sábado, 26 de noviembre de 2016

Los buques suicidantes (2)

En la entrada anterior tratamos del viaje más largo del mundo en la época de las naves a vela. Un trayecto que de Manila a Cadiz, pasando por Acapulco y Veracruz, podía tomar hasta dos años para completarlo. Todo podía suceder en ese tiempo, con muchas probabilidades de que la muerte sorprendiera a los pasajeros.

La parte de aquel texto que menciona la Isla de Cedros,  frente a las costas de Baja California, trajo a mi memoria un cuento de Horacio Quiroga titulado Los Buques Suicidantes. Recrea la atmósfera asfixiante y misteriosa de las calmas que ocurren en los mares, sin viento o peor aun cuando los barcos quedan entrampados en enormes telarañas de sargazos y ramas, islas flotantes que no aparecen en los mapas.



Comparto la narración del escritor uruguayo.

"Resulta que hay pocas cosas más terribles que encontrar en el mar un buque abandonado. Si de día el peligro es menor, de noche no se ven ni hay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro.

Estos buques abandonados por a o por b, navegan obstinadamente a favor de las corrientes o del viento, si tienen las velas desplegadas. Recorren así los mares, cambiando caprichosamente de rumbo.

No pocos de los vapores que un buen día no llegaron a puerto, han tropezado en su camino con uno de estos buques silenciosos que viajan por su cuenta. Siempre hay probabilidad de hallarlos, a cada minuto. Por ventura las corrientes suelen enredarlos en los mares de sargazo. Los buques se detienen, por fin, aquí o allá, inmóviles para siempre en ese desierto de algas. Así, hasta que poco a poco se van deshaciendo. Pero otros llegan cada día, ocupan su lugar en silencio, de modo que el tranquilo y lúgubre puerto, siempre está frecuentado.

El principal motivo de estos abandonos de buque son sin duda las tempestades y los incendios que dejan a la deriva negros esqueletos errantes. Pero hay otras causas singulares entre las que se puede incluir lo acaecido al _María Margarita_, que zarpó de Nueva York el
24 de Agosto de 1903, y que el 26 de mañana se puso al habla con una corbeta, sin acusar novedad alguna. Cuatro horas más tarde, un paquete, no teniendo respuesta, desprendió una chalupa que abordó al _María Margarita_. En el buque no había nadie. Las camisetas de los marineros se secaban a proa. La cocina estaba prendida aún. Una máquina de coser tenía la aguja suspendida sobre la costura, como si hubiera sido dejada un momento antes. No había la menor señal de lucha ni de pánico, todo en perfecto orden; y faltaban todos. ¿Qué pasó?

La noche que aprendí esto estábamos reunidos en el puente. Ibamos a Europa, y el capitán nos contaba su historia marina, perfectamente cierta, por otro lado.

La concurrencia femenina, ganada por la sugestión del campo de batalla presente, oía estremecida. Las chicas nerviosas prestaban sin querer inquieto oído a la voz de los marineros en proa. Una señora recién casada se atrevió:

--¿No serán águilas?...

El capitán se sonrió bondadosamente:

--¿Qué, señora? ¿Aguilas que se lleven a la tripulación?

Todos se rieron y la joven hizo lo mismo, un poco avergonzada.

Felizmente un pasajero sabía algo de eso. Lo miramos curiosamente. Durante el viaje había sido un excelente compañero, admirando por su cuenta y riesgo, y hablando poco.

--¡Ah! ¡si nos contara, señor!--suplicó la joven de las águilas.

--No tengo inconveniente--asintió el discreto individuo.--En dos palabras--y en los mares del norte, como el _María Margarita_ del capitán--encontramos una vez un barco a vela. Nuestro rumbo--viajábamos también a vela--nos llevó casi a su lado. El singular aire de abandono que no engaña en un buque, llamó nuestra atención, y disminuímos la marcha observándolo. Al fin desprendimos una chalupa; abordo no se halló a nadie, y todo estaba también en perfecto orden. Pero la última anotación del diario databa de cuatro días atrás, de modo que no sentimos mayor impresión. Aún nos reímos un poco de las famosas
desapariciones súbitas.

