martes, 9 de octubre de 2018

La crónica del evento en Thammasat

Me da gusto compartir la información publicada por la agencia española EFE sobre el seminario organizado en la Universidad Thammasat de Bangkok. Apareció en algunos diarios, como La Vanguardia, de España.



Gaspar Ruiz-Canela
Bangkok, 8 oct (EFE).- El Galeón de Manila, que cubría la ruta comercial entre Asia y Latinoamérica a través del océano Pacífico, inició una verdadera globalización con China en el centro del intercambio de apreciadas especias, seda y plata, entre otros productos.

Así lo afirmaron hoy en una conferencia en Bangkok varios historiadores de Tailandia, México, España y Chile con motivo del Día del Galeón, que conmemora la llegada del navegante y fraile español Andrés de Urdaneta a Acapulco (actual México) desde Manila en 1565.

"China era la pieza central de la globalización", indicó el historiador mexicano Cuauhtémoc Villamar durante la conferencia titulada "Conectividad transpacífica a través del Galeón de Manila: Sudeste Asiático, la costa pacífica de las Américas y España" en la Universidad de Thammasat.

Villamar explicó que la ruta del galeón, que estuvo activo hasta 1815, creó el primer comercio "verdaderamente global", ya que el intercambio entre Asia y América también afectaba al resto del mundo en el aspecto económico, cultural y migratorio.

En este sentido, las monedas de plata acuñadas por la Corona española fueron la primera divisa global, al tiempo que la plata española era utilizada para el pago de impuestos durante la dinastía Ming en China, que exportaba productos de lujo como porcelana y seda a cambio de metales preciosos o alimentos como el chocolate y el chile.

El historiador mexicano relató que la escasez temporal de la plata procedente de México y Perú influyó en la caída de la dinastía Ming, al interrumpir el pago de los tributos.

En su opinión, el establecimiento de un sistema de comercio "predecible" fue el mayor logro del Galeón de Manila, una lección que se puede aplicar hoy día ante la guerra comercial entre China y Estados Unidos.

Villamar también mencionó contrapartidas del mercantilismo globalizado como la "extrema" dependencia financiera de la plata, el endeudamiento endémico de la Corona española y los casos de pillaje y explotación de los indígenas en América.

El experto español Juan José Morales citó las palabras del escritor hispano-incaico Inca Garcilaso de la Vega, quien en el siglo XVI ya defendía que no había dos mundos, sino uno, al tiempo que recordó que las especias como la pimienta, el clavo o la nuez moscada de la actual Indonesia eran codiciadas por las cortes europeas.

Apostilló que la apropiación por parte de Holanda de la producción de las especias en las islas Molucas, antes en manos de las poblaciones indígenas, fue uno de los factores que provocaron la decadencia del Sudeste Asiático.

En su intervención, Morales afirmó que un español, Juan González de Mendoza, escribió en el siglo XVI uno de los libros más informativos sobre China en la época, al tiempo que los españoles fundaron en Manila la primera universidad de Asia.

Dentro del intercambio cultural, los pañuelos de seda de Cantón (China) y los abanicos chinos se transformaron en parte de la cultura española y mexicana.

"El mantón de Manila en realidad procedía de Cantón", precisó Morales, autor junto al estadounidense Peter Gordon del libro "La Ruta de la Plata: China, Hispanoamérica y el nacimiento de la globalización, 1565-1815".

En un afán de llegar a China y a las "Indias Orientales" en busca de seda, porcelana y especias, España llegó a América y luego financió la circunnavegación del mundo lograda por Fernando de Magallanes, que murió asesinado en Filipinas, y Juan Sebastián Elcano tras cruzas el Pacífico de oeste a este.

Fue Urdaneta quien logró encontrar la ruta del "tornaviaje", desde Asia a América, gracias a la corriente de Kuroshio, al norte de Japón, e hizo posible la ruta de ida y vuelta del Galeón de Manila, también conocido como Nao de China.

Según el profesor tailandés Piemsak Hongjamrassilp, la Corona española creó un imperio con centros importantes en los actuales Filipinas y México, entre otros, debido a la larga duración de los viajes, incluidos los entre tres y cinco meses que el Galeón de Manila tardaba en recorrer la ruta en un sentido.

Piemsak señaló que los españoles firmaron un tratado de amistad y comercio con el reino de Siam en 1718 y establecieron brevemente una pequeña colonia en Ayutthaya, la antigua capital tailandesa.
La conferencia en Thammasat fue organizada en cooperación por la embajada de España y los miembros de la Alianza del Pacífico (Chile, Colombia, México y Perú). EFE


viernes, 5 de octubre de 2018

El Día del Galeón de Manila

En 2009, la UNESCO (agencia de la Organización de las Naciones Unidas dedicada a la promoción de la Educación, la Ciencia y la Cultura) aprobó la creación del Día del Galeón de Manila, a celebrarse cada año el 8 de octubre. Esta fue la fecha, pero de 1565, cuando el galeón San Pedro regresó a costas mexicanas, procedente de Cebú, Filipinas. Se inauguraba así una ruta marítima de dimensiones colosales, que duró dos siglos y medio.



En Tailandia, las Embajadas de la Alianza del Pacífico (Chile, Colombia, México y Perú), junto con la de España y de Filipinas, en colaboración con la oficina de UNESCO en Bangkok y la Universidad de Thammasat, organizarán una jornada de celebración de la “Nao de China” o “Galeón de Manila” y los lazos generados entre Asia y América durante la primera globalización, impulsada por más de 660 viajes realizados entre los puertos de Manila y Acapulco durante 250 años. 

La conmemoración incluirá un seminario denominado "Conectividad Transpacífica a través del galeón de Manila" y una exhibición fotográfica.



sábado, 29 de septiembre de 2018

Seminario en Bangkok

El lunes 8 de octubre se inaugura el seminario sobre Conectividad en el Pacífico a través del Galeón de Manila. El Sudeste de Asia, la Costa del Pacífico en América. La sede será la Universidad Thammasat en Bangkok. 

