediato del que hablábamos es precisamente una embajada enviada en 1718 a cargo de su sobrino don Gregorio Alejandro de Bustamante y Bustillo, para fortalecer el comercio con Siam. En febrero de 1719 también autorizó una misión comercial a Tonquín, hoy Vietnam, probablemente en busca de sedas. Salieron también enviados a comerciar con Macao, Cantón y Madrás, así como a Batavia, bajo el dominio holandés.

En el caso de Siam, en papel obtuvo un excelente acuerdo con el Rey que gobernaba en la ciudad de Ayuthaya, con capitulaciones muy provechosas para la Corona española, como la autorización para la construcción  de barcos en suelo siamés, con la posibilidad de comprar y usar madera y hierro local a buenos precios. A excepción del salitre y el marfil, que eran estancos propiedad del Rey, se autorizó a los españoles a comprar libremente toda clase de productos para su venta en Manila o en la Nueva España.

"En compensación, explica Concepción Pajarón, los siameses gozarían de total exención de tributos en Manila. Los barcos y embarcaciones que llevaran salitre, hierro, plomo, arroz y otros artículos, tampoco pagarían derechos de entrada y salida y a los comerciantes se les permitiría llevar sus mercancías a Manila".

En suma, todas estas acciones comerciales, más el intento de hacer que los morosos pagaran sus impuestos fueron motivo de que muchos lo acusaran de utilizar el cargo para beneficio propio, como era usual en los funcionarios que llegaban por poco tiempo a tan lejanas tierras. Pero el asunto que descarriló su gobierno y acabó con su vida fue haber tocado los intereses de la iglesia.

Con el propósito de hacer valer una orden de arresto contra un contador que se había refugiado en la Catedral (ni más ni menos que en posesión de los archivos de gobierno) el Gobernador ordenó violar el principio de santuario que garantiza en recintos religiosos la protección de los perseguidos por la justicia civil. A pesar de que se solicitó la intervención del Arzobispo de Manila Francisco de la Cuesta, no se hizo entrega del contador, de tal modo que Bustamante y Bustillo envió a las fuerzas del orden y detuvo al propio Arzobispo. Ofendidos por la acción de fuerza, Franciscanos, Dominicos y Agustinos salieron de sus conventos y el 11 de octubre de 1719 se reunieron frente a la casa del Gobernador  La respuesta del experimentado militar fue lanzar la artillería contra la multitud, pero con tan malos resultados que el recinto fue ocupado por los manifestantes. No obtuvo respuesta de su propia guardia y blandiendo su sable, el Gobernador se enfrentó a los insurrectos que en poco tiempo dominaron la situación y le dieron muerte. Su hijo murió en el mismo hecho de sangre.





Su periodo de gobierno duró escasos 15 meses pero dejó una huella profunda en el imaginario popular filipino. A su muerte, cada acción realizada por el Gobernador fue utilizada por los perpetradores, especialmente por las órdenes religiosas, para acusarlo de abusos y mal gobierno. Otra versión es que su muerte se debió a una revuelta popular incitada por la escasez de arroz.

Paradojas de la historia, en México estuvo a punto de la muerte por el maíz y en Manila por el arroz.

El Arzobispo de Manila, Francisco de la Cuesta fue liberado de la prisión en donde estaba encerrado y asumió el cargo interino de Gobernador. Con todo, el Rey de España ordenó en julio de 1721 su destitución y fue enviado a Michoacán, México. Fue consagrado en el cargo como Obispo de Michoacán el 18 de abril de 1724, pero murió un mes más tarde, el 30 de mayo, a la edad de 63 años.


El legado económico de Bustamante y Bustillo tampoco fue de largo alcance. Apunta Florentino Rodao que "Las presiones de los mercaderes de Cadiz y de Sevilla limitaron el comercio del Galeón a aquellos productos que no se remitieran después, desde Nueva España, a la península y en enero de 1718 motivaron un decreto real prohibiendo a los galeones cargar seda de la China, elaborada o no. La falta de comercio con China, la imposibilidad del gobierno de pagar las tasas de Macao y Cantón y esa falta temporal de arroz -por la ya mencionada plaga de langostas y por los problemas de distribución- azuzaron la búsqueda de alternativas para que no decayese el comercio exterior".

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Ambeth Ocampo. Murder in 1719.  Inquirer, Manila, 15 octubre 2010.

Concepción Pajarón Parody, El Gobierno en Filipinas de Don Fernando Manuel de Bustamante y Bustillo (1717-1719), Escuela de Estudios Hispano-Americanos, Sevilla, 1964.

Florentino Rodao García. Españoles en Siam, 1540-1936: Una aportación al estudio de la presencia hispana en Asia. Biblioteca de Historia. Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1997.

Ferdinand C. Llanes. The trade mission to Siam in 1718 in the context of Filipinas-Siam relations and Southeast Asian history. Asian Studies, Volume 35, 1999.

jueves, 22 de agosto de 2013

Efemérides

Un lector de este diario de ruta escribe:

Por si te interesan para tu blog, te adjunto esta breve relación de efemérides que se conmemoran en 2013.


  • 500 años del descubrimiento del océano Pacífico por Vasco Nuñez de Balboa.
  • 400 años de la salida desde Japón hacia Nueva España y Europa de la Embajada de Hasekura Tsunenaga.
  • 300 años del Tratado de Utrech, por el que España conservó sus posesiones en América y Asia-Pacífico.
  • 200 años de la supresión del Galeón de Manila por las Cortes de Cádiz.


Agradezco a Paco Moreno este interesante listado de coincidencias, como las que suelen pasar en la historia. Comenta que en marzo pasado ofreció una conferencia sobre el Galeón de Manila y utilizó esta información para introducir el tema. Que nos avise sobre la próxima ocasión en que vuelva a hacer una presentación.

martes, 6 de agosto de 2013

Esclavos japoneses en México

El diario Yomiuri Shimbun publicó el pasado mes de mayo una interesante nota histórica sobre la presencia de esclavos japoneses en la Nueva España en el siglo XVII. A su vez, el diario El País rescata la nota del periódico nipón y la coloca en perspectiva. Lectura muy recomendable, que espero signifique algo más que el rescate de un hecho "curioso" y en cambio un mayor interés por conocer el proceso histórico que nos condujo a esta modernidad.



Los investigadores Lucio de Sousa, de la Universidad de Evora, y Mihoko Oka, de la Universidad de Tokio, descubrieron un documento en el Archivo General de la Nación, sección Inquisición, en México. Aunque la investigación pronto será publicada, adelantan que tres  personajes, Gaspar Fernandes, Miguel y Ventura, identificados sólo como Xapon, procedentes de la prefectura de Bungo, en el sur del archipiélago japonés, fueron vendidos en Nagasaki en 1585 a un comerciante portugués de nombre Perez por siete pesos, en un contrato de tres años. Gaspar tenía en aquel momento ocho años. 

Siete pesos el precio de un esclavo, comparado con el costo de una botella de aceite de oliva que en aquel entonces ascendía en España a ocho pesos.

El documento, como tantos otros que esperan en los archivos de México, Perú o España, se localizó en los expedientes de la Inquisición porque Pérez fue arrestado en Manila en 1596, acusado de judaísmo. El portugués y su familia cruzaron entonces el Océano Pacífico para llegar a la Nueva España, donde arribaron en diciembre de 1597, bajo la custodia del Santo Oficio. Los tres esclavos formaban parte de su menaje, once años después de que los había adquirido. Comparecieron en el juicio inquisitorial y aparentemente obtuvieron su libertad por haber colaborado con las autoridades.

En opinión de los investigadores, el documento ofrece una perspectiva novedosa pues establece que viajeros japoneses, forzados o voluntarios, había realizado el trayecto hacia América desde el siglo XVII, antes del período en que Japón cerró sus puertas al mundo en 1639. Muy interesante. ¿Qué sería de aquellos tres forzados y cómo se adaptarían a la vida en México? ¿Escaparía Perez, el dueño, de las garras de la Inquisición?

En otra ocasión hemos hablado sobre este tema con base en una importante fuente de información, el estudio de Virginia González Claverán acerca de un documento colonial sobre el comercio de asiáticos en la Nueva España. Pronto colocaré una nota sobre el papel de los portugueses en el comercio esclavo en el Sudeste de Asia. 

viernes, 26 de julio de 2013

El lado novohispano del Pacífico

La doctora Carmen Yuste informa sobre la realización de un interesante congreso internacional sobre la presencia novohispana en el Mar del Sur, como era conocido el inmenso Océano Pacífico. El Congreso es organizado por el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México, los días 14,15 y 16 de agosto. 



