Una invitación para conocer la historia del Galeón de Manila, su cultura y su impacto en Filipinas y en América.

Mostrando las entradas para la consulta virrey ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta virrey ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de junio de 2026

Perú y la Nueva España

A lo largo de la época colonial, el Imperio español estableció una red administrativa en la que varios funcionarios destacados gobernaron sucesivamente ambos territorios. Ocho virreyes pasaron de la Nueva España (México) al Perú, y uno gobernó primero en el virreinato del Sur de América y luego pasó a la Nueva España.

Este intercambio de administradores entre los dos principales virreinatos en América fue sedimento de una cultura administrativa y colonial compartida. Los virreyes viajaban con un séquito de allegados y sirvientes que transmitían un estilo personal de gobernar que quedó impregnado en las cortes virreinales. También se transmitió a las prácticas locales de la religión. Ambos virreinatos tuvieron sus santos, como San Martín de Porres, Santa Rosa de Lima o Felipe de Jesús, con seguidores en las dos partes del continente. La Virgen de Guadalupe se enseñoreó en todo el continente. 

Al final de estas notas se podrá ver que también las prácticas del esclavismo, el contrabando, la corrupción fueron compartidas por las élites coloniales en ambos virreinatos. El poder español se preocupó en varios momentos por el nivel de corrupción y por la posibilidad de que las élites criollas pensaran en una suerte de independencia basada en la producción de plata y el comercio con Asia. Por esta preocupación se prohibió en varios momentos el comercio directo entre Perú y México.







Virreyes de la Nueva España que pasaron al Perú:


  1. Antonio de Mendoza y Pacheco (1.º en Nueva España / 2.º en el Perú): Fue el primer virrey en México (1535-1550) y posteriormente fue trasladado al Perú, donde falleció poco después de asumir el cargo en 1551. 
  2. Martín Enríquez de Almansa (4.º en Nueva España / 6.º en el Perú): Gobernó México entre 1568 y 1580, y fue enviado como virrey del Perú en 1581.
  3. Luis de Velasco y Castilla (2.º y 8.º en Nueva España / 10.º en el Perú): Gobernó la Nueva España en dos periodos (1590-1595 y 1607-1611) y fue virrey del Perú entre 1596 y 1604. 
  4. Gaspar de Zúñiga y Acevedo (Conde de Monterrey) (9.º en Nueva España / 13.º en el Perú): Ocupó el cargo en México (1595-1603) y luego pasó al Perú, donde gobernó desde 1604 hasta su muerte en 1606.
  5. Juan de Mendoza y Luna (Marqués de Montesclaros) (12.º en Nueva España / 14.º en el Perú): Virrey de la Nueva España de 1603 a 1607, y del Perú de 1607 a 1615.
  6. Diego Fernández de Córdoba (Marqués de Guadalcázar) (14.º en Nueva España / 18.º en el Perú): Gobernó México entre 1612 y 1621, y el Perú de 1622 a 1629.
  7. García Sarmiento de Sotomayor (Conde de Salvatierra) (16.º en Nueva España / 19.º en el Perú): Virrey novohispano de 1642 a 1648 y virrey peruano de 1648 a 1655.
  8. Diego Osorio de Escobar y Llamas (26.º en Nueva España / Interino en el Perú): Obispo poblano que asumió el cargo en México de forma interina en 1664; fue enviado como virrey interino al Perú en 1689.
  9. Luis Enríquez de Guzmán (Conde de Alba de Liste) (20.º en Nueva España / 16.º en el Perú): Virrey en México de 1650 a 1653 y virrey del Perú de 1655 a 1661.
  10. Melchor Portocarrero Lasso de la Vega (Conde de Monclova) (27.º en Nueva España / 22.º en el Perú): Gobernó la Nueva España (1680-1686) y fue trasladado al Perú, donde gobernó por un periodo inusualmente largo entre 1689 y 1705. 

Virrey del Perú que pasó a la Nueva España:

  • Fernando de Alencastre Noroña y Silva (Duque de Linares): Asumió como virrey del Perú en 1705 y posteriormente fue nombrado virrey de la Nueva España de 1711 a 1716. 

(Lista de gobernantes basada en Wikipedia)


En este blog he abordado con cierto detalle los temas de la relación entre Perú y la Nueva España. 


Dos notas con antecedentes generales


https://lanaova.blogspot.com/2012/08/el-triangulo-del-sur.html


https://lanaova.blogspot.com/2019/10/valoracion-del-comercio.html


Los peruleros


Así se conocía a los comerciantes que llegaban a las costas de México, principalmente a Huatulco. Tres textos breves sobre estos agentes comerciales.


https://lanaova.blogspot.com/2012/06/los-peruleros.html


https://lanaova.blogspot.com/2012/07/peruleros.html


https://lanaova.blogspot.com/2012/08/peruleros-3.html


https://lanaova.blogspot.com/2012/11/mercadurias-chinas-en-peru.html


Intercambio biologico


No debería sorprender que en este constante trasiego de productos, algunas especies naturales del Sur llegaron a México. Es el caso del árbol del pirul (Schinus molle L), cuya introducción en México se atribuye al virrey Antonio de Mendoza. 


https://repositorio.ipicyt.edu.mx/handle/11627/2931


https://lanaova.blogspot.com/2013/04/intercambio-biologico.html


Trata de esclavos Perú. Migración oriental


https://lanaova.blogspot.com/2012/07/trata-de-esclavos-nicaragua-peru.html


https://lanaova.blogspot.com/2013/06/migracion-oriental-en-peru.html


https://lanaova.blogspot.com/2012/11/chinos-en-peru.html



El tema de la plata, Perú, México, China


https://lanaova.blogspot.com/2013/03/geologos-al-rescate.html


https://lanaova.blogspot.com/2013/03/geologos-2.html



Prohibición del comercio México, Perú, Filipinas.


https://lanaova.blogspot.com/search?q=virrey



Arte y cultura, Perú y México


https://lanaova.blogspot.com/2012/07/arte-y-cultura-mexico-y-peru.html


Corrupción de los virreyes



https://lanaova.blogspot.com/2012/11/gonzalo-ronquillo-gobernador-y.html


https://lanaova.blogspot.com/2013/01/los-negocios-del-marques-de-canete-1590.html


https://lanaova.blogspot.com/2013/02/la-ambicion-como-empresa.html



miércoles, 26 de agosto de 2020

Algo que nunca ocurrió

Dentro de los planes de la corona española para consolidar su poderío en Asia se encuentran algunos proyectos a finales del siglo XVI, que podrían parecer descabellados, como el plan para invadir China, asi como  la fallida expedición a Camboya o la propuesta de invasión a Siam

Esta vez comentaré otras dos propuestas en aquella época temprana. La primera, orientada a reorganizar, bajo un mismo virreinato, las colonias portuguesas y españolas en Asia. La segunda, una década más tarde, para intercambiar Filipinas por Brasil.
 