Un aspecto interesante es que se abordará el legado histórico del Galeón de Manila y los aspectos contemporáneos de la relación entre las economías de la Cuenca del Pacífico. Es importante colocar en esa perspectiva la dinámica que está cambiando al mundo, como lo hizo hace 400 años el Galeón de Manila. 

De hecho, la primera globalización planetaria se dió en el encuentro entre la plata producida en el cerro del Potosí (hoy Bolivia) que pertenecía al virreinato del Perú y la plata que se extraía de minerales en Zacatecas, Taxco y varios otros en la Nueva España, en intercambio con los productos asiáticos. 

En esta oportunidad abordaré las circunstancias históricas que, desde la perspectiva de Asia, permitieron establecer dicho encuentro. 

El vínculo fue el Galeón de Manila, el resultado fue múltiple, como lo abordamos constantemente en este blog.

En la organización se han involucrado las Embajada latinoamericanas en Tailandia, así como las Embajadas de Filipinas y España, y el Ministerio de Relaciones Exteriores de Tailandia. La UNESCO participa en este acto de reflexión histórica.

Transpacific Connectivity Through the Manila Galleon
Southeast Asia, the Pacific Coast of the Americas and Spain

Inauguración: 8 de octubre de 2018.
Faculty of Liberal Arts
Conference Room 107
The Phra Chan Campus.

Time: 8:30 am-4:00 pm
Registration 8:00 am - 8:30 am

lunes, 24 de septiembre de 2018

De Acapulco a Veracruz, 1679

Concluiremos en esta entrada la crónica del Padre Pedro Cubero dedicada a la Nueva España como parte de su largo viaje alrededor del mundo. En tres entradas anteriores de este blog hemos transcrito la información que aquel insólito viajero español hizo por el mundo a fines del siglo XVII. 

El valor documental de este trayecto dentro de la Nueva España es la descripción del camino que seguían los productos traídos de Asia hasta el virreinato americano y que posteriormente eran exportados a España desde Veracruz. Es curioso por lo menos que Pedro Cubero no llegó a la Ciudad de México, sino que recorrió la ruta entre los actuales estados de Guerrero, Morelos, Puebla y Veracruz.  

El autor refiere su paso por Trisco o Tisco, cercano a la ciudad de Puebla. Supongo que es Atlixco, pero no he podido identificar el poblado específico, que describe muy elogiosamente. Otra población de dudosa referencia es Talapa, cerca de Veracruz, muy probablemente Xalapa.  Agradeceré la ayuda de los lectores para aclarar los nombres de estas localidades. 

Como en las tres entradas anteriores, he actualizado la puntuación del texto y he dividido algunos párrafos para facilitar la lectura.

El "plato fuerte" de este capítulo es la memoria que hace el autor de la actividad del obispo Juan de Palafox, treinta años antes de que Pedro Cubero pasara por Puebla. Eso indica el enorme impacto de las aciones del que fue Virrey y Obispo de la Nueva España en los turbulentos años cuarenta de aquel siglo.

Esta vez podremos leer el capítulo 47 acerca del trayecto que se hacía de Acapulco a Veracruz, las dos entradas de la Nueva España.

Nueva España, siglo XVII

Capítulo XLVII
Sale el autor del puerto de Acapulco y cuenta lo que sucedió en su viaje.

Salí de Acapulco y pasando diversas montañas. al segundo día llegué a la tan celebrada cuesta del Papagayo, que sobre su aspereza de subida y bajada tiene mas de tres leguas. En lo alto de la cumbre nos cogió una tan grande tempestad de truenos, relámpagos y agua, que entendimos el cielo se venía abajo y apeándome para ponerme debajo de un árbol, porque los arroyos de agua que bajaban eran tan grandes y con tanta furia que las cabalgaduras no podía de ninguna manera caminar. Vi un árbol cuya corteza olía a bálsamo y reparé que entre aquella arboleda debía haber muchos árboles aromáticos, porque era grande la fragancia que allí había. 

Luego bajamos para pasar el rio del Papagayo y lo que yo más me recelaba era [el rio] no hubiera crecido, porque es de los ríos más temidos de toda la Nueva España, por haberse tragado tantos hombres. Su corriente es muy veloz y atreinta pasos del vado tiene un despeñadero, tan alto y profundo que en cayendo allí no hay humano remedio. Pasámosle con felicidad por no haber crecido y fuimos a hacer noche a una pequeña casa de campo.

Al otro día pasamos a aquel tan profundo arroyo, que llaman de la imagen. Su origen de un peñasco muy alto donde hay una peña que parece de mármol blanco, que desde el arroyo se ve y representa una imagen muy grande como de nuestra Señora de la Concepción, que la misma naturaleza labró allí. Luego se pasan unos pequeños lugares de Indios, que por ser de poca importancia los dejo al silencio y llegamos a la ciudad de Tisla [Tixtla], cita en una hermosa llanada [llanura], muy amena. 

Es harto grande y tiene muy buenas casa y allí moran muchos españoles. En la plaza mayor está la casa del Alcalde mayor y a las espaldas está la iglesio parroquial. De allí nos partimos para Chilapa, víspera del Corpus Christi, y tuve una muy mala noche, porque estando encima de la cuesta nos anocheció y el Indio que nos guiaba perdió la senda, y por no despeñarnos por aquellos barrancos nos fue necesario quedarnos donde nos cogió la noche, al pie de un árbol. Y no fue daño sólo este sino que de media noche para abajo sobrevino una tan gran tempestado de truenos y agua que el cielo se venía abajo.

Amaneció Dios, y con mucho trabajo llegamos Chilapa dia de Corpus Christi y dije misa en el convento de los padres agustinos y me quedé aquel dia allí por ser tn festivo y hallarme rendido.

De allí cogimos el camino para Trisco [posiblemente Atlixco, hoy en el Estado de Puebla] y pasando algunos pequueños lugares e ingenios de azúcar llegamos a Trisco, que es una muy hermosa ciudad ytiene muy famosos campos de trigo, que abastecen gran parte de la Nueva España. Fuy a posar al Convento de los Padres Carmelistas Descalzos, porque tenía un amigo religioso, que era el padre Fray Miguel de Santa Teresa, que había estado en Acapulco a recoger la limosna y lo le había ayudado. En esta ciudad me estuve tres días y me regalaron muy bien estos santos regliosos.