Ocho de nuestros hombres quedaron abordo para el gobierno del nuevo buque. Viajaríamos de conserva. Al anochecer nos tomó un poco de camino. Al día siguiente lo alcanzamos, pero no vimos a nadie sobre el puente. Desprendióse de nuevo la chalupa, y los que fueron recorrieron en vano el buque: todos habían desaparecido. Ni un objeto fuera de lugar. El mar estaba absolutamente terso en toda su extensión. En la cocina hervía aún una olla con papas.

Como ustedes comprenderán, el terror supersticioso de nuestra gente llegó a su colmo. A la larga, seis se animaron a llenar el vacío, y yo fuí con ellos. Apenas abordo, mis nuevos compañeros se decidieron a beber para desterrar toda preocupación. Estaban sentados en rueda y a la hora la mayoría cantaba ya.

Llegó mediodía y pasó la siesta. A las cuatro, la brisa cesó y las velas cayeron. Un marinero se acercó a la borda y miró el mar aceitoso. Todos se habían levantado, paseándose, sin ganas ya de hablar. Uno se sentó en un cabo y se sacó la camiseta para remendarla.
Cosió un rato en silencio. De pronto se levantó y lanzó un largo silbido. Sus compañeros se volvieron. El los miró vagamente, sorprendido también, y se sentó de nuevo. Un momento después dejó la camiseta en el cabo arrollado, avanzó a la borda y se tiró al agua. Al
sentir el ruido, los otros dieron vuelta la cabeza, con el ceño ligeramente fruncido. En seguida se olvidaron, volviendo a la apatía común.

Al rato otro se desperezó, restregóse los ojos caminando, y se tiró al agua. Pasó media hora; el sol iba cayendo. Sentí de pronto que me tocaban en el hombro.

--¿Qué hora es?

--Las cinco--respondí. El viejo marinero me miró desconfiado, con las manos en los bolsillos, recostándose enfrente de mí. Miró largo rato mi pantalón, distraído. Al fin se tiró al agua.

Los tres que quedaban se acercaron rápidamente y observaron el remolino. Se sentaron en la borda, silbando despacio, con la vista perdida a lo lejos. Uno se bajó y se tendió en el puente, cansado. Los otros desaparecieron uno tras otro. A las seis, el último se levantó,
se compuso la ropa, apartóse el pelo de la frente, caminó con sueño aún, y se tiró al agua.

Entonces quedé solo, mirando como un idiota el mar desierto. Todos, sin saber lo que hacían, se habían arrojado al mar, envueltos en el sonambulismo moroso que flotaba en el buque. Cuando uno se tiraba al agua, los otros se volvían momentáneamente preocupados, como si recordaran algo, para olvidarse en seguida. Así habían desaparecido
todos, y supongo que lo mismo los del día anterior, y los otros y los de los demás buques. Esto es todo.

Nos quedamos mirando al raro hombre con excesiva curiosidad.

--¿Y usted no sintió nada?--le preguntó mi vecino de camarote.

--Sí, un gran desgano y obstinación de las mismas ideas, pero nada más. No sé por qué no sentí nada más. Presumo que el motivo es éste: en vez de agotarme en una defensa angustiosa y a _toda costa_ contra lo que sentía, como deben de haber hecho todos, y aún los marineros sin darse cuenta, acepté sencillamente esa muerte hipnótica, como si
estuviese anulado ya. Algo muy semejante ha pasado sin duda a los centinelas de aquella guardia célebre, que noche a noche se ahorcaban.

Como el comentario era bastante complicado, nadie respondió. Se fué al rato. El capitán lo siguió un rato de reojo.

--¡Farsante!--murmuró.

--Al contrario--dijo un pasajero enfermo, que iba a morir a su tierra.--Si fuera farsante no habría dejado de pensar en eso, y se hubiera tirado al agua."