El adjetivo interesante es preciso, pero también puede calificarse como novedoso para una temática que no cesa de sorprendernos. 

Las ponencias que serán presentadas en seis mesas de trabajo a lo largo de tres jornadas cubren aspectos puntuales del descubrimiento del Mar del Sur, el desarrollo de la ruta hacia las Filipinas, la posibilidad de expansión hasta China, la articulación económica de la Nueva España y Filipinas. Novedoso también porque incorpora investigaciones sobre la arqueología submarina y meteorología histórica.

En la medida en que se realice más de este tipo de encuentros, con la intención de descubrir y no sólo conmemorar pasadas glorias, la investigación histórica tiene perspectiva de enfilar a nuevos mares.

Felicidades adelantadas a todos los que contribuyen a este esfuerzo.

domingo, 21 de julio de 2013

La Cruzat, víctima del poder

Durante el gobierno del Conde de Alburquerque, 1702-1710, título que ostentaba don Francisco de la Cueva Enríquez, entró de lleno la moda francesa de las pelucas y saraos en su corte. Se dejó atrás la austeridad de negro en el vestido y se iniciaron las tertulias con base en las nuevas modas de Europa. Un sonado caso de aquella época corresponde a la presencia de "una dama de singulares atractivos, además del encanto de la juventud" pues estaba precedida por su origen supuestamente filipino y por una dote de seiscientos mil pesos, heredados a la muerte de su padre, que para la época significaban una cantidad exhorbitante, según nos cuenta Tomás Oteiza Iriarte.

Doña Ignacia María Cruzat, ampliamente conocida en México como La China, por haber crecido en Manila, cuando su padre Fausto Cruzat y Góngora tenía el cargo de gobernador de Filipinas, tenía en su forma de vestir y sus modales el trato del Oriente. No debe ser confundida con la China poblana, de origen y destino distinto.

Su historia personal quedó inscrita como una tragedia de la clase dominante en el virreinato mexicano, pero creo que trasluce también un modo muy propio de arreglar asuntos de poder y de dinero, en el que los intereses de comerciantes enriquecidos por el comercio con Filipinas, la iglesia (principal cliente de productos suntuarios orientales como las porcelanas, la seda y el marfil, además de ser la fuente central de crédito de la época), los hacendados y los mineros. Al decir de don Gonzalo Aguirre Beltrán, este caso retrata una organización social que permite a los aventureros peninsulares buscar novia y dote en América y hacerse de riquezas acumuladas con base en la explotación indigena y negra (agregaría que también filipina).

Siendo joven y bella, era invitada a los salones de la aristocracia novohispana, pero también era reconocida a nivel popular por la ayuda que brindaba a los necesitados, hasta convertirse en defensora de los desvalidos y "paño de lágrimas" de los pobres del virreinato. Dejemos el relato a don Tomás Oteiza, quien explica:

"Dama tan principal y popular, tan estimada en las altas esferas sociales como queridísima de las clases desheredadas, necesariamente tenía que despertar, entre los jóvenes de la más alta prosapia, encendidas pasiones amorosas, y eso lo fue para su desgracia.

Las fiestas y reuniones de la sociedad novohispana en gran boato 

"Muchos fueron los pretendientes que aspiraban alcanzar su blanca mano, entre los cuales tres fueron los más significados por las influencias que gozaban; pero la Cruzat, con muy inteligente discreción, eludía los galanteos que tendían a comprometerla en matrimonio, procurando no manifestar preferencias por ninguno de los galanes que la asediaban, ni dar lugar a que su actitud fuera interpretada como coquetería, sino de completa seriedad en asunto tan delicado en aquella sociedad rígida y quisquillosa en las cosas del honor; pero la ansiedad e unos y otros, y el temor de que inclinara sus afectos por otros nobles que vivían fuera de la capital, hizo que los pretendientes fueran agudizando su afán de conquista enforma manifiesta, arrastrando tras de sí a sus familiares y amigos, haciendo, con esa labor, que se formaran tres grupos entre la clase social más distinguida conforme sus relaciones y simpatías; si en un principio no se mostraban hostiles, a medida que pasaban los días y las semanas fueron distanciándose más y más hasta que los campos de acción quedaron completamente definidos. 

"Uno de los grupos que simpatizaba con el conde de Santiago como pretendiente, estaba apoyado por el virrey; otro, que se inclinaba por don Domingo Ruíz Sánchez de Tagle, contaba con la valiosa ayuda del arzobispo; el tercero en discordia, el oidor Uribe, disfrutaba con abierto respaldo de la audiencia, por lo que los más distinguidos personajes intervenían en aquel singular combate cuyo objetivo era ganarse el corazón de una dama; pero ella, con la dignidad de una soberana que tenía a sus pies a los más poderosos del reino, con la flor de la sonrisa en sus labios, desarmaba a tan poderosos capitanes, declinando rendirse con fina cortesía, empleando en sus respuestas medidas frases, no dejando de agradecer el interés que ponían en su favor, y el honor que con ello le dispensaban, pero cuidando no demostrar alguna esperanza que diera pie a una interpretación favorable; y esta discretísima actitud hizo exaltar más la animosidad que reinaba en la sociedad.

Casa de los Condes de Santiago Calimaya, herederos de Legazpi, conquistador de Filipinas

"Este interés de los principales personajes del virreinato en favor de sus predilectos fue trascendiendo a más bajas esferas hasta llegar a la clase humilde, la que también tomó partido porque era muy conocida en aquel ambiente, trayendo como consecuencia que toda la ciudad fuera agrupándose, inclinando sus simpatías por cada uno de los pretendientes conforme a sus relaciones y conveniencias.

Las circunstancias de aquella sociedad giraban en torno a acontecimientos menores como el que nos ocupa y otros graves para la economía, como fue la captura y hundimiento del galeón Nuestra Señora de la Encarnación, por parte del pirata inglés Wood Rogers, durante el recorrido de Manila a Acapulco, el 22 de diciembre de 1709. Casi como sucede en la actualidad, los dramas de los poderosos llaman la atención a la población, la distraen de sus asuntos y encarnan la incertidumbre de una vida precaria para la mayoría.  El posible matrimonio de La Cruzat había absorbido la atención de la población de la Ciudad de México. 

"No se hablaba de otra cosa, sino de las posibilidades de triunfo de cada uno de los pretendientes tan bien respaldados en aquel torneo; todos eran comentarios de lo mismo en palacio que en la residencia arzobispal, en la audiencia, como en todos los barrios de la ciudad, excitados por la incógnita que suscitaba la habilidad con que La China evitaba inclinarse en favor de uno o de otro, pues en las circunstancias en que se hallaba, no quería al decidirse, herir la susceptibilidad de los personajes que apoyaban a los demás. No faltaban en aquel enjambre de comentarios, oficiosos que, sin tomar partido, recogían noticias en un lado para llevarlas, corregidas y aumentadas a otro gozando con ser portadores de informaciones de primera fuente, alborotando más los ánimos de por sí exaltados.

"Los tutores de la Cruzat, que observaban con mucho pesar que La China involuntariamente había suscitado tan honda división en la ciudad, decidieron ocultarla en una finca campestre propiedad de familiar cercano, más todavía, cuando no podían eludir las visitas que a todas horas llegaban a la casa unas enviadas por el virrey, en ocasiones en que no podía hacerlo personalmente; otras por representantes del arzobispado; aquellos que se sentían influyentes, de motu propio, la virreina que perdía oportunidad de evitar que otros llegaran cuando ella estaba, procuraba bajo cualquier pretexto llevarla a palacio, haciéndose acompañar por la novia de la ciudad en sus paseos; magistrados de la audiencia que también querían mantener a raya a sus contrarios, hacia la vida imposible en aquella casa, ya que no podían impedir que personas de tanta significación hiciera su entrada; por otra parte, sentíanse alarmados porque se hablaba ya de llevar a cabo el matrimonio por medio del tumulto si fuera preciso; y a fin de evitar este escándalo, una noche, cuando ya dormía la ciudad, sigilosamente la sacaron de la casa sin aparato alguno para que nadie se diera cuenta, hasta el punto donde la esperaba un coche que la llevaría al lugar donde había de permanecer hasta que volviera la tranquilidad, y pudiera manifestar libremente sus preferencias.  

