viernes, 10 de agosto de 2018

Una mirada a Acapulco, 1679


Continuamos transcribiendo el capítulo 46 de la crónica del viaje alrededor del mundo de Pedro Cubero. Después de narrar su tormentoso viaje desde Filipinas, el misionero describe Acapulco, la puerta de entrada a la Nueva España, y se puede advertir la desilusión que le produce ver el famoso puerto.  La travesía del Pacífico duró más de seis meses, del 24 de junio de 1678 al 8 de enero de 1679.  Permaneció cuatro meses en Acapulco y sus impresiones son interesantes al mostrar la vida del importante puerto, donde aparecen misioneros, soldades prisioneros y gente de toda la Nueva España.  

El misionero no hace referencia a los viajeros que venían de Filipinas y que desde aquella época comenzaron a vivir en los alrededores de la laguna de Coyuca.

Extrañamente, no pasó por la Ciudad de México, sino que siguó una ruta difícil por centro sur de la capital, por lo que llegó a Atlixco, Tlixco en su relato. Cabe pensar que el virrey obispo no deseaba que ojos curiosos, en camino a España, se entrometieran en los asuntos del virreinato, razón por la que hizo esperar al misionero tanto tiempo en Acapulco y lo despachó directo, pero muy cordialmente, hasta Veracruz.

Utiliza el término "naciones" para describir acertadamente la variedad de pueblos que componían el reino, a todos los cuales ahora llamamos "mexicanos".



 Nova Hispania et Nova Galicia, Gerard Valk y Peter Schenk. 
Holanda, siglo XVII.


Capítulo XLVI 

Llega el autor al puerto de Acapulco, tierra de la Nueva España: descríbelo y cuenta lo que en él le pasó.

Es uno de los mas hermosos puertos del mar del Sur: celebre por el galeón, que viene alli de Filipinas. Es muy seguro para las naos, porque se puede cerrar con una cadena, y por gran tempestad que haya, el galeón está muy seguro porque es una badia [¿bahía?] rodeada toda de montes alrededor. Tiene una muy buena fuerza que está frontero de la misma entrada y cuando llegamos era Castellano de ella don Diego Polo Navarro. (1)

El lugar es pequeño y de malisimo temple, sus habitadores son negros a manera de cafres, la tierra tosca y estéril, seca de agua, que no tiene más que la de los pocos.  Y esa mala [agua] por ser pesada y salobre, bien que a poca distancia hay una fuentecilla muy tenue, que apenas echa un hilo de agua, que le llaman el Chorrillo, que para llenar una botija es menester dos horas. En medio la plaza hay una iglesia pequeña que es la parroquia.  Hay dos hermitas, una de San Francisco y otra de San Nicolás, y esto es lo que tiene el celebrado puerto de Acapulco. Sobre ser tan caluroso, por no bañarle los vientos, que no se puede asistir en él y entrando el invierno que allá llaman es tan tempestuoso de truenos, relámpagos y rayos, que es horro el habitar en él. 

Aqui estuve detenido, hasta que me viniera orden del excelentísimo señor don Fray Payo de Ribera, Arzobispo de México y virrey de la Nueva España en casa de un paisano mío que era contador y oficial real de su majestad, llamado Don Martín Calvo, que me hizo mucha merced y agasajo, más de cuatro meses que estuve allí. 

En el tiempo en que está la nao en el puerto hay mucho tráfago; y aquel año que yo estuve, mucho más, porque habían llegado cuatro misiones de padres de diversas religiones, que en todos eran ciento y cuarenta y dos, cuyos comisarios eran: de la orden de San Francisco, el padre Fray Matheo Vayon; de la de Santo Domingo, el padre Fray Juan Villalba, y de la de los Padres de la Compañía de Jesús, el padre Salgado. Todas estas cuatro misiones llevaban insignes varones, de muchas letras y virtud para las misiones de China y todos se embarcaron en este galeón San Antonio en que yo vine. 

Vienen también de México muchos soldados, que allá se levantan para Filipinas, y muchos forzados, que por diversos delitos los echan allá.(2) Todos estos se embarcaron en el galeón y a los últimos de marzo, Jueves Santo por la tarde, se dieron a la vela, y siguieron su viaje para Filipinas; y yo estuve allí esperando la orden del señor Virrey.

En este tiempo murió el Vicario de Acapulco, con que el señor Arzobispo me envió una orden para que asistiera a aquella cristiandad, hasta que proveyera, y yo obedeciéndole, lo puse en ejecución, predicándoles todos los más días de la Cuaresma, confesándolos y administrándoles los demás Sacramentos, porque en aquel tiempo acude allí mucha gente de diversas naciones de toda la Nueva España. Puse paz y aquieté muchas discordias y pesadumbres, que por particulares disgustos entre el Castellano y los Oficiales Reales se habían originado.  

A los primeros de mayo me vino una carta del Excelentísimo señor Obispo, Virrey, dándome un muy buen socorro y juntamente orden para que me partiera a la Veracruz, como lo hice. La carta era del tenor siguiente:



Bien puede creer V.M. (Vuestra Merced) que he deseado su despacho, pero la ocurrencia de negocios, y no haber llegado la oportunidad de tiempo han ocasionado el no haberle hecho hasta ahora, y en esta ocasión remito despacho a los Jueces, Oficiales Reales de ese puerto de Acapulco, para que liberen y den a V.M. quinientos pesos para su viaje hasta la Vera-Cruz, donde se le han de dar a V.M. otros quinientos pesos para su pasaje a España, en conformidad de otro despacho, que se emnviará a los Jueces, Oficiales Reales de dicho puerto de la Vera-Cruz, y también otro despacho remitido al General de Flota, para que lleve a V.M. a España. Guarde Dios a V.M. muchos años. México a quince de mayo de seiscientos y setenta y nueve. Fray Payo, Arzobispo de México. Señor Licenciado Don Pedro Cubero Sebastián.