Los buques suicidantes (1)

Una narración sobre las islas Filipinas, escrita probablemente por un religioso que vivió allá entre 1620 y 1640, ofrece abundantes detalles que además tienen cierta flema dramática. El texto es anónimo pero el cronista jesuita Pablo Pastells consideró que por el estilo del texto y la época podría tratarse del padre Diego Bobadilla. El texto, si algún amable lector lo reconoce, está en la biblioteca del Don Carlo del Pezzo, de la cual no tengo otra referencia.


Un segmento de ese escrito se dedica al viaje desde Manila hacia España, via México. Solamente cuento con el texto en inglés, traducido del español por Emma Blair y James Alexander Robertson (volumen XXIX), pero en esencia es asi:

"El viaje desde Manila a México dura cuatro, cinco, seis o incluso siete meses.  Se parte de Manila,  que queda en los treinta grados y medio, en el mes de julio y durante los vendabales. Se toma rumbo al norte hasta que se llega a los treinta y ocho o cuarenta grados. Los pilotos toman ese curso porque están seguros de encontrar vientos favorables; de otro modo se corre el riesgo de encontrar  mar calmo, que es más temido en los largo viajes que los vientos fuertes. 

Desde el momento en que se dejan las Filipinas hasta que se llega cerca de las costas de la Nueva España no se ve tierra, excepto una cadena de islas conocida como Ladrones, o la Zarpana (también conocida como Rota en Guam), que está a unas 300 leguas del Embocadero de las Filipinas. Los habitantes de esas islas son bárbaros y van casi desnudos. Cuando nuestras naves pasan por ahí, esas personas llevan pescado, arroz, y agua fresca, que cambian no por oro o plata sino por hierro, que valoran mucho, porque lo usan para hacer sus herramientas y para la construcción de sus pequeñas embarcaciones. 

Después de esas islas, la primera tierra a la vista es la isla de Cedros, muy cerca de la costa de México. El espacio abierto entre isla de ladrones y esta isla está sujeto a grandes tormentas, que son peligrosas sobre todo cerca de Japón, que se pasa sin embargo sin poder verlo. Durante todo el largo viaje, no hay día en que no se vean pájaros. Son aves que viven en el mar y también se pueden ver ballenas y marsopas.

En cuanto se acercan a la costa de América, a una distancia de sesenta, ochenta o cien leguas hay signos en el mar que indican que el barco está a esa distancia. Estos signos son largos carrizos traídos por los ríos de la Nueva España, que se juntan y forman una especie de balsa. En esos carrizos se pueden ver monos, que son otro signo de que se aproxima la costa. Cuando el piloto descubre esos signos, cambia inmediatamente de curso, y en lugar de seguir hacia el este, coloca la proa del barco hacia el sur, para evitar quedar atrapado en el mar o en un golfo, porque se vuelve difícil salir de ahi. Pero cuando se divisa la costa se sigue hasta ella para llegar al puerto de Acapulco, que está a dieciocho grados.

Acapulco es un buen puerto, que está protegido de los vientos, y protegido por un fuerte. Ahí  desembarcan los pasajeros y las mercancías, que son llevada por mulas hacia la Ciudad de México, que está a ochenta leguas de distancia. El camino es desértico y cubierto en parte por montañas. Se sufre por los mosquitos y por el calor extremo. 

Para llegar de México a España se va al puerto de Vera Cruz, un viaje de ochenta y cinco leguas. En la ruta se pasa por Los Angeles (Puebla) que tiene cerca de seis mil habitantes, y donde el Obispo tiene un salario de sesesenta mil escudos.

El arrecife y las rocas en la boca del puerto de Vera Cruz defienden la entrada mejor que la fortaleza que la dirige, aunque el fuerte es excelente. A ese puerto arriban las flotas de comercio de España, que traen vino, aceite de oliva, ropa, cera, canela, papel y otras mercancías europeas. Esas flotas pasaban antes el invierno aqui, pues antes llegaban en junio y se quedaban hasta el año siguiente en el mismo mes. Ahora llegan en el mes de mayo y regresan en el mes de agosto. Por regla toman tres meses para llegar a España. En cuanto a mi, tomó cien días en hacer ese viaje.  

