Una invitación para conocer la historia del Galeón de Manila, su cultura y su impacto en Filipinas y en América.

martes, 7 de febrero de 2012

Procesión

La colección de pinturas dedicadas a la procesión del Corpus Christi que se encuentra en el Museo Arzobispal de Cusco es particularmente valiosa porque muestra la variedad cultural en la vieja capital incaica. Las élites indígenas participaban activamente en la celebración, en una ciudad acostumbrada ya al régimen religioso. 

Un cacique indígena, tuerto, que va al frente del carro de San Cristobal


San Sebastián  y detalle con guacamayas


Las confraternidades de San Juan Bautista y San Pedro




Los jesuitas


Santa Rosa de Lima, conocida como La Linda


La Ultima Cena muestra un altar con figuras que alternan con flores y pinturas de personajes de la época. Lo interesante también es el público que observa tanto a los adornos como al pintor. 

lunes, 6 de febrero de 2012

Corpus Christi en Cusco

Distraigo a los amables lectores con un asunto que no atiende directamente al tema de la Nao de China, pero que creo que puede ser de interés debido a que ejemplifica el ambiente cultural en que eran recibidas las influencias orientales en el siglo XVIII americano, en este caso en Cusco, Perú. 

Se trata de una serie de pinturas que corresponden a la  fiesta del Corpus Christi en aquella ciudad.




La primera noticia que tuve acerca de las pinturas del Corpus Christi en Cusco fue por medio de un disco de Gabriel Garrido con ese título. En 2009 tuve la fortuna de viajar a Cusco y conocer las obras en el Palacio Arzobispal, una experiencia sorprendente que quisiera compartir ahora.



En 1675 el obispo Manuel de Mollinedo y Angulo ordenó a artistas locales dieciocho grandes lienzos, de dos por dos metros, para dar a conocer el gran despliegue que se hacía en la celebración de esta fiesta católica. De Hecho, era la segunda más importante después de la semana santa, aunque la festividad se ha perdido con el tiempo. 



Lo interesante de las pinturas, de las que sólo quedan dieciséis, es la frescura con la que muestran los rostros de la población indígena integrada en el ritual barroco, así como del pueblo criollo y de algunos negros que aparecen en ciertos ángulos. 



Una tras otra, iban apareciendo las diversas congregaciones religiosas de la ciudad, en este caso los mercedarios, con sus túnicas blancas.



Los descubrimientos musicológicos realizados en la segunda mitad del siglo pasado, especialmente a cargo de Robert Stevenson, permiten destacar  que la celebración tenía también una parte musical muy importante, con aportaciones de maestros españoles residentes en Perú y maestros criollos, así como músicos indígenas.


Es por ello que recomiendo escuchar el famoso Hanacpachap Cussicuinin, para darle una textura musical a estas obras pictóricas.

viernes, 27 de enero de 2012

Los eventos de Camboya


Los acontecimientos de Camboya quedaron en el olvido durante los siglos XVIII y XIX. Un libro que daba cuenta de los hechos militares en aquel país, poco tiempo después de que habían ocurrido, es La breve y verdadera relación de los sucesos del Reyno de Camboxa al Rey Don Philipe nuestro Señor, escrito por fray Gabriel de San Antonio de la orden de Santo Domingo, y publicado en Valladolid en 1604.


Durante mucho tiempo este texto fue muy difícil de localizar y era prácticamente inaccesible para el gran público, hasta que en 1914 apareció una traducción al francés, a cargo de Antoine Cabaton, con un amplio estudio preliminar y muy abundantes notas.  

sábado, 21 de enero de 2012

Tercera Jornada, 1598

El gobernador Francisco Tello encabezó el gobierno de Filipinas de 1596 a 1599 y en ese cargo dió punto final a la aventura en Camboya. Entre tanto y liberado de sus responsabilidades oficiales, el anterior Gobernador, el joven Luis Dasmariñas retomó las riendas del asunto y cubrió con su propio patrimonio los costos de una nueva expedición, sin resultados positivos. El fracaso del tercer intento se debió aparentemente a que la pequeña armada salió a destiempo del puerto de Cavite, en el mes de septiembre de 1598, en plena temporada de monzones y, al enfrentar vientos contrarios tuvo que buscar refugio en la costa de China, en un puesto militar español denominado El Pinal, a seis leguas marítimas de Cantón. El almirante del barco insignia, Pedro de Béistegui, perdió el rumbo cerca del actual Vietnam y, en el naufragio de esa nave perecieron ahogados alrededor de cuarenta y cinco soldados.