Tisco es una muy buena ciudad de la Nueva España a la falda de unas pequeñas colinas. Su campaña es tan deliciosa, como en nuestra España de la Vega de Granada, y tiene muy saludables aguas. Hay una hermosa plaza, muy ricos conventos, y en particular el de San Francisc, que está en un alto, el de los padres Carmelitas, y de San Agustin. La iglesia mayor es Colegiata y muy hermosa. 

[Puebla y Juan de Palafox]

Desde allí despaché una carta a un mercader de la Puebla de los Ángeles, que se llamaba Martin Carrasco, que era yerno del contador de Acapulco Don Martin Calvo, y le envié una carta que me había dado para el, y antes de entrar el cerrillo, que llaman de San Juan, me salió a recibir en un coche y me llevó a su casa, que era en la calle mayor de la Puebla de los Ángeles y luego al otro día fui a visitar al Ilustrísimo Señor Don Manuel de Santa Cruz, dignísimo Obispo de ella, que me recibió con notable agazajo y cariño. Vi la tan célebre, cuanto hermosa catedral, fábrica insigne de aquel Santo Varón el Ilustrísimo Señor Don Juan de Palafox y Mendoz. El Colegio insigne que fundó, llamado de San Juan Bautista, con la hermosa librería [biblioteca]: obra por cierto de tan gran varón, que por serlo tanto no dejaré de hablar algo de su vida.


Biblioteca Palafoxiana, Puebla

Fue Abad de Cintra, Fiscal del Consejo de Guerra y del de las Indias y Consejero en el mismo. Limosnero de la Emperatriz Doña Mariana, Reina de Hungría, y paso a Alemania con el título de su Capellán mayor. En este viaje hizo a su Rey muy señalados servicios y vuelto a España otros grandes en Aragón y Castilla.

En el año 1639 fue electo Obispo de la Puebla de los Ángeles, Visitador de la Nueva España y sus Tribunales y Residenciador de los Virreyes Marqueses de Cerralbo y Caldereta. Tuvo la comision del comercio de Filipinas, Perú y Nueva España. La víspera de San Juan, que llegó a Veracruz, cumplió cuarenta años de edad. Y entró en su iglesia a 22 de julio y visitó la fábrica de su templo, que había veinte años que cesó su edificio. Y dió limosna para que se prosiguiera quince mil pesos y con su ejemplo se han juntado grandes limosnas.

Ejecutó el Concilio de Trento y Cedulas Reales, en lo que toca a las doctrinas que tenían los religiosos. Precedieron riesgos y amonestaciones y lo consiguió y lo aprobó todo el Consejo. Puso en muy buen orden lo perteneciendo al culto divino y mejoró la hacienda de la fábrica de su iglesia. Visitó su clero y obispado, estableciendo en él maravillosas costumbres, dando numerosas limosnas, confesando y administrando todos los Sacramentos.

Edificó con una obra pía la obra del convento de San Ginés, de religiosas. Celebraba de Pontificial todos los días que manda el Ceremonial Romano. En la Sala del Cabildo de su iglesia puso los retratos de los Señores Obispos sus predecesores. El primero que hubo fue el ilustrísimo Señor Obispo Garcés, natural del Reyno de Aragón, con elogios dignos de su memoria.

Fundó el año de 1646 el Colegio de San Juan Bautista con dote de diez mil pesos y una insigne librería. Edificó el Colegio de Doncellas dedicado a la Concepción, que han de ser huérfanas y de aquí salen para religiosas o casadas. Obra digna de tan cristiano celo. Edificó el Santuario del Arcángel S. Miguel, con casa e iglesia, por los grandes milagros. Consagró al Arzobispo de México Don Juan Muñoz y a otros. Hizo imprimir cantidad de manuales y constituciones para que se cumpla debidamente con todo, y como verdadero prelado escribió algunas cartas pastorales.

[...]

Edificó casa para obispos, y hizo donación de ella a la dignidad episcopal, con una numerosa librería, la cual vi muy de espacio, que contaba de cuatro mil cuerpos de libros, varios, extraños y curiosos. Desta sede fue nombrado para Arzobispo de México, que no aceptó, por voto que tenía de no aceptar otro ninguno.

En materia de predicar, casar huerfanas, dar limosnas, se hubo y cumplió como padre, pastor y maestro. De esta ocupación tan santa paso a la visita de México, de virreyes, tribunales y ministros, y con ocasión de llamar el Rey al Duque de Escalona su Virrey le mandó hiciese oficio de Virrey y gobernó sin salario y lo hizo con grande ejemplo, sin vender los oficios.  Dábanse a los más beneméritos, premiaba los virtuosos, acababa pleitos de muchos años, hizo obras muy heróicas y hizo el oficio con grande alivio y consuelo de sus súbditos. 

Llenó las cajas reales en cantidad de trescientos mil pesos, sin haber impuesto tributo ni gabela. Derribó ídolos que había y puso cruces  santos en su lugar. Erigió en México un batallón de doce compañías sin costa. Desterró los portugueses de la Veracruz y veinte leguas de su costa. Y otras muchas cosas que hizo con su gran espíritu en servicio de Dios y de su Rey, con suma fidelidad y celo. Habiendo visitado todo su Obispado y confirmado en el más de cien mil almas, fueron tantas, y tan grandes las limosnas que dio a sus ovejas que volvió empeñado a su casa, que de limosna fue necessario venir a España.

[De Puebla a Veracruz]

Tiene esta hermosa ciudad de la Puebla de los Ángeles muchos y suntuosos monasterios y iglesias. Las calles son esapcioas y bellas. Fui a visitar el antiguo convento del seráfico padre San Francisco y aquel santuario tan insigne del Calvario. Y hay en cada paso una hermosa ermita adornada con pinturas superiores y en casi todas ellas habitaban sacerdotes. Vi la procesion de la infra octava del Corpus Christi y di gracias a su Divina Magestad con adorno y gravedad. Lo cierto es que es opinión común que la clerecía de la Puebla de los Ángeles es de la mas lucida y virtuosa, que tiene toda la Nueva España. 

[...]