Se toca el puerto de la Habana en Cuba, que es el mejor puerto de las Antillas (y que es muy seguro y defendido por tres fortalezas). Ahí llegan dos flotas de comercio, la de México y la de Tierra Firme, que unen sus galeones. Desde ahí, siguiendo a lo largo de la costa de Florida y de Nueva Francia, llegan al cabo de Finisterre o San Vicente, para tomar curso hacia Cadiz, que es el fin del viaje. 

Este también es el fin de esta relación, que he escrito obedeciendo a una personas a quien espero le haya sido agradable."


* ¿Por qué le puse el nombre de buques suicidantes a esta entrada? Los invito a la leer la segunda parte.



domingo, 16 de octubre de 2016

Hallazgo arqueológico en Acapulco

Diarios reportan el descubrimiento de restos de porcelanas chinas, aparentemente de la época Ming, en una excavación que se hacía en la plaza municipal de la ciudad de Acapulco, a un costado de una biblioteca pública. La versión es que la lluvia dejó al descubierto piezas de porcelana y cerámica entre los desechos de una excavación que se hacía en el sitio. De inmediato se comunicó el hallazgo a las autoridades del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), por lo que se envió a un equipo de especialistas. 

A primera vista, las piezas tienen diseños asiáticos, seguramente parte de porcelana china procedente de Filipinas.  Acapulco fue el puerto mexicano que recibió por 250 años la carga del galeón de Manila, con productos de Asia, que luego era transportada el resto del país y a Europa. 


Entre los especialistas se encuentran estudiantes adscritos a la Dirección Subacuática Arquelógica de la Universidad de Zacatecas, quienes apoyan en el rescate de esas piezas. Originalmente, los jóvenes estaban trabajando en otro sitio en ese mismo puerto, junto al fuerte de San Diego, en donde también recientemente se localizaron fragmentos de piezas venidas con el famoso Galeón de Manila.

En el hallazgo se encuentran también conchas, corales y huesos de animales.

Aún es pronto para determinar la importancia de los hallazgos, pero cabe resaltar varios elementos. Primero, la atención prestada por los trabajadores al descubrimiento de piezas y su actitud responsable para informar a los expertos. Segundo, la riqueza que aún se esconde en el territorio mexicano, y probablemente en varios otros países que comerciaron con Asia, acerca de piezas provenientes de China y Filipinas, principalmente. 




Información de Elibeth D. Nicolas, del portal Bajo Palabra, publicada el 6 de octubre de 2016.

domingo, 9 de octubre de 2016

Un viaje a Manila, 1584

Los documentos preservados en los archivos ofrecen una oportunidad para sumergirse en el ambiente que dominaba el viaje por mar entre Acapulco y Manila. Los museos nos ofrecen con mayor frecuencia la posibilidad de tocar, oir y ver copias de viejos documentos, mapas, imágenes que permitan saber lo que fueron aquellos azarosos viajes. En esta ocasión quiero compartir con los lectores parte de uno aquellos documentos, que se encuentra en el Archivo General de la Nación en la Ciudad de México. Se trata de una carta escrita por el licenciado Fernando Melchor Dávalos (o de Avalos), quien eran comisionado para la Inquisición en Filipinas.  La lectura del texto, transcrito por Eugenio Reyes, puede servir para "escuchar" las asuntos, las angustias y las esperanzas de un viajero de hace 400 años.