Entre los soldados de esta tercera jornada, Tello señala en un informe oficial, había un grupo que recientemente había llegado desde la Nueva España, quienes debido ¨a ser muy flojos y la tierra muy pobre para mantenerlos me pareció que serían útiles para esta expedición, especialmente porque en esta ocupación (como soldados) serán pagados sin ningún costo para Su Majestad.

Desde su refugio, Luis Dasmariñas continuó solicitando refuerzos y pertrechos, pero el gobernador Tello, con el respaldo de la Audiencia de Manila, decidió no acceder a sus peticiones para no dejar desprotegida la ciudad. En cambio, le pidió que regresara a Filipinas, de modo cortés, puesto que ya la empresa era un asunto privado pagado por el propio Dasmariñas. Las razones del Gobernador, explicadas en la misiva al Rey, eran precisamente la estrechez en que vivía Manila y la necesidad de soldados para defenderla de un eventual ataque, como efectivamente sucedió en los años subsecuentes. En Madrid se consideró correcta la decisión del Gobernador y, de hecho, se dio por concluida oficialmente la invasión a Camboya.

Consecuencias

Años y siglos después, la aventura de Camboya adquirió tintes épicos, útiles para las narraciones populares en España y en México. Casi de inmediato, el impacto de aquellas jornadas incendiaron el ánimo popular en España y en América. Un hecho demostrativo  del impacto de la empresa camboyana es que autores contemporáneos a los hechos se inspiraron para escribir literatura de ficción, probablemente perdida para siempre, como la de Andrés Claramonte y Corroy, El nuevo Rey Gallinato y ventura por desgracia, así como la de José Martino Ferreira, Relacao que contem os venturosos e prodigiosos successos de Joao Baptista Gallinato, e como veyo a ser Rey das provincias e reynos de Camboya que esta junto com o grande e potentissimo reyno de China.

Subyace en los informes y en la literatura una queja constante contra los novohispanos, expresada de maneras muy diferentes, incluyendo la sátira que se hacía de ellos en Filipinas, calificándolos como pícaros y buscones. Este es el argumento que manejó el padre Gabriel Quiroga de San Antonio en el año 1604, para solicitar al rey Felipe III que reiniciara la conquista de Camboya y otros reinos (Laos, Anam, Siam). Aparte de la posibilidad de anexionar otros reinos al imperio español y propagar la fe cristina, se propuso la transmigración americana al continente asiático.

Claramente es una posición opuesta a las del gobernador Dasmariñas padre, pero refleja la misma preocupación respecto a la carga social que constituían los criollos. De su puño y letra señala:

(...) la oportunidad de dar ocupación y buen uso a toda la gente perdida, inútil y dada a la vagancia que existe en México, Perú y Filipinas, que existen en abundancia y que no necesitan ser traídos de España. El daño que estos soldados causan por doquier donde se presentan y sus malas acciones que podrían cometer es más de una razón para enviarles en esta misión. Además es evidente que la novedad de la jornada y la esperanza de obtener resultados es lo que los mantendrá pacificados.

Otro documento, el memorial escrito por Pedro Sevil de Guarga, impreso en Valladolid en 1603 y resumido por W.E.  Retana en 1909, es ilustrativo del pensamiento de aquella época. Este capitán había participado en las incursiones en Camboya e insistía en que por razones religiosas y de honor, España debería continuar su campaña en la península indichina. Su petición fue apoyada por 18 teólogos españoles. En aquel momento, el espíritu de aventura invadió al Conde de Bailén, quien ofreció financiar y encabezar una nueva invasión a Camboya.


Afortunadamente la Corona española desoyó tales propuestas, que la hubieran conducido a una aventura desastrosa. Tanto Felipe II como su hijo mantuvieron una actitud prudente, a pesar de las presiones que existían por parte de los representantes de Filipinas en la corte española, especialmente algunos religiosos que abogaban por tales empresas.

Siglos después W.E. Retana opinaba que el buen tino de Rey de España desestimó las pretensiones de Sevil y de sus teólogos, ¨con lo que probó que era mejor cristiano que éstos¨. En la actualidad podemos identificar esa prudencia con una visión global que desde el vértice del imperio español percibía la dificultad de expandir una costosa maquinaria que estaba en crisis, el imperio enfermo.