Recibido este despacho, me despedí del Castellano de Acapulco, Jueces y Oficiales Reales y de otras personas de mi obligación y me partí para Veracruz, aunque con mucho riesgo y peligro de la salud, por haber entrado las aguas, y allí ser muy dañosas, y yo no con muy demasiada salud, porque no hay otra cosa, que barrancos, montes, peñascos  y despeñaderos, de los más profundos que hay en el mundo. Y puedo asegurar que lo que es hasta llegar a Trisco [¿Atlixco?], es uno de los más asperos caminos de todos cuanto he caminado y tan tempestuso. Como ya habían entreado las aguas, que raro era el día que no me cogía en el camino tempestado de truenos, relámpagos, rayos y agua. Y lo que reparé es que las tempestados en la Nueva España siempre son por la tarde.

 ______
(1) Castellano, capitán del puerto.

(1) Ver los trabajos sobre soldados y reclutas, reseñados en este blog en 2009. Luis Muro  y María Fernanda  García de los Arcos.

martes, 31 de julio de 2018

De Cavite a Acapulco, 1678


Damos paso a la crónica de Pedro Cubero, en el capítulo 45 en que cuenta la travesía de Filipinas a Acapulco. En este texto ofrece una interesante descripción  del viaje marítimo más largo e incierto de la época. Esta es una versión modernizada con la ortografía contemporánea en español. Al final del texto se citan algunas palabras poco conocidas en la actualidad. En la próxima entrada de este blog publicaré el capítulo 46 con la descripción de Acapulco.

Invito a los lectores a disfrutar el ritmo de la narración y escuchar las voces de los pasajeros y de la naturaleza. Es interesante constatar que el viajero considera el Océano Pacífico como un archipiélago. El autor utiliza varias veces paréntesis para explicar sus ideas; mis anotaciones están en paréntesis cuadrados.




Pedro Cubero Sebastián, 1645-1700
(Fuente:Wikipedia, dominio público)

Capitulo XLV
Cuenta el autor la dilatada y penosa navegación desde las islas Filipinas al puerto de Acapulco, con lo más notable de ella. 

"Despidiéndome del Dean y Cabildo de la Santa Iglesia de Manila, y del señor Gobernador, de los padres provinciales de las cuatro religiones que hay en Filipinas, y juntamente de todos los caballeros y ciudadanos de aquella corte, de quienes había recibido particulares agasajos (que no se les puede negar ser afables y benévolos para con los peregrinos) me embarqué en la carraca capitana de Filipinas San Antonio de Padua, cuyo Capitán General era don Felipe Montemayor y Prado, hijo del Gobernador.

Salimos de Cavite el dia de San Juan Bautista a 24 de junio a las cinco de la mañana y desembocando por la estrecha canal de Marivelez, con prospero viaje llegamos al puerto de Tycao.  Y esperando la cola del vendabal a 15 de julio desembocamos por San Bernardino, y a los 20 [días], habiendo navegado 250 leguas, estando en 16 grados, a las 11 de la noche pasó un globo por encima de nuestro galeón, a manera de una exhalación tan grande, a nuestro parecer, como una tinaja, con tanta claridad que alumbró todo el combés, siendo de noche, con que los del galeón se comenzaron a atemorizar y el piloto mandó luego aferrar los paños [las velas]. Y a las doce de la noche nos entró un tiempo por el sudeste, que nos obligó  a echar los masteleros abajo y fuimos corriendo con el trinquete camino nordeste, cuarta al norte, y [el viento] entró tan furioso que nos obligó por los grandes balances del galeón a arriar abajo la verga mayor.

Duraría el tiempo cuarenta y ocho horas, que fuimos pidiendo a Dios misericordia, sólo con un trinquete, y caminaría con él solo 26 leguas. Abonanzó el tiempo y al otro día, a 28 hasta 29, habiendo alargado la mayor 22 leguas, el día 29 del dicho mes, observamos el sol y nos hallamos en altura de 18 grados y 33 minutos desde 29 hasta 30 anduvo la nao 15 leguas al nordeste, cuarta leste y este día dimos vista a las islas de los Ladrones (hoy las Marianas). 

Sábado a las dos de la tarde, habiendo caminado desde las Filipinas 338 leguas por altura de 19 grados, donde conocimos que la isla que vimo en la banda norte era redonda a manera de volcán la de la parte del sur tendida de norte a sur y tajada por la parte del norte. Y a los últimos del mes ibamos passando por entre las dos islas con poco viento sudeste, al camino del nordeste, en altura de 19 grados y 11 minutos. Y de las dichas islas fuimos prosiguiendo nuestro viaje, que comenzó desde los primeros de agosto y hasta el seis del dicho mes, no perdimos las islas de vista al rumbo del nordeste.