"Entre tanto, el abogado Juan Díaz Corral presentó demanda contra don Domingo Ruíz Sánchez de Tagle por declinar palabra de compromiso matrimonial que había dado a otra dama principal; el arzobispo, al ser enterado de ello, excomulgó al abogado imposibilitándolo para ejercer abogacía; el virrey, al apreciar el grave giro que tomaban los acontecimientos en la sociedad de la cual formaba parte, estimó prudente guardar expectante silencio; pero no así la virreina, que atizaba el fuego apasionadamente en favor del predilecto del arzobispo, causando con ello disgusto  a su esposo, que en lo posible quería mantenerse alejado, para que su autoridad no se viera comprometida mezclándola en aquel asunto que había alborotado la ciudad entera.

"Enterado el arzobispo del lugar donde se encontraba la Cruzat, fue a sacarla de su refugio y la llevó al convento de San Lorenzo, donde la dejó al cuidado de las monjas, dando aviso inmediatamente a su favorito, e indicaciones de que se preparara para la boda.



El 14 de junio de 1703 La China Cruzat se casa con 
Domingo Ruíz de Tagle en la iglesia y convento de San Lorenzo

Puestos de acuerdo, preparóse el matrimonio al amparo de fuerza armada; pero sabedor del virrey del día y hora, mandó tropas a la iglesia con órdenes de impedirlo, mas las monjas, cerraron las puertas del templo y del convento, dando lugar con ello a que terminara la ceremonia. Indignado el virrey por este desacato a su autoridad, ordenó luego que pusieran presos a todos los que acompañaron a los contrayentes, multando fuertemente a las monjas, con veinte mil pesos, y destierro a Vereacruz al novio; con veinte mil pesos y destierro al puerto de Acapulco a su padre, y con diez mil pesos y cárcel en la ciudad de México al hermano del novio.

"La audiencia, que también se sentía burlada, anuló el matrimonio basándose en que había sido llevado con lujo de fuerza dentro de la iglesia; la virreina, ante la severa actitutd asumida por su esposo y por la audiencia, trató de intervenir, pidiéndole que cuando menos se diera por consumado el matrimonio, y que con las multas impuestas quedaran conmutadas las de destierro; pero el duque de Albuquerque rotundamente se negó a ello, manifestando que su papel era hacer cumplir los acuerdos de la audiencia, motivando sus secas respuestas y su inflexible actitud a una seria disputa entre ambos, llegando a extremos tales, que la virreina, toda llorosa, abandonó el palacio para recogerse a vivir en la casa de una amiga.

"Gustó a las clases populares la firmeza del virrey castigando severamente a personas tan encumbradas, caso insólito, porque siempre, validos de sus influencias, lograban escapar del catigo cuando lo hubieran merecido.

"La Cruzat, al ser aprendido su novio, quedó en el convento, y como consecuencia de las emociones sufridas, murió a los pocos días de un ataque al corazón (otra fuente señala que murió de tabardillo, enfermedad producida por el piojo blanco). Así terminó tan sonado suceso, con tan dramático fin para dama tan principal y querida por toda la ciudad de México, cuyos habitantes, al conocer la noticia de su muerte quedaron profundamente consternados, acudiendo a su entierro tal número de personas como no se había visto hasta entonces". Concluye así don Tomás Oteiza su relato.

Saque el lector sus propias conclusiones, yo me quedo con la que propone don Gonzalo Aguirre Beltrán: el 2 de mayo de 1826 el Congreso de la Unión declara abolidos los títulos de nobleza y sus adornos.
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Tomás Otezia Iriarte, Acapulco, La ciudad de los Navíos de Oriente y de las Sirenas Modernas. Edición del autor, México, 1965, pp 131-136.

Gonzalo Aguirre Beltrán, Las proezas del Marqués y de la Marquesa de Sierra Nevada. Revista digital de la Universidad Veracruzana, consultada el 17 de julio de 2013. Una excelente radiografía política de la época, donde "la organización social de la colonia de explotación llamada Nueva España está de tal manera dispuesta que el cuerpo legal, regente de dotes y herencias, parece deliberadamente confeccionado para favorecer la buena fortuna de aventureros metropolitanos quienes, mediante la institución del matrimonio, mantienen la vigencia de una cierta cantidad de estados señoriales cimentados en la esclavitud del negro africano y en el trabajo forzado del indio de repartimiento".

martes, 11 de junio de 2013

El legado del Samurai


El diario español El País publica un interesante artículo del jurista F. Alvaro Durántez Prados acerca de la embajada japonesa encabezada por el noble japonés Hasekura Tsunenaga con rumbo a la Corte Española y el Vaticano de 1613 y 1620. 



Una historia de samurais, misioneros, comerciantes que dejó honda huella en muchos lugares, incluyendo el Virreinato de la Nueva España. Vale mucho la pena su lectura.

lunes, 10 de junio de 2013

Migración oriental en Perú


El historiador Fernando Iwasaki Cauti lamentaba, a principios de los noventa del siglo pasado,  que los estudios historiográficos peruanos habían fragmentado la investigación sobre las diversas comunidades que llegaron al Perú en el siglo XVI. Existen estudios sobre la presencia de europeos y sobre los esclavos traídos de Africa, pero poco se sabe de otros colectivos étnicos. Pocas noticias, dispersas, hablan de la presencia de personas asiáticas en Perú a principios del siglo XVII.


En aquel entonces, el virreinato de El Perú se mantenía por orden imperial fuera de las rutas del Pacífico. Sin embargo, "la fluida circulación de mercaderes, burócratas, clérigos y pasajeros diversos" que menciona el autor tanto por vía del Pacífico (tocando tierra en la Nueva España) como por el Atlántico, muestran evidencias de la presencia asiática en aquel Virreinato americano desde el siglo XVI.

La mayoría de los asiáticos permaneció en México,  como se ha referido, pero algunos fueron remitidos al Perú, entre la servidumbre de magnates o de alguna otra forma de trabajo forzado o esclavo. El padrón de Lima de 1613, citado por Iwasaki, señala la presencia en la ciudad de 114 personas de tal origen: 38 era chinos o filipinos, 20 japoneses, y los restantes de la ¨India de Portugal¨, categoría que comprende a varios malayos y un camboyano. Agrega el autor que:
"Tan sólo 8 de los 114 asiáticos reconoció haber ingresado al Perú a través de México, a la vez que 17 de ellos admitieron expresamente ser esclavos. La mayoría de los empadronados trabajaba en un taller artesanal, mientras que las mujeres parecían confinadas a los servicios domésticos. Apenas 5 orientales dependía de mercaderes, 2 eran esclavos de sacerdotes y 4 eran propiedad de un mismo dueño. Poco es lo que aportan los datos en realidad, y quizás sea más útil conocer el número de años que algunos llevaban en Lima al momento de realizarse la encuesta: 6 personas habían llegado al Perú entre 1580 y 1590; 3 entre 1590 y 1600 y 8 entre 1600 y 1610". 


Ya hemos hablado de la presencia de chinos en la capital del Virreinato del Perú.  El dato aportado líneas arriba abre el apetito respecto a la actividad e influencia de extranjeros asiáticos en Lima. Un pequeño dato oculto en el Diario de Lima, escrito por el clérigo Juan Antonio Suardo (quien arranca su crónica el 15 de mayo de 1629) señala un tema asiático de la vida cotidiana de aquella época.  Se refiere a las fiestas de canonización de los mártires cristianos de Japón, celebradas en julio de 1629 y reiteradas en 1633. Estos mártires incluyeron a seis religiosos franciscanos y tres jesuitas, a más de una veintena de ¨japoneses familiares que les ayudaron¨. El cronista indica que "los padres de San Francisco hicieron grandiosas y costosas fiestas para celebrar la canonización de algunos santos de la religión, que padecieron en el Japón, por nuestra fe católica, que dicen se gastó como 10,000 pesos".

Las celebraciones consistieron en oficios, procesiones, salvas, cánticos e invenciones de fuegos, engalanamiento de las dos iglesias mayores de San Francisco y San Pedro y de las casas (de las congregaciones) del trayecto, y sermones en las iglesias principales de Lima, durante una semana (del 6 al 14 de julio de 1629), según registra el cronista Suardo.

Seguiré buscando.
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Fernando Iwasaki Cauti, Extremo Oriente y Perú en el siglo XVI, Mapfre,  Madrid, 1992. p 235.


domingo, 26 de mayo de 2013

Se llamaba Guadalupe


La construcción de barcos en Siam, destinados a recorrer el vasto Océano Pacífico fue un proyecto de breve aliento borrado de la memoria contemporánea, pero que en su momento fue un ambiciosa iniciativa. En la entrada anterior, daba cuenta de la construcción del Galeón Guadalupe, mejor conocido como La Mexicana, por el nombre de la virgen patrona de ese país. El nombre no debería sorprender, toda vez que cada navío contaba siempre con nombres de santos para contar con protección divina. Seguramente el negociador de la empresa, José o Joseph Pasarín, quien se desempeñó en la administración española en Filipinas como Alcalde Mayor de Bulacán, habrá escogido el nombre de la virgen mexicana (1).