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Informe del gobernador Francisco Tello, ibidem, p.229.

viernes, 13 de enero de 2012

Segunda jornada, 1594-1596

Antonio de Morga indica el año de 1594 como fecha del arribo a Manila de ¨un junco grande, en que venían algunos Cambojas y Sianes y pocos Chinas¨.  En ese navío llegaba Belloso, y de inmediato se reunió con Blas Ruys Hernán González (en adelante, Blas Ruiz), con quien se preparó para convencer al nuevo gobernador de las islas, Luis Dasmariñas, para que enviara tropas para defender ahora al Rey de Camboya contra el Siamés. Este joven gobernador era hijo de Gómez Pérez Dasmariñas, quien fue asesinado un año antes, en 1593, cuando iba hacia las islas Molucas.

Belloso y Blas Ruiz lograron primero el apoyo de los influyentes dominicos o, como dice el cronista, ¨los tomaron como valedores¨ ante el nuevo Gobernador. Seguramente en sus relatos mostraba la parte fiera de su carácter, sin explicar lo ocurrido realmente en Camboya y con el Rey de Siam. Tenía ante sí a un público deseoso de aventuras y era sencillo conmover a los frailes y al joven gobernador de la posibilidad de una gran hazaña con bajo costo en los países vecinos.

Luis Dasmariñas, un hombre joven y con poca experiencia decidió enviar a Camboya una armada comandada por el sargento mayor de Manila, Juan Juárez Gallinato, compuesta por tres barcos con 120 españoles y algunos mercenarios japoneses y filipinos a bordo. Es importante señalar que las autoridades de Manila, el Ayuntamiento y el jefe militar, no vieron ninguna justificación para la empresa autorizada por el Gobernador con el apoyo de los religiosos de la Orden de Santo Domingo.

Antonio de Morga, a la sazón Capitán General de las islas, señaló en su momento tres razones en contra de tal decisión, mismas que quedaron por escrito: la mermada población española que permanecía en Manila; el desconocimiento de lo que realmente sucedía en Camboya, y el peligro político de hacer enemigo al Rey de Siam, del que tampoco se conocía el verdadero poder. Con tales conflictos, de Filipinas partió la misión hacia su incierto destino.

Quizá para atemperar los argumentos expuestos por el Capitán General, el gobernador Luis Dasmariñas consideró útil realizar una maniobra de distracción, por lo que envió de regreso a Tailandia a la tripulación que había llegado con Belloso, incluyendo para el efecto algunos regalos para el Rey de Siam, pensando que con esa treta podría ocultar sus verdaderas intenciones. Como es lógico, tal maniobra habría de resultar de lo más desafortunada, ya que el Gobernador actuaba del mismo modo que los mercenarios a quienes respaldaba.

De cualquier modo, la armada española enfrentó días después un temporal que dispersó las naves. Juárez Gallinato encalló en Singapur, una pequeña y hermosa isla anclada en el océano malayo, mientras que Belloso y Ruiz llegaron a la desembocadura del río Mekong, unas 600 millas al norte. Así, un viaje que regularmente tardaba ocho días culminó en semanas de padecimientos en medio de la selva.

Finalmente, Belloso y Ruiz lograron reunir sus tropas y llegar a la capital camboyana (Chordemuco) y encontraron un escenario completamente distinto al que suponían. Los camboyanos, lidereados por un hombre llamado Anacaparan, habían echado fuera a los siameses y habían colocado a su líder en el trono de Camboya. Los españoles decidieron aprovechar la situación y, en espera del capitán Gallinato, trataron de ponerse a las órdenes del nuevo jerarca camboyano, quien vivía a cierta distancia de la capital, en una aldea denominada Sistor. Sin embargo, el nuevo líder desconfió de los soldados procedentes de Filipinas, no aceptó recibirlos, aunque tampoco actuó en su contra.

En aquel momento, había en la capital camboyana seis barcos chinos y, en los días de espera, los españoles comenzaron a tener fricciones con sus tripulantes ¨por razones de honorº. No tardó esta situación en convertirse en otro acto de vandalismo, cuando los españoles mataron a gran número de chinos y les robaron sus mercancías. El Rey camboyano censuró tales actos y los españoles decidieron acudir a su corte en Sistor, a nueve leguas de distancia, para presentar una carta, falsificada, del Gobernador de Filipinas (la original estaba en manos de Juárez Gallinato, en Singapur). Anacaparan no los recibió y por el contrario los mantuvo a distancia, ordenándoles terminantemente reintegrar las mercancías a los chinos.