Un Virreinato del Sudeste de Asia
 
La propuesta para crear un Virreinato de las Indias Orientales del Sur provenía del Obispo de Malaca, João Ribeiro Gaio. El tema se trata en una carta escrita desde el puerto malayo el 11 de abril de 1595 al Rey Felipe II, quien tenía bajo su mando los dominios portugueses e hispánicos en Asia. Paralelamente,  el Obispo escribe una carta similar y en la misma fecha al Gobernador español en Filipinas, Luis Pérez Dasmariñas. La carta al Rey argumenta:
 
"Este principado de las Índias Orientales se gobierna por un virrey que reside en Goa." Se refiere al Virrey del Estado da India. "Es muy grande y comienza en Sofala, Mozambique, y toda las costa de Melinde y estrecho de Meca y Ormuz, y Diu, y Chaul, Goa, Cochín, Coromandel, Bengala, Pegu, hasta Malaca, con otras muchas tierras por la tierra firme adentro, incógnitas, y muchas islas grandísimas, como son las de San Lorenzo y la de Ceilán, y la de Sumatra y de Borney, y de Macasar y las de Java, que son muchas y grandes, y las de Solor y de Maluco, dividiéndo los portugueses este principado, según el modo común de hablar, en dos parte, a la una parte llamamos la parte del norte y la India, y a la otra parte del sur."

"La que llaman parte del norte comienza de Sofala hasta Pegu y Tanacamai (sic). Y la parte del sur comienza de Tanacamarin (sic) e islas de Nicobar hasta Japón y Maluco, islas Filipinas a la parte de la India solamente."'

"Puede el susodicho virrey acudir con sus armadas y aun a esta parte de la India acude con que se adeudar ya sea miserablemente, y a la parte del Sur no puede acudir. Y cuando acude, lo hace con un galeón. Y cuando llegados con cuatro fustas o fragatas, es una armada que casi no hacen otra, y muchas veces llega a Malaca y se torna luego, por donde estas partes del sur, que son las mejores de lo descubierto, y muy ricas de especies, oro, maticas (plantas) y hacienda de oro y plata, en donde se contiene la isla de Sumatra, muy rica de oro y pimienta, y otras muchas cosas, y la Sonda, que tiene comino, y todas las islas de la Java y de Solor, que son muy ricas, y Maluco y Banda, que tienen todas las especies (especias), y las islas de Japón, que tiene mucha plata, y la China, que tiene todas las haciendas (manufacturas) del mundo, de la Cochinchina y Siam y Champan (Champa, hoy parte sur de Vietnam) y la costa de Malaca, hasta Pueda y Tanaceamarin, todo muy rico y que tiene mucha hacienda y muchas otras y tierras incógnitas, y por las tierras firmes adentro, de estas costas de las partes del sur, todo esto se pierde, por mengua y falta de no haber conquistador y virrey que trate de ello."

Concluye Ribeiro Gaio con su propuesta:

"Y por lo cual me pareció servicio de nuestro Señor y de su Majestad hacer esta remembranza. A todas estas partes del sur conviene, a saber Malaca y las islas Filipinas, importa tener virrey, conquistador particular, porque la India no puede ser, por lo mucho que el virrey que asiste en Goa tiene que conservar en las parte del norte. Y como arriba queda dicho, no puede acudir a estar (sic) partes del sur. Y habiendo en ellas virrey y conquistador darle a nuestro Señor muchas victorias, que la gente de estas partes del sur no tiene muchas armas, y es gente poco ejercitada en la guerra." (Subrayado mío).

 
 

 
 Los territorios portugueses en el sur y sudeste de Asia, 
comunicados por la Carrera de Índias. 
Se observan también los territorios en América
(Mapa tomado de Boxer, The Portuguese Seaborne Empire 1415-1825
Lisboa: Galouste Gulbenkian, 1991) .

 
Al parecer, el Gobernador en Filipinas se vió tentado por la propuesta, que en su caso, recibía información específica sobre las condiciones en Siam, Camboya y Pegu. Todo con ánimos de ocupar esos reinos. Sin embargo, la propuesta no prosperó y muy poco después el hasta entonces indiscutido dominio hispano-portugués en Asia comenzó a confrontar la presencia holandesa e inglesa. Ver Alarma en Asia Portuguesa, 7 de junio de 2017.
 
Dos elementos destacables de la propuesta del Obispo Ribeiro Gaio son, primero, la ocupación de territorio continental y no estrictamente las islas del Sudeste de Asia. Era muy atractiva la posibilidad de poner bajo control ibérico al rico reino de Siam. El segundo elemento es que el Obispo de Malaca se plegaba al hecho de que Felipe II era el monarca coronado de Portugal y podía tomar determinaciones muy profundas. Esto a pesar de las promesas hechas durante su coronación en 1581 de mantener separadas las administraciones virreinales, tal como lo cumplió él y sus sucesores.

La propuesta de João Ribeiro Gaio no prosperó y, por el contrario, se reforzó la separación de los teritorios y administraciones portuguesas y españolas en Asia. De hecho, el comercio entre ambos espacios coloniales era intenso y continuó por siglos. Paulo Pinto confirma que en 1585 Felipe II dio instrucciones al Virrey en India, Duarte de Meneses, para que siguiera en vigor tal separación y la prohibición explícita de que portugueses viajaran a Filipinas y a México, lo cual no se cumplió en los hechos.

Intercambiar Brasil por Filipinas.

La segunda propuesta circuló dos décadas después. La noticia histórica es relatada por Margarita Suárez en el análisis del comercio peruano con el Atlántico y el Pacífico.
 
