Una invitación para conocer la historia del Galeón de Manila, su cultura y su impacto en Filipinas y en América.

domingo, 30 de enero de 2011

Caminos de la plata

Saludos a Alejandro y sus investigaciones sobre la minería contemporánea

En agosto de 2010, la UNESCO declaró 55 sitios en el norte de México como parte de la lista de de patrimonio cultural de la humanidad, en el denominado Camino Real de Tierra Adentro. Se trata de la ruta que parte de la Ciudad de México y llega a Santa Fe, Nuevo México y al enorme estado de Texas; una línea de comunicación que también fue conocida como "Camino de la Plata". Comprende cinco sitios ya inscritos en la lista de Patrimonio Mundial y otros 55 sitios más, situados a lo largo de 1,400 km, entre los que se identifican conventos, haciendas, antiguos pueblos, puentes, cementerios, minas, templos y capillas, cuevas. La página de UNESCO señala:

Utilizado entre los siglos XVI y XIX, este camino servía para transportar la plata extraída de las minas de Zacatecas, Guanajuato y San Luis Potosí, así como el mercurio importado de Europa. Aunque su origen y utilización están vinculados a la minería, el Camino Real de Tierra Adentro propició también el establecimiento de vínculos sociales, culturales y religiosos entre la cultura hispánica y amerindias.

La plata pues fue la fuerza dominante de este desarrollo económico y cultural bajo el dominio español que tuvo la habilidad, sin duda, de expandir su influencia en territorios inhóspitos y remotos. Pero es difícil que el lenguaje políticamente correcto de la UNESCO mencione que la plata traía consigo un sistema de trabajo forzado, sumisión de los pueblos indígenas (entre otros: pames, otomíes, tarahumaras, apaches,o los desaparecidos tobosos) y trata de esclavos negros en las minas. Sin este componente social y cultural no sería posible explicar la expansión en el medio natural de Aridoamérica, donde se desplegó a la par una persistente cultura agrícola, de convivencia/transacción cultural entre colonos, mineros, arrieros; criollos, españoles, múltiples pueblos indios, esclavos y algunos migrantes asiáticos (casi siempre en el papel de comerciantes trashumantes).

Ahora bien, esta herencia cultural ha sido descuidada por el férreo centralismo que padecemos en México. En buena hora se comienza a desarrrollar la conciencia de que más allá de Cuatitlán también hay cultura. Hemos tocado este tema anteriormente, con motivo de la exposición sobre el arte de las misiones del norte de la Nueva España. La magnitud de la arquitectura en aquellas zonas nos indica un proceso completo y de cierta forma descentralizado, donde cada gran asentamiento era una especie de foco irradiador.

La ruta es una colección de sitios relacionados con el trabajo en las minas y haciendas, comercios, puestos militares, evangelización y la estructura administrativa diseñada para controlar el inmenso territorio desde las metrópolis españolas, con una adaptación al ambiente local, los materiales y las práctica técnicas, que reflejan un destacado intercambio cultural y de ideas religiosas, apunta la UNESCO.

En septiembre de 2010, en el XII Seminario Internacional sobre Asia Oriental y América Latina, el Dr. Tomás Martínez Saldaña, de El Colegio de Postgraduados, uno de los promotores del conocimiento y recuperación de este patrimonio, señalaba adecuadamente que no sólo corresponde a aspectos físicos "como podría ser un camino, es decir una carretera o un lugar para caminar que se va estableciendo tranquilamente, sino que nos lleva a una herencia, y fundamentalmente una herencia cultural"


Autor de un libro de divulgación sobre este tema, el Dr. Martínez Saldaña apunta que el Camino Real de Tierra Adentro "nos va creando una cultura, un escenario realmente insólito en la medida en que va avanzando a partir de Zacatecas, que se funda en 1548. Desde dos años ya hay gente en Zacatecas porque en 1546 se descubre la veta grande y la riqueza de una de las ciudades más importantes de toda América". Fiestas religiosas o civiles, alimentos, trato con la naturaleza y sobre todo con el agua escasa, dan a toda esta región que se extiende por casi 2,000 km un sentido histórico unitario más allá del que se percibe a simple vista.
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Información del Instituto Nacional de Antropologìa e Historia sobre el Camino Real, disponible en http://www.elcaminoreal.inah.gob.mx/

Un excelente blog con imágenes de la ruta: http://vamonosalbable.blogspot.com/ de Benjamín Arredondo.

Volvemos a citar las reflexiones de la Dra. Clara Bargellini acerca de la expansión en el período virreinal. Arquitectura jesuíta en la tarahumara ¿Centro o Periferia? , en Órdenes religiosas entre América y Asia. Ideas para una historia misionera de los espacios coloniales. Elisabetta Corsi, coordindora, Colegio de México, 2008, pp. 143-155.

martes, 25 de enero de 2011

Consumo

Descanse en paz Don Samuel Ruiz

La ecuación central del consumo está relacionada con la capacidad de producir bienes conforme a las condiciones técnicas disponibles y los medios para distribuirlos. La América hispana y Filipinas comparten una historia cambiante e intensa de cambios en los patrones de consumo, que corresponden a su inserción temprana en la economía mundial, bajo el imperio español. El cambio más importante, porque modificó de raíz las formas de producción, distribución y consumo en tierras de América y Asia, fue la imposición de un modelo mediterráneo que incluía sus propios productos naturales y manufacturas, desde el trigo, la vid, los aperos de labranza, los medios de transporte, pesos y medidas.

Hemos abordado el tema de la transformación del consumo anteriormente, señalando el cambio radical de la producción agrícola en América, que llevó a los pueblos originarios a sobrevivir simultáneamente en dos economías: la de autoconsumo, con los productos de la tierra, como el maíz, y la europea en América, que privilegiaba el trigo.