En fin, el tiempo de la partencia de la flota [del Atlántico] se llegaba y yo no podía detenerme más en aquella ciudad, con que habiendo recibido la bendición del Ilustrísimo Señor Obispo y de otros religiosos amigos y de un paisano mio que era Vicario de la Santa Iglesia Catedral, desde el tiempo del Ilustrísimo y reverendisimo Señor Don Juan de Palafox y Mendoza, me partí para la Veracruz. Y a una jornada de allí que es una venta que llaman los dos arroyos fue necesario el juntarnos mucha gente, porque en un sitio, que llaman Mal País, dos días antes habían robado muchos pasageros Cachupines (que así llaman los de aquel país a los españoles) juntámonos más de veinte y cuatro, o veinte y cinco de tropa, con que fuimos prosiguiento nuestro camino y pasamos por el Mal País, sin habernos sucedido fracaso ninguno.


Cofre de Perote

Pasamos aquella montaña tan áspera del volcán de Perote, donde más de dos leguas todo es piedra pomez, que arrojó aquel volcán cuando reventó.  Llegamos a Talapa [¿Xalapa?] y antes de llegar a la bajada de la venta de Perote nos cogió una horrenda tempestad de truenos, relámpagos y rayos. De los mayores que jamás he visto.  Llegamos a Talapa, que es un lugar muy ameno y delicioso de donde traen aquella raíz tan saludable que llaman en España Raíz de Ialapa [¿Talapa?]. 

De allí nos partimos y llegamos a unas ventas donde era tanta la multitud de mosquitos que nos quemaban vivos y esta plaga no solamente hay en estas ventas, mas en todo el camino desde Acapulco hasta la Veracruz de tal fuerte que cuando llegué llevaba las manos y el rostro tan hinchados que parecía un monstruo. Y después en la Veracruz me curé con sumo de limón. 

Llegamos a Veracruz vieja y antes de entrar hay una arboleda muy hermosa de una legua que es un cielo el pasar por ella, por la fragancia que arroja y llega hasta un caudaloso y ameno rio, que es de los mejores, que tiene la Nueva España. Pero el lugar no tiene casi nada de bueno, porque la iglesia está arruinada y las casas caídas, y hay mucha plaga de mosquitos. En este rio dicen ser donde aportó Fernando Cortés y dio barreno a las naos.

De allí a la Veracruz nueva habrá siete leguas y es un camino muy seco y arenoso con que fuimos de noche un caballero del hábito de Santiago llamado Don Juan de Alvarado, vecino de Cadiz y yo. Y al amanecer, entramos en el puerto de la Veracruz nueva. 

Este viaje de Acapulco a la Veracruz, por ser tan trillado de los Españoles, no he querido detenerme en contarlo por menudo. Y lo mismo haré en el viaje, que hizo la flota desde la Veracruz a España. Porque mi intento en este libro no ha sido más que referir con claridad, fidelidad, y realidad mi peregrinación, deteniéndome sólo en aquellas cosas más extrañas y peregrinas.



viernes, 10 de agosto de 2018

Una mirada a Acapulco, 1679


Continuamos transcribiendo el capítulo 46 de la crónica del viaje alrededor del mundo de Pedro Cubero. Después de narrar su tormentoso viaje desde Filipinas, el misionero describe Acapulco, la puerta de entrada a la Nueva España, y se puede advertir la desilusión que le produce ver el famoso puerto.  La travesía del Pacífico duró más de seis meses, del 24 de junio de 1678 al 8 de enero de 1679.  Permaneció cuatro meses en Acapulco y sus impresiones son interesantes al mostrar la vida del importante puerto, donde aparecen misioneros, soldades prisioneros y gente de toda la Nueva España.  

El misionero no hace referencia a los viajeros que venían de Filipinas y que desde aquella época comenzaron a vivir en los alrededores de la laguna de Coyuca.

Extrañamente, no pasó por la Ciudad de México, sino que siguó una ruta difícil por centro sur de la capital, por lo que llegó a Atlixco, Tlixco en su relato. Cabe pensar que el virrey obispo no deseaba que ojos curiosos, en camino a España, se entrometieran en los asuntos del virreinato, razón por la que hizo esperar al misionero tanto tiempo en Acapulco y lo despachó directo, pero muy cordialmente, hasta Veracruz.

Utiliza el término "naciones" para describir acertadamente la variedad de pueblos que componían el reino, a todos los cuales ahora llamamos "mexicanos".



 Nova Hispania et Nova Galicia, Gerard Valk y Peter Schenk. 
Holanda, siglo XVII.


Capítulo XLVI 

Llega el autor al puerto de Acapulco, tierra de la Nueva España: descríbelo y cuenta lo que en él le pasó.

Es uno de los mas hermosos puertos del mar del Sur: celebre por el galeón, que viene alli de Filipinas. Es muy seguro para las naos, porque se puede cerrar con una cadena, y por gran tempestad que haya, el galeón está muy seguro porque es una badia [¿bahía?] rodeada toda de montes alrededor. Tiene una muy buena fuerza que está frontero de la misma entrada y cuando llegamos era Castellano de ella don Diego Polo Navarro. (1)

El lugar es pequeño y de malisimo temple, sus habitadores son negros a manera de cafres, la tierra tosca y estéril, seca de agua, que no tiene más que la de los pocos.  Y esa mala [agua] por ser pesada y salobre, bien que a poca distancia hay una fuentecilla muy tenue, que apenas echa un hilo de agua, que le llaman el Chorrillo, que para llenar una botija es menester dos horas. En medio la plaza hay una iglesia pequeña que es la parroquia.  Hay dos hermitas, una de San Francisco y otra de San Nicolás, y esto es lo que tiene el celebrado puerto de Acapulco. Sobre ser tan caluroso, por no bañarle los vientos, que no se puede asistir en él y entrando el invierno que allá llaman es tan tempestuoso de truenos, relámpagos y rayos, que es horro el habitar en él. 

Aqui estuve detenido, hasta que me viniera orden del excelentísimo señor don Fray Payo de Ribera, Arzobispo de México y virrey de la Nueva España en casa de un paisano mío que era contador y oficial real de su majestad, llamado Don Martín Calvo, que me hizo mucha merced y agasajo, más de cuatro meses que estuve allí. 