Temerosos de su situación, Belloso y Ruiz decidieron escapar pero, antes de hacerlo, hacia la media noche entraron a la aldea donde estaba el rey Anacaparan, incendiaron las chozas y asesinaron a muchos camboyanos y a su líder. Sólo entonces dieron la media vuelta para regresar a FIlipinas, perseguidos por los airados camboyanos. Cuando llegaron a la capital camboyana encontraron a Juárez Gallinato, quien recién llegaba de Singapur y trataron de convencerlo de ocupar Camboya. Deseaban persuadirlo de que, una vez muerto el Rey, muchos líderes y señores camboyanos aceptarían la tutela española. Gallinato decidió no proseguir con tal desatino y reprendió a sus subalternos por los enfrentamientos recién ocurridos, aunque...¡les incautó el botín! y se fue rumbo a Vietnam.

Sin embargo, Belloso y Ruiz lograron convencer a su capitán de que ellos viajarían a la capital de Laos, Langxan, donde estaba exiliado el rey legítimo de Camboya, Praucar Langara. Días después llegaron a la ciudad que hoy se conoce como Vientián y encontraron una nueva sorpresa: el Rey había muerto y sólo quedaba su hijo, un adolescente del mismo nombre, aficionado al alcohol y dominado por su abuela y sus tías. Convencidos de que, ante las nuevas circunstancias, era el momento de entronizar al joven los españoles regresaron a Camboya, río abajo, en diez embarcaciones, acompañados de los camboyanos leales al nuevo monarca.

Monumento a Diego Belloso en Camboya s/f

Luego de asesinar a los que se oponían a este nuevo Rey, Belloso y Ruiz obtuvieron el reconocimiento oficial como caballeros (Chao Phraya) de Camboya, comandantes militares y jefes cada uno de una provincia. En la efímera corte del joven Praucar las circunstancias se fueron complicando para los españoles, debido a que un militar musulmán, probablemente venido de Malasia, se amancebó con una tía del Rey y paulatinamente disputó la influencia de Belloso y Ruiz sobre el joven monarca. Al cabo de poco tiempo, dicho líder militar pudo dominar completamente la situación y expulsar a los españoles.

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Antonio de Morga, Sucesos de las islas Filipinas, capítulo V. p.92.

sábado, 7 de enero de 2012

Planes de invasión

A lo largo de casi una década, de 1592 a 1600, un puñado de soldados y frailes españoles entró en el reino de Camboya, se hizo de un gran poder, para al fin perderlo todo. Los capitanes de esta aventura, con nombres dignos de una novela, eran peninsulares: Juan Juárez Gallinato, Diego Belloso y Blas Ruiz Hernán González, quienes vivieron una de las historias más extrañas y fantásticas de la conquista de las Filipinas, a finales del siglo XVI. Mientras los líderes de esa campaña eran españoles, cabe suponer que la tropa anónima era mexicana, compuesta por colonos, marinos y mercaderes llegados de la Nueva España.

La invasión de Camboya podría atribuirse al espíritu caballeresco de los españoles quijotescos, avant la lettre y, entre ellos, algunos nuevos mexicanos que, habiendo pasado por tierras de la Nueva España, terminaron sus vidas en Filipinas por aquellos años. Pero a diferencia del humanismo cervantino, estos quijotes simplemente actuaban en razón de intereses mezquinos. Una revisión de los hechos que condujeron a la invasión de Camboya por tropas españolas arroja interesantes elementos para apreciar que, entonces como ahora, existen reglas inviolables del trato internacional, de la cortesía y del derecho.

La aventura de Camboya puso de relieve el dilema de invadir la región del Mekong para enviar allá a la escoria que pululaba en América y que también llegaba a Asia. Desde un principio, la preocupación de poblar Filipinas con gente blanca y decente fue un prurito de la Corona española.

En la práctica, el problema era que la población criolla que abundaba en México, en permanente demanda de privilegios de clase, si tenía los rasgos físicos que tanto aprecian aún ahora en la televisión y en las revistas de sociales, pero constituía una pesada para el erario y para el mantenimiento del orden en la Nueva España (*).  El excedente de aquella población desempleada se enviaba a las islas a realizar tareas militares y administrativas aunque, en realidad, era una especie de honorable destierro. Hemos tratado el tema de los forzados y reclutas en notas anteriores.