En un plano más amplio, el consumo en América fluctuaba conforme a los cambios que ocurían en la metrópoli. La exacción, demanda usurera sobre los recursos de los pueblos indígenas, fue el método privilegiado, condenando a esas poblaciones a la marginalidad y el autoconsumo. Más tarde, en el apogeo del período virreinal desde Nueva España a Perú y aún en Filipinas, la búsqueda del control sobre el consumo de esos mismos pueblos llevó a los comerciantes peninsulares y criollos a imponer productos que la población indigena debía adquirir. Ya en el siglo XVIII era obligado que los pueblos indígenas consumieran las nuevas manufacturas que vomitaba la naciente industria europea. Fue la aplicación de un modelo mercantil que causó estragos en la economía indígena.

"El consumo forzado también demostró de manera precisa la amplia brecha industrial y cultural entre los centros florecientes del capitalismo atlàntico y los escasos medios adquisitivos y valores campesinos de un mundo distinto y alejado. Mientras que una revolución del consumo constituida por miles de ansiosos consumidores en Gran Bretaña inspiró inversiones cada vez más grandes en los molinos de Lancastershire, sus productos tenían que ser administrados forzadamente por la garganta de los reticentes consumidores en el altiplano de Perú" señala Arnold J. Bauer.
En las próximas entradas de este blog intentaré describir un aspecto fundamental de esta transformación del consumo: el tránsito de obras suntuarias en el medio virreinal, que por lo general se analiza desde la apreciación meramente estética y rara vez desde la perspectiva del dominio colonial.


Textos previos sobre este tema: marzo y mayo de 2009.
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Arnold J. Bauer, Somos lo que compramos. Historia de la cultura material en América Latina. Ed. Taurus, México, 2002, p. 160.

viernes, 21 de enero de 2011

Mercados

Toda ciudad es un código dificil de decifrar para ojos inexpertos. La cuadrícula a la que estamos acostumbrados los habitantes de las ciudades hispanoamericanas forma parte de nuestra interpretación de la vida cotidiana, aunque a veces resulte dificil ver lo que tenemos justo enfrente de nuestros ojos. El trazo norte-sur, este-oeste, el tablero de ajedrez de las plazas con los poderes civil, religioso, comercial, son nuestro pan cotidiano.

Una mirada experta, la del historiador Jorge Olvera Ramos (México, 1960), nos ofrece una guía para caminar por la historia  de los mercados de la Plaza Mayor en la Ciudad de México a lo largo del período virreinal.

El libro con ese nombre fue editado en 2007, por editorial Cal y Arena, pero me llama la atención porque con mucha frecuencia visito el centro histórico de la capital mexicana y sin embargo la visión analítica histórica me ha permitido pensar en el origen y evolución del desorden que tiene la inmensa área comercial del centro histórico de México.

La propuesta del autor es desentrañar las razones del ordenamiento del comercio desde el principio mismo de la presencia española en América. Señala de antemano que en la plaza principal de la ciudad convivían al menos tres mercados. La opinión generalizada es que sólo era "un mercado unificado y homogéneo, en el que a cargo de las autoridades municipales los comerciantes y vendedores se identificaban en términos de igualdad". Sin embargo, señala el autor que "esta perspectiva conduce a una simplificación de las instituciones y prácticas mercantiles novohispanas".

De esta forma, el autor se lanza a hacer un ejercicio de micro-historia que resulta muy ilustrativo de las contradicciones de la sociedad virreinal; diriamos de la eterna búsqueda de imponer cierto orden en la mayor concentración comercial de América desde el siglo XVI. La intención de las autoridades resultó fallida, deformada por la miríada de intereses particulares y por prácticas muy arraigadas como la apropiación de los espacios (por costumbre, por acuerdos verbales entre los comerciantes), los traspasos y los "guantes", tratos preferenciales, dádivas graciosas, para tener privilegios ocultos en la propiedad de los lugares de comercio.

Los cajones de comercio, al estilo de los que todavía tienen los evangelistas en la plaza de Santo Domingo, en el centro de la Ciudad de México.

El comercio se diferenciaba por la calidad de las mercancías: utramarinas (venidas de Europa, vía España), orientales (traídas por el Galeón de Manila), productos de la tierra y manufacturas locales, aperos, telas de algodón, productos de barro. Sin embargo, el deseo de especializar a los comerciantes se diluía en un caos de convivencia, donde el tendero de productos de calidad tenía "arrimados" a los vendedores de comida, con braceros y todo, pulque, falta de drenaje e inseguridad. Lo fundamental sin embargo es que esos espacios, tanto los locales formales construidos de piedra, como el Baratillo hecho de cajones o de petates en el suelo, constituían el centro de la vida social de la capital de la Nueva España, donde se contaban los sucesos y se realizaban los encuentros cercanos de todo tipo.

Para los bachilleres, el Baratillo fue, por la variedad de opciones, un centro de reunión y de entretenimiento estudiantil. Se adquirían libros usados y prohibidos, se charlaba, se discutía, se hablaba en voz alta, se formaban corrillos. Probablemente los muchachos, en especial los lacrosos, eran seducidos por los hilarantes relatos de atracos exitosos o los finales trágicos de célebres bandidos (...) Ahí estaba la picota donde los delincuentes eran azotados o ahorcados. Probablemente en el Baratillo se redactaban y distribuían los manuscritos satíricos que se burlaban de las autoridades y de los curas"
Destaca el capítulo IV, dedicado al mercado de productos ultramarinos o la "Alcaicería de la Plaza Mayor", mejor conocido como el Parián, del cual nos hemos ocupado en este blog hace un año. Un espacio único, dedicado a la porcelana, seda, perlas y sin fin de productos traídos del Oriente.

En suma, un libro ameno e informativo.
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Jorge Olvera Ramos. Los mercados de la Plaza Mayor en la Ciudad de México. Ediciones Cal y Arena, México, 2007.

sábado, 15 de enero de 2011

Lope de Vega y Japón

En la aproximación europea a Oriente a finales del siglo XVI y principios del XVII, fue fundamental -lo hemos repetido muchas veces- la presencia de los misioneros que se aventuraron en tierras desconocidas. La parte más fértil de aquella obra fue el impacto que tuvo en el imaginario de Europa y entre las élites americanas. Procuraré caminar por algunos de aquellos rumbos trazados en los textos de viajeros y aún de quienes no viajaron mas que con su imaginación.