En palabras del historiador Florentino Rodao "tras el primer viaje a Manila, Pasarín informó que el Galeón había salido más caro de lo previsto por la Compañía, por lo que se había quedado empeñado con el Rey (de Siam) en 12,850 pesos de los 44,510 que había costado. La razón aparente fue haber tenido que invernar en Siam, pero también pudo ser la falta de mano de obra. Sin rentabilidad se suspendió el proyecto de la compañía y no se volvió a saber nada más" (2). 

Parece que en 1756 hubo nuevas propuestas de amistad al gobierno de las Islas FIlipinas, tanto por parte camboyana como siamesa, pero el Gobernador Pedro Manuel de Arandía (1754-1759) declinó la idea y ordenó únicamente se 'sobrellevase la correspondencia, sin empeñarse en el caso y obligarse para los eventos que podían ocurrir de refugio de nuestros comerciantes en sus costas y no otro fin'.

En el contexto regional, explica Rodao, a partir de aquel momento volvieron a dominar los conflictos internos tanto en Filipinas como en los reinos de la península. Mientras que Manila fue ocupada por tropas inglesas entre los años 1762 y 1764, Siam sufrió un recrudecimiento del conflicto con Birmania, que culminó con el ataque y conquista de Ayuthya por los birmanos en 1767. La toma de la capital siamesa supuso para Siam el punto final de la dinastía Ayutthaya y el desmembramiento temporal de la maquinaria estatal, con una época de hambre y depravación como resultado del 'estado de lucha constante y de desorden'. 

Cabe recordar que aquel momento fue el origen de cambios que condujeron a la instauración del actual reino de Tailandia, Chakri, fundado en 1782.

A fines del siglo XVIII, concluye Rodao, Siam ya se había impuesto como el estado más poderoso en el Asia Sudoriental, con un extenso territorio bajo su control y compitiendo con Vietnam por el dominio de Camboya. Las buenas relaciones con el Imperio Chino ayudaron a mejorar los recursos para el país y a que Siam ofreciera un trato especial a estos súbditos de los que tan necesitado estaba este país, escaso de población, para mejorar el comercio. Esta mayor dependencia de China y la destrucción de la antigua capital supuso asimismo el resquebrajamiento de los ya débiles lazos con las naciones europeas: tanto los históricos como los que representaban alguna forma de influencia cultural en Siam.

La aventura de Pasarín

La construcción de aquel barco La Mexicana debió ser un asunto popular, y sin duda de notable importancia pública, pues lo cuenta en su crónicas Juan de la Concepción, lo recoge en su libro clásico William Lyte Schurtz y quedó en un expediente oficial que rescata la historiadora mexicana María Fernanda de los Arcos. Sigamos este pasaje histórico en las palabras de José Pasarín, recogidas por Schurtz (3): 

José Pasarín ha dejado un curioso relato de su ceremoniosa acogida en la Corte. El Rey envió a sus nobles al puerto a preguntar qué deseaba, fue llevado al Palacio en procesión por el rio (Menam) en dos largas barcas de 78 remeros. En Palacio le llevaron a un gran patio, donde "con admiración y respeto" vio dos filas de elefantes al servicio del Rey, con sus caparazones y jaeces de oro y pedrerías. Le impresionó su "grande y rotunda corpulencia", "la silenciosa gravedad con que movían sus cuerpos enormes". 


Pasó el emisario entre una filas de soldados, fue introducido en un salón majestuoso adornado con espejos y tapices persas, ante los más distinguidos mandarines del imperio, en cuclillas y descalzos sobre las alfombras. El español estuvo admirado por su aspecto de "gravedad misteriosa y sabiduría" pero rehusó lo que consideró ridículo: entrar allí descalzo, sin espada, bastón ni sombrero y sentarse en el suelo. Como representante del "más augusto Monarca del Universo y súbdito de la más gloriosa nación de la Tierra" amenazó con regresar a Manila sin someterse a aquellos "insultos a su dignidad, que indirectamente lo eran a su Rey... Pero el Emperador se me excusó por la inoportunidad de tantas ceremonias y me permitió llevar sombrero, espada, bastón y calzado e hizo traer dos almohadones para que me sentara".

Resueltas las cuestiones del protocolo el orgulloso Pasarín, con solemnidad, saludó a los presentes en estilo europeo, se acomodó en los almohadones, dominando en altura a los demás e imitó como mejor pudo la "recogida y extática actitud" de los mandarines y su ensimismamiento del que le despertó el sonido de un gong cuando entró el jefe del Gobierno a sentarse en magnífico tronco. Los presentes se postraron "con bárbara cortesía", incluídas muchachas desnudas de la cintura para arriba, mientras otras movían bellos abanicos ante su rostro. Los mandarines no osaban mirar directamente ni al primer ministro ni a su séquito. Los nobles mostraron su disgusto por la falta de embarazo de este y por su tranquilidad ante el raro espectáculo. 

Cuando Pasarín saludó al Ministro en su más cortés estilo español, éste con una sonrisa, le invitó a acercarse con los almohadones, le preguntó acerca de los monarcas españoles, su salud, edades, descendencia y poco después se retiró con gran aparato. Unos días después Pasarín fue preguntado por escrito a qué edad se habían casado los Reyes de España, una pregunta que Pasarín sabía que se preguntaba en Siam. Tras estos espectaculares preliminares vino después la tediosa negociación para restablecer las relaciones comerciales.  Hasta aquí la picaresca aventura de Pasarín.

El (mal) negocio del galeón


María Fernanda García de los Arcos elabora un análisis histórico con base en el expediente que existe en el AGN de México. Señala la historiadora que "hacer que se construyeran  galeones fuera de las posesiones españolas no era una práctica habitual pero tampoco inusitada. Después de la conquista de Filipinas se había encontrado en estas islas la posibilidad de solucionar muchas de las dificultades que suponía la obtención de las naves, fuertes y de gran capacidad de carga, que se requerían para la navegación por el Pacífico. El archipiélago ofrecía buenas maderas y fibras para la jarciería así como una mano de obra experimentada en la construcción naval".

Sin embargo, en el curso de los años afloraron las dificultades para continuar con la producción de barcos en Filipinas:
  • El limitado financiamiento desde América, aunado al aumento de costos de producción local en el siglo XVIII (al mismo tiempo que los galeones aumentaban de tamaño), que llegaron a ser de casi cien mil pesos.
  • El trabajo forzado en los astilleros era fuente de inestabilidad social y era observado como un peligro para la colonia filipina.
  • "La falta de hierro y plomo, derivada del escaso desarrollo que la minería tenía por entonces. Ambos metales se hacían venir de China, Nueva España u otros lugares. También se recuperaban y se utilizaban una y otra vez en la medida de lo posible".
García de los Arcos resume que la fórmula para evitar cargar los gastos a la cuenta real fue la creación de la compañía por acciones. 30,000 pesos divididos en cien acciones de 300 pesos cada una. "Debería ser un buque grande, armado con sesenta cañones y con fuerte poder defensivo. Su capacidad de carga sería de unas dos mil quinientas a tres mil piezas.  Al tratarse de un barco de tipo europeo, para organizar y vigilar su construcción irían desde Filipinas a Siam un comisario, dos constructores, un maestro de herrería, dos calafateadores, dos barrenadores y un contramestre. Se proyectaba que, ya convertido en Galeón de Manila, zarpara para Acapulco en 1754. Para comandarlo se trasladó a Siam el capitán don José Pasarín, según se ha dicho tal vez mexicano".

No tengo claridad acerca de destino final del galeón, pero aparentemente la tormenta financiera, más que los temporales de la naturaleza, impidió que navegara hacia México. 