En el tiempo en que está la nao en el puerto hay mucho tráfago; y aquel año que yo estuve, mucho más, porque habían llegado cuatro misiones de padres de diversas religiones, que en todos eran ciento y cuarenta y dos, cuyos comisarios eran: de la orden de San Francisco, el padre Fray Matheo Vayon; de la de Santo Domingo, el padre Fray Juan Villalba, y de la de los Padres de la Compañía de Jesús, el padre Salgado. Todas estas cuatro misiones llevaban insignes varones, de muchas letras y virtud para las misiones de China y todos se embarcaron en este galeón San Antonio en que yo vine. 

Vienen también de México muchos soldados, que allá se levantan para Filipinas, y muchos forzados, que por diversos delitos los echan allá.(2) Todos estos se embarcaron en el galeón y a los últimos de marzo, Jueves Santo por la tarde, se dieron a la vela, y siguieron su viaje para Filipinas; y yo estuve allí esperando la orden del señor Virrey.

En este tiempo murió el Vicario de Acapulco, con que el señor Arzobispo me envió una orden para que asistiera a aquella cristiandad, hasta que proveyera, y yo obedeciéndole, lo puse en ejecución, predicándoles todos los más días de la Cuaresma, confesándolos y administrándoles los demás Sacramentos, porque en aquel tiempo acude allí mucha gente de diversas naciones de toda la Nueva España. Puse paz y aquieté muchas discordias y pesadumbres, que por particulares disgustos entre el Castellano y los Oficiales Reales se habían originado.  

A los primeros de mayo me vino una carta del Excelentísimo señor Obispo, Virrey, dándome un muy buen socorro y juntamente orden para que me partiera a la Veracruz, como lo hice. La carta era del tenor siguiente:



Bien puede creer V.M. (Vuestra Merced) que he deseado su despacho, pero la ocurrencia de negocios, y no haber llegado la oportunidad de tiempo han ocasionado el no haberle hecho hasta ahora, y en esta ocasión remito despacho a los Jueces, Oficiales Reales de ese puerto de Acapulco, para que liberen y den a V.M. quinientos pesos para su viaje hasta la Vera-Cruz, donde se le han de dar a V.M. otros quinientos pesos para su pasaje a España, en conformidad de otro despacho, que se emnviará a los Jueces, Oficiales Reales de dicho puerto de la Vera-Cruz, y también otro despacho remitido al General de Flota, para que lleve a V.M. a España. Guarde Dios a V.M. muchos años. México a quince de mayo de seiscientos y setenta y nueve. Fray Payo, Arzobispo de México. Señor Licenciado Don Pedro Cubero Sebastián.

Recibido este despacho, me despedí del Castellano de Acapulco, Jueces y Oficiales Reales y de otras personas de mi obligación y me partí para Veracruz, aunque con mucho riesgo y peligro de la salud, por haber entrado las aguas, y allí ser muy dañosas, y yo no con muy demasiada salud, porque no hay otra cosa, que barrancos, montes, peñascos  y despeñaderos, de los más profundos que hay en el mundo. Y puedo asegurar que lo que es hasta llegar a Trisco [¿Atlixco?], es uno de los más asperos caminos de todos cuanto he caminado y tan tempestuso. Como ya habían entreado las aguas, que raro era el día que no me cogía en el camino tempestado de truenos, relámpagos, rayos y agua. Y lo que reparé es que las tempestados en la Nueva España siempre son por la tarde.

 ______
(1) Castellano, capitán del puerto.

(1) Ver los trabajos sobre soldados y reclutas, reseñados en este blog en 2009. Luis Muro  y María Fernanda  García de los Arcos.

martes, 31 de julio de 2018

De Cavite a Acapulco, 1678


Damos paso a la crónica de Pedro Cubero, en el capítulo 45 en que cuenta la travesía de Filipinas a Acapulco. En este texto ofrece una interesante descripción  del viaje marítimo más largo e incierto de la época. Esta es una versión modernizada con la ortografía contemporánea en español. Al final del texto se citan algunas palabras poco conocidas en la actualidad. En la próxima entrada de este blog publicaré el capítulo 46 con la descripción de Acapulco.

Invito a los lectores a disfrutar el ritmo de la narración y escuchar las voces de los pasajeros y de la naturaleza. Es interesante constatar que el viajero considera el Océano Pacífico como un archipiélago. El autor utiliza varias veces paréntesis para explicar sus ideas; mis anotaciones están en paréntesis cuadrados.




Pedro Cubero Sebastián, 1645-1700
(Fuente:Wikipedia, dominio público)

Capitulo XLV
Cuenta el autor la dilatada y penosa navegación desde las islas Filipinas al puerto de Acapulco, con lo más notable de ella. 

"Despidiéndome del Dean y Cabildo de la Santa Iglesia de Manila, y del señor Gobernador, de los padres provinciales de las cuatro religiones que hay en Filipinas, y juntamente de todos los caballeros y ciudadanos de aquella corte, de quienes había recibido particulares agasajos (que no se les puede negar ser afables y benévolos para con los peregrinos) me embarqué en la carraca capitana de Filipinas San Antonio de Padua, cuyo Capitán General era don Felipe Montemayor y Prado, hijo del Gobernador.

Salimos de Cavite el dia de San Juan Bautista a 24 de junio a las cinco de la mañana y desembocando por la estrecha canal de Marivelez, con prospero viaje llegamos al puerto de Tycao.  Y esperando la cola del vendabal a 15 de julio desembocamos por San Bernardino, y a los 20 [días], habiendo navegado 250 leguas, estando en 16 grados, a las 11 de la noche pasó un globo por encima de nuestro galeón, a manera de una exhalación tan grande, a nuestro parecer, como una tinaja, con tanta claridad que alumbró todo el combés, siendo de noche, con que los del galeón se comenzaron a atemorizar y el piloto mandó luego aferrar los paños [las velas]. Y a las doce de la noche nos entró un tiempo por el sudeste, que nos obligó  a echar los masteleros abajo y fuimos corriendo con el trinquete camino nordeste, cuarta al norte, y [el viento] entró tan furioso que nos obligó por los grandes balances del galeón a arriar abajo la verga mayor.