El investigador Fernando Cid Lucas señala que la presencia de palabras de origen japonés se remonta al Siglo de Oro español, "cuando -aun muy tímidamente, es cierto-, aparecen en obras del mismo Lope de Vega, como Triunfo de la fe en los reinos del Japón por los años de 1614 y 1615, publicado en Madrid en 1618. También en su comedia (¿1617-1619?) Los primeros mártires del Japón" (1).


En dichas obras, términos como katana (espada) o bonzo (monje budista) hacen acto de presencia en el idioma Español. Igualmente el término japón o japones (sin acento). El citado investigador hace referencia a las obras de Baltasar Gracián y de Pedro Ordoñez de Ceballos, quien en su obra Viaje del Mundo nos dice, además, que "en Japón hay un grandísimo volcán (Onzen, cercano a Nagasaki)", dándonos una someras nociones sobre la aún ignota geografía nipona (2).

Lope de Vega

Veamos algunos pasajes de la citada pieza del gran Lope:


Escribo los martirios, no testigo de vista, que no fue mi dicha tanta, pero por relaciones de algunos padres que me las enviaron desde Manila, a efecto que en el estilo con que he nacido las publicase. Certifico a los que las leyeren, confesando mi ignorancia, que donde faltare la pluma suplirán las lágrimas, sin las cuales no me ha sido posible dictarle ésta piadosa historia, ánimo de los que padecen por Dios y afrenta de los que con tal descuido esperamos el incierto límite de nuestra vida.
Entre las selvas de islas a quien el mar permite sacar las frentes yace el Japón, ya tan conocido de nosotros como ignorado antiguamente, o por la noticia de sus embajadores en Roma, o por los que al Rey católico vinieron tan deseosos de la fe, por orden de los padres de San Francisco, el año de 1615, o, lo que es más cierto, por la que nos han dado con sus cartas los padres de la Compañía, buenos testigos del fruto de su predicación y cuidado.
Diole la Naturaleza un sitio tan apartado de todo el resto de la tierra, que no se sabe cuál es más remoto de nuestro trato, el sitio o las costumbres.



Incluye el nombre de Japón muchas islas, a quien divide el mar con tan pequeños brazos del continente, que parecen el ramo de las venas del cuerpo humano que pinta la anatomía. Son tres las principales, y a quien las otras están sujetas; la mayor tiene seiscientas leguas de largo y trescientas de ancho; corre del Norte al Ocaso, dividida en cincuenta y tres reinos. Es la metrópoli del Japón, Meaco, ciudad no inferior a las más políticas de la Europa, por hermosura y grandeza; y así, el que de ella se puede adjudicar el cetro, es tenido por señor universal de los convecinos mares y tierras.
Simo, que con segundo lugar aspira al primero, tiende su espacio del Septentrión al Mediodía, acercándose a la China noble por los nueve reinos, donde Bungo, con la ciudad de Vesuco y Tunay, se hace tan célebre.

Xicoco, la tercera, contiene cuatro reinos a Levante, con el famoso Tosa. Las islas del contorno con sin número, y sólo la de Meaco reconocida por la parte meridional, que por la oriental y septentrional aún ignora sus confines la atrevida navegación de los hombres, dudando si es isla, istmo o continente contiguo con la China.





Dista el Japón de la nueva España ciento cincuenta leguas. Toda esta tierra es por la mayor parte montuosa, fría, y más que fecunda, estéril. Hácenla temerosa dos montes, Figionoyama, que trascendiendo las nubes, se atreve a conservar intactas las cenizas, mejor que el Olimpo despreciador de la región del aire; y el otro, que la Italia llama volcán, horrible por las que escupe, y porque a los gentiles, que con larga penitencia vanamente se afligen y por voto visitan este monto, se aparece el demonio en una nube resplandeciente, desde donde los habla y consuela, quiero decir, engaña, miserable imitador de la luz, que perdió por tan soberbia culpa.
Su gente es blanca; su ingenio y memoria, admirables; no cubren la cabeza; sus riquezas son metales; sus fábricas, madera; sus armas, arcabuces, flechas, dagas y espadas. En las que sirven de astas hacen notoria ventaja, así en el venenoso temple como en el corte y ligereza, a las de Europa. Mudan el traje conforme a las edades; afrenta nuestra, que ni aun lo consentimos al tiempo, enmendando la vejez con artificio, como si en las fuerzas hubiese hallado la vana diligencia o la lisonja. Escriben bien prosa y verso, y en todas las demás acciones desprecian a los forasteros, como naciones a la suya tan ínfimas.
Esta descripción basta para la inteligencia de nuestro propósito, y porque esta materia ha sido tratada de tantos como cosa a nuestros tiempos incógnita; que no es mucho que si en los límites de la anciana Castilla lo fueron a nuestra edad tantos lugares, y ellos tan bárbaros que ni rey ni dios reconocían, lo fuesen las islas tan remotas y apartadas de las comunes sendas de los navíos.

El martirio

En estas (tierras) pues, se introdujo la fe católica por la piedad divina y la solicitud humana de los ya referidos nuevos apóstoles, donde a pesar de las puertas del infierno, se ha conservado, prevalecerá con el favor de los divinos sacramentos, para que tantas almas puebles el cielo donde por tantos años, si se pudiera decir, duró la desconfianza de este accidente. pero estaba prevenido de su misericordia esta gracia, en cuyos secretos los mismos serafines están atónitos.
Mi asunto es referir las nuevas persecusiones de aquellos nuevos cristianos, por los años de 1614 hasta el fin de 1615, en Arima, Arie y Cochinotzu, cuyas persecusiones tuvieron origen de la pasión gloriosa de ocho mártires, que, porque no fuese el fénix único milagro en la Naturaleza, todos lo fueron en las llamas, renaciendo al cielo de sus cenizas misas. Eran personas ricas y principales de la ciudad de Arima, los cinco varones heróicos y las tres ilustrísimas mujeres heroínas. Sus nombre, Adriano, dos Leones, Paulo y Diego, Juana, Magdalena y María. Diego era hijo de Adriano y de edad de trece dichosos años. Magdalena tenía dieciocho, y estaba tan enamorada de Cristo esta hermosa y prudentísima vírgen, que habiendo quemado el fuego las cuerda conque tenía atadas las manos, tomó las brazas y las levantó a la boca y a la cabeza como besándolas y agradeciéndoles el bien que por medio suyo esperaba (...)