Melchor Dávalos ofrece una descripción suculenta. El viaje fue uno de los más cortos, apenas dos meses y medio, pero como sucedía con frecuencia, la llegada a Filipinas tenía contratiempos para la navegación (los barcos hacían agua). Hace referencia al cambio de calendario en 1582, por órdenes de Gregorio XIII, en substitución del calendario Juliano. Menciona la muerte del Gobernador Gonzalo o Gonçalo Ronquillo de Peñaloza, que hemos narrado en este blog, así como los problemas en Ternate, una de las islas de las especias. El resto de la carta es para explicar los problemas burocráticos que enfrenta con las autoridades civiles de Filipinas, por lo que no lo incluyo esta vez. Sin embargo resalto que, para despedir su carta, Melchor Dávalos hace todas las galanterías de la época, pero pone una frase que dice mucho sobre la vida de Manila en aquella época.

Sugiero al lector revisar las entradas de este blog sobre Gonzalo Ronquillo y sobre la vida de los marineros.

Museo Naval de Madrid, Batalla naval contra los holandeses

RAMO: Inquisición 
Vol. 139 Exp- 9. (5  Fojas)

(Al margen superior) .
Recibida en México en veinte de diciembre de 1584
Del licenciado Avalos.
Muy Ilustrísimos y reverendísimos Señores.

Yo con toda la familia bendito Nuestro Señor llegamos a Manila en este cabo del mundo sin contraste in viam pazis  con salud, partimos del puerto de Acapulco a nueve de marzo de este año de 84 según la  nueva computación de los años y llegamos al puerto de Ybalon (sic) a guarecernos de poca ocasión adonde estuvimos doce o trece días, setenta u ochenta leguas de manila. En efecto duró la navegación desde Acapulco aquí como dos meses y medio sin tomar las Islas de Los Ladrones que las desconocieron algunos pilotos que habiendo amanecido las proas con la isla de Guahan (sic) dijeron que era Sarpan (sic) y que habíamos de correr hacia el Sur a buscar agua sana  y habiéndonos salido  a recibir los indios con más de 200 navechuelos y dándonos pescado y trocado cosillas por hierros viejos diciéndonos por señas que adonde íbamos que volviésemos a su tierra, cegonos dios a los pilotos o se hicieron desentendidos y como a medio día poco más anduvimos por unos bajos no conocidos en cinco y seis y ocho brazas viendo los abismos día de Santa Cruz de mayo conforme a la dicha nueva cuenta libronos la misma Cruz en virtud del crucificado muy por su infinita bondad que por merecimientos de los navegantes, conforme al buen tiempo que tuvimos hasta ybalon pudiéramos llegar en sesenta días a Manila y el mal piloto mayor nos trajo  en contemplaciones por respeto y regalos arando la mar y cruzando y quitando velas algunas de noche habiendo como digo tiempo siempre gracioso y bonancible y porque escribí al presidente en el puerto de Ybalon que no saliese en tierra sino  que saliésemos de allí atriando (sic) o como quiera y que la mar nos proveería saliendo a ella y que de los grandes cuidados que su Majestad tenía debía ser no el menor saber de nosotros y que se requería brevedad ansi para darle aviso, como para tener lugar de despachar las naos, y más que nos decían allí como don Gerónimo Ronquillo (sic: Gonzalo Ronquillo de Peñaloza) era muerto un año había y que el día de sus honras en su sepultura se comenzó un fuego que había quemado la ciudad toda y que estaba la tierra en tan extrema necesidad y desconsuelo, y muy sola de Christianos y llena de cuatro o cinco mil chinos y que la Nao San Martín en que yo venía hacia agua y que como quiera que nos saliésemos de allí vino en un batel desde su capitanía y al bordo me dijo que él se iba a tierra a recrear y que si quería me fuese a la capitanía que todos cabíamos en ella si yo tenía temor de el agua que haría minas y que no le atase yo los pies ni las manos ni le hiciese requerimientos yo le respondí que no  recibiese pesadumbre  y que fuese en buena hora si le parecían de poca importancia mis cartas. Otro día bien de mañana volvió con su chalupa a la Nao, y me dijo que me pedía llevase a los pilotos porque quería hacer junta y consultar la partida de allí fuimos y hice que tomásemos resolución de salir remolcando y como quiera, así  nos partimos y lléganos sin zozobras  a Cavite dos legua de aquí, y como Diego Ronquillo (hijo del Gonzalo Ronquillo y gobernador interino) no quisiera  huéspedes tardabase en enviar fragatas para llegar y habiendo yo salido a  misa un día que acá era de la Concepción conforme a la computación vieja hice que enviara [una] fragatilla dejando en Cavite nuestras casas en las naos [y] viniésemos presidentes y oidores y el Fiscal y dimos un Santiago y juntamos la ciudad y al gobernador Diego Ronquillo y presentamos nuestras providencias y tomamos las varas y gobierno en conformidad de todos los no interesados y luego procuramos fragatas en que traer  nuestras casas y tuvimos mejor despacho mandando que rogando nos las prestasen … muy apaciblemente negocia conmigo el presidente y me consulta las cosas graves, con los demás es como fue siempre mi suerte de domar potros, la gente que allá va de los que veníamos dirá su razón, yo pienso vivir y juzgar mediante Dios sin reprehensión y no pienso escudarme contra detractores porque mis obras tendrán siempre consigo testimonio de mi trato y cristiandad. 