"En las primeras décadas del XVII aparecieron múltiples informes de la Casa de Contratación y del Consulado de Sevilla que calificaban el tráfico con las Filipinas como una de las principales causas del deterioro del comercio atlántico, junto con la presencia de los peruleros. El arbitrio de Pedro de Avendaño al rey, fechado en 1608, es elocuente. Sostenía que el comercio con España había disminuido en tanto el tráfico con las Filipinas había aumentado, y que si se llevaran a España los 2,000,000 de pesos que se remitían al Asia en cada galeón, valdrían seis una vez invertidos en la península; el rey cobraría derechos y aumentaría su patrimonio; también se beneficiarían los vasallos de España y, por último, 'estarán las Indias necesitadas a la dependencia della, que no es lo menos importante para su seguridad'. "
 
La propuesta de Avendaño tenía proporciones continentales:

'ha de ser servido (Vuestra Majestad) de mandar que la Corona de Castilla trueque con la de Portugal las Islas Filipinas, por el Brasil, y que aquellas ´las Filipinas`se goviernen por el Consejo de Portugal, y se naveguen por la India Oriental, quitando de todo punto qualquiera embarcación, trato, y passage a ellas por la Nueva España, y el Pirú'."

Esa atrevida solución a un comercio tricontinental habría acarreado consecuencias enormes para múltiples países contemporáneos. Si seguimos el juego de las historias paralelas o metahistorias, viviríamos en un mundo en el que en Filipinas se hablaría en idioma portugués y Brasil sería hispanohablante. Eso por lo menos, pues el efecto en el papel de dominio regional habría propulsado al virreinato de Perú. 
 
Pero eso, no sucedió.

___
Manel Ollé. “Proyectos de conquista y de comercio para China y el Sureste de Asia.” Mélanges de la Casa de Velázquez. Nouvelle série, no. 48–2 (November 15, 2018): 79–99. https://doi.org/10.4000/mcv.8933.
 
Paulo Jorge de Sousa Pinto. Materiales Portugueses sobre el Sudeste Asiático en el Códice Boxer.  En Manel Ollé y Joan-Pau RubiésEl Códice Boxer. Etnografía colonial e hibridismo cultural en las islas Filipinas. Barcelona: Universitat de Barcelona, 2020. pp.155-177. Cita la carta del virrey Duarte de Meneses del 26 de abril de 1586 (Rivara, 1865, pp. 1117-1119.
 
Margarita Suárez. Sedas, Rasos y Damascos: Lima y el Cierre del Comercio Triangular con México y Manila en la Primera Mitad del Siglo XVII. América Latina Historia Económica, año 22, número 2, mayo-agosto, 2015, pp. 101-134. Pontificia Universidad Católica del Perú.   


domingo, 17 de febrero de 2013

La ambición como empresa

El nombramiento de Garcia Hurtado de Mendoza como octavo Virrey del Perú, Gobernador y Capitán General en 1588 fue tomado por los comerciantes de Sevilla como un signo de esperanza de que establecería un control sobre las transacciones de plata americana y mercancias asiaticas que comenzaban a desordenar la economia española. Tales esperanzas, compartidas por la propia Corona, se fundaban en que el joven virrey tenia experiencia previa en America. 

Sin embargo, los planes del nuevo Virrey eran completamente diferentes, pues el mismo año de su llegada a Perú fraguó un ambicioso negocio para enviar un navío a China, utilizando dinero de la Corona, para adquirir productos asiáticos. En efecto, su estancia previa en América y sus conexiones en Europa, Asia y el nuevo continente lo hacían aparecer como un eficiente representante del Imperio. Sin embargo, su experiencia y recursos fueron utilizados para maquinar una acción que parecía impecable únicamente a los ojos del nuevo gobernante. Proponía el arribo de tres o cuatro navíos anuales desde China a Perú, a los que se les cobraría almojarifazgo, impuesto aduanero que hoy se conoce como arancel, que podría ayudar a costear los gastos de la administración imperial en el remoto reino del Perú.


En España, la decisión del Virrey fue mal vista tanto por la Corona como por los comerciantes de Sevilla. En México se observó con recelo la posibilidad de que Perú iniciara el comercio directo con Asia y en Oriente se generó un ambiente de duda sobre el manejo poco transparente de enormes sumas de dinero peruano. 

La coartada era demasiado parecida a la que utilizó el gobernador de Filipinas Gonzalo de Ronquillo pocos años antes, contraviniendo la prohibición del comercio entre las islas y Perú. En noviembre de 1590 firmó un asiento, contrato, con algunos funcionarios reales, comerciantes peruanos y testaferros a modo, para adquirir artillería y metal de cobre en Asia... además de mercaderías chinas necesarias para habilitar su casa. Informó a la Corona hasta el 28 de diciembre de 1590, cuando ya había zarpado la nave, con una cuantiosa cantidad de plata peruana que sobrepasaba con mucho las aludidas necesidades de cobre y  artillería. 

El contrato firmado con sus socios protegía el negocio de la importación de productos asiáticos hasta el punto de que no sería permitido registrar las mercancías que llegaran a Perú. De esta forma, los impuestos a la importación se cobraría sin conocer el valor y volumen de la carga, y serían deducidos de los gastos por la importación de artillería y cobre. Negocio redondo en manos del mismo administrador virreinal.

Para completar el cuadro, maniobró para que el navío llevara a dos jesuítas, un padre Leandro Felipe y un hermano Gonzalo de Belmonte, para que acompañaran espiritualmente a la tripulación. Ambos serían sin embargo piezas fundamentales en los resultados del desventurado viaje.

Fernando Iwasaki Cauti, quien describe con todo detalle los preparativos y resultados de esta empresa, cuenta así el desarrollo del asunto:

La nave debió arribar a Macao a mediados de 1591, donde fue embargada por las autoridades portuguesas. Esta contingencia debió ser prevista por el marqués de Cañete, ya que en esos trances quedó demostrado que Leandro Felipe no había atravesado el Pacífico solamente para dar asistencia espiritual a los mercaderes peruleros. Una carta del visitador de la Compañía (de Jesús) en el Japón, nuestro conocido Alessando Valignano, revela cuán grande era la autoridad del padre Felipe y cuán diligentes podían ser los jesuítas del Oriente con sus hermanos de Occidente.
Rastro plateado

Los tripulantes de la nave fueron detenidos y enviados a la India (primero a Yemen y luego a Goa) pero los fondos se quedaron en Macao escondidos, alrededor de cien mil ducados con los jesuítas y otros cien mil en manos de los enviados religiosos del Virrey del Perú. Rápidamente los recursos entraron a la caja de la Compañía y circularon por medio de préstamos al comercio en China y Japón. Ya hemos hablado de la gran habilidad jesuíta para incrustarse en el comercio de plata y seda en Oriente.