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(1) Lope de Vega. Los primeros mártires de Japón. Edición digital basada en la edición de Madrid, Atlas, 1965, pp. 309-354 (Bibiloteca de Autores Españoles

(2) Observatorio Iberoamericano de la economía y de la sociedad de Japón. Vol. 1 Número 6, septiembre de 2009. Otro breve análisis lingüistico de las palabras japonesas en la obra de Lope fue escrito por el filòlogo Tai Whan Kim. Refiere además la mención de Lope de vega a palabras como dayro, un arcaismo por daymio o señor guerrero; funea, un tipo de embarcación auxiliar para acarrear provisiones, y Myako, por Miyako, la capital de Japón, Kyoto del año 794 a 1868.

(3) Triunfo de la fe en los reinos del Japón por los años de 1614 y 1615

jueves, 6 de enero de 2011

Regni Japoniae

Un mapa de Japón publicado alrededor de 1720-30, en la era de la Ilustración, por Matthaeus Seutter. Obra del grabador Tobias Conrad Lotter sobre plancha de cobre, basado en los dibujos de viaje de
Engelbert Kaempfer, naturalista alemán que visitó Japón a finales del siglo XVII.

Es muy interesante el medallón de la esquina superior izquierda, que ilustra pasajes del "descubrimiento" del reino nipón por los europeos.

Tomado de la página del anticuario Reinhold Berg.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Música de la Nao



Agradezco a los amigos del grupo La Folia, dirigido por el flautista Pedro Bonet, el envío de su nuevo disco dedicado a la música de la ruta española a Extremo Oriente. Se trata de un excelente esfuerzo de recuperación de aquellas tonalidades europeas que acompañaron a los viajeros que atravesaban el Océano Pacífico a partir del siglo XVI. Contiene igualmente composiciones realizadas ya por autores-misioneros en tierras orientales en el siglo XVIII, como Teodorico Pedrini (1671-1746), y algo de lo que generó la influencia asiática en el imaginación musical occidental en el período barroco, notablemente la música de Philippe Rameau.

El texto que acompaña al disco describe de qué manera la música formó parte del equipaje de lo viajeros, "tanto si se trataba de nobles, aventureros, soldados, funcionarios, colonos, agricultores y gentes de diverso oficio, como de religiosos (destacando estos últimos por el papel del arte sonoro y aculturación), y también libros de canto llano y partituras de tonos divinos y humanos, instrumentos de viento y de cuerda pulsada o frotada (cuya construcción se inició rápidamente allende los mares),así como cantores e instrumentistas profesionales que trabajaron en las casas, palacios y capillas musicales diocesanas de los teritorios de ultramar, junto a otros que se fueron formando localmente".

Enhorabuena por este grato resultado.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Un arte global



A finales de enero concluirá en el Museo del Prado en Madrid la exposiciòn "Pintura de los Reinos", que reune gran cantidad de obras elaboradas tanto en España como en América en los siglos XVI y XVII. La tesis que fundamenta esta iniciativa es tratar de ver de manera integral un arte que no reconocía fronteras nacionales, tal como ahora las conocemos. En esencia, el imperio español proyectaba un modelo que procuraba ser uniforme, aún cuando en los lejanos confines de su poder aparecían formas locales relativamente distintas de aquel modelo.

El ingrediente asiático en esta muestra son los biombos novohispanos, que señalan la influencia de Oriente, especialmente Japón en el gusto de los criollos en América.

Algo que destaca es la calidad de las obras realizadas tanto en Perú como en México, a un nivel similar al europeo de aquella época. La exposición muestra, como lo señala el título, la existencia de identidades compartidas en el mundo hispánico.

Los estudios de preparación tomaron varios años a un grupo de expertos coordinado por la Dra. Juana Gutiérrez-Haces, quien por desgracia falleció antes de ver el resultado de ese enorme esfuerzo. El proyecto cuenta con el apoyo de varios países y entidades privadas, por lo que podrá ser admirada a partir de marzo de 2011 en el Palacio de Iturbide, en el centro de la ciudad de México.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Misiones japonesas en Manila

El juego del espejo invertido permite entender de mejor manera el complejo entramado de relaciones que existía en Asia al final del siglo XVI, en el que los europeos sólo eran parte del conjunto de intereses de poderes ascendentes en Japón y China.

Un primer caso ha sido estudiado por Lothar Knauth (1) y es el del corsario, gobernador, comerciante japonés Kamei Korenori, que usaba el título de Señor de Taiwán (Taishu no Kami). Este personaje juraba lealtad al shogún Hideyoshi y el nombre que ostentaba era más el deseo de mostrar su poder que la realidad. "como descubridor de las minas de plata de Sakai (...) se interesó en el comercio en el sureste de Asia, interés del que participaban otros daimyo y mercaderes".

En ese caracter, en el año 1587 llegó a Filipinas una misión comercial japonesa enviada por el Daimyo Jirado o Reino de Firando, como decían las cartas con las que Santiago de Vera, Presidente de la Audiencia de Filipinas, informaba al virrey de México, Don Álvaro Manrique de Zuñiga, Marqués de Villa Manrique. El ofrecimiento japonés consistía en apoyar con hombres armados a los españoles en Filipinas:
y así las veces que se le mandase y avisase que hay necesidad alguna para su servicio de gente de guerra, el dicho rey y otro rey cristiano, su amigo, llamado don Agustín, enviaría los soldados que se le pidiesen, bien armados y a poca costa:
De acuerdo a Knauth, el enviado japonés llevaba otras intenciones ocultas, como sería aliarse con filipinos y convertir a las islas en protectorado japonés.