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(1) María Fernanda G. de los Arcos comenta acerca de José Pasarín: "según se ha dicho tal vez mexicano" Guadalupe mexicana a la deriva por el Mar de China. en Des Indes occidentales à l´Amerique latine, Coord. por Alain Mussete y Thomas Calvo. Centre d´études mexicaines et centraméricaines (Mexico). Fontenay/Saint Cloud, ENS 1997. p. 589

(2) Florentino Rodao García. Españoles en Siam (1540-1939). Una aportación al estudio de la presencia hispana en Asia.  Consejo Superior de Investigaciones Científicas, CSIC, Biblioteca de Historia. Madrid, 1997, pp. 74- 84

(3) W. L. Schurz, The Manila Galleon, Nueva York, Dutton & Co., 1939, p. 197-198. Juan de la Concepción. Historia General de Filipinas. Conquistas espirituales y temporales.

sábado, 25 de mayo de 2013

Un galeón en Siam

Para Rosaluz

Esta historia llegó a mí hace años, cuando vivía en Tailandia. En un viaje reciente a ese país volví a hablar de este pasaje histórico y aunque corresponde a una época, el siglo XVIII y el régimen Borbón ilustrado, que por lo regular no son parte de este blog creo que vale la pena darlo a conocer. A final de cuentas lo que quiero destacar es un vínculo de varios siglos entre México y el Sudeste de Asia.

De 1750 a 1754, bajo el gobierno en Filipinas de Francisco José de Ovando, Marqués de Brindisi, se realizaron esfuerzos por establecer relaciones diplomáticas y comerciales con los países vecinos del sudeste de Asia. El contexto geopolítico de la región en esa época se distinguía sobre todo por la presencia de los holandeses que dominaban el comercio desde Batavia, cerca de lo que es hoy Jakarta, en Indonesia. La Compañía Holandesa de Indias Orientales dominaba tanto el comercio de especias como el tránsito marítimo, en feroz confrontación con cualquier presencia europea en la zona. El poder español enfrentaba crecientes dificultades para mantener un comercio fluído y estable entre Filipinas y los estados de la peninsula que después sería llamada Indochina por los franceses.

Esa región vivía también una etapa de inestabilidad marcada por guerras ente los reinos de Siam, Camboya, Birmania, Champa y Vietnam. A lo largo de aquel siglo muchas de las iniciativas españolas desarrolladas para "salir de Manila" como se acostumbraba decir toparon con el desconocimiento de la realidad local de los pueblos vecinos e incluso con desastres naturales que terminaron por diluir el deseo de un comercio directo de seda, marfiles y piedras preciosas con la región.  El tema de la construcción de un galeón en el reino de Siam, aún cuando fue un fracaso, alienta la imaginación y permite reconstruir una etapa llena de aventura y atrevimiento.

Casi dos siglos antes, en 1609, don Antonio de Morga mencionaba que de aquella región  "vienen raras veces algunos navíos a Manila, que traen menjuy, pimienta, marfil y mantas de algodón, rubíes y zafíros mal labrados y engarzados, algunos esclavos, cuernos de badas (rinocerontes), pellejos, uñas y muelas deste animal y otras bujerías; y en retorno, llevan las que hay en Manila; su venida y vuelta es entre Brisas y Vendavales, por los meses de Abril, Mayo y Junio." (1). De tal forma que el interés por comerciar con la región seguía siendo atractivo para los comerciantes de Manila.

Por otra parte, la construcción de barcos había sido desde un inicio un eslabón debil de la cadena de comercio en el Pacífico, tomando en cuenta las vicisitudes del largo recorrido por el océano más grande del mundo, lo que acortaba la vida hasta de las mejores naves. Por ello se buscó la posibilidad de construir barcos en otros lugares, considerando costos más bajo de producción y menos problemas con la mano de obra. Entre los primeros intentos por entablar relaciones comerciales entre Manila y la región destacan: la construcción del barco Nuestra Señora del Rosario en astilleros camboyanos en 1654, que encalló en Filipinas con la pérdida de la tripulación y la carga. Posteriormente, en 1718 se forjó un acuerdo entre una embajada que envió el gobernador Fernando de Bustillo Bustamante a Siam, sin que se lograran en lo inmediato avances sustanciales.



Ayuthaya, capital de Reino de Siam



Acercamiento español con el reino de  Siam

El historiador Florentino Rodao realizó una investigación doctoral sobre las relaciones de España con Siam y Tailandia y relata los intentos realizados desde el inicio del siglo XVIII de establecer comercio entre Filipinas y Siam, aunque con pocos avances prácticos, como lo hemos mencionado arriba. 

En el año 1751 llegó a Manila un barco procedente de Siam, el San Vicente Ferrer, al cual se le concedió exención de los derechos de aduana por decisión del Gobernador, a pesar de una queja del Real Consejo referente a la obligación de cobrársele el almojarifazgo. Entre los pasajeros viajaba el jesuita Juan Jesús Regi y Aroche como embajador del rey siamés Borommakot (1733-1758), dispuesto a promover en Manila la formación de una compañía para un ambicioso proyecto de construcción de barcos. Acercó pues la miel a los osos.

La iniciativa era recaudar la friolera de 30,000 pesos, con el propósito de construir un astillero en Siam que, después, compraría el monarca asiático y cuyos beneficios, una vez pagado el importe del barco, se repartirían entre los ciudadanos de Manila que hubieran contribuido. El dinero fue reunido para constituir la Compañía de Nuestra Señora de Buen Fin y el jesuita pudo volver a Siam en 1752 junto con un enviado del gobernador de nombre José (o Joseph) Pasarín, con el propósito de entrevistarse con el monarca siamés.

Ya en Siam, lo españoles recibieron un terreno que sería llamado 'Campo Real de Nuestra Señora del Buen Fin' (...) donde se levantaron los astilleros en los que se construyó un buque llamado Guadalupe o Guadalupe Mexicana, que fue botado el 21 de julio de 1753".

Rodao indica la existencia de un expediente sobre esta empresa en el Archivo General de la Nación, en México, Secc. Filipinas, Leg. 3, exp. 17, folios 297-313. En la siguiente entrada hablaremos de algunas vicisitudes de la empresa y del fin que tuvo el Galeón.

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(1) Antonio de Morga. Sucesos de las Islas Filipinas., p. 315

(2) Florentino Rodao García. Españoles en Siam (1540-1939). Una aportación al estudio de la presencia hispana en Asia.  Consejo Superior de Investigaciones Científicas, CSIC, Biblioteca de Historia. Madrid, 1997, pp. 74- 84.


miércoles, 1 de mayo de 2013

Enconchados ¿Influencia asiática?


El mes pasado, en una mañana de calor hirviente, entré a una pequeña iglesia franciscana en Savannakhet, Laos, una población fronteriza con Tailandia al margen del rio Mekong. La iglesia es uno de los puntos de interés enmarcada por una plaza con portales y casas de dos pisos con ventanas de madera. A la entrada de la iglesia llamó mi atención una imagen de la virgen en laca con incrustados de concha nácar. Desconozco la edad de la obra, pero puedo suponer que es de una factura contemporánea, como los alhajeros que se comercian en esta región. Lo que me hizo recordar esta bella imagen es la controversia que existe sobre la influencia de las lacas orientales en la artesanía mexicana y en general en América Latina. 







Siglos de intercambio cultural a través del Pacífico pueden conducirnos a la confusión de quién dio origen a ciertas técnicas y motivos o cómo fueron adoptados en otras latitudes. El caso de los "enconchados"es uno de esos misteriosos elementos de la artesanía como expresión popular que tiene raíces profundas difíciles de determinar. 

En el mundo novohispano las pinturas con incrustaciones de concha nácar fueron muy apreciadas como manufactura de origen prehispánico y propias de América aunque con motivos cristianos europeos. La similitud con el arte de la laca en China y Japón hizo pensar en una influencia asiática directa en Nueva España. Después de casi un siglo de debate entre especialistas, la respuesta no es definitiva. La técnica requiere, por el peso de la concha, una tabla preparada para adherir las piezas previamente cortadas como una especie de vitral. Los especialistas han trabajado mucho en descubrir las diferencias en los tintes, las lacas y los pegamentos en Asia y en América.

La investigadora de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, Sonia I. Ocaña Ruiz, estima que en la actualidad se conocen cerca de 250 pinturas de este tipo, muchas de ellas en manos privadas y en colecciones fuera de México, principalmente España. En un interesante ensayo explica el inicio y desarrollo de la controversia sobre el origen de estas obras, las técnicas y los variados usos en marcos o en biombos.

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Sonia I. Ocaña Ruiz, Marcos "enconchados": autonomía y apropiación de formas japonesas en la pintura novohispana. Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, Num 92, 2008, UNAM, México.

miércoles, 10 de abril de 2013

Intercambio biológico


Para Itziri.