[Terrible tormenta]

A 22 de octubre, habiendo navegado desde las Filipinas 866 leguas en altura de 34 grados, nos hallamos poco adelante de Doña Maria Lázara. Este día nos entró a las once del día un furioso temporal por duseste. Mandó el polito echar abajo los masteleros, las vergas mayores, aferrar todas las velas y que se pusiera a la jarcia del trinquete la boneta. Y  a la una del día se obscureció de tal manera y se entoldó el cielo que parecía ser de noche. Calmó un poco, que es la peor señal, que puede haber temporal. El agua de la mar estaba caliente; todas señales del furioso baxio deshecho, que nos entró a las tres de la tarde. Comenzó la tempestad tan furiosa, que todos los del galeón se confesaron conmigo, hasta el piloto, y me dijo después de haberse confesado, a mí a solas, por no afligir a los de la nao: Señor Padre, muchas mares he navegado, pero en mi vida he visto tal temporal y baxio de desecho.

En fin, entró tan horrible que yendo corriendo el galeón con la boneta, las olas entraban por el medio del combés de una y otra parte: y algunas de ellas por la popa, con tal estrépito y ruido, que cada ola que daba al costado de la nao parecía una pieza de artillería. La noche tan lóbrega y obscura, que parecía un profundo caos.

Pidiéronme todos los de la nao que conjurara y yo lo hice de muy buena gana, habiéndoles exhortado que todos hiciesen un acto de contrición de todo corazón, pidiendo a Dios misericordia de sus pecados, porque allí no había más remedio que el de Dios.

Dos balances dió el galeón por la proa, en que se sumergió todo el árbol del bauprés, que llegó el agua hasta la mitad del combés. Comenzaron todos a gritar: Misericordia, Señor, misericordia. Y pidiéndome la absolución, confesaron a voces sus pecados y echándoles la obsolución general, los animé. Allí era el llanto, allí las lagrimas y sollozos. Duró el temporal ochenta horas y quedaron todos los de la nao tan atemorizados que en muchos días andaban temblando como si fueran azogados. 

Aquella noche eché una reliquia de Lignum Crucis a la mar, a petición del General, del que yo traía, que me había dado su Santidad. Y lo restante de Lignum Crucis, juntamente con una reliquia del cuerpo de San Francisco Xavier, la pusimos atada a la boneta del correr, que venía atada a la jarcia, con otras muchas reliquias que le pusimos, porque en este furioso temporal, después de Dios, sólo en aquella boneta consistía el librarse el galeón de aquella tempestad tan furiosa.

Mas como el alto y poderoso señor es padre de misericordia y como dice el Profeta: Nolo mortem peccatoris, fed amplius, ut ad me convertantur & vivat [1]; con su infinita bondad y misericordia, siendo el que predomina sobre todos los elementos, los apaciguó y fue servido de librarnos de tan furiosas soberbias y profundas olas.

Amaneció el dia 4 alegre y sereno el cielo y llamando a todos los de la nao en alta voz les dije que fuésemos a dar gracias al alto y omnipotente Señor y a la sacratísima Reina de los Ángeles, María Señora nuestra, consuelo de los afligidos y madre de los pecadores. Y vinieron todos los de la nao, y dando infinitas gracias a Dios, cantamos el Te Deum laudamus.

Aquel dia les hice una plática en hazimiento [acción] de gracias, con que desechando el horroroso pavor de nuestro corazones confiados en la infinita bondad de su Divina Majestad y en la protección de la Serenísima Reina de los Cielos. Proseguimos con alegría y regocijo nuestro viaje.

Una cosa particular reparé en este archipiélago, que engolfados en alta mar, con haber alguna tempestades, nunca oímos truenos. En esta tempestad con la boneta de correr, anduvo la nao más de 50 leguas, camino del este y del nordeste. 

[Las señas]

A 27 de noviembre, como entre ocho y nueve de la mañana, en altura de 37 grados largos, habiendo navegado desde las Filipinas 1,330 leguas con varia fortuna descubrimos las señas. Y pues parece toca a mi obligación el explicar que cosa son estas señas, lo haré de buena voluntad.

El galeón, que viene desde las islas Filipinas (que es lo mismo que decir de la última parte de Asia a otra parte del mundo, que es la América) es único, y solo por aquel tan grande archipiélago que llaman de San Lázaro, que es el mayor del mundo. 

Y es cierto que la poderosa mano del Señor es la que lo gobierna y assi al partir todos los que van en él dicen en alta voz como si se echaran casi a morir: En vuestras manos, Señor, nos encomendamos. Cuidado vuestro ha de ser esta mísera barquilla, que se expone a navegar este tan dilatado archipiélago y todo este tiempo no se ve otra cosa que cielo y agua, hasta llegar a reconocer las señas, que parece que la divina providencia allí las depara, para que el galeón no se pierda, yendo a varar con la tierra. 

Estas señas lo son de haber ya pasado el golfo del archipiélago y hallarnos a cincuenta o sesenta leguas de la tierra firme de la Nueva España, porque tanto salen a la mar.

Llámanles los marineros porras, porque son unas raíces coloradas, a manera de penca de palma y vienen sobre la mar, arrojadas de aquelos caudalosos rios que salen de aquella tierra incógnita de la Nueva España, que está treinta y ocho a cuarenta grados corriendo la cordillera de la costa de California al norte.