Existen al menos otros dos documentos que dan cuenta de la presencia japonesa en Filipinas en aquellos años. Knauth cita un testimonio de 1587 dado frente al obispo Domingo Salazar por un grupo de japoneses. La declaración se tomó el 4 de julio de 1587 y la firmaron once testigos que llegaron desde Jirado en barco, pero que eran residentes de Jakata, Bungo, Miyako (Kioto), Sakai, Jigo. De Jirado vino solo Andrés González Aburaya Jakadiro. Como interpretes se mencionaba a dos japoneses, Nicolás Báez y Luis Fernández.

El testimonio empieza con una descripción de las islas principales -Miyako, Shikoku y Kiushu- y de las sesenta y siete provincias que entonces formaban Japón. Exponían que todos hablaban la misma lengua y que reconocían al Kampaku Jashiba Chikusen no Kami -es decir Jideyoshi- como "Rey en Miyako", con excepción del rey de Satsuma que se había rebelado y contra quien el Kampaku estaba en guerra. Agregaban que el "Kampaku-dono" había dominado durante seis años solamente el distrito de la capital, pero que en los últimos tres años había llegado a ser el señor de todo el Japón.

Dioses y costumbres

El relato que utiliza Lothar Kanuth fue recuperado por Johannes Laures en 1941 (2). 

Aquellos japoneses en Manila señalaban que como dioses tenían a Amida y Shaka, cuya fe había venido de Siam y Cambodia y que antes de ellos, reconocían al "Kami" como su dios. Además de alguna información sobre sus costumbre funerarias, hablaban de sus órdenes religiosas. Éstas tenían su "gran monje", el "gren rey" de la capital. La justicia civil colaboraba con los monjes sobre el equipo litúrgico de sus templos. La entrevista trataba problemas seculares, tales como la forma de pagar tributo, que se daba directamente al señor local, quien enviaba una parte de éste al "rey de la capital". Informaban sobre las costumbres matrimoniales y actitudes hacia la esclavitud y había declaraciones sobre comida y bebida -arroz y vino de arroz- las que conducían a los problemas de siembra y consecha.

Otras secciones trataban el sistema judicial y los estudios médicos. Incluían información acerca del calendario, días de fiesta, manera de medir el tiempo, así como la navegación marítima y el sistema monetario. Al contestar las preguntas sobre sus industrias y otras ocupaciones, señala Lothar Knauth, aclararon que en el Japón los mercaderes eran muy respetados, lo cual tal vez prueba que los testigos eran todos mercaderes, por lo que sin duda el Japón de Jideyoshi le daba gran valor a las artes comerciales.

Debido a que el obispo Domingo Salazar abrigaba intenciones de promover las misiones de las órdenes mendicantes en el Japón, el interrogatorio sobre las actividades de los jesuítas fue extenso y llevaba el asunto hacia el problema de si los japoneses aceptarían otras órdenes religiosas. La contestación fue no sólo afirmativa, sino que tres de los japoneses firmaron otro documento en el que solicitaban al obispo el envío de frailes descalzos. Y como ellos habían presenciado la llegada de un grupo de dominicos, le pareció "que ninguna religión será más a propósito que la de Santo Domingo".

En su propia declaración, Domingo de Salazar señaló que de ahí en adelante podrían conocerse en España las "verdaderas condiciones del Japón" y que nadie tendría que depender de la tendenciosa información de los jesuítas. Ahora sería necesario romper las restricciones que el Papa y el rey de España habían impuesto a las órdenes mendicantes y enviar franciscanos y dominicos. Porque:
según el dicho intérprete dijo, los dichos japoneses mientras se escriba los arriba dicho, estaban entre si y decían que si en (Miyako) viesen los religiosos de San Francsco, que ahora vinieses a estas islas, lloraran con ello de placer y los recibieran como a ángeles del cielo.
Opina Knauth que de esta forma aparecían iniciativas del lado japonés, para poner a las Filipinas y el Japón en un contacto oficial más cercano. Los jesuítas hubieran querido prevenir esto a toda costa, pero los acontecimientos de Kyushu mostraban que no tenían medios para asegurarse la exclusividad y que la idea de la tutela jesuíta era una quimera. La suposición de que el Japón estaba separado del resto de la cristiandad, que carecía de comunicaciones, había sido desruída con la visita a Jirado. Ahora los de Jirado, al corresponder con otra visita, hacían las relaciones definitivamente bilaterales.
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(1) Lothar Knauth, Confrontación Transpacífica, El Japón y el nuevo mundo hipánico, 1542-1639, México, UNAM, 1972. Cap. IV. España y Jideyoshi: dos conceptos de paz y amistad, pp. 121-124.

(2) J. Laures. An Ancient Document on the Early Intercourse between Japan and the Philippines Islands (Tokio, 1941), citado por Lothar Knauth, Ibidem.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Más sobre El Realejo.

Citaremos in extenso los comentarios  de O.K. Spate sobre la construcción de barcos en el litoral americano del Pacífico en el siglo XVI (1). 


"Aunque la madera apta para la construcción de barco podía conseguirse en diferentes sitios, los puertos Nueva España no estaban tan bien provistos de materias primas locales como los que se hallaban más allá de Tehuantepec: Nicaragua tenía resina y excelentes fibras para velas y cordajes, mientras Nueva España a menudo se veía obligada a recurrir a aparejos de sgunda mano procedentes de Europa. A mitad de siglo, Tehuantepec decayó y Guatulco (sic) fue empleada principalmente para reparaciones, pero los astilleros de La Posesión, el magnífico puerto de Realejo en Nicaragua, eran capaces de cosas más grandes, incluido el Santa Ana de 700 toneladas y capturado por Cavendish cerca de Baja California en 1587". 
Martha de Jarmy Chapa confirma esta apreciación (2): 


"Los accesorios metálicos para los barcos de la costa de Pacífico en general vinieron de Europa, por lo que eran muy costosos. Los cabos y las velas para los navíos de las costas de Nueva España llegaban del Atlántico. Casi siempre eran viejos, y en mal estado, desechos de la navegación atántica en Veracruz; los contemporáneos estaban de acuerdo en que daban un pésimo servicio. Los buques equipados en Centro y Sudamérica tenían la ventaja de usar cables y velas manufacturados cerca de Realejo, en la isla de Puna y en varios otros puntos, con fibras de producción local como lapita y la cabuya, ambas de excelente calidad".