Duraría el tiempo cuarenta y ocho horas, que fuimos pidiendo a Dios misericordia, sólo con un trinquete, y caminaría con él solo 26 leguas. Abonanzó el tiempo y al otro día, a 28 hasta 29, habiendo alargado la mayor 22 leguas, el día 29 del dicho mes, observamos el sol y nos hallamos en altura de 18 grados y 33 minutos desde 29 hasta 30 anduvo la nao 15 leguas al nordeste, cuarta leste y este día dimos vista a las islas de los Ladrones (hoy las Marianas). 

Sábado a las dos de la tarde, habiendo caminado desde las Filipinas 338 leguas por altura de 19 grados, donde conocimos que la isla que vimo en la banda norte era redonda a manera de volcán la de la parte del sur tendida de norte a sur y tajada por la parte del norte. Y a los últimos del mes ibamos passando por entre las dos islas con poco viento sudeste, al camino del nordeste, en altura de 19 grados y 11 minutos. Y de las dichas islas fuimos prosiguiendo nuestro viaje, que comenzó desde los primeros de agosto y hasta el seis del dicho mes, no perdimos las islas de vista al rumbo del nordeste.

[Terrible tormenta]

A 22 de octubre, habiendo navegado desde las Filipinas 866 leguas en altura de 34 grados, nos hallamos poco adelante de Doña Maria Lázara. Este día nos entró a las once del día un furioso temporal por duseste. Mandó el polito echar abajo los masteleros, las vergas mayores, aferrar todas las velas y que se pusiera a la jarcia del trinquete la boneta. Y  a la una del día se obscureció de tal manera y se entoldó el cielo que parecía ser de noche. Calmó un poco, que es la peor señal, que puede haber temporal. El agua de la mar estaba caliente; todas señales del furioso baxio deshecho, que nos entró a las tres de la tarde. Comenzó la tempestad tan furiosa, que todos los del galeón se confesaron conmigo, hasta el piloto, y me dijo después de haberse confesado, a mí a solas, por no afligir a los de la nao: Señor Padre, muchas mares he navegado, pero en mi vida he visto tal temporal y baxio de desecho.

En fin, entró tan horrible que yendo corriendo el galeón con la boneta, las olas entraban por el medio del combés de una y otra parte: y algunas de ellas por la popa, con tal estrépito y ruido, que cada ola que daba al costado de la nao parecía una pieza de artillería. La noche tan lóbrega y obscura, que parecía un profundo caos.

Pidiéronme todos los de la nao que conjurara y yo lo hice de muy buena gana, habiéndoles exhortado que todos hiciesen un acto de contrición de todo corazón, pidiendo a Dios misericordia de sus pecados, porque allí no había más remedio que el de Dios.

Dos balances dió el galeón por la proa, en que se sumergió todo el árbol del bauprés, que llegó el agua hasta la mitad del combés. Comenzaron todos a gritar: Misericordia, Señor, misericordia. Y pidiéndome la absolución, confesaron a voces sus pecados y echándoles la obsolución general, los animé. Allí era el llanto, allí las lagrimas y sollozos. Duró el temporal ochenta horas y quedaron todos los de la nao tan atemorizados que en muchos días andaban temblando como si fueran azogados. 

Aquella noche eché una reliquia de Lignum Crucis a la mar, a petición del General, del que yo traía, que me había dado su Santidad. Y lo restante de Lignum Crucis, juntamente con una reliquia del cuerpo de San Francisco Xavier, la pusimos atada a la boneta del correr, que venía atada a la jarcia, con otras muchas reliquias que le pusimos, porque en este furioso temporal, después de Dios, sólo en aquella boneta consistía el librarse el galeón de aquella tempestad tan furiosa.

Mas como el alto y poderoso señor es padre de misericordia y como dice el Profeta: Nolo mortem peccatoris, fed amplius, ut ad me convertantur & vivat [1]; con su infinita bondad y misericordia, siendo el que predomina sobre todos los elementos, los apaciguó y fue servido de librarnos de tan furiosas soberbias y profundas olas.

Amaneció el dia 4 alegre y sereno el cielo y llamando a todos los de la nao en alta voz les dije que fuésemos a dar gracias al alto y omnipotente Señor y a la sacratísima Reina de los Ángeles, María Señora nuestra, consuelo de los afligidos y madre de los pecadores. Y vinieron todos los de la nao, y dando infinitas gracias a Dios, cantamos el Te Deum laudamus.

Aquel dia les hice una plática en hazimiento [acción] de gracias, con que desechando el horroroso pavor de nuestro corazones confiados en la infinita bondad de su Divina Majestad y en la protección de la Serenísima Reina de los Cielos. Proseguimos con alegría y regocijo nuestro viaje.

Una cosa particular reparé en este archipiélago, que engolfados en alta mar, con haber alguna tempestades, nunca oímos truenos. En esta tempestad con la boneta de correr, anduvo la nao más de 50 leguas, camino del este y del nordeste. 

[Las señas]

A 27 de noviembre, como entre ocho y nueve de la mañana, en altura de 37 grados largos, habiendo navegado desde las Filipinas 1,330 leguas con varia fortuna descubrimos las señas. Y pues parece toca a mi obligación el explicar que cosa son estas señas, lo haré de buena voluntad.

El galeón, que viene desde las islas Filipinas (que es lo mismo que decir de la última parte de Asia a otra parte del mundo, que es la América) es único, y solo por aquel tan grande archipiélago que llaman de San Lázaro, que es el mayor del mundo. 

Y es cierto que la poderosa mano del Señor es la que lo gobierna y assi al partir todos los que van en él dicen en alta voz como si se echaran casi a morir: En vuestras manos, Señor, nos encomendamos. Cuidado vuestro ha de ser esta mísera barquilla, que se expone a navegar este tan dilatado archipiélago y todo este tiempo no se ve otra cosa que cielo y agua, hasta llegar a reconocer las señas, que parece que la divina providencia allí las depara, para que el galeón no se pierda, yendo a varar con la tierra. 