Estas hojas y raices, cuanto mas nos vamos llegando a tierra, vienen junta en cantidad y los marineros las llaman balsas. Encima de éstas vienen unos pescados a manera de monillos, que los marineros llaman Lobillos [2], y por mis mismos ojos los vi y juegan encima de las balsas, que tanta alegría causa a los navegantes de aquel galeón, más que el día que llegan al puerto, porque desde el día que se descubren hasta el puerto de Acapulco no hay que recelarse de tempestad, porque vamos ya guardados de la costa.

[Mortandad]

Aunque entonces es la mayor mortandad de la gente del galeón, proque todos los que vienen tocados del berben, o mal de Luanda [3], que son los achaques más pestíferos, que dan en aquella navegación y luego disentería, raro es el que escapa. 

Y allí nos sucedió echar tres o cuatro muertos al agua cada día. De tal manera, que en menos de quince días echamos  noventa y dos muertos. Con que ajustado el viaje (sin los que se nos murieron en Acapulco, que fueron nueve) de cuatrocientas personas, que vendríamos con marineros y grumetes, llegamos ciento y noventa y dos. Y muchos de ellos tan achacosos, que en muchos días no volvieron a restaurar la salud. 

Con que puede inferir el piadoso lector, que esta navegación tan dilatada ya por las tempestades tan horrendas, pues rara es la semana que en el archipiélago no la teníamos, ya por los achaques tan incógnitos que dan, ya por la putrefacción de los bastimentos, sólo los ángeles la pueden hacer. 

Y si no es ayudados de la misericordia de Dios, raro es el galeón, como le sucedió a la Victoria, estar un año en la navegación (y no la Victoria de Sebastián Cano, que dio vuelta al mundo, sino la que se perdió navegando a Ternate) y llevar nueve personas, que para virar a las velas, las viraban con el cabestrante y el general que iba en este galeón, aún lo vi yo en Manila, que se llamaba Francisco García del Fresno, que me contó tantas cosas de este viaje, que yo me quedé asombrado. Y me aseguró que las furias le habían conjurado en aquella navegación. Y que en una tempestad, entre otras muchas, que tuvieron una ola lo arrebató del combés y lo sacó fuera del galeón. Y que otra lo volvió a meter dentro (cosa que parece increíble, a no hallarle aún testigos vivos, que lo vieron y se hallaron en aquella navegación.)


[El tribunal de los marineros]

El día que se descubren las señas, los marineros vestidos ridículamente hacen un tribunal y traen presos a toda la gente de más importancia del galeón, comenzando desde el general, y a cada uno le toman su residencia de lo que ha pasado, y haciéndole cargo le echan la condenación, según la persona, con que es un día para todos de mucha fiesta. 

Al general le acumulaban que no quería dar licencia para que se abriese el escotillón para sacar agua, con lo que los había hecho padecer sed.  Al sargento mayor (que también era doctor), que había derramado mucha sangre humana, porque había hecho sangrar más de doscientas personas. Al piloto, que siempre andaba a pleitos con el sol. A mi, que sentado en una fila siempre les andaba reprendiendo. Y que era el Lazarillo de la muerte, porque al que bajaba a visitar entre puentes de debajo la cubierta, al otro día lo echaban por la banda. Con lo que luego nos condenaban y sentenciaban: uno, que diese chocolate, otro biscocho, otro dulces, otro otras cosas diferentes. Dígolo ésto para que se vea con cuánta alegría se celebra el dia que se descubren las señas.

Fuimos prosiguiendo nuestro viaje, en 28 del dicho, en altura de 37 grados y 6 minutos. Fuimos navegando para atracar la tierra, camino del sudeste, y encontramos muchas balsas (que es lo que ya tengo explicado) y en 29 del dicho [mes], avistamos tierra de la Nueva España, que eran unos montes blanquizcos y muy altos, sin árboles, y la tierra estaba en altura de 36 grados y 29 minutos. Y a los 5 de diciembre, hallándonos en altura de 29 grados y un tercio, avistamos una isla, que llaman de los Cedros, que es redonda, a manera de un pan de azúcar y muy amena de grandes y frondosos árboles, pero despoblada.

Está frontero de la boca de California y no la pasamos por la parte de adentro, entre la tierra firme y la isla, por haber poco fondo y ser poco prácticos, pero a 11 de dicho mes avistamos tres torreones que están en altura de 25 grados y los dejamos por la popa a las tres de la tarde. Y fuimos gobernando al sudeste, prolongando la tierra y costeando hasta los 20 (días), que nos hallamos en altura de 19 grados, y allí echamos la lancha al agua para echar el pliego (anuncio de llegada) en el puerto de la Navidad.

Fue con el pliego un capitán vizcaíno, llamado Ioseph Ibarolaza (de este puerto cuentan haber salido Fernando Magallanes al descubrimiento de las Filipinas), a México al señor Virrey, dándole noticia de nuestra llegada a la Nueva España. [4]

Yo le escribó dándole cuenta por mayor de mi llegada a aquel puerto y que su Excelencia dispusiera de mi persona lo que fuera servido, y me respondió su Excelencia al puerto de Acapulco, del tenor siguiente:

"Señor Don Pedro Cubero Sebastián. La prisa con que me es fuerza despachar este correo no me da lugar a más que decir a V.m. (que) he recibido su carta de 20 del mes antecedente (diciembre de 1678). Con relación en ella de las peregrinaciones de V.m. hasta su llegada a este puerto de Acapulco, hallándome enterado de lo que V.M. me dice y con cuidado para todo lo que pueda ofrecerse a la persona de V.m. en que con brevedad se tomará resolución.  Y deseando yo todo lo que pueda ser del consuelo de V.m a quien guarde nuestro Señor muchos años, como deseo. Mexico a 15 de enero de 1679. Servidor de V.m. Fray Payo (de Ribera), Arzobispo de México."