Los barcos


"Las naves construídas en los astilleros del Pacífico, señala Martha de Jaramy Chapa, no diferían de las usadas en el Atlántico. Para mediados del siglo XVI, parece que el tipo carabela, que tan buen servicio dió a los primeros navegantes españoles y portugueses pasó de moda, aunque en su forma modificada existió el carabelón, mencionado en una licencia de 1550, que navegó desde el puerto de la Navidad en la Nueva España. Probablemente se construyó para explorar, pero a falta de oportunidades atractivas se usó en viajes comerciales al Perú. Algunas de las licencias y relatos de navegación llaman a los barcos naos, pero a mediados del siglo XVI la nomenclatura era muy elástica para permitirnos un juicio exacto del significado de esta palabra. Puede ser que se aplicara, en general, a los barcos más pequeños. Varias licencias nombran a los barcos navíos y parece probable que se referían a los galeones, naves bien construídas, de tres mástiles y con los costados altos,especialmente seguras y marineras. El Santa Cruz y el San Pedro de las empresas del marquesado (de Hernán Cortés) eran de este tipo. En lo relativo al equipo, mecanismo de gobierno y demás, eran similares a los buques que navegaban en el Atlántico".


Por su parte O.K. Spate señala que "(...) la norma, incluso en la década de 1580, eran los barcos de entre 12 y 15 toneladas para cabotaje y entre 60 y 120 para el comercio intercolonial". Así lo confirma Martha de Jaramy:


 "las naves construídas en el Pacífico eran menores a las del Atlántico y las pruebas de que disponemos confirman esto. Una lista de barcos anclados en el Callao, elaborada en el verano (austral)  de 1589, demuestra que los de propiedad privada destinados al comercio particularmente desplazaban entre 35 y 180 toneladas. Los tres galeones reales que estaban en el puerto iban de 200 a 365 toneladas, pero eran naves del Tesoro no utilizados en viajes comerciales. Don naves que en el momento en que se hizo la lista se encontraban en el Callao y se dedicaban al comercio con Nueva España eran de 135 y 90 toneladas. Los relatos referentes a los navíos capturados por Sir Francis Drake durante su memorable correría a lo largo de la costa americana del Pacífico en 1578-9 estaban bastante de acuerdo con la cuenta que en 1589 se hizo en el Callao. Drake capturó varias lanchas de 12 a 15 toneladas que se usaban para la navegación de cabotaje a distancias cortas, pero el resto de las naves tenían entre 60 y 120 toneladas".


Usos y problemas del transporte


Pero el puerto nicaragüense era muy activo: descubierto alrededor de 1520 por Pedro Arias Dávila, Pedrarias y Andrés Niño, diez años después albergaba entre quince y veinte carabelas para el tráfico de esclavos. Ese comercio había sido organizado por Pedro Arias Dávila, Pedrarias, el infame Gobernador del Darién, y fue estimulado por la dificultad de trasladar a los esclavos indios al continente. 


O.K. Spate informa que "gran parte del equipamiento básico para la pesca, en especial los aparejos de metal, todavía tenían que cruzar el Atlántico y luego la altiplanicie mexicana, aunque Cortés había iniciado la explotación de abundantes minas de cobre, más escasas de estaño y hierro, en México central y el aprovechamiento del sulfuro de los volcanes para la fabricación de pólvora. La construcción española en las costas del este de Pacífico no llegó a alcanzar los altos niveles de calidad de los astilleros de Manila, que unía a una tecnología equiparable a la europea la tradicional habilidad de los artesanos chinos en la construcción de barcos; en palabras de Borah, la mayor parte de los barcos americanos eran pobres, sucios y extravagantes, y hay abundante evidencia de eso incluso en el siglo dieciocho".
"Además, la navegación en aguas americanas estaba siempre amenazada por la broma, la preocupante carcoma de los barcos que podía transformar las maderas en panales o esponjas, y aunque se aplicaron revestimientos de plomo en los barcos con los que Pedrarias navegó a Darién en 1514 –un uso muy temprano– era un procedimiento demasiado caro, poco fiable, y excesivamente engorroso para su empleo generalizado.
"Más tarde se descubrieron maderas resistentes a la carcoma, que contribuyeron en gran medida al ascenso de Guayaquil como el gran astillero de la América del mar del Sur; pero, por descontado, esas maderas no podían conseguirse siempre ni en todas partes. Las tripulaciones también constituían un problema; podía haber un núcleo de verdaderos marinos, pero estos en su mayoría eran sacados de los albañales de una sociedad muy mezclada.

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(1) O.K Spate. The Spanish Lake. Australian National University, Canberra, 2004, Pp. 64-65.

(2) Martha de Jarmy Chapa, Ibidem, Pp. 233-235.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Realejo

Un amable lector pregunta acerca de la construcción de barcos en el puerto de El Realejo, en Nicaragua, destinados a la ruta del Pacífico.


Cabe destacar que la información es dispersa y las deducciones sobrepasan a los datos verificables. El lugar fue utilizado desde la etapa de la conquista y luego por corto tiempo durante el asentamiento del poder español en Centroamérica, ya que fue reemplazado por el puerto de Corinto, en las inmediaciones. La importancia histórica de estos puertos reside en que formaban parte de una amplísima visión estratégica de la corona española, en el proceso de expansión hacia el sur de América, sobre todo la comunicación entre los reinos de la Nueva España y Perú, así como el anhelado camino entre el Atlántico y el Pacífico.