En México se acostumbraba decir a los indeseables: mándalo a Filipinas. Estos mexicanos de mala fama adquirieron el mote de Huachinangos (red snapper) entre los filipinos, quizás por su color, pero más por su carácter arrogante y advenedizo... los ancestros de nuestros políticos de oportunidad, los arribistas de todas las épocas.






En el año 1593 el gobernador de Filipinas, Gómez Pérez Dasmariñas, se quejaba amargamente de que llegaban de México personas de muy mala calidad.

En México ay un abuso, que para limpiar aquella tierra de fascinerosos y malos los destierran a título de soldados, que sirvan a V. Md. (Vuestra Majestad) y no son buenos sino para estragalla (estragarla, echarla perder), pegando los malos vicios y costumbres que de allá sacaron a los de acá: que en una república que ahora nace es de mucho inconveniente a su principio, a lo cual no avían de passar (a Filipinas) sino los hombres más enteros, qualificados y virtuosos, y assi están desacreditadas estas yslas, de que aquí no llega un hombre de bien; suplico a V. Md. lo mande considerar y remediar, con que si fuere posible, la gente de guerra que aquí viene sea de la buena de Castilla, y de allá venga y lo mismo si hoviere lugar sea de los religiosos, que no vengan de México, sino de los reynos de Castilla, y los más escenciales y exemplares.

Podría parecer, simplemente, que los españoles atribuían todos los males a los novohispanos, sin ver sus propios defectos pero, más que cierto chovinismo, la corrupción era rampante en las colonias españolas, tanto en América como en Filipinas. Una carta escrita en Filipinas por el padre agustino Alonso de Vico, dirigida al obispo de Nueva España, muestra la desesperación de algunos pocos que veían la grave descomposición social que prevalecía en la joven colonia:

El estilo de la Nueba España de los hombres pobres para hacerse ricos, es pensar tener un hijo frayle que luego al mismo punto es rico, porque los conventos son ricos y los bienes de la orden que debrían gastarse en servicio de Dios se reparten entre los priores y provinciales, de modo,  que ya están introducido que los priores, demás de la coleta (el estipendio, sueldo) que se da señalada por la provincia al provincial, se le a de untar las manos muy bien (ahora decimos en México dar mordida) y que aquel es mejor prior que unta las manos (...)

Más adelante afirma ante el Obispo:

(...) testigo soy de vista que de un convento nuestro llamado Chilapa (en el actual estado de Guerrero, en México) sacó el provincial dinero y ropa y otras joyas más de quatrocientos ducados y que vinieron unos indios a quexarse del prior, porque más de treinta leguas les havía hecho ir cargados al puerto de Acapulco a costa de los mismos indios, y no les quiso pagar nada, y el provincial que es aora de la Nueba España Fray Juan de Contreras tenía una hermana que no era rica, y aora lo es notablemente, y a este tono son todas las cosas de la Nueba España.

... y continúa lamentándose, porque:

Más aunque esto está perdido, sin comparación está más esta pobre y miserable provincia de las Philipinas, porque los males de ellas andan tan públicos que los religiosos de ella no sólo son escándalos a los fieles a cuya vista estamos (...) porque esta provincia está tan apoderada de criollos, que no se usa sino los mismo que en la Nueba España y con más publicidad y libertad; hay religiosos que tractan y tienen grangerías (hacen negocios); no se habla de letras ni de estudios, porque dizen que en esta provincia no son necesarias las letras.
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Carta transcrita por W.E. Retana en su edición de Sucesos de las Islas Filipinas, México, 1609. Eds. Polifemo, Madrid, 1977, pp. 194-195.

(*) La migración proveniente de otros territorios americanos, como el Virreinato del Perú, era muy limitada en Filipinas.

lunes, 2 de enero de 2012

Lo que acontecía en Siam, 1593

Continua el relato sobre la invasión a Camboya.

Las embajadas que llegaban a Manila eran, sin duda, un testimonio de la importancia que los diversos reinos de la región reconocía en la presencia española en Asia. En efecto, a pocos años de controlar Filipinas, los ibéricos habían logrado concitar el respeto, o quizás el temor, de sus vecinos, quienes prefería mantener un ambiente pacífico, pero distante, de los recién llegados a la región.