Estas señas lo son de haber ya pasado el golfo del archipiélago y hallarnos a cincuenta o sesenta leguas de la tierra firme de la Nueva España, porque tanto salen a la mar.

Llámanles los marineros porras, porque son unas raíces coloradas, a manera de penca de palma y vienen sobre la mar, arrojadas de aquelos caudalosos rios que salen de aquella tierra incógnita de la Nueva España, que está treinta y ocho a cuarenta grados corriendo la cordillera de la costa de California al norte.

Estas hojas y raices, cuanto mas nos vamos llegando a tierra, vienen junta en cantidad y los marineros las llaman balsas. Encima de éstas vienen unos pescados a manera de monillos, que los marineros llaman Lobillos [2], y por mis mismos ojos los vi y juegan encima de las balsas, que tanta alegría causa a los navegantes de aquel galeón, más que el día que llegan al puerto, porque desde el día que se descubren hasta el puerto de Acapulco no hay que recelarse de tempestad, porque vamos ya guardados de la costa.

[Mortandad]

Aunque entonces es la mayor mortandad de la gente del galeón, proque todos los que vienen tocados del berben, o mal de Luanda [3], que son los achaques más pestíferos, que dan en aquella navegación y luego disentería, raro es el que escapa. 

Y allí nos sucedió echar tres o cuatro muertos al agua cada día. De tal manera, que en menos de quince días echamos  noventa y dos muertos. Con que ajustado el viaje (sin los que se nos murieron en Acapulco, que fueron nueve) de cuatrocientas personas, que vendríamos con marineros y grumetes, llegamos ciento y noventa y dos. Y muchos de ellos tan achacosos, que en muchos días no volvieron a restaurar la salud. 

Con que puede inferir el piadoso lector, que esta navegación tan dilatada ya por las tempestades tan horrendas, pues rara es la semana que en el archipiélago no la teníamos, ya por los achaques tan incógnitos que dan, ya por la putrefacción de los bastimentos, sólo los ángeles la pueden hacer. 

Y si no es ayudados de la misericordia de Dios, raro es el galeón, como le sucedió a la Victoria, estar un año en la navegación (y no la Victoria de Sebastián Cano, que dio vuelta al mundo, sino la que se perdió navegando a Ternate) y llevar nueve personas, que para virar a las velas, las viraban con el cabestrante y el general que iba en este galeón, aún lo vi yo en Manila, que se llamaba Francisco García del Fresno, que me contó tantas cosas de este viaje, que yo me quedé asombrado. Y me aseguró que las furias le habían conjurado en aquella navegación. Y que en una tempestad, entre otras muchas, que tuvieron una ola lo arrebató del combés y lo sacó fuera del galeón. Y que otra lo volvió a meter dentro (cosa que parece increíble, a no hallarle aún testigos vivos, que lo vieron y se hallaron en aquella navegación.)


[El tribunal de los marineros]

El día que se descubren las señas, los marineros vestidos ridículamente hacen un tribunal y traen presos a toda la gente de más importancia del galeón, comenzando desde el general, y a cada uno le toman su residencia de lo que ha pasado, y haciéndole cargo le echan la condenación, según la persona, con que es un día para todos de mucha fiesta. 

Al general le acumulaban que no quería dar licencia para que se abriese el escotillón para sacar agua, con lo que los había hecho padecer sed.  Al sargento mayor (que también era doctor), que había derramado mucha sangre humana, porque había hecho sangrar más de doscientas personas. Al piloto, que siempre andaba a pleitos con el sol. A mi, que sentado en una fila siempre les andaba reprendiendo. Y que era el Lazarillo de la muerte, porque al que bajaba a visitar entre puentes de debajo la cubierta, al otro día lo echaban por la banda. Con lo que luego nos condenaban y sentenciaban: uno, que diese chocolate, otro biscocho, otro dulces, otro otras cosas diferentes. Dígolo ésto para que se vea con cuánta alegría se celebra el dia que se descubren las señas.

Fuimos prosiguiendo nuestro viaje, en 28 del dicho, en altura de 37 grados y 6 minutos. Fuimos navegando para atracar la tierra, camino del sudeste, y encontramos muchas balsas (que es lo que ya tengo explicado) y en 29 del dicho [mes], avistamos tierra de la Nueva España, que eran unos montes blanquizcos y muy altos, sin árboles, y la tierra estaba en altura de 36 grados y 29 minutos. Y a los 5 de diciembre, hallándonos en altura de 29 grados y un tercio, avistamos una isla, que llaman de los Cedros, que es redonda, a manera de un pan de azúcar y muy amena de grandes y frondosos árboles, pero despoblada.

Está frontero de la boca de California y no la pasamos por la parte de adentro, entre la tierra firme y la isla, por haber poco fondo y ser poco prácticos, pero a 11 de dicho mes avistamos tres torreones que están en altura de 25 grados y los dejamos por la popa a las tres de la tarde. Y fuimos gobernando al sudeste, prolongando la tierra y costeando hasta los 20 (días), que nos hallamos en altura de 19 grados, y allí echamos la lancha al agua para echar el pliego (anuncio de llegada) en el puerto de la Navidad.

Fue con el pliego un capitán vizcaíno, llamado Ioseph Ibarolaza (de este puerto cuentan haber salido Fernando Magallanes al descubrimiento de las Filipinas), a México al señor Virrey, dándole noticia de nuestra llegada a la Nueva España. [4]

Yo le escribó dándole cuenta por mayor de mi llegada a aquel puerto y que su Excelencia dispusiera de mi persona lo que fuera servido, y me respondió su Excelencia al puerto de Acapulco, del tenor siguiente:

"Señor Don Pedro Cubero Sebastián. La prisa con que me es fuerza despachar este correo no me da lugar a más que decir a V.m. (que) he recibido su carta de 20 del mes antecedente (diciembre de 1678). Con relación en ella de las peregrinaciones de V.m. hasta su llegada a este puerto de Acapulco, hallándome enterado de lo que V.M. me dice y con cuidado para todo lo que pueda ofrecerse a la persona de V.m. en que con brevedad se tomará resolución.  Y deseando yo todo lo que pueda ser del consuelo de V.m a quien guarde nuestro Señor muchos años, como deseo. Mexico a 15 de enero de 1679. Servidor de V.m. Fray Payo (de Ribera), Arzobispo de México."

