martes, 15 de septiembre de 2009

Un mercado oriental 6

Los Parianes México (1670-1843)
El Parián de la Ciudad de México fue siempre un edificio tosco, sin adornos, pero práctico, como una gran caja o chinería, con callejuelas internas en las que se acomodaban las tiendas, los cajones, de los representantes del comercio del Galeón. El comercio de China tenía ahí su feudo de seda, porcelana y perlas.

Situado en el corazón de la ciudad, era un mercado cuadrado que si nos situamos en el centro y giramos como las manecillas del reloj comienza frente a la casa del Cabildo, torna a la calle de San Francisco, le siguen los portales de plateros y concluímos frente a la Catedral. 

Desde el 13 de diciembre de 1527 el Rey Carlos Quinto ordenó por Real Provisión de Burgos devolver al Ayuntamiento seis solares en la Plaza Mayor, para que construyeran casas de consistorio, cárcel, carnicería y tiendas para propios de la ciudad; solares de los que lo había despojado Alonso de Estrada y otras personas, por lo que Su Majestad se los mandaba restituir breve y sumariamente.

Más de un siglo después el Parián, que ya se le conocía con este extraño nombre, se incendió el 16 de noviembre de 1658. Todo comenzó en un cajón de un chino barbero, o como decimos ahora, a la francesa, peluquero, vísperas de San Gregorio Taumaturgo. Todas las congregaciones de la ciudad salieron a rezar para apagar el incendio, pero el gran mercado quedó consumido por el voraz incendio que fue tan vivo, que haciendo una noche tenebrosa alumbraba toda la ciudad.

Don Carlos de Sigüenza y Góngora nos cuenta del Gran Tumulto que arrasó esta vez con la furia del saqueo a la Ciudad y al Parián el 8 de junio de 1692, como resultado del abuso en el cobro de impuestos y el acaparamiento de maíz por parte del gobierno virreinal. Acabaron en esa jornada con 280 cajones del mercado y daños para el Ayuntamiento por la friolera de 15,000 pesos.


El Virrey Gaspar Melchor Baltasar de la Cerda Silva Sandoval y Mendoza, Octavo Conde de Galve y Señor de Salcedón y Torola, se salvó de la turba enfurecida escapando al convento de San Francisco.
Una vez recobrado el aliento (que no su prestigio) y teniendo la ciudad bajo control, el Virrey regresó a su Palacio, que en el portón ostentaba un pasquín:

Este corral se alquila
para gallos de la tierra
y gallinas de Castilla.

El 17 de agosto de 1695 se inició la reconstrucción del Parián y en diciembre de 1669 se habían terminado dos aceras; la que da al Portal de Mercaderes y la que mira hacia la Catedral. En diciembre de 1699 se concluyeron las otras tres: la exterior e interior que caían hacia el Palacio, y la interior paralela al Portal de Mercaderes. Quedó oficialmente concluído el 19 de abril de 1703.

Luís González Obregón escribe que el Parián era recordado por las abuelas a fines del siglo Décimonono con suspiros, como centro del mejor comercio. En él se encontraban siempre todo lo que podía satisfacer sus capichos femeninos de riqueza de lujo y elegancia; lo recordaban también con delectación los jóvenes de entonces, quienes reclinados en el mostrador de las tiendas, galanteaban a las hemosuras de su tiempo, difamaban ajenas honras é intentaban arreglar el mundo al calor de la conversación ó de una disputa, que terminaba casi siempre a las oraciones de la noche.

Cuando los estertores del Galeón daban aviso del fin de tantos años de control imperial, el 15 de septiembre 1808 se produjo la revuelta de los regalistas en favor de Fernando VII, también apodados chaquetaspor su curioso uniforme. En aquella ocasión nuevamente el Parián y sus riquezas sufrieron el saqueo de la masa anónima e intempestiva. Uno de los que ahí perdieron parte de su fortuna fue el dueño de una de las tiendas, quien años después sería el patriota insurgente Don Ramón Rayón.

Cómo no indignarse, cuando el gobierno de Santa Ana anunció que el Parián iba a ser demolido, y así lo hizo en 1843.
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