El puñado de hombres de espada y de fortuna comandado por Belloso habría regresado al reino de Camboya, pero las circunstancias  en aquel reino habían cambiado radicalmente: el Rey de Siam (tailandés) había realizado una rápida campaña sobre Camboya y Laos y había regresado a su ciudad capital, Ayuthaya.

Corría el año de 1593.

(...) En la ciudad de Chordemuco (capital de Camboya en ese entonces) con Prauncar Langara, el Rey de aquellos lugares, cuando vino sobre él, el Rey de Siam, con mucha gente de guerra y elefantes, tomó la tierra, y la casa y tesoros del rey, que con su muger y hermana y una hija, y dos hijos que tenía, se entró huyendo la tierra adentro, hasta el reyno de los Laos.

En la versión de los participantes españoles, el Rey de Siam regresó a Ayuthaya dejando algunos capitanes siameses (tailandeses) de guardia en Camboya ¨y lo que no pudo llevar por tierra lo envió a Siam por mar, en algunos juncos. Apresó a tres castellanos que allí encontró y los embarcó con otros esclavos camboyanos en el junco, con mucha ropa y guardia siamesa, y chinos marineros¨

Hallándose en la mar, los tres españoles se sublevaron con la ayuda de los chinos y mataron y rindieron a la guardia de Siam. No obstante, los aliados circunstanciales, chinos y españoles, tomaron el barco por botín y discutieron dónde debía dirigirse la nave. Si aceptamos esta versión, pensaríamos que, como no hubo acuerdo, los tres españoles vencieron a varias decenas de chinos y mataron a la mayoría, llevando la nave a Manila, para luego liberar a los camboyanos que habían sobrevivido.


Ayuthaya, capital del Reino de Siam

El Rey de Siam, llegando a su corte en la ciudad de Ayuthaya, al norte del actual Bangkok, esperaba el navío y, al ver la tardanza, temió que se hubiera perdido o, como en efecto sucedió, que la tripulación se hubiese insurbordinado. Por ello mando en busca de la nave a uno de los españoles que tenía cautivo, ni más ni menos que a Diego Belloso, al que el Rey de Camboya enviara a Manila como mensajero. Se convirtió así, de pronto, en embajador del bando contrario. Para convencer al Rey de Siam, Belloso prometió que regresaría con múltiples riquezas y, sobre todo, con la ayuda de los españoles de Filipinas.

Su plan dio resultado y obtuvo un navío con rumbo a Manila, comandado por un soldado siamés. No obstante, la nave encalló en Malaca (en Malasia, cerca del actual Singapur). Con ese incidente, el comandante tailandés decidió deshacerse de la carga, venderla en aquel puerto y regresar a Siam, pero amaneció misteriosamente muerto ... y Belloso pudo seguir su camino a Filipinas con todo y regalos.


sábado, 31 de diciembre de 2011

Carta al Rey de Camboya

Por la soltura de la carta que el Gobernador de Filipinas, Gómez Pérez Dasmariñas, dirigió al Rey de Camboya, vale la pena citarla completa.

En ella acepta actuar como mediador en el conflicto con Siam; advierte sobre el peligro y destrucción que provocan las guerras y envía regalos, esmeraldas, un caballo y unos perros:

Al Rey de Camboya, de 20 de julio último (1593)