"Más que puerto, esos parajes (Omoa, Trujillo, Golfo, Sonsonate, Realejo, Matina, Calderas, etc.) eran sitios de desembarque y tránsito de mercancías hacia el interior del Reyno" de Guatemala, refiere Gustavo Palma Murga (1). "Eran lugares mortíferos, insalubres, y sin ninguna población estable que justificara el establecimiento de oficinas encargadas de realizar operaciones aduanales, menos aún las comerciales".

Sin embargo, el registro de su existencia es de gran valía porque muestra algunos de los intentos más atrevidos del proceso de expansión española en la región. El Realejo ofreció por un tiempo la ventaja de la madera de buena calidad, no disponible en los puertos de México o Perú. De ahí que se construyeran en aquel paraje los primeros astilleros. Martha de Jaramy Chapa, señala la funcionalidad de El Realejo (2):

Astilleros

"Hacia mediados del siglo (XVI) los (astilleros) de la Bahía de Guayaquil fueron los más importantes, siguiéndole en importancia los de Realejo, mientras que la Nueva España, a pesar del brillante principio de su industria naval entre 1530 y 50, perdió casi toda la prominencia en ese campo. El astillero de la familia Cortés en Tehuantepec decayó. De cuando en cuando se construyó un barco en Huatulco, pero en general sólo se repararon y no se estableció un astillero permanente. El astillero real estuvo en la Navidad (Michoacán), dirigido especialmente hacia el comercio con el lejano oriente, y allí se construyeron las naves de la expedición de Legazpi. A la muerte de D. Luis de Velasco I fue cerrado pero más tarde se construyeron allí varios de los galeones de Manila; no obstante fue un astillero pequeño"

Con relación a El Realejo, la misma autora señala que "por lo menos dos de los mayores navíos que hacían el viaje a Filipinas, el San Martín y el Santa Ana, buque de 700 toneladas del que Cavendish se apoderó en 1587, se construyeron en Realejo, Nicaragua. La mayor parte de las de las naves que participaron en el tráfico entre México y Perú eran de construcción y quizás hasta de propiedad centroamericana o peruana"

Seguiremos sobre el tema.
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(1) Gustavo Palma Murga, Economía y sociedad en Centroamérica (1680-1750), en Historia General de Centroamérica, Vol. II, El régimen colonial (1524-1750). Edición a cargo de Julio César Pinto Soria. Ed. Siruela, Madrid, 1993.

(2) Martha de Jaramy Chapa. La expansión española hacia América y el Océano Pacífico. Tomo II La mar del sur y el impulso hacia el Oriente. Fontamara, México 1988, pp. 233.



sábado, 4 de diciembre de 2010

Sermones y florecillas


San Felipe de Jesús se convirtió en una imagen dominante en el pensamiento criollo, alabado en sermones y florecillas (versos populares) en la Nueva España.

Santo criollo

Ciao Massimo !

En suma, el caso de San Felipe de Jesús es una metáfora nacional de tipo religioso que cumplió un cometido importante en el afianzamiento del pensamiento criollo de la Nueva España. En el futuro habría que escarbar en los archivos de la curia mexicana para descubrir los esfuerzos que se realizaron específicamente para enaltecer a este primer santo mexicano.

El incidente de Nagasaki mostró una profunda división que existía entre los misioneros católicos en Asia, separados por su dependencia del poder español y portugués. Esa división contenía también una percepción distinta sobre los métodos misioneros que debían aplicarse en Asia: los jesuítas procuraban una adaptación de los ritos católicos para penetrar las culturas del Este lejano. Las demás congregaciones repetían en gran medida la experiencia ensayada en América y Filipinas. La muerte de Felipe de las Casas fue de algún modo “cobrada” por las órdenes misioneras con su canonización y abanderamiento de la causa criolla novohispana, muy útil en su momento.

Una apreciación adicional es que el conflicto religioso en Asia demuestra también el agotamiento material y militar del imperio español, que llegaba a sus límites en aquel continente, y que fue incapaz de continuar con su empresa de conquista, quizás para fortuna de la diversidad cultural del mundo contemporáneo.

Por lo pronto, su figura se muestra como un ejemplo de la influencia asiática en México y su conexión con los debates religiosos que gobernaron al mundo católico, incluso en lejanas tierras asiáticas. Continuaré posteando diversos datos y eventos de ese choque cultural iniciado en el siglo XVI, con otros ejemplos de tal influencia del Oriente en la Nueva España.

En el terreno artístico deben mencionarse los murales de la catedral de Cuernavaca, que muestran el martirio de los frailes en Nagasaki, así como la insólita importación de marfiles asiáticos, varios de ellos procedentes de Japón, con la efigie de San Felipe de Jesús. Estos ejemplos son de una riqueza inapreciable.



Los murales de Cuernavaca muestran la primera etapa en que se mencionaba a todos los mártires del Japón, y fue tan sólo al final del siglo XVII cuando se singulariza a Felipe de Jesús como El Santo Mexicano, dejando a un lado de los otros crucificados. Ello ejemplifica el impecable manejo iconográfico de la causa criolla.



Un acontecimiento que sucedió a finales del siglo XVI, narrado insistentemente en el XVII y XVIII. Las expresiones de fervor religioso novohispano durante dos siglos fueron catalogados cuidadosamente por Reiko Kawata (1).