Habiendo la lancha echado en tierra en el puerto de la Navidad al capitán del pliego, volvió a bordo del galeón y nos trajo un muy buen refresco de terneras, pan, queso, limones y otras diversas frutas con que fuimos prosiguiendo nuestro viaje, siempre costeando la tierra, aunque caminabamos poco por amor de las calmas. Pasamos unos montes muy altos, a manera de órganos, que les llaman los Motines. Luego se vé la playa de Coynca. En este mar encontramos una ballena muy grande muerta, que iba sobre aguada. También hallamos muchas tortugas y muy grandes; y dando infinitas gracias al omnipotente y soberano Dios creador de cielo y tierra, que nos libró de tantos peligros, a 8 de enero a las diez del día, dimos fondo en el puerto de Acapulco, habiendo caminado desde las Filipinas 4,000 leguas."




Azogado: Dicho de una persona.  Que se azoga por haber absorbido vapores de azogue. RAE.
Baxio desecho: Término marinero que no identifico, parece ser la palabra tagala bagyo para referirse al tifón.
Boneta: Paño que se a;ade a algunas velas para aumentar su superficie. RAE
Combés:  Espacio en la cubierta superior desde el palo mayor hasta el castillo de proa. RAE
Escotillón: Puerta o trampa cerradiza en el suelo. RAE.
Lignum Crucis: (Lat) Astillas de la cruz de Jesucristo.
Mastelero: Palo o mástil menor que se pone en los navíos y demás embarcaciones de vela redonda sobre cada uno de los mayores, asegurado en la cabeza de este. RAE
Trinquete: Verga mayor que se cruza sobre el palo de proa. RAE



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[1] Ezequiel 33: 11.  "Que no quiero la muerte del que muere, dice el Señor Jehová, convertíos pues, y viviréis."
[2] Zalophus californianus.
[3] Escorbuto. 
[4] La expedición de Fernando de Magallanes salió de Sevilla y regresó al mismo puerto. 

 

domingo, 24 de junio de 2018

Pedro Cubero, peregrino del mundo


Entre las muchas historias del Galeón de Manila escritas durante los siglos en que esta nave cruzó el Océano Pacífico, algunas se destacan por la intención de los narradores de mostrar el poder español sobre el Océano Pacífico, con particular énfasis en el despliegue misionero. Otras narraciones intentan suscitar interés entre los lectores sobre las diferencias de las sociedades y culturas de Asia, y casi todas mencionan las dificultades de la navegación para los galeones de la época.  En esta ocasión hablaremos de una obra escrita por el padre español Pedro Cubero (1645-1697), que reune los elementos descrito. Cubero realizó un viaje alrededor del mundo de 1670 a 1680, hazaña notable y novedosa por haber hecho su recorrido en gran parte por tierra y con rumbo hacia el este de Europa.

Producto de ese viaje, Pedro Cubero publicó en Madrid en 1680 el libro Peregrinación de Mundo. Una versión revisada apareció dos años más tarde en Nápoles. Varios libros similares anteceden esta crónica de viaje, pero la Peregrinación ofrece información de una época de cambios y dificultades para el imperio español y, en el caso de la ruta del Pacífico, se realizó cuando ese trayecto tenía ya cien años operando. (1) Dos décadas más tarde, un comerciante Francisco Gemelli Careri, viajó de 1693 a 1698  y publicó su famoso Giro Intorno al Mondo (Napoles, 1699-1700 en seis volúmenes), en un trayecto similar al de Pedro Cubero. En aquella época ya era posible transitar por Oriente Medio y hacer el recorrido hacia el este del planeta. La descripción de Manila y Acapulco por parte de ambos autores es muy similar.

En la siguiente entrada abordaremos el recorrido en el galeón. Por lo pronto, haremos mención del hecho que la publicación contó con los obligados permisos y apoyos oficiales y religiosos que exigia la época, pero todavía mejor, una elogio poético de Don Pedro Calderón de la Barca. El gran poeta barroco dedica una composición de catorce versos.


Alegoría de los reinos de la Corona de Aragón 
en la cubierta del libro de Don Pedro Cubero Sebastián

A Don Pedro Cubero Sebastian, Missionario Apostolico, embiado por la beatitud de NSP Clemente Papa X, y de la Sacra, y General Congregación à la Predicacion de las Indias Orientales D. Pedro Calderon de la Barca, Cavallero de la Orden de Santiago, Capellan de Honor de su  Magestad, y de los Señores reynos nuevos de la Santa Iglesia de Toledo, intimo amigo del Autor.

Si à la Nave de Argos, por primera
Nautica, que en el Mar abriò camino
La admiracion, la presumió Divino
Astro, añadido à la Celeste Esfera:
Si à la Nave Vitoria por la entera
Buelta del Orbe, Templos la previno
Del Oriente al Ocaso, alto destino,
Emulo al Sol en su veloz carrera.
Que templo? Que astro? Construirà à una nave,
Que simbolo Apostolico de aquella
De Pedro, al mar fiò Pedro Segundo?
Pero que Astro, que Templo avrà mas grave,
Que ser el Norte de la Fè su Estrella?
Y su Templo uno, y otro nuevo Mundo?