Del ámbito de la botánica llegan aportaciones importantes para la comprensión de los contactos entre Asia y América a partir del siglo XVI como resultado del intercambio humano y comercial propiciado por la Nao de China. La bióloga Reyna Maria Pacheco Olvera publicó en 2010 un artículo que resume parte de su tesis de maestría (1), en la que señala las diversas formas en que el intercambio de plantas en el Pacífico se dio en ambos sentidos, en un amplio rango de usos, tanto para la alimentación, como para textiles y medicinas.  Conforme a su interesante y extenso estudio, alrededor de 230 especies de plantas útiles fueron intercambiadas con diversos fines. La investigadora mantiene una página de internet junto con otros analistas del tema.

A diferencia de los análisis convencionales, la bióloga Pacheco señala de qué manera el Galeón de Manila no se limitó al comercio de seda y plata, sino que desde un principio se incorporó el intercambio de plantas y sus productos a la vida cotidiana de los pueblos tanto en América como en Europa y Asia. La Nao de China modificó las necesidades básicas desde el siglo XVI, en la alimentación, la forma de combatir las enfermedades, las fibras para el vestido y el material de construcción de las viviendas.

En una primera instancia, como ya ha sido ampliamente documentado por Alfred W. Crosby (2), la colonización de América significó un vuelco en la vida de muchos pueblos a ambos lados del Atlántico. El proceso de adaptación de los europeos al terreno americano generó, por medio de la experimentación, un uso renovado de los cultivos indígenas que en esencia es una adaptación cultural de dimensiones formidables, en el que se mezcla la papa, el cacao, el chile en los gustos europeos. Esa experiencia se fue afinando en los campos del nuevo continente, pero también en las embarcaciones que iniciaron su trayecto hacia el poniente a través del Océano Pacífico. La forma en que describe este proceso permite pensar de qué manera los viajeros de aquellos siglos cumplían al mismo tiempo la tarea de guerreros, administradores, misioneros y agricultores:

‟Se utilizaron métodos especiales para proteger las especies durante el trayecto y procurar que llegaran en buen estado para favorecer el cultivo exitoso: las especies carnosas con semillas se conservaban entre azúcar molida; las cebollas se propagaban por el bulbo, no por semillas; las raíces tuberosas, como la papa y el jengibre (Zingiber officinale L.), se conservaban en arena seca; los bejucos (Calamos spp.), que se plantaban por estacas, se transportaban envueltas en musgo y al llegar se remojaban antes de plantarse.
‟(...) el mercado de especies y productos trajo consigo un intercambio cultural que se reflejó en el conocimiento popular y la percepción de las plantas útiles e introducidas adoptadas durante los 250 años que persistió el comercio de la Nao de China, período en el que viajaron especímenes vivos, hojas y estructuras de plantas como raíces, frutos, flores y semillas de diversos usos.
‟Cada una de las especies útiles adoptadas pasó por un proceso de aceptación distinto en cada cultura. Ciertos vegetales fueron aceptados de inmediato, por ejemplo en México la caña de azúcar (Saccharum officinarium, L.), el café (Coffea arabica L.) y el plátano (Musa ssp.) fueron introducidos exitosamente y se destinaron espacios para su cultivo con la intención de exportar la producción. Las especies tintóreas, también llamadas colorantes, como el palo de campeche (Haematoxylum campechianum L.) y el añil (Indigofera spp.), asi como el insecto de origen mesoamericano denominado grana cochinilla (Dactylopius coccus) tuvieron gran aceptación y se explotaron comercialmente con éxito.
La industria farmacéutica también se vio favorecida con el comercio, ya que adquirió una importancia notable con la venta de medicamentos, principalmente con la finalidad de abastecer los almacenes y boticas de la Nueva España, España y Cavite (Filipinas). Se comerciaron plantas secas con virtudes medicinales, como la manzanilla (Chamomilla spp.) y otras preparadas en forma de aguas, aceites y ungüentos; también se enviaban semillas, raíces y frutas, como la pimienta malagueta (Pimienta dioica L.), la raíz de jalapa (Convolvulus jalapa L.), la quina de Perú (Cinchona officinales L.), el azafrán (Crocus sativus L.) y los dátiles (Phoenix dactylifera L.), e incluso se transportaron plantas vivas, como la violeta (Violeta officinale L.).
‟Los soldados y navegantes disfrutaron de un peculiar mestizaje culinario al enriquecer su alimentación durante los viajes con productos de diferente lugares del mundo. Consumían garbanzos (Cicer aurientium L.), frijoles, cebolla, arroz (Oryza sativa L.) y azúcar; posteriormente adoptaron el chocolate, producto derivado del cacao (Theobroma cacao L.) para beberlo durante el viaje.
En el Mole,  platillo mexicano por excelencia se combinan productos de Asia (arroz, ajo, cebolla, pimienta) América (chile, cacao, jitomate), por lo menos.


Propósitos comerciales.

La carrera por las especias tuvo desde un principio un carácter comercial, sin embargo las consecuencias culturales fueron mucho más profundas de lo que cualquiera hubiera podido imaginar en aquella época.
‟ En Europa las especias de Asia ganaron popularidad en los círculos sociales acomodados, por lo que se pretendían que uno de sus principales productores, las Filipinas, se convirtieran en las nuevas Islas de la especiería, pero la agricultura no se reveló prometedora en dicho sitio y no se explotaron las riquezas naturales con la intensidad que se hizo en América, salvo excepciones como la canela (Cinnamomum zeylanicum Blume) y nuez moscada (Mystica fragans Houtt.).
‟Existió cierta preferencia por algunas plantas y sus productos en el intercambio comercial, por ejemplo, algunas especies asiáticas como la cebolla (Allium cep L.), la amapola (Papaver somniferum L.), la almendra (Terminalia catappa L.), y el jengibre; plantas americanas como los frijoles (Phaseolus vulgaris L.) y el chile (Capsicum annum L.); y las plantas de otras regiones como ajo (Allium sativum L.), manzanilla (Chamomilla spp.), haba (Vica faba L.) y sandía (Citrullus lanatus Thumb.).
‟Las plantas que se intercambiaron por lo general se encontraban en proceso de domesticación (...) Por esta razón, su suceptibilidad ante las condiciones geográficas y biológicas en un nuevo sistema ecológico era variable. Algunas de ellas se enfrentaron a la competencia con especies nativas que dificultaban el desarrollo de su cultivo, pero en otras ocasiones el escenario era contrario, puesto que las especies introducidas amenazaban la supervivencia de las especies nativas. Por esta razón, la selección artificial fue una valiosa herramienta para manejar el impacto de éstas en nuevos ecosistemas; en algunos casos se logró disminuir la competencia de algunas especies introducidas con las nativas y en otros fue inevitable el efecto, como ocurrió con el cultivo de trigo introducido por los españoles en la Nueva España que desplazó a muchas plantas nativas eliminándolas de su entorno.
‟El éxito en la introducción de las plantas en proceso de adopción estaba sujeto a las condiciones sociales y biogeográficas de cada región. La tolerancia a la presencia de plantas introducidas fue determinante para el exitoso cultivo de éstas en los diferentes continentes. Algunas de ellas eran más rentables si se cultivaban en el sitio original y así se garantizaba que el comercio continuara en tierra nuevas.
‟La creciente demanda de productos europeos, americanos y asiáticos permitió la creación de instituciones comerciales que se encargaron de la producción de especies de diferentes regiones, del procesamiento y venta de productos derivados de éstas, y con ello se abrió paso al proceso comercial e incrementar las ganancias económicas de los países implicados en el intercambio. Por ejemplo, la explotación y exportación de productos de otras especies, como arroz, azúcar y cáñamo (Cannabis sativa L.) permitió que se elevara la autonomía de las Islas Filipinas al dar origen a industrias muy productivas.
En las postrimerías de la presencia española en Filipinas, ya bajo la idea de la administración colonial ilustrada, se fortaleció la política de cultivos intensivos para la exportación.
‟La introducción y posterior cultivo exitoso del tabaco (Nicotina tabacum L.) en Filipinas propició la conformación de la Real Compañia de Filipinas, una de las instituciones que manejaba el capital económico de las islas. El desarrollo de la industria tabacalera tuvo tal éxito que por un tiempo se terminó la dependencia de los subsidios de México y se convirtieron en productores y exportadores a los países asiáticos. También en las Islas se intensificó el cultivo de plantas a gran escala, como caña de azúcar, cacao, canela, así como la producción de gusanos de seda, y la explotación de las riquezas minerales del país.
‟En 1784 se fomentó la producción agrícola, sobre todo la especiería, y se exportaban petates, esteras finas, sombreros de palma, algodón, varias clases de madera, nuez moscada, pimienta (Piper nigrum L.), arroz y azúcar. en 1785 se estableció La Real Compañía de Filipinas conformada para regular el movimiento comercial directo con España, de la que obtenían plata, grana, añil y con quien intercambiaban frutos. Numerosas especies extranjeras fueron aceptadas y en la actualidad siguen siendo utilizadas en una gran parte del mundo, como el chile (Capsicum spp.), el cual fue cultivado y se obtuvieron diversas variedades que en tiempos modernos son muy apreciadas en la gastronomía de Asia y la India.
Hasta aquí la extensa transcripción de un texto de mucho interés, disponible en internet para quien desee leerlo completo.