‟Así, las deudas y obligaciones de la orden ignaciana empezaron a pagarse con la plata peruana, y hasta algunos sacerdotes aprovecharon la ocasión para hacer sendos negocios gracias a los préstamos y los beneficios de la usura” señala Iwasaki Cauti.

Para los misioneros jesuítas, que estaban enterados de todo, desde Roma a Madrid y Lisboa, la India, México o Perú, el asunto era plenamente conocido y resultó ventajoso para aliviar problemas de caja. Todo quedó registrado cuidadosamente en largas cartas de Valignano al padre Acuquaviva. El visitador jesuíta no tenía empacho en admitir ‟haber hecho para bien de la Compañía de Japón lo que tengo hecho, aunque me llamen por ésto mercader.”



‟Hacia mediados de abril de 1597 y al cabo de siete años por parajes orientales, Leandro Felipe y Gonzalo de Belmonte iniciaron su proceloso regreso al Perú después de haber dejado un rastro plateado por China, Malaca, Yemen, Japón y la India.” Regresaron por cierto en un barco que transportaba esclavos, siguiendo la infame ruta de Calicut, Cochín y Colombo. Ellos mismos contaban con ocho esclavos negros que tenían a su servicio, algo aparentemente normal para dos misioneros cargados de plata, sedas y  y especies.

Esperaron en Manila casi un año para tomar el galeón a Acapulco y después hacia El Callao.

El Marqués de Cañete recuperó su dinero varios años más tarde, por parte de Leandro Felipe. La Corona española instruyó al visitador del Perú, licenciado Bonilla, para hacer una averiguación sobre la nave, quien dejó por escrito un memorial al Rey en el que explica la mecánica para defraudar a la propia Corona. Sin embargo, no hubo castigo para el bien conectado Virrey.

_____________

Iwasaki, Ibidem. Los negocios del marqués: plata y jesuítas del Perú. pp 181-223.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Gonzalo Ronquillo, gobernador y comerciante


Gonzalo Ronquillo de Peñalosa fue el cuarto gobernador general de las islas Filipinas. Llegó a Manila el primero de junio de 1580 y en los tres años que gobernó el archipiélago hasta su muerte en 1583 mantuvo un control férreo sobre la colonia y sus moradores, lo que motivó que fuera duramente criticado por el arzobispo de Manila, Fray Domingo de Salazar, y por Francisco de Sande quien lo había precedido en el cargo y cumplía desde la Ciudad de México el cargo de Oidor. Se le acusó de corrupción, de permitir el abuso de los encomenderos contra los indígenas y propiciar el enriquecimiento de familiares y allegados.  Al morir dejó en el cargo a su sobrino Diego Ronquillo.

Su carrera política había iniciado tiempo atrás en Perú, donde llegó como parte del séquito del virrey Diego  López de Zúñiga y Velasco Conde de Nieva en 1561. En los hechos fue enviado por su encumbrada familia para afincar intereses económicos en América, en una época de inestabilidad y conflicto en el Perú, pero propicia para los negocios privados y el rápido enriquecimiento. El mecanismo empleado era impecable: ocupar cargos en la corte virreinal para usufructuar encomiendas y dinero público. Regresó a España y pasó un breve tiempo por la Ciudad de México en una rápida carrera dedicada al beneficio privado en puestos públicos. Diez años más tarde era nombrado Gobernador General de las islas Filipinas, pero pronto se evidenció que mantenía sus intereses en Perú y en España.



En contravención con el decreto real del 14 de abril de 1579 que prohibía el comercio entre Filipinas y Perú, el gobernador Ronquillo envió tres barcos de Manila a El Callao, primero dos en julio de 1580 y un tercero en junio de 1581. El último de ellos iba con el pretexto de remitir artillería para la defensa de Lima. Era tan claro el interés de abrir la ruta de Manila al Callao para aprovechar en su beneficio el comercio de mercaderías asiáticas que provocó de inmediato la molestia de los comerciantes de la Nueva España quienes temían perder el monopolio del comercio con el Extremo Oriente.  Fernando Iwasaki describe así este enredo:

En México causó gran malestar la nueva de la nave de Ronquillo, no sólo por la amenaza que representaba para el monopolio de Acapulco, sino por la fundada sospecha de la evasión de los impuestos sobre las mercancías por parte del gobernador. Alertada la Corona por el virrey novohispano, el 11 de junio de 1582 se promulgaron tres fulminantes reales cédulas dirigidas a Gonzalo Ronquillo de Peñalosa, al virrey Martín Enríquez (de Almansa, del Perú) y al conde de La Coruña (Lorenzo Suárez de Mendoza) virrey de la Nueva España.  En ellas se prohibía de manera terminante la navegación directa entre Perú y Filipinas, pero además se solicitaba una investigación exhaustiva del contenido de las naves despachadas, tanto en Lima, Acapulco y Manila. Sin embargo, ignorante de la resolución tomada contra él en Lisboa, Ronquillo seguía insistiendo en que sólo había enviado artillería para socorrer al Perú. 

Si el peregrino argumento de enviar artillería desde la lejana colonia filipina, que constantemente se quejaba de carecer precisamente de una buena defensa, era francamente inaceptable, el problema se recrudeció con el testimonio del Virrey en el Perú, quien evidenciaba que la famosa pieza de artillería era un cañon pedrero de doze quintales y ochenta quintales más en otras armas. El resto de la carga de la nao Nuestra Señora de la Cinta, que por cierto era capitaneada por Pedro Mercado de Peñalosa hermano del Gobernador, se describió de esta manera:

...ha ymbiado un navío con cantidad de cosas de China que son porçelanas y sedas y especería y hierro y sera y mantas y seda en maço y otras buxerías que son las que suelen traer y todo se ha vendido bien, sino ha sido la canela que tiene mala salida por no ser buena. Y lo que señalaba ser de la Real Hazienda eran como quatrocientos quintales de hierro y ciento y noventa quintales de especería en que entrava canela, pimienta y clavo.