1640 Un santo de mi patria (Miguel Sánchez)

1652 Patrón de nuestras Españas (Jacinto de la Serna)
Patrón de Nuestro México
Brío español y aliento mexicano

1681     Santo Criollo (Juan de Avila)

1682      Felipe es clavel, flor y fruto mexicano (Baltasar de Medina)

1683     Criollo de México, honra de la América (Joseph de Torres Pezellín)

1684     El nacional y patrio amor (Antonio Vidal de Figueroa)

1685 Nuestro Americano Cielo San Felipe de Jesús (Antonio Joseph
Pérez)

1768     Hijo de México (Joseph Angel de Cuevas Aguirrre y Abendaño)
Mexicano de San Felipe.

1782    El Mexicano San Felipe de Jesús (Joseph Francisco Valdés)
1802     Su mexicana sangre (Breve....Anónim
             
           Habría que agregar solamente el elogio nacionalista y romántico que Ramón López Velarde hace en la Suave Patria: “Te dará, frente al hambre y el obús, un higo San Felipe de Jesús”, como la figura milagrosa que se opone al siglo de conflictos que atravesó México en su primera etapa independiente. Coincidencia quizás pero Felipe de Jesús fue sustituído a partir del año 1857 en el calendario cívico del México Juarista, cada cinco de febrero por el día de la Constitución. No es cuestión de colgarle más milagritos al santo, pero a lo largo de todos esos siglos se adherezaron muchos beneficios políticos de tener un santo nuestro.


[i] Ibidem., pp.170.

domingo, 21 de noviembre de 2010

La intervención de Roma

A todo lo largo del siglo XVII, los conflictos entre las congregaciones religiosas católicas con relación a las opciones de evangelización en Asia repercutieron en el propio Vaticano, epicentro del control político de dicha expansión. El tema es tan extenso y complejo que daría pie a a una saga como la del Código DaVinci, de Dan Brown. Por lo pronto, me interesa hacer un recuento de tal polémica desde la perspectiva romana.


Gregorio XIII (Papa de 1572 a 1582) fue un apasionado de la expansión religiosa en Asia. Conocido antes de ser Papa como Gregorio Boncompagni, fue elegido a los 70 años, y estaba interesado en las nuevas dimensiones físicas y temporales del mundo. Propuso el cambio de calendario, que una vez instituído se llamaría Gregoriano. Fue el primero en tomar partido en este conflicto con su breve Ex Pastoralis a favor de los jesuítas (1).


Su seguidor, Felice Peretti (Papa de 1585 a 1590) fue un franciscano que ascendió al trono de Roma a los 64 años el 24 de abril de 1585 como Sixto V. Podría ser calificado como el creador del nuevo y moderno Papado. En una primera etapa promovió la restauración eclesiástica y la administración interior, pero después mostró una propensión extraordinaria a planes fantásticos junto a un sistema local de gobierno (justicia e impuestos) que le acarreó muchos enemigos. De caracter cambiante (en momentos decisivos se muestra indeciso y vacilante) soñaba con la conquista cristiana de Asia. Su propósito era claro: convertir a Roma en una Metrópoli de la Cristianidad, y no en la mera residencia del Papa, que era por cierto el Castillo de San Angel. Convertir los monumentos antiguos en testimonios de la derrota de la paganía por la religión católica; acumular dinero (aunque sea prestado) para constituir un tesoro en el que había de apoyarse el poder temporal del Estado Pontifício. El 15 de noviembre de 1586 revirtió la breve de su antecesor y emitió Dum ad Uberes facultando a los franciscanos a fundar iglesias y conventos en todos los reinos de las Indias, incluyendo China.

Pero el ritmo de la vida en Roma era como una especie de lotería, donde a la elección de un Papa seguía su funeral, otro cónclave y, casi siempre, el cambio de bandos. Urbano VII gobernó una semana, septiembre de 1590, Gregorio XIV diez meses y diez días, 1590 - 1591, Inocente IX en octubre y noviembre de 1591. Los embajadores-cardenales de España y Portugal defendían sus intereses y procuraban apadrinar a las diversas órdenes religosas en el otro lado del mundo. Fueron años de turbulencia y espera.

Para los optimistas, Roma era también la capital de las oportunidades pues la escala móvil siempre se abría a nuevos cardenales, casi todos ancianos y algunos de origen humilde. No obstante, el 30 de enero de 1592 Ippolito Aldo Brandini, protegido del cardenal Farnese ascendió al trono de San Pedro con el nombre de Clemente VIII. Era un hombre rico, prudente y relativamente joven, pues a los 56 años habría de conducir a la iglesia romana por 13 años. Se le pidió gracia para sus enemigos y que todo fuera perdonado. En señal de sus intenciones se llamaría Clemente.

Las promesas de evangelización en Asia llegaban a Roma en cartas desde Macao y Manila. Casi siempre eran positivas, pero desde 1597 se tornaban amargas y más desesperadas por la persecución religiosa en Japón. La voluminosa correspondencia desde Asia describió los grandes cambios que se estaban produciendo con la unión forzada de los shogunes bajo el mando de un nuevo comandante supremo. Los padres en Japón enviaban mensajes contradictorios acerca de la persecución religiosa, mezclados con las buenas nuevas de su acercamiento a China y Japón.

En el año 1600 Clemente VIII emitió Onerosa Pastoralis Officio en que permitía a todos los institutos religiosos evangelizar China y Japón pero sólo entrando por la vía de Portugal, lo que impuso una barrera a los frailes manilenses. El obispo de Japón, Cerqueira, publicó el edicto papal hasta el año 1604, ordenando que salieran las órdenes mendicantes. Franciscanos, Agustinos y Dominico estaban a la espera de los consabidos cambios de Roma, como de hecho sucede en 1608, cuando el nuevo Papa Paulo V autorizó (Sedis Apostolicae Providentia) el ingreso de misioneros por cualquiera de las rutas. El decreto fue ratificado por Urbano VIII en 1633 en Ex debito pastoralis Officii.

Las razones de estas decisiones papales, aparte del cabildeo de los misioneros en Roma, se debió también a la agudización del conflicto entre Francia y España que hacía más difícil el tránsito a partir de Lisboa y el viaje por la vía de Portugal se tornó más peligroso con la creciente presencia holandesa en India. En Goa, la Inquisición portuguesa maltrataba a los que no fueran lusitanos (2).


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[1] Ranke Von Leopold, Historia de los Papas, Mexico FCE 1974.
[2] Dunn, p. 235