Ofrecese la jornada del Maluco por que el Rey de Ternate a tomado la fortaleza de Sant Juan y está en ella fortificado y ha hecho renegar muchos moros que ya eran cristianos y tiene consigo algunos turcos y javos; emviose de aquí el socorro los días pasados al capitán portugués que está en otra fuerza retirado y esperando agravio me hará el presidente si me deniega la empresa a la cual me ofrecí [el] día de San Juan, y está resolviéndose y el fiscal me contradice por la necesidad de esta Real Audiencia porque la jornada será de meses y no de años y tendrá buen suceso y de tal calidad que el Duque de Medina si acá estuviera la podía emprender que le importa a su Majestad uno o dos millones de renta y escribe el portugués que allí está por capitán mayor que había facilidad en la guerra y habida se podrán dar sin tocar  a la Real Hacienda a dos mil soldados cada dos mil moros indios de repartimiento. Encomiendase mucho a dios este negocio yo lo tengo en lo que es razón y me tendré por dichoso en recobrar a mi Rey su  hacienda y reputación y a dios la honra.
(...)

Muy Ilustrísimos y Reverendísimos Señores
Besa pies y manos de Vuestra Señoría.
Su siervo Fernando Melchor Dávalos  (Rúbrica)



Solo el obispo y un herrero hacen casas de cantería y van buenas (sic) 






sábado, 24 de septiembre de 2016

Otros ejemplos de arte cristiano en Asia


Goa, India. Buen Pastor, siglo 17, marfil, altura 41 cms. Museo de las Civilizaciones Asiáticas.


Sri Lanka. Árbol de Jesse, padre del Rey David. Marfil, 24 x 18 cms. Museo de las Civilizaciones Asiáticas.


China, Dehua, 1690-1710. Porcelana, altura 37.8 cm. Museo de las Civilizaciones Asiáticas. Una representación de la virgen y el niño Jesús derivada de Guanyin, o Bodhisttva Avalokiteshvara.


Goa, India. Altar de fines del siglo 17 o principios del 18. Madera teka pintada y dorada, con figuras en marfil. 89x105 cm (abierto); 89 x45 cm (cerrado)



China, probablemente Guangzhou (Cantón), 1730s. Madera laqueada, oro, plata. 279 x 107 x 58 cms. Contiene u crucifijo en marfil peocedente de la India. Museo de las Civilizaciones Asiáticas.


Vietnam, siglo 19, Palo de Rosa con incrustaciones de madre perla. 46.5 x25 cm. Museo de las Civilizaciones Asiáticas, Singapur.



Norte de Vietnam. Arcangel Miguel venciendo a Satanás. siglo 19. Madera pintada, hierro, vidrio. altura 86 cm. Museo de las Civilizaciones Asiáticas, Singapur.