Gómez Pérez Dasmariñas, Caballero de la Orden de Santiago, Gobernador y Capitán General de Luzón, por el Rey de Castilla, mi señor, salud y prosperidad.
Recibí la embajada y carta del Rey de Camboya con grande contentamiento mío del cual y del elefante y amistad con que se me envía. Quedo muy agradecido y más de la voluntad que muestra al servicio y devoción del Rey mi señor, al cual daré cuenta de ésto y sé que lo estimará en mucho hame dolido de las guerras y enemistades que hay entre el Rey de Camboyia y (el de) Siam porque más quisiera yo que entre dos reyes tales y vecinos y ambos amigos nuestros hubiera todo buen trato, conformidad y paz, sin la cual no hay bien ni contento y yo diera al Rey de Camboya la ayuda y socorro que me pide contra Siam sino mirara á que el Rey es tan buen servidor del mío y amigo nuestro y de él he tenido una embajada y así deseo saber la causa y fundamento de estas pasiones y la justicia y razón que hay de la una parte y de la otra que es la que ha de mover á un animo justo. 
Y en el entretanto como quiera aunque victorias el fruto, por la mejor parte sea ruinas y mortandades y destrucciones y asolamientos de reinos y vasallos y la voluntad y el amor que tengo al Rey de Camboya me obliga á desearle ver libre de estos trabajos y desasosiegos y que viva en paz y nos comuniquemos y tratemos y el comercio y conformidad enterados universalmente crezca con aprovechamiento de unos y otros reinos. 
He querido probar el medio más fácil y mejor que es poniéndome de por medio á procurar y componer estas diferencias y así he escrito y enviado persona al de Siam pero sin dar á entender que el de Camboya tiene necesidad de socorro ni me le ha pedido tratar de paces y medios. Y creo que lo admitirá y cuando no saliere a causa tan justa entonces la vuestra y la mía queda más fundada y justificada para hacer lo que se me pide en cualquiera suceso.
Aseguro de ser amigo del Rey de Camboya como esto dirá largo su embajador que vuelva regalado y con esto, tratémonos y comuniquémonos ya que se ha abierto el camino que aquí tendrán los de Camboya la misma buena acogida que en su tierra.

Envío estas esmeraldas y ese caballo que es muy bueno en señal de amor y unos perros de casa (caza) porque me dijo Veloso que allá eran de estima y por hallarme falto de algunas cosas curiosas de España no las envío pero yo me prevendré para otra vez y si otra cosa de esta tierra agradare la daré con mucha voluntad y para más satisfacción de nuestra amistad os envío la copia de la carta que escribiré al Rey de Siam.

Dios guarde y prospere de Manila 27 de septiembre del nacimiento de n.s. Jesucristo de 1593.

Gómez Pérez Dasmariñas.



Los famosos caballos españoles, imagen del siglo XVIII. 

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Carta tomada del libro de Virgina Licunan Benitez y José Lavador Mira, The Philippines Under Spain, vol. V(1590-1593), Manila 1994, misma que fue encontrada en el Archivo General de Indias, Sevilla, en el ramo Filipinas, legajo 18-B.

La primera jornada, 1592-1594

Gaspar de San Agustín relata en su libro Las Conquistas de las Islas Filipinas, la terrenal por Felipe II, el prudente, y la espiritual por los padres agustinos, escrito en 1698 que, entre otras embajadas recibidas en Manila, como la del Japón por ejemplo, se presentaron alrededor de 1592 dos embajadores representando al Rey de Camboya:

El uno portugués, nombrado Diego Belloso (en varios textos se llama Diogo Veloso); el otro castellano, llamado Antonio Barrientos, que trajeron de regalo al Gobernador dos hermosos elefantes, que fueron los primeros que se vieron en Manila. El motivo de esta embajada se reducía a pedirle su amistad y alianza para (que) les diese socorro contra el Rey de Siam (antiguo nombre de Tailandia), su vecino, que pretendía invadirle. Recibió el Gobernador Gómez Pérez Dasmariñas la embajada con agrado, y el regalo que le traían. Y como no se hallase con bastante gente para el socorro que se le pedía, despachó los embajadores dándole al Rey de Camboja breves esperanzas. Correspondiéndole con otro regalo, se estableció buena correspondencia para el comercio entre ambas naciones.

Los supuestos embajadores, un portugués aventurero de dudosos antecedentes y un castellano de peor fama, deben haber dado una imagen de boato, acarreando presentes que harían soñar a los manilenses y a su Gobernador con las maravillas que debían existir en las provincias del oeste, más allá del tempestuoso golfo de Siam, más arriba de Malaca y hacia el norte entre malayos infieles, hasta encontrar la parte más cerrada de la selva, ese infierno verde, y encontrarse en medio de un río inmenso llamado Mekong. Venían acompañados de esclavos y, de acuerdo con las crónicas, de los dos primeros elefantes jamás vistos en Filipinas.