Sobre las edición napolitana, sugiero leer el ensayo de Encarnación Sanchez García, de la Universidad de Napoles.
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(1) Algunas crónicas religosas que hablan del viaje a Filipinas, aún de autores que no viajaron a esa región. Gonzalez de Mendoza, Historia del gran reino de la China (1585). Marcelo de Ribadeneira, Historia de las islas del archipiélago filipino y reinos de la gran China, Tartaria, Cochinchina, Malaca, Siam... (1601). Gabriel Quiroga de San Antonio, Sucesos del Reino de Camboya (1604). Pedro Teixera, Relaciones (1610). . Pedro Ordoñez,  El Viaje al Mundo (1614). Juan de Grijalva, Cronicas de la Orden de San Agustin (1624). Diego Aduarte, Historia de la Provincia Dominicana del Santo Rosario (1639).

sábado, 19 de mayo de 2018

Tesoros de Manila

Es agradable reconocer que en Manila se preservan valiosas colecciones documentales, que contribuyen al conocimiento del pasado de este puerto global. Aunque mucho fue destruido por incendios y terremotos, así como por el terrible flagelo de las guerras, aún existen colecciones como las de la Universidad de Santo Tomas (UST). Esta entidad fue fundada en 1611 por el arzobispo de Manila Miguel de Benavides, de la Órden de los Predicadores, en intramuros. Como tal, es la universidad más antigua de tipo europeo en Asia.

Pórtico neoclásico de la UST, en el boulevard España

Tanto en esta universidad como en otras entidades públicas y privadas de Filipinas se ha llevado a cabo una labor de preservación, recuperación y digitalización de documentos. De hecho, algunos de los grupos empresariales de este país han invertido en la construcción de museos y de colecciones que se habían dispersado por el mundo. Ya hemos mencionado en este blog el trabajo realizado por el Museo Ayala, en Makati. El Ateneo de Manila y la Universidad de Filipinas realizan una labor intensa de publicaciones académicas y de recuperación de textos clásicos de la historia del país. A este genero se le conoce como Filipiniana. Me quedan en la lista varias otras instituciones que ojalá pueda visitar en el futuro.


Semper Lumina

El año pasado, la biblioteca Miguel de Benavides lanzó un catálogo de libros raros, contenido en ocho tomos que abarcan desde 1492 hasta 1945. Contiene anotaciones de 30,000 volúmenes depositados en dicha biblioteca. Varios de ellos han sido digitalizados y pueden ser parcialmente consultados en línea. En ocasión del anuncio de este esfuerzo editorial se hizo una exposición que se denominó Semper Lumina, algo así como Luz Perenne o contínua, en referencia a los cuatro siglos de educación y difusión de la Universidad.  Cuatro de los volumenes se dedican a libros y otros dos a folletos, manuscritos y legajos depositados en el archivo de la UST. El director del archivo es Regalado Trota José, a quien agradezco su amable autorización para la consulta de algunos textos. El editó los dos volúmenes dedicados a materiales en archivo, con auxilio de Anabel de la Paz Gonzalez y descripciones históricas de Jorge Mojarro.


Cabe recordar aquí que esta biblioteca publicó en 1983 un fascímil del libro Doctrina Cristiana, publicado en Manila en 1593 por los religiosos de Santo Domingo, en lengua castellana y tagala.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Desde Manila

A Mariza y Nui
La capital de Filipinas es una vorágine de gente, cultura e historia. He visitado nuevamente esta ciudad con un gran placer y he encontrado una vez más el estímulo necesario para adentrarme en su pasado. Vine en busca de materiales de archivo, pero lo que he obtenido es también la amistad y el entusiasmo de muchas personas, amigos nuevos, que también se interesan en el tema del Galeón de Manila.

El martes 15 de mayo tuve oportunidad de hacer una presentación en una nueva y hermosa sede del Instituto Cervantes de Manila, en Intramuros, a un costado de la imponente catedral de San Agustín. El título de la charla fue Why Manila? (¿Por qué Manila?).  Agradezco al director del Instituto, Carlos Madrid, y al Embajador de México en Filipinas, Gerardo Lozano, la posibilidad de presentar en un lugar tan especial algunos avances de mi investigación doctoral. Estuvieron presentes estudiantes de diversas universidades, autoridades, representantes diplomáticos, académicos y estudiantes filipinos que aprenden español en el Cervantes. A todos ellos, muchas gracias por su asistencia.



He venido escribiendo sobre las razones que condujeron a Miguel López de Legazpi y sus hombres a dejar Cebú e instalarse en Manila. Mi propuesta se inscribe en una interpretación geopolítica, en la que el enfrentamiento con los portugueses en la zona sur de Filipinas (Visayas y norte de Mindanao) adquiró tintes de guerra europea en el Sudeste de Asia. Al cabo de cinco años, entre 1565 y 1571, las discusiones de tipo político, cartográfico, e incluso moral y religioso, condujeron a un cambio de estrategia que llevó a transladar la capital hacia el norte. Manila significó una modificación importante de la estrategia original encaminada al comercio de especias en el sur, para enfocarse al comercio con el amplio espacio del sudeste de Asia y sobre todo Chino, en el norte.