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(1) Reyna Maria Pacheco Olvera, El intercambio de plantas en la Nao de China y su impacto en México, en Caminos y mercados de México, pp. 593-607.  Coord. Janet Long y Amalia Attolini Lecón, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Histórica/ Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2010 (serie Historia General, 23).

(2)Alfred W. Crosby. El Intercambio Transoceánico. Consecuencias biológicas y culturales a partir de 1492. UNAM, México 1991.

jueves, 4 de abril de 2013

Gerónimo de Gálvez


(continuación)

Cuando llegaron a Manila ya estaba el Santa Rosa de Lima descargando. El espía fue inmediatamente a buscar a Gálvez y le relató toda su historia y el éxito de sus pesquisas. Gálvez le recomendó que siguiera fingiendo con don Sebastián, sin decirle sobre todo que él estaba allí. Para no correr el peligro de topar con su adversario en las calles y madurar bien su plan de venganza, no bajó un solo día a tierra y nombró gente que vigilara a su enemigo y al espía que lo había encontrado. 

   Acabado de descargar el galeón se acostumbraba llevarlo a los astilleros de Cavite para repararlo de todo a todo y limpiarle el casco. Gálvez pidió y obtuvo permiso para inspeccionar personalmente estos trabajos, así que zarpó con el galeón para Cavite, comisionando antes al espía para que en un día fijo, al caer la tarde, llevara allá a su enemigo con cualquier engaño. 

   El espía, ansioso de la recompensa ofrecida, no tardó en engañar al confiado don Sebastián para que fuera a Cavite, diciéndole que se podría arreglar un buen negocio de contrabando con uno de los oficiales que era amigo suyo y mandaba la guardia del Santa Rosa de Lima. Así, el día señalado, salió don Sebastián rumbo a Cavite, en una canoa con el espía que remaba. Ya de noche llegaron junto al galeón y subieron inmediatamente sobre cubierta. 


   En el barco no estaba más que Gálvez, pues se había dado maña para despachar a toda la guardia a pasar la noche en las tabernas y casas de juego de Cavite y los trabajadores ya se habían retirado. 

   Así, pues, no hizo don Sebastián más que poner los pies sobre cubierta cuando le salió al encuentro Gálvez, declarándole quién era. De la Plana comprendió la traición que le habían hecho y trató de fugarse, pero un certero puñetazo del piloto lo tendió sobre el puente. Entonces se llenó de miedo, pidió, rogó, ofreció, pero Gálvez estaba sordo a todo lo que no fuera su venganza. Levantando a don Sebastián hizo que el espía los amarrara, el uno al otro, de las manos izquierdas, de manera que don Sebastián no pudiera escapar, le dio una daga, tomó otra y lo invitó a pelear. 

   El miedo apenas si le permitía a de la Plana moverse; con la daga en la mano veía estúpidamente a Gálvez y musitaba palabras ininteligibles con las que pretendía pedir perdón. Gálvez, cegado ya por la cólera, le dio una puñalada ligera en el brazo, pero don Sebastián, presa de pánico, sólo acertó a cortar el lazo que lo unía con su enemigo y, tirando la daga, corrió a refugiarse en lo alto del mástil. Gálvez lo siguió con la daga ensangrentada entre los dientes, sin decir una palabra. Así pasaron de cordaje en cordaje, cada vez más cerca del perseguidor, cada instante más lleno de pánico el perseguido. 

   Por fin don Sebastián llegó al punto más alto del mástil, donde ya no podía huir ni avanzar. Hasta allí lo siguió Gálvez, la daga entre los dientes, los ojos fijos en su adversario, las manos crispadas sobre las cuerdas. Ya lo iba a alcanzar cuando un grito desgarró la noche silenciosa de Cavite. El espía, desde la cubierta, vio sobre el fondo claro del cielo cómo don Sebastián maromeaba en el aire, golpeaba en una antena y caía pesadamente sobre cubierta. 

   Con toda calma bajó Gálvez desde lo alto del mástil, la daga siempre en la boca. Cuando estuvo sobre el puente se acercó a su enemigo esperando encontrarlo muerto, lo volteó de cara al cielo y vio que aún vivía Por un momento pensó en rematarlo con la daga, pero cambió de ideas. Revisando al herido a la luz de una linterna que había acercado el espía, vio que tenía la columna vertebral rota y que estaba paralizado de la cintura para abajo. Gálvez guardó la daga y ordenó al espía que lo ayudara para transportar al herido a Manila. Tal vez por su mente cruzó la idea del perdón, pero fue más poderoso el recuerdo de la hermosa Solina y repitió la frase que había grabado sobre la tumba en Acapulco. 

   Ayudado por el espía bajó al inconsciente don Sebastián, lo acomodó en el bote mismo que había traído y, tomando los remos, llegó antes que amaneciera a Manila. Entre él y el espía arrastraron el cuerpo inanimado hasta un jacalón de la calle de la Rada, en el barrio de los criminales y allí lo dejaron en el suelo. Gálvez pagó espléndidamente los servicios de su espía y se quedó solo con su enemigo. 

   Cuando don Sebastián recobró el conocimiento vio a Gálvez frente a él; inmovilizado, lleno de terror, no se atrevía a hablar. Gálvez, al ver que había vuelto en sí, no le hizo daño alguno, se concretó a ponerle frente a los ojos un medallón en el que estaba una miniatura de la hermosa Solina y a sentarse frente a él, acechando su muerte. 

   El dolor que sufría don Sebastián era atroz y la sed llegó a atormentarlo en tal forma que, dominando su miedo, se atrevió a pedir un poco de agua, pero Gálvez, que sin moverse lo veía fijamente, no contestó una palabra. El mismo silencio le sirvió de respuesta cuando pidió un cirujano. Por fin, comprendiendo que todo era inútil y que su muerte era inevitable, pidió un confesor, pero Gálvez seguía inmóvil, sosteniendo la miniatura de la hermosa Solina frente a los ojos del moribundo. 

   Tres días duró esta escena terrible, durante tres días y tres noches Gálvez no se apartó un segundo de su enemigo y durante todo ese tiempo no habló una sola palabra, no hizo un solo movimiento más que mostrarle el retrato de Solina y acechar su muerte. Cuando ésta llegó, Gálvez se volvió a Cavite y los frailes de la Misericordia que encontraron el cadáver le dieron cristiana sepultura en un lugar oscuro. 

   Un mes después zarpó el Santa Rosa de Lima para Acapulco llevando como piloto a Gálvez. Éste era su último viaje y en Acapulco dejó para siempre la vida del mar y se le vio durante algún tiempo recorrer toda la Nueva España, vestido de penitente, visitando los santuarios, haciendo el bien, socorriendo pobres y regresando cada tres o cuatro meses a Acapulco a visitar la tumba de Solina. 

   Un amanecer los pescadores lo encontraron muerto sobre esa tumba con la miniatura en las manos y los buenos frailes de San Hipólito lo enterraron junto a la mujer que había amado

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Rafael Bernal. Material de lectura. El cuento contemporáneo 50, UNAM, Coordinación de Difusión Cultural, Dirección de Literatura, México, 2009. Selección y nota de Vicente Francisco Torres.,pp. 6-13. 

Gerónimo de Gálvez, Piloto del Rey


Por Rafael Bernal
El honor es patrimonio del alma.
Calderón de la Barca 
El Ateo de Zalamea


Por el año de gracia de 1687 llegó a la Villa Rica de la Vera Cruz un hombre de mar, piloto del Rey, llamado Gerónimo de Gálvez, acompañado de su mujer, la preciosa Solina. Pronto se supo por todo el puerto la historia de la joven y enamorada pareja. 