Belloso y Barrientos tuvieron audiencia con el gobernador Dasmariñas, quien escuchó informes fantásticos sobre las riquezas de Siam, Laos, Camboya, Champa y Conchinchina. Los mensajeros reales aprovecharon el embeleso de sus oyentes para solicitar el apoyo del Gobernador y proteger a Camboya contra los ataques del Rey de Siam. Gómez Pérez Dasmariñas no prometió nada, pero los envió de regreso a esas tierras con algunos buenos presentes.
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Gaspar de San Agustín, Conquista de las Islas Filipinas, capítulo XII, pp 994-995, Libro III. Madrid, imprenta de Manuel Ruiz de Murga, 1698. Reimpreso en 1998, en Manila por el Museo de San Agustín.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Importancia y debilidad de Manila

Los más entusiastas promotores de aventuras invasoras en Asia eran sobre todo los comerciantes y algunos frailes de Manila, quienes esgrimían largos argumentos para que la Corona Española enviara tropas a las tierras vecinas. Su sueño, al más puro estilo de una novela de caballería, era evangelizar a las poblaciones asiáticas; ampliar el comercio y la riqueza de Su Majestad y lograr la paz bajo el dominio español. Todo ello, dentro del sagrado propósito de crear un imperio universal regido desde la península ibérica.

Los apasionados argumentos expuestos por los manilenses, desde el gobernador y el capitán general hasta los miembros de la Audiencia; los priores de las congregaciones e incluso los comerciantes del galeón, se acumulaban en abultados testimonios, informes, rogativas y cartas secretas que la Nao de China llevaba y traía de Manila a Acapulco y de ahí a España. Meses y años más tarde, dichas propuestas languidecían en los escritorios de las autoridades de España y México, desde donde se respondía con frialdad, en notas hechas al margen de los folios y mapas fabulosos en pergaminos, donde se autorizaba o no tal asunto. Proceda, concédese, anúlese, pues, como bien se sabe, los asuntos en Palacio, van despacio...

Desde la metrópoli se impidió, una y otra vez, iniciar nuevas acciones militares en Asia. Un tanto por prudencia y otro tanto por la sencilla razón de que faltaban recursos materiales y humanos para emprender nuevas campañas de conquista. Este fue el motivo por el cual, en la práctica, el proyecto asiático español se mantuviera estancado por largo tiempo, circunscrito a la isla de Luzón, pues el resto de las islas del archipiélago filipino fue realmente ocupado hasta el siglo XVII. Las fuerzas españolas se concentraban casi exclusivamente en la ciudad de Manila -puesto privilegiado para la navegación y el comercio- y a que la enorme bahía gris ofrece un invaluable refugio marítimo.

La precariedad de la presencia española en las islas era tanta que, el 12 de julio de 1599, el gobernador de Filipinas, Francisco Tello, escribió un informe sobre la situación militar en la región, en el cual solicitaba el apoyo de España para el envío anual de tropas a Filipinas: primero, por la gran cantidad de enemigos; segundo, por la enorme distancia de las islas respecto de la Nueva España, y tercero por la debilidad de las fuerzas militares para controlar el archipiélago. El número de tropas declinaba en gran parte debido a la situación insalubre que afectaba a los soldados heridos, señala el gobernador, ello sumado a la gran cantidad de acciones realizadas con resultados muy variados, como la pacificación de Mindanao, la expedición de Cagayán, el mantenimiento del presidio (cuartel) en La Caldera y la nueva expedición a Camboya. Continúa el Gobernador:

Los hombres que quedan están completamente pobres, por lo que ruego a Su Majestad ordene al Virrey de la Nueva España atender este asunto con puntualidad. Este año (1599) sólo vinieron setenta hombres; no eran útiles y entre ellos había solamente tres arcabuceros. Se deben enviar mil arcabuceros, quinientos mosquetes con cuernos de pólvora, y quinientos sacos de balas y otros tantos morriones. Eso es lo que se necesita para ser distribuidos entre los hombres desarmados: y los que no se utilicen quedarán como reserva de la armería de Su Majestad.

El gobernador Tello expresaba de manera contundente el temor que agobiaba a los pocos habitantes de Manila -cuya población desde que fue fundada la ciudad ascendía a pocos centenares de almas-, quienes pasaban de ser colonos a la condición de ciudadanos-soldados.


Manila sobrevivía con precariedad 

La población de la capital experimentó en la década de 1590 a 1600 una ligera recuperación, gracias al auge comercial de las islas y por la inmigración de españoles que quedaban en las provincias. Se trataba de hombres viejos, de casi treinta y hasta cuarenta años de edad, con cicatrices de la guerra y de los amores: cojos, tuertos o sifilíticos. Las mujeres españolas, que desempeñarían un papel central en el comercio del galeón en los siglos siguientes, aparecerán décadas más tarde en el escenarios de la ciudad. En Madrid se dieