jueves, 2 de abril de 2009

Cabeceras

En el proceso de evangelización de Flipinas, la resistencia de los habitantes de las islas para vivir forzadamente en poblaciones al estilo español obligó a los misioneros a generar opciones para acercarse a las comunidades locales. Una de éstas fue la celebración de las fiestas religiosas con gran despliegue, lo que atrajo a los remotos pobladores a las grandes ocasiones de Semana Santa o de orpus Christi. Las iglesias se asentaron en las denominadas Cabeceras, destinadas originalmente a ser la base de poblaciones permanentes. En efecto se construyeron habitaciones alrededor de las iglesias, llamadas casas dominicales, pero que no eran habitadas  de manera permante. Ante ello, los frailes tuvieron que construir capillas de visita en lugares apartados.

El sistema cabecera-visita, ya experimentado con anterioridad en la Nueva España, se convirtió gradualmente en la forma más utilizada de la evangelización en Filipinas. Cabe señalar que ante la insuficiencia de religiosos esta fue la manera más adecuada para propagar la religión, aunque siempre hubo quejas por el esfuerzo que se debía realizar en los traslados de una a otra.  En los siglos XVII y XVIII la presencia religiosa no rebasaba el perímetro de las capillas de visita, por lo que se contaba con  las llamadas misiones vivas, destinadas a atender a pobladores que aún no se integraban a la religión católica. Ello explica en parte el hecho de que en Filipinas, un país profundamente católico, persiste la población de origen musulmán y de otras religiones.

Una queja constante que recogen diversos estudios históricos es que el proceso de evangelización concedió un poder casi absoluto a los religiosos que se instalaron en las cabeceras y que controlaban amplias extensiones a través de las capillas de visita. La dispersión de estos frailes también condujo en muchas ocasiones a la transgresión de sus deberes como líderes religiosos de las comunidades.

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Phelan, John Leddy. The Hispanization of the Philippines. Spanish Arms and Filipino Responses, 1565 - 1700. . Pp. 51 -52



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