   En las tabernas de los muelles se rumoró que Gálvez había llegado a la Veracruz, después de haber sido piloto durante muchos años en el Mediterráneo; huyendo del Tribunal de la Santa Inquisición al que se había hecho sospechoso, lo mismo que su mujer. Los dos eran naturales del puerto de Cartagena y llevaban en las venas gran cantidad de sangre morisca y, según la Inquisición, no habían olvidado por completo las prácticas de su raza en materia religiosa. El padre de la bella Solina murió en el tormento cuando pretendían interrogarlo en Sevilla sobre su ortodoxia, y la madre, que también estaba presa, murió de pesar. Así las cosas, Gálvez, que tampoco era bien visto por la Inquisición, resolvió trasladarse con su mujer a América, refugio de todo perseguido en aquellos tiempos, y se estableció en Veracruz. 

   Desgraciadamente todos los barcos que partían de Veracruz y eran lo bastante importantes para ameritar un piloto de la categoría de Gálvez, iban para España, lugar prohibido para él. En cambio, en el Océano Pacífico escaseaban los pilotos que guiaran la llamada Nao de China o Galeón de Manila en su peligroso viaje. La línea de galeones del Pacífico necesitaba por lo menos de doce pilotos experimentados para su servicio, siendo diez y seis los que debía haber por decreto real, pero era casi imposible conseguirlos por lo largo y peligroso de la travesía y porque todos se enriquecían en uno o dos viajes y dejaban entonces el oficio para pasarse a España a gozar de sus pesos de oro sin los sobresaltos del mar. 


   El sueldo de los pilotos era sólo de setecientos pesos de oro al año, pero tenían permitido el llevar algo de mercancía en la nave y con eso y el contrabando, al que eran muy afectos, en dos viajes redondos quedaban ricos. Muy importante era el cargo de Piloto en los galeones de Manila, pues generalmente el capitán de la nao era algún señor principal que hacía el viaje y no entendía una palabra de cosas de mar, por lo cual el piloto resultaba ser el verdadero capitán en todo lo referente al manejo de la nao y así se explica que se les permitieran muchas irregularidades, especialmente el contrabando. 

Gálvez y Solina, buscando una vida más fácil, se trasladaron a Acapulco, y el año de 1689 quedó Gerónimo inscrito como Piloto en el galeón Santa Rosa de Lima, de larga y gloriosa historia en los anales de la línea. 

   Tres años vivieron felices el piloto y su mujer, aunque las separaciones eran largas pues sólo lograban estar juntos dos meses cada año, mientras se descargaba y cargaba el galeón en Acapulco. Cuando éste zarpaba Solina quedaba sola en su casa, sin salir para nada, si no era a pasear en las tardes por la playa, bajo el fuerte de San Diego. 

   En 1692 llegó a Acapulco, camino a Manila, un joven hidalgo, don Sebastián de la Plana, cortesano, calavera y arruinado, que buscaba en un breve exilio en Filipinas el rehacer su fortuna despilfarrada en Madrid. Ese año el galeón tardó en salir un mes más de lo acostumbrado y el cortesano don Sebastián se aburría mortalmente en Acapulco. Un día vio a Solina pasear por la playa, la vio más de lo debido y el diablo hizo que se le metiera dentro del alma la imagen de la bella morisca. Inmediatamente, haciendo alarde de galantería madrileña y cortesana, empezó a rondarla y a requerirla de amores, que fueron enérgicamente rechazados. Más de quince días anduvo de la Plana tratando de vencer la obstinación de la hermosa Solina, sin conseguir más que desaires y malas razones y se admiraba de que la mujer de un piloto cualquiera pudiera resistir tanto a un hombre acostumbrado a vencer mujeres de la corte con sólo una mirada. Por fin, no pudiendo vencerla por las buenas razones que le decía ni por los muchos regalos que ella siempre rechazó, pagó a dos espadachines de mala muerte para que la raptaran y la llevaran por fuerza a su posada. 

   Los espadachines esperaron a Solina en la tarde en la playa y se la llevaron. A la mañana siguiente regresó a su casa, el vestido destrozado, el cabello alborotado y el corazón deshecho, pues ella amaba desde el fondo del alma a Gerónimo de Gálvez. Pasó la mañana escribiéndole una carta, sin contar a nadie su terrible aventura luego se encerró en su alcoba y a los tres días murió, nadie supo si de tristeza o envenenada por su propia mano. Esa misma tarde zarpó el galeón para Filipinas llevándose a don Sebastián de la Plana. 


   Seis meses más tarde llegó el Santa Rosa de Lima a Acapulco. Desde cubierta Gerónimo de Gálvez buscaba con ansia a su mujer entre la multitud que llenaba la playa vitoreando a la nao. Siempre Solina era la primera en aparecer, corría a la playa apenas los cañones del fuerte de San Diego anunciaban que la nao estaba en la bocana y, desde allí, le hacía señas a su marido con un lienzo blanco. Al no verla, Gálvez se llenó de presentimientos, entregó a toda prisa los informes de rigor y saltó a tierra. Al llegar a su casa la encontró ocupada por otra gente, que le dio la noticia de la muerte de Solina. 

   Desesperado fue en busca del sepulcro y un buen fraile de San Hipólito se lo mostró dándole la carta que Solina le había dejado. Cuando la hubo leído, y supo por ella la villanía de don Sebastián de la Plana, su cólera fue terrible, vagó por las callejuelas del puerto, invocó la justicia divina y todo el mundo se enteró de su tragedia. 

   Antes de que saliera el galeón mandó hacer un monumento que puso sobre la sepultura de Solina. Como único epitafio estaba esta frase: “Me vengaré…” 

   Todo Acapulco supo la historia y no tardó en llegar a Manila entre las barras de plata y órdenes reales que llevaba el galeón compañero del Santa Rosa de Lima que zarpó antes. Así supo don Sebastián de la Plana la cólera de Gálvez y el epitafio de la tumba. No era un cobarde, pero el remordimiento de su mala acción y la cólera del piloto ultrajado lo llenaron de tal pavor, que resolvió cambiarse de nombre y dejarse crecer la barba No contento aún con esto, hizo que un cirujano le llenara de cicatrices la cara con la esperanza de que así Gálvez nunca lo identificara. 

   A pesar de todas estas precauciones, cuando se anunció en Manila que ya el Santa Rosa de Lima estaba en el canal y entraría dentro de unos días al puerto, de la Plana sintió tal pavor, que huyó. 

   Apenas desembarcado, Gálvez se dedicó a buscar al asesino de su mujer, pues así lo consideraba. Recorrió toda Manila y las villas cercanas sin encontrar rastro de él. Algunos le dijeron que don Sebastián había regresado a Acapulco, otros que estaban en las islas de la Especiería o Molucas, otros lo imaginaban en Macao, en China, en Japón o en cualquier ciudad europea del Extremo Oriente. 

   Ante tan contradictorios informes Gálvez decidió seguir navegando en el galeón por ver si encontraba a su enemigo en Acapulco ycomisionar espías para que lo buscaran entre todo el laberinto de islas y mares de la Malasia, hasta las costas chinas y el Japón, donde había un establecimiento holandés. 

   Seis años duró la búsqueda y en ellos Gálvez gastó todas sus ganancias, pero no desesperaba y en cada viaje recorría las Filipinas, ofreciendo dinero a quien le diera noticias de su enemigo y comisionando cada vez mayor número de espías. Pero todo parecía ser inútil: tan bien supo de la Plana ocultarse a su perseguidor. 

   Por fin, uno de los espías localizó a de la Plana en Macao, donde había sentado plaza en el ejército portugués. Cuando el espía se convenció de que ese era el hombre a quien buscaba se hizo amigo de él, le prestó dinero y lo ayudó en varias formas hasta granjearse su confianza y hacer que le contara su verdadero nombre y la razón de su fuga. Entonces el espía dijo que Gálvez ya había muerto y que el crimen estaba completamente olvidado, por lo que don Sebastián podía regresar a Manila sin ningún peligro. Le hizo ver cómo allá sería fácil enriquecerse en el comercio de la nao, pues nunca faltaban oportunidades para mandar un poco de mercancía de contrabando y doblar el capital en seis meses. Para animarlo más le hizo ver que había en Filipinas muchas viudas ricas y hermosas que deseaban casarse para volver a España con sus maridos y entregarles toda su fortuna. Tan bien supo hablar el espía y tanto supo decirle al desesperado don Sebastián, que resolvió emprender el regreso a Manila con la flota de juncos chinos que llevaban la seda y otras telas de China a Filipinas para embarcarla allí en el galeón. El espía resolvió acompañarlo para ponerlo en manos de Gálvez y cobrar su recompensa, y para disimular la razón de su viaje, le dijo que él conocía mucha gente rica con la que podían hacer negocios juntos. 

 (continúa...)