En 1565, el regreso del galeón San Pedro hacia el este del océano Pacífico, bajo la guía de Andrés de Urdaneta, probó ser un gran descubrimiento científico de la época.  A partir de la seguridad del regreso, la famosa Tornavuelta o Tornaviaje, fue posible y necesario un replanteamiento de la estrategias de expansión castellana en Asia.


La importancia de revisar, una vez más, los orígenes de la colonización de Filipinas conduce a una mejor comprensión de los mecanismos que hicieron de esta ciudad y del archipiélago un centro comercial que enlazó por vez primera América y Asia. La fundación de Manila es para algunos el inicio de la globalización en la temprana edad moderna. En mi opinión, basada en la investigación de fuentes portuguesas y españolas, la decisión de mover la capital hacia Manila fue resultado de un cuidadoso análisis que sopesó elementos geoestratégicos fundamentales para el imperio español en rivalidad con el imperio portugués. Los resultados fueron múltiples y complejos: la introducción de plata del Perú y México; el inicio del comercio asiático, principalmente chino; y sobre todo el gran caudal de conocimiento humano que se volcó a partir de ese contacto filipino.


martes, 24 de abril de 2018

Tres noticias, tres

1. El Colegio de San Luis, A.C.  es un centro público de investigación con sede en San Luis Potosí, México. Este año celebra el 21 aniversario de su fundación.  Entre sus múltiples tareas de formación académica e investigación cuenta con un seminario denominado Historia Olvidada: México-Filipinas. Este foro de investigación forma parte del Programa de Estudios Políticos Internacionales del Colegio de San Luis.

2. En enero pasado, el Colegio recibió la visita de Xabier Agote, Director de la Factoría Marítima de Albaola de Pasaia, quien es también Director Cultural del Museo Naval de San Sebastián, en España. Agote es ante todo un promotor del conocimiento de las tradiciones navales del país vasco, con un amplio bagaje histórico y práctico en la contrucción de embarcaciones basadas en las tecnologías tradicionales. El valor intrínseco de este enfoque es la apreciación de cuán avanzadas eran las teconologías navieras desde el siglo XVI. 

Los astilleros del país vasco reunían características particulares que lo colocaban a la vanguardia en la producción naviera, por su ubicación geográfica en el corredor que comunica el Báltico y el Atlántico; los bosques cercanos al mar, la producción de hierro y energía hidráulica. Por siglos, el país vasco fue punto de tránsito terrestre entre Europa del norte y centro y Castilla. No es coincidencia que varias generaciones de marineros de origen vasco participaron en la navegación hacia América y posteriormente a través del Pacífico. Uno de los personajes más destacados fue sin duda Andrés de Urdaneta.


Cartel de la conferencia de Xabier Agote en San Luis Potosí.

La Factoría Marítima y el Museo Naval de San Sebastián llevan a cabo proyectos de gran magnitud para el rescate del conocimiento de aquellas tecnologías. Han participado en el salvamento de navíos en el lecho marítimo y cuentan con las condiciones para la reproducción de embarcaciones históricas. De hecho, en el taller del museo se realizan las réplicas de la época con los materiales y técnicas más apegadas a la forma original. Una perspectiva de este trabajo de rescate es la construcción de un navío similar a los que surcaban el  Océano Pacífico durante el siglo XVI. 

Recomiendo a los lectores la página de Albaola para conocer más acerca de las técnicas navales. 


3. En la sede de la Asociación del Servicio Exterior Mexicano, ASEM, en la ciudad de México, el Embajador Enrique Hubbard Urrea presentó el 19 de abril su libro Las islas mexicanas del Pacífico. Testimonio de un diplomático mexicano en Filipinas. El libro lleva el sello editorial de la Universidad Autónoma de Sinaloa.


Se trata de un acercamiento a la relación México-Filipinas desde la experiencia contemporánea y adentrándose en el terreno histórico que, como sabemos, tiene un fondo enorme de más de 400 años. Un pasado que sin embargo apenas se conoce en la actualidad. A los ojos de un observador acucioso van apareciendo signos de aquella relación, que quedaron grabados en los alimentos, la música, las costumbres y el trato, las palabras de origen no sólo español sino también mexicano.

lunes, 26 de marzo de 2018

Pestilencia y Conquista en Filipinas

El estudio contemporáneo de la historia no puede eludir el conocimiento de aspectos que antes se consideraban fuera del ámbito humano, como es el clima, las dinámica de los mares o la transmisión de gérmenes y enfermedades. De hecho, el gran avance que se ha logrado en estos campos alimenta el estudio de la historia y coloca al ser humano en un conjunto más estructurado de la vida del planeta. El ser humano ya no es la cúspide de la evolución sino un habitante más, quizás el más disruptivo, de la naturaleza planetaria.  El mérito de este enfoque parece tenerlo el libro Gérmenes, Armas y Acero, (1997) de Jared Diamond, simplemente porque ha logrado una enorme difusión, aunque existen varios otros que antes y después han revisado con más rigurosidad el fondo de estos temas.

En un nivel más específico, el efecto de las conquistas europeas, por ejemplo en América y África, también tiene una amplia cantidad de estudios que revelan los efectos sobre la naturaleza. Varios negativos desde la transmisión de enfermedades desconocidas y el trabajo forzado, y otros positivos, como la difusión de especies a nivel planetario, de lo cual hemos hablado en este blog. Con relación a Filipinas se han publicado varios estudios que reflejan el impacto de la conquista sobre la naturaleza de las islas, sobre todo la excesiva explotación de madera, el trabajo forzado y la alienación de las poblaciones dispersas en el archipiélago. 