La mentira del gobernador Ronquillo se acrecentaba, contrastada con los testimonios brindados por pasajeros y comerciantes en una indagatoria ordenada por la Corona en 1582. La parte más comprometedora era el hecho de que muchas mercancías eran propiedad del propio Gobernador de las FIlipinas y que tenía en Lima compradores ligados a su estancia anterior. Las redes familiares tejidas durante décadas abarcaban intereses verdaderamente globales, desde España a México, de Perú a Filipinas.

El tiempo corrió como siempre, más lento en las investigaciones burocráticas, pero veloz para el gobernador Ronquillo quien murió en Manila al año siguiente. Sin embargo, como veremos, la tentación de continuar con el prometedor comercio con Oriente se mantuvo en Lima por mucho más tiempo.
________________

Fernando Iwasaki, Ibidem, pp 32 y ss.

miércoles, 16 de enero de 2013

Prohibición del comercio México, Perú, Filipinas

La década de los ochenta en el siglo XVI marcó la confluencia de múltiples circunstancias especiales que le darían un tono particular al Imperio Español.  El emperador Felipe II se convertía en esos años en rey de Portugal y coronaba, de verdad, la idea de tener un territorio que abarcaba al planeta conocido. 

Las posesiones españolas en América se afianzaban después de cruentas campañas de "pacificación" de las poblaciones indígenas y de hecho se entraba en una nueva rutina cortesana que configuraba los virreinatos de la Nueva España y el Perú. En una misma dinámica, estos territorios americanos seguían en febril expansión y al mismo tiempo en la construcción de defensas contra los ataques de poderes enemigos de España, atraídos por las enorme riquezas americanas.  Años antes, los descubrimientos magníficos de plata realizados en  Guanajuato y Zacatecas, en México (1546), y El Potosí, Bolivia (1573), daban frutos y una riqueza que los primeros conquistadores apenas habían soñado, pero nunca vieron en su vida. El inicio del comercio con el Pacífico en 1573 coincide con este auge minero y daba el último impulso a esta expansión imperial ibérica. 

En el fondo de todo, sin embargo, las estructuras administrativas del imperio nacían carcomidas por la corrupción de los administradores en ultramar y el abuso contra la población indígena. El dominio más grande de la historia desde la antigua Roma sería aquejado por el tráfico improductivo de las riquezas americanas y asiáticas hacia los propios competidores de España, Inglaterra y Holanda. Si la riqueza americana era tan notable, el problema de la administración era formidable. La preocupación principal de la metrópoli era controlar las ambiciones personales de los españoles radicados en América y el ocultamiento que hacían acerca de los recursos en esas tierras.

La reacción de la metrópoli fue conservadora, con el ánimo de prohibir el comercio entre la Nueva España y Perú, y de éste último con Filipinas. El 11 de junio de 1582 Felipe II envió una carta al cuarto virrey de Perú, Martín Enriquez de Almanza, en la que prohibía enfáticamente el comercio con el Oriente. La visión imperial procuraba un control que fue desbordado por la realidad de las ambiciones e intereses de los comerciantes y funcionarios en América.

En opinión de Woodrow Borah, la expedición de esa carta demuestra que en la Corona española no hubo nunca la intención de permitir "más que un comercio limitado, todo productos chinos para su consumo en México. Durante varios años, quizás estos mismos oficiales también ignoraron el monto de las reexportaciones que desde la Nueva España se hacían rumbo al Perú por vía marítima, pero cualquier cosa que supieran y cualesquiera que hayan sido sus intenciones, el hecho es que durante el decenio de 1580 a 1590 la prohibición relativa a la reexpedición y venta de esos artículos en el Perú fue letra muerta. Se embarcaban las mercancías registradas y se recaudaban impuestos sobre ellas como si no hubiesen existido restriccciones a ese tráfico. El gobierno de la Nueva España por lo menos tenía la disculpa de que durante varios años la real voluntad no le fue notificada oficialmente, pero en cambio en el Perú, desde el virrey y las Audiencias para abajo, todos los funcionarios se confabularon abiertamente para no hacer caso de las órdenes de Felipe II. Esta situación da un tono extraño a los informes virreinales dirigidos a la Corona".

Agrega Borah:
En la Nueva España el Virrey Alvaro Manrique de Zúñiga, Marqués de Villamanrique gobernó 1575-1604, actuaba como si el comercio en cuestión hubiese sido lícito, impuso el pago de derechos más altos a los artículos chinos que se exportaban al Perú. Al año siguiente concedió licencia a dos residentes de la ciudad de México, el capitán Juan de Chapoya y Baltasar Rodríguez, para que llevaran al Perú un cargamento de mercancías chinas en el barco que por entonces estaban construyendo en Tehuantepec. No podía haber negado la licencia porque fue solicitada con base en una real cédula que dichas personas habían obtenido en Barcelona el primero de junio de 1585. Informando al rey sobre dicha licencia, Villamanrique declaraba que entendía que la prohibición se refería únicamente a la navegación directa entre las Filipinas y el Perú, y que la mercancía traída a la Nueva España podía ser reexpedida en otros barcos. También informaba en la misma carta que la reexpedición rumbo al Perú de las mercancía que llegaban de las FIlipinas se había convertido en una parte importante del comercio mexicano.
La respuesta real seguramente sorprendió al virrey. Mediante una cédula expedida el 11 de noviembre de 1587, se le censuraba abiertamente por permitir al buque de Chapoya y Rodríguez que llevara mercancías chinas al Perú. La real voluntad no deseaba la existencia de tal comercio, decía la cédula, por los muchos inconvenientes que de él podían resultar, y por ello el comercio nunca había sido permitido hasta que el gobernador de las Filipinas envió dos barcos al Perú y hasta que Villamanrique concedió licencia a Chapoya y a Rodríguez. La secretaría imperial estimó conveniente no mencionar la expedición de la primera licencia concedida a esas dos personas, ya fuera deliberadamente o por ignorancia, pero el hecho demuestra también que que se sabía poco de la importancia del comercio triangular de artículos chinos con el Perú."
_________________
Woodrow Borah, p 228.