Habiendo la lancha echado en tierra en el puerto de la Navidad al capitán del pliego, volvió a bordo del galeón y nos trajo un muy buen refresco de terneras, pan, queso, limones y otras diversas frutas con que fuimos prosiguiendo nuestro viaje, siempre costeando la tierra, aunque caminabamos poco por amor de las calmas. Pasamos unos montes muy altos, a manera de órganos, que les llaman los Motines. Luego se vé la playa de Coynca. En este mar encontramos una ballena muy grande muerta, que iba sobre aguada. También hallamos muchas tortugas y muy grandes; y dando infinitas gracias al omnipotente y soberano Dios creador de cielo y tierra, que nos libró de tantos peligros, a 8 de enero a las diez del día, dimos fondo en el puerto de Acapulco, habiendo caminado desde las Filipinas 4,000 leguas."




Azogado: Dicho de una persona.  Que se azoga por haber absorbido vapores de azogue. RAE.
Baxio desecho: Término marinero que no identifico, parece ser la palabra tagala bagyo para referirse al tifón.
Boneta: Paño que se a;ade a algunas velas para aumentar su superficie. RAE
Combés:  Espacio en la cubierta superior desde el palo mayor hasta el castillo de proa. RAE
Escotillón: Puerta o trampa cerradiza en el suelo. RAE.
Lignum Crucis: (Lat) Astillas de la cruz de Jesucristo.
Mastelero: Palo o mástil menor que se pone en los navíos y demás embarcaciones de vela redonda sobre cada uno de los mayores, asegurado en la cabeza de este. RAE
Trinquete: Verga mayor que se cruza sobre el palo de proa. RAE



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[1] Ezequiel 33: 11.  "Que no quiero la muerte del que muere, dice el Señor Jehová, convertíos pues, y viviréis."
[2] Zalophus californianus.
[3] Escorbuto. 
[4] La expedición de Fernando de Magallanes salió de Sevilla y regresó al mismo puerto. 

 

domingo, 24 de junio de 2018

Pedro Cubero, peregrino del mundo


Entre las muchas historias del Galeón de Manila escritas durante los siglos en que esta nave cruzó el Océano Pacífico, algunas se destacan por la intención de los narradores de mostrar el poder español sobre el Océano Pacífico, con particular énfasis en el despliegue misionero. Otras narraciones intentan suscitar interés entre los lectores sobre las diferencias de las sociedades y culturas de Asia, y casi todas mencionan las dificultades de la navegación para los galeones de la época.  En esta ocasión hablaremos de una obra escrita por el padre español Pedro Cubero (1645-1697), que reune los elementos descrito. Cubero realizó un viaje alrededor del mundo de 1670 a 1680, hazaña notable y novedosa por haber hecho su recorrido en gran parte por tierra y con rumbo hacia el este de Europa.

Producto de ese viaje, Pedro Cubero publicó en Madrid en 1680 el libro Peregrinación de Mundo. Una versión revisada apareció dos años más tarde en Nápoles. Varios libros similares anteceden esta crónica de viaje, pero la Peregrinación ofrece información de una época de cambios y dificultades para el imperio español y, en el caso de la ruta del Pacífico, se realizó cuando ese trayecto tenía ya cien años operando. (1) Dos décadas más tarde, un comerciante Francisco Gemelli Careri, viajó de 1693 a 1698  y publicó su famoso Giro Intorno al Mondo (Napoles, 1699-1700 en seis volúmenes), en un trayecto similar al de Pedro Cubero. En aquella época ya era posible transitar por Oriente Medio y hacer el recorrido hacia el este del planeta. La descripción de Manila y Acapulco por parte de ambos autores es muy similar.

En la siguiente entrada abordaremos el recorrido en el galeón. Por lo pronto, haremos mención del hecho que la publicación contó con los obligados permisos y apoyos oficiales y religiosos que exigia la época, pero todavía mejor, una elogio poético de Don Pedro Calderón de la Barca. El gran poeta barroco dedica una composición de catorce versos.


Alegoría de los reinos de la Corona de Aragón 
en la cubierta del libro de Don Pedro Cubero Sebastián

A Don Pedro Cubero Sebastian, Missionario Apostolico, embiado por la beatitud de NSP Clemente Papa X, y de la Sacra, y General Congregación à la Predicacion de las Indias Orientales D. Pedro Calderon de la Barca, Cavallero de la Orden de Santiago, Capellan de Honor de su  Magestad, y de los Señores reynos nuevos de la Santa Iglesia de Toledo, intimo amigo del Autor.

Si à la Nave de Argos, por primera
Nautica, que en el Mar abriò camino
La admiracion, la presumió Divino
Astro, añadido à la Celeste Esfera:
Si à la Nave Vitoria por la entera
Buelta del Orbe, Templos la previno
Del Oriente al Ocaso, alto destino,
Emulo al Sol en su veloz carrera.
Que templo? Que astro? Construirà à una nave,
Que simbolo Apostolico de aquella
De Pedro, al mar fiò Pedro Segundo?
Pero que Astro, que Templo avrà mas grave,
Que ser el Norte de la Fè su Estrella?
Y su Templo uno, y otro nuevo Mundo?


Sobre las edición napolitana, sugiero leer el ensayo de Encarnación Sanchez García, de la Universidad de Napoles.
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(1) Algunas crónicas religosas que hablan del viaje a Filipinas, aún de autores que no viajaron a esa región. Gonzalez de Mendoza, Historia del gran reino de la China (1585). Marcelo de Ribadeneira, Historia de las islas del archipiélago filipino y reinos de la gran China, Tartaria, Cochinchina, Malaca, Siam... (1601). Gabriel Quiroga de San Antonio, Sucesos del Reino de Camboya (1604). Pedro Teixera, Relaciones (1610). . Pedro Ordoñez,  El Viaje al Mundo (1614). Juan de Grijalva, Cronicas de la Orden de San Agustin (1624). Diego Aduarte, Historia de la Provincia Dominicana del Santo Rosario (1639).