Hererría tradicional en el norte de Luzón
Ilustración de Fay-Cooper Cole, 
The Tinguian; social, religious, and economic life of a Philippine tribe
Chicago: University of Illinois, 1922.


Esta nota es simplemente un apunte para desarrollar en lo subsecuente el tema del impacto de la conquista en el ámbito económico, social y cultural sobre la población filipina. En entradas futuras de este blog trataremos de abordar con más profundidad este tema, utilizando fuentes diversas. Es también una invitación para que los lectores ofrezcan sugerencias de lecturas y comentarios fundamentados. Por lo pronto, me limito a un ensayo publicado por Linda Newson, del Departamento de Geografía del King's College, en Londres. El estudio resume las lineas principales del libro que la autora publicó en 2009 sobre el tema de la pestilencia, el colapso demográfico y la conquista en Filipinas. Insisto, en una próxima oportunidad intentaré comentar otro libro escrito por un autor filipino sobre este tema.  Luis Cámara Dery. Pestilence in the Philippines: a social history of the Filipino people, 1571-1800. Quezon City : New Day Publishers, 2006.

Las cifras que ofrece la Dra. Newson son muy reveladoras y contrastan con las estimaciones hechas por varios demógrafos, entre otras, las ofrecidas hace medio siglo por el historiador estadounidense John Leddy Phelan, The Hispanization of the Philippines. Spanish Aims and Filipino Responses, 1565-1700. Madison: The University of Wisconsin Press, 1959. También en este blog hemos abordados las opiniones de este autor.  

Las estadísticas reconstruidas se referían sobre todo al siglo XVII, es decir tres décadas después de la llegada de los españoles y fluctuaban entre 580,000 y 1 millón 250 mil habitantes. La propuesta de la Dra. Newson es revisar dichas cifras, con base en material de archivo, informes y todo tipo de evidencias para encontrar el cuadro real correspondiente a 1565, cuando Legazpi llegó a Filipinas. El resultado es una estimación de 1.5 millones de habitantes en la primera fase de la conquista. De ahí se deriva que la caída de la población fue mucho más radical de lo que se pensaba. Si a alguien le anima, la mortandad causada por las enfermedades y las guerras de pacificación fueron menos graves que en América.

Se dice que la caída demográfica en Filipinas fue limitada. Las razones que se aducen son varias: el hecho que la población asiática, incluída buena parte de la que habitaba el archipiélago filipino, ya estaba inmunizada ante enfermedades como la viruela, la influenza, el sarampión, que devastaron a las poblaciones americanas. Se señala que por un lado el número de conquistadores era muy pequeño y los filipinos estaban dispersos en las múltiples islas. 

El análisis socio-demográfico también revisa los cambios en las expectativas de los conquistadores, que vieron en principio menos alicientes de explotación de recursos, en particular oro, de los que habían encontrado en Perú o México. Sumado al hecho de que la corona española había decretado como política un trato más beningo hacia los indígenas parece ser que los administradores coloniales se mostraron más precavidos. El número de colonos españoles y americanos en las islas fue relativamente bajo, y en su mayoría eran misioneros.  De esta forma, la “presión colonial” en Filipinas fue menor que en otras partes de la monarquía hispana, por lo menos cuantitativamente: en 1588 había 700 españoles en el archipiélago, de los cuales 150 pertenecían al clero. 

Complejo mosaico demográfico
Poco después de la fundación de Manila en 1571, la jurisdicción de Tondo tenía unas 43,000 personas. La llegada de españoles, de japoneses y de chinos cambió profundamente la realidad, favoreció el desarrollo demográfico, a diferencia de lo que pasó en las Bisayas, con fluctuaciones conforme las poblaciones japonesas y sobre todo chinas llegaban o se iban, o se producían las terribles masacres. Otras partes de Luzón que estaban más alejadas del encuentro con los conquistadores muestran tendencias distintas. La península de Bikol, al sur de la isla y con un flujo migratorio marcado hacia Manila, se enfrentó con un fuerte descenso a lo largo del siglo XVII, aunque logró recuperarse en el XVIII. Llegó al año 1800 con una población comparable o superior a la de 1570 aunque perdurasen las expediciones de moros a lo largo del XVIII. Las mismas conclusiones son válidas para la región de Pampanga y Bulacán, al oeste de Manila. Entre 1565 y 1600, Luzón perdió 35% de sus habitantes, las Bisayas 42%. En 1800, el conjunto había logrado volver al mismo nivel: 1.4 millones en 1565, 1.5 cerca de 240 años más tarde. Es mucho más satisfactorio que el recorrido de la población americana en el mismo tiempo, aunque la curva de evolución tenga algún parecido: marcado descenso hasta la mitad del siglo XVII, recuperación después. Pero nunca se alcanzaron cifras de despoblamiento de 90% como en algunos lugares de la Nueva España.




La estimaciones de la Dra. Newson son muy relevantes y permiten considerar nuevos enfoques sobre la expansión castellana en el Sudeste de Asia, pues en los hechos Filipinas fue la última frontera de la conquista iniciada en América.
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 Linda A. Newson Conquest and Pestilence in the Early Spanish Philippines. University of Hawaii Press, 2009.







Diseños y pipas.

Ilustraciones del libro de Fay-Cooper Cole, 1922.