Luis Miguel Glave, La puerta del Perú, Paita y el extremo norte peruano, 1600-1615
http://www.ifeanet.org/publicaciones/boletines/22(2)/497.pdf

Schurz, pp 366-368

domingo, 21 de julio de 2013

La Cruzat, víctima del poder

Durante el gobierno del Conde de Alburquerque, 1702-1710, título que ostentaba don Francisco de la Cueva Enríquez, entró de lleno la moda francesa de las pelucas y saraos en su corte. Se dejó atrás la austeridad de negro en el vestido y se iniciaron las tertulias con base en las nuevas modas de Europa. Un sonado caso de aquella época corresponde a la presencia de "una dama de singulares atractivos, además del encanto de la juventud" pues estaba precedida por su origen supuestamente filipino y por una dote de seiscientos mil pesos, heredados a la muerte de su padre, que para la época significaban una cantidad exhorbitante, según nos cuenta Tomás Oteiza Iriarte.

Doña Ignacia María Cruzat, ampliamente conocida en México como La China, por haber crecido en Manila, cuando su padre Fausto Cruzat y Góngora tenía el cargo de gobernador de Filipinas, tenía en su forma de vestir y sus modales el trato del Oriente. No debe ser confundida con la China poblana, de origen y destino distinto.

Su historia personal quedó inscrita como una tragedia de la clase dominante en el virreinato mexicano, pero creo que trasluce también un modo muy propio de arreglar asuntos de poder y de dinero, en el que los intereses de comerciantes enriquecidos por el comercio con Filipinas, la iglesia (principal cliente de productos suntuarios orientales como las porcelanas, la seda y el marfil, además de ser la fuente central de crédito de la época), los hacendados y los mineros. Al decir de don Gonzalo Aguirre Beltrán, este caso retrata una organización social que permite a los aventureros peninsulares buscar novia y dote en América y hacerse de riquezas acumuladas con base en la explotación indigena y negra (agregaría que también filipina).

Siendo joven y bella, era invitada a los salones de la aristocracia novohispana, pero también era reconocida a nivel popular por la ayuda que brindaba a los necesitados, hasta convertirse en defensora de los desvalidos y "paño de lágrimas" de los pobres del virreinato. Dejemos el relato a don Tomás Oteiza, quien explica:

"Dama tan principal y popular, tan estimada en las altas esferas sociales como queridísima de las clases desheredadas, necesariamente tenía que despertar, entre los jóvenes de la más alta prosapia, encendidas pasiones amorosas, y eso lo fue para su desgracia.

Las fiestas y reuniones de la sociedad novohispana en gran boato 

"Muchos fueron los pretendientes que aspiraban alcanzar su blanca mano, entre los cuales tres fueron los más significados por las influencias que gozaban; pero la Cruzat, con muy inteligente discreción, eludía los galanteos que tendían a comprometerla en matrimonio, procurando no manifestar preferencias por ninguno de los galanes que la asediaban, ni dar lugar a que su actitud fuera interpretada como coquetería, sino de completa seriedad en asunto tan delicado en aquella sociedad rígida y quisquillosa en las cosas del honor; pero la ansiedad e unos y otros, y el temor de que inclinara sus afectos por otros nobles que vivían fuera de la capital, hizo que los pretendientes fueran agudizando su afán de conquista enforma manifiesta, arrastrando tras de sí a sus familiares y amigos, haciendo, con esa labor, que se formaran tres grupos entre la clase social más distinguida conforme sus relaciones y simpatías; si en un principio no se mostraban hostiles, a medida que pasaban los días y las semanas fueron distanciándose más y más hasta que los campos de acción quedaron completamente definidos. 

"Uno de los grupos que simpatizaba con el conde de Santiago como pretendiente, estaba apoyado por el virrey; otro, que se inclinaba por don Domingo Ruíz Sánchez de Tagle, contaba con la valiosa ayuda del arzobispo; el tercero en discordia, el oidor Uribe, disfrutaba con abierto respaldo de la audiencia, por lo que los más distinguidos personajes intervenían en aquel singular combate cuyo objetivo era ganarse el corazón de una dama; pero ella, con la dignidad de una soberana que tenía a sus pies a los más poderosos del reino, con la flor de la sonrisa en sus labios, desarmaba a tan poderosos capitanes, declinando rendirse con fina cortesía, empleando en sus respuestas medidas frases, no dejando de agradecer el interés que ponían en su favor, y el honor que con ello le dispensaban, pero cuidando no demostrar alguna esperanza que diera pie a una interpretación favorable; y esta discretísima actitud hizo exaltar más la animosidad que reinaba en la sociedad.

Casa de los Condes de Santiago Calimaya, herederos de Legazpi, conquistador de Filipinas

"Este interés de los principales personajes del virreinato en favor de sus predilectos fue trascendiendo a más bajas esferas hasta llegar a la clase humilde, la que también tomó partido porque era muy conocida en aquel ambiente, trayendo como consecuencia que toda la ciudad fuera agrupándose, inclinando sus simpatías por cada uno de los pretendientes conforme a sus relaciones y conveniencias.

Las circunstancias de aquella sociedad giraban en torno a acontecimientos menores como el que nos ocupa y otros graves para la economía, como fue la captura y hundimiento del galeón Nuestra Señora de la Encarnación, por parte del pirata inglés Wood Rogers, durante el recorrido de Manila a Acapulco, el 22 de diciembre de 1709. Casi como sucede en la actualidad, los dramas de los poderosos llaman la atención a la población, la distraen de sus asuntos y encarnan la incertidumbre de una vida precaria para la mayoría.  El posible matrimonio de La Cruzat había absorbido la atención de la población de la Ciudad de México. 

"No se hablaba de otra cosa, sino de las posibilidades de triunfo de cada uno de los pretendientes tan bien respaldados en aquel torneo; todos eran comentarios de lo mismo en palacio que en la residencia arzobispal, en la audiencia, como en todos los barrios de la ciudad, excitados por la incógnita que suscitaba la habilidad con que La China evitaba inclinarse en favor de uno o de otro, pues en las circunstancias en que se hallaba, no quería al decidirse, herir la susceptibilidad de los personajes que apoyaban a los demás. No faltaban en aquel enjambre de comentarios, oficiosos que, sin tomar partido, recogían noticias en un lado para llevarlas, corregidas y aumentadas a otro gozando con ser portadores de informaciones de primera fuente, alborotando más los ánimos de por sí exaltados.