Muestras de arte cristiano en Asia

De la referida exhibición en el Museo de las Civilizaciones Asiáticas, en Singapur, agrego algunas de las piezas más notables.

 Atril de lectura con el monograma jesuita, hecho en Japón a fines del siglo 16. Laqueado con madre perla, 34.5 x 31.7 x 32 cm. Colección privada.


Altar privado con escena de la Sagrada Familia y Juan Bautista. Japón, fines del siglo 16. Laqueado con oro y madre perla, pintura al oleo en placa de cobre. 51.3 x 35.5. x 4 cm.

Mismo altar, cerrado. Pertenece al Museu des Artes Decorativas de Lisboa. Fundaçāo Ricardo do Espírito Santo Silva.

La laca japonesa es muy apreciada por su manufactura y la rareza de los materiales. Algunas de estas piezas quedaron en manos privadas en Japón, aunque otras fueron exportadas a Europa y Nueva España.

Arte cristiano en Asia

El Museo de las Civilizaciones Asiáticas, en Singapur, presentó recientemente una bella muestra titulada Arte Cristiano en Asia, Arte Sagrado y Esplendor Visual, que reune una rica selección de piezas provenientes de varias regiones asiáticas, todas con motivos del culto cristiano. Porcelanas, textiles bordados, enconchados, marfiles, tallas de madera, entre otros objetos, realizados en Irán, India, China, Indonesia, Japón, Vietnam y por supuesto Filipinas, ofrecen a los visitantes una idea de la influencia religiosa en la extensa región, pero también de la aportación de artistas locales y sus propias interpretaciones del pensamiento cristiano.

Del catálogo de la exhibición cito una idea de  Alan Chong, uno de los curadores de la muestra:

"Es un error ver al arte asiático cristiano como completamente dependiente de los ejemplos europeos, y considerarlo simplemente como una producción para la exportación a Europa. De la misma forma, es necesario evitar la tendencia que descarta cualquier variación del modelo original como un error o malentendido. Todavía se considera que el arte cristiano hecho en Asia es naïve (inocente) o como réplicas sin conocimiento de su sentido, hechas para que los misioneros realicen su labor educativa (...) Aunque la Contrarreforma fue estricta en definir los cánones religiosos y artíticos "y subrayaba la importancia de contar con imagenes precisas y instructivas, es imposible suprmir la creatividad del artísta, sea éste europeo o asiático."

Otro aspecto revelador de la exposición es que los objetos religiosos fueron muy apreciados entre la élites asiáticas. Miembros de las cortes musulmanas en Siria, Turquía o Irán, coleccionaban arte religioso cristiano. Los emperadores Mogules (Mughal, en inglés) Akbar (quien reinó de 1556 a 1605) y Jahangir (reinó de 1605 a 1627) eran muy atraídos por este arte religioso. Esto fue percibido claramente por los misioneros cristianos en la región, quienes obsequiaban piezas artísticas con contenido religioso, así como científico (mapas, instrumentos astronómicos) o instrumentos musicales.


Retrato de Matteo Ricci, hecho por You Wenhui (alias Emmanuele Pereira, 1575-1633)*

La muestra trata también de abandonar la vieja clasificación basada en conceptos "nacionales" como la referencia de Hispano-Filipino, o Indo-Portugués, o Luso-Asiático, o del mercado holandés. Ese anacronismo impide observar corrientes más profundas de creatividad que comunican enormes espacios en la región y la conectan con el mundo. En muchos casos, la calidad en la fabricación, por ser resultado de siglos de experiencia, no podría ser reproducida en otras latitudes y merece ser reconocida por su elevado nivel.

*El retrato de Ricci fue pintado por un artista chino en Beijing en 1610, oleo sobre tela, 120 X 95 cm. Hoy se encuentra en Roma, Patrimonio del Fondo de Edifici di Culto amministrato dal Ministero dell'Interno, en prestamo de la iglesia del Santo Nombre de Jesús.

Aquí el video que promueve la visita a la exposición.