"Los tutores de la Cruzat, que observaban con mucho pesar que La China involuntariamente había suscitado tan honda división en la ciudad, decidieron ocultarla en una finca campestre propiedad de familiar cercano, más todavía, cuando no podían eludir las visitas que a todas horas llegaban a la casa unas enviadas por el virrey, en ocasiones en que no podía hacerlo personalmente; otras por representantes del arzobispado; aquellos que se sentían influyentes, de motu propio, la virreina que perdía oportunidad de evitar que otros llegaran cuando ella estaba, procuraba bajo cualquier pretexto llevarla a palacio, haciéndose acompañar por la novia de la ciudad en sus paseos; magistrados de la audiencia que también querían mantener a raya a sus contrarios, hacia la vida imposible en aquella casa, ya que no podían impedir que personas de tanta significación hiciera su entrada; por otra parte, sentíanse alarmados porque se hablaba ya de llevar a cabo el matrimonio por medio del tumulto si fuera preciso; y a fin de evitar este escándalo, una noche, cuando ya dormía la ciudad, sigilosamente la sacaron de la casa sin aparato alguno para que nadie se diera cuenta, hasta el punto donde la esperaba un coche que la llevaría al lugar donde había de permanecer hasta que volviera la tranquilidad, y pudiera manifestar libremente sus preferencias.  

"Entre tanto, el abogado Juan Díaz Corral presentó demanda contra don Domingo Ruíz Sánchez de Tagle por declinar palabra de compromiso matrimonial que había dado a otra dama principal; el arzobispo, al ser enterado de ello, excomulgó al abogado imposibilitándolo para ejercer abogacía; el virrey, al apreciar el grave giro que tomaban los acontecimientos en la sociedad de la cual formaba parte, estimó prudente guardar expectante silencio; pero no así la virreina, que atizaba el fuego apasionadamente en favor del predilecto del arzobispo, causando con ello disgusto  a su esposo, que en lo posible quería mantenerse alejado, para que su autoridad no se viera comprometida mezclándola en aquel asunto que había alborotado la ciudad entera.

"Enterado el arzobispo del lugar donde se encontraba la Cruzat, fue a sacarla de su refugio y la llevó al convento de San Lorenzo, donde la dejó al cuidado de las monjas, dando aviso inmediatamente a su favorito, e indicaciones de que se preparara para la boda.



El 14 de junio de 1703 La China Cruzat se casa con 
Domingo Ruíz de Tagle en la iglesia y convento de San Lorenzo

Puestos de acuerdo, preparóse el matrimonio al amparo de fuerza armada; pero sabedor del virrey del día y hora, mandó tropas a la iglesia con órdenes de impedirlo, mas las monjas, cerraron las puertas del templo y del convento, dando lugar con ello a que terminara la ceremonia. Indignado el virrey por este desacato a su autoridad, ordenó luego que pusieran presos a todos los que acompañaron a los contrayentes, multando fuertemente a las monjas, con veinte mil pesos, y destierro a Vereacruz al novio; con veinte mil pesos y destierro al puerto de Acapulco a su padre, y con diez mil pesos y cárcel en la ciudad de México al hermano del novio.

"La audiencia, que también se sentía burlada, anuló el matrimonio basándose en que había sido llevado con lujo de fuerza dentro de la iglesia; la virreina, ante la severa actitutd asumida por su esposo y por la audiencia, trató de intervenir, pidiéndole que cuando menos se diera por consumado el matrimonio, y que con las multas impuestas quedaran conmutadas las de destierro; pero el duque de Albuquerque rotundamente se negó a ello, manifestando que su papel era hacer cumplir los acuerdos de la audiencia, motivando sus secas respuestas y su inflexible actitud a una seria disputa entre ambos, llegando a extremos tales, que la virreina, toda llorosa, abandonó el palacio para recogerse a vivir en la casa de una amiga.

"Gustó a las clases populares la firmeza del virrey castigando severamente a personas tan encumbradas, caso insólito, porque siempre, validos de sus influencias, lograban escapar del catigo cuando lo hubieran merecido.

"La Cruzat, al ser aprendido su novio, quedó en el convento, y como consecuencia de las emociones sufridas, murió a los pocos días de un ataque al corazón (otra fuente señala que murió de tabardillo, enfermedad producida por el piojo blanco). Así terminó tan sonado suceso, con tan dramático fin para dama tan principal y querida por toda la ciudad de México, cuyos habitantes, al conocer la noticia de su muerte quedaron profundamente consternados, acudiendo a su entierro tal número de personas como no se había visto hasta entonces". Concluye así don Tomás Oteiza su relato.

Saque el lector sus propias conclusiones, yo me quedo con la que propone don Gonzalo Aguirre Beltrán: el 2 de mayo de 1826 el Congreso de la Unión declara abolidos los títulos de nobleza y sus adornos.
__________________
Tomás Otezia Iriarte, Acapulco, La ciudad de los Navíos de Oriente y de las Sirenas Modernas. Edición del autor, México, 1965, pp 131-136.

Gonzalo Aguirre Beltrán, Las proezas del Marqués y de la Marquesa de Sierra Nevada. Revista digital de la Universidad Veracruzana, consultada el 17 de julio de 2013. Una excelente radiografía política de la época, donde "la organización social de la colonia de explotación llamada Nueva España está de tal manera dispuesta que el cuerpo legal, regente de dotes y herencias, parece deliberadamente confeccionado para favorecer la buena fortuna de aventureros metropolitanos quienes, mediante la institución del matrimonio, mantienen la vigencia de una cierta cantidad de estados señoriales cimentados en la esclavitud del negro africano y en el trabajo forzado del indio de repartimiento".

viernes, 10 de agosto de 2018

Una mirada a Acapulco, 1679


Continuamos transcribiendo el capítulo 46 de la crónica del viaje alrededor del mundo de Pedro Cubero. Después de narrar su tormentoso viaje desde Filipinas, el misionero describe Acapulco, la puerta de entrada a la Nueva España, y se puede advertir la desilusión que le produce ver el famoso puerto.  La travesía del Pacífico duró más de seis meses, del 24 de junio de 1678 al 8 de enero de 1679.  Permaneció cuatro meses en Acapulco y sus impresiones son interesantes al mostrar la vida del importante puerto, donde aparecen misioneros, soldades prisioneros y gente de toda la Nueva España.  

El misionero no hace referencia a los viajeros que venían de Filipinas y que desde aquella época comenzaron a vivir en los alrededores de la laguna de Coyuca.

Extrañamente, no pasó por la Ciudad de México, sino que siguó una ruta difícil por centro sur de la capital, por lo que llegó a Atlixco, Tlixco en su relato. Cabe pensar que el virrey obispo no deseaba que ojos curiosos, en camino a España, se entrometieran en los asuntos del virreinato, razón por la que hizo esperar al misionero tanto tiempo en Acapulco y lo despachó directo, pero muy cordialmente, hasta Veracruz.

Utiliza el término "naciones" para describir acertadamente la variedad de pueblos que componían el reino, a todos los cuales ahora llamamos "mexicanos".



 Nova Hispania et Nova Galicia, Gerard Valk y Peter Schenk. 
Holanda, siglo XVII.


Capítulo XLVI 

Llega el autor al puerto de Acapulco, tierra de la Nueva España: descríbelo y cuenta lo que en él le pasó.

Es uno de los mas hermosos puertos del mar del Sur: celebre por el galeón, que viene alli de Filipinas. Es muy seguro para las naos, porque se puede cerrar con una cadena, y por gran tempestad que haya, el galeón está muy seguro porque es una badia [¿bahía?] rodeada toda de montes alrededor. Tiene una muy buena fuerza que está frontero de la misma entrada y cuando llegamos era Castellano de ella don Diego Polo Navarro. (1)

El lugar es pequeño y de malisimo temple, sus habitadores son negros a manera de cafres, la tierra tosca y estéril, seca de agua, que no tiene más que la de los pocos.  Y esa mala [agua] por ser pesada y salobre, bien que a poca distancia hay una fuentecilla muy tenue, que apenas echa un hilo de agua, que le llaman el Chorrillo, que para llenar una botija es menester dos horas. En medio la plaza hay una iglesia pequeña que es la parroquia.  Hay dos hermitas, una de San Francisco y otra de San Nicolás, y esto es lo que tiene el celebrado puerto de Acapulco. Sobre ser tan caluroso, por no bañarle los vientos, que no se puede asistir en él y entrando el invierno que allá llaman es tan tempestuoso de truenos, relámpagos y rayos, que es horro el habitar en él. 

Aqui estuve detenido, hasta que me viniera orden del excelentísimo señor don Fray Payo de Ribera, Arzobispo de México y virrey de la Nueva España en casa de un paisano mío que era contador y oficial real de su majestad, llamado Don Martín Calvo, que me hizo mucha merced y agasajo, más de cuatro meses que estuve allí. 

En el tiempo en que está la nao en el puerto hay mucho tráfago; y aquel año que yo estuve, mucho más, porque habían llegado cuatro misiones de padres de diversas religiones, que en todos eran ciento y cuarenta y dos, cuyos comisarios eran: de la orden de San Francisco, el padre Fray Matheo Vayon; de la de Santo Domingo, el padre Fray Juan Villalba, y de la de los Padres de la Compañía de Jesús, el padre Salgado. Todas estas cuatro misiones llevaban insignes varones, de muchas letras y virtud para las misiones de China y todos se embarcaron en este galeón San Antonio en que yo vine. 

Vienen también de México muchos soldados, que allá se levantan para Filipinas, y muchos forzados, que por diversos delitos los echan allá.(2) Todos estos se embarcaron en el galeón y a los últimos de marzo, Jueves Santo por la tarde, se dieron a la vela, y siguieron su viaje para Filipinas; y yo estuve allí esperando la orden del señor Virrey.

En este tiempo murió el Vicario de Acapulco, con que el señor Arzobispo me envió una orden para que asistiera a aquella cristiandad, hasta que proveyera, y yo obedeciéndole, lo puse en ejecución, predicándoles todos los más días de la Cuaresma, confesándolos y administrándoles los demás Sacramentos, porque en aquel tiempo acude allí mucha gente de diversas naciones de toda la Nueva España. Puse paz y aquieté muchas discordias y pesadumbres, que por particulares disgustos entre el Castellano y los Oficiales Reales se habían originado.  

A los primeros de mayo me vino una carta del Excelentísimo señor Obispo, Virrey, dándome un muy buen socorro y juntamente orden para que me partiera a la Veracruz, como lo hice. La carta era del tenor siguiente:



Bien puede creer V.M. (Vuestra Merced) que he deseado su despacho, pero la ocurrencia de negocios, y no haber llegado la oportunidad de tiempo han ocasionado el no haberle hecho hasta ahora, y en esta ocasión remito despacho a los Jueces, Oficiales Reales de ese puerto de Acapulco, para que liberen y den a V.M. quinientos pesos para su viaje hasta la Vera-Cruz, donde se le han de dar a V.M. otros quinientos pesos para su pasaje a España, en conformidad de otro despacho, que se emnviará a los Jueces, Oficiales Reales de dicho puerto de la Vera-Cruz, y también otro despacho remitido al General de Flota, para que lleve a V.M. a España. Guarde Dios a V.M. muchos años. México a quince de mayo de seiscientos y setenta y nueve. Fray Payo, Arzobispo de México. Señor Licenciado Don Pedro Cubero Sebastián.

Recibido este despacho, me despedí del Castellano de Acapulco, Jueces y Oficiales Reales y de otras personas de mi obligación y me partí para Veracruz, aunque con mucho riesgo y peligro de la salud, por haber entrado las aguas, y allí ser muy dañosas, y yo no con muy demasiada salud, porque no hay otra cosa, que barrancos, montes, peñascos  y despeñaderos, de los más profundos que hay en el mundo. Y puedo asegurar que lo que es hasta llegar a Trisco [¿Atlixco?], es uno de los más asperos caminos de todos cuanto he caminado y tan tempestuso. Como ya habían entreado las aguas, que raro era el día que no me cogía en el camino tempestado de truenos, relámpagos, rayos y agua. Y lo que reparé es que las tempestados en la Nueva España siempre son por la tarde.

 ______
(1) Castellano, capitán del puerto.

(1) Ver los trabajos sobre soldados y reclutas, reseñados en este blog en 2009. Luis Muro  y María Fernanda  García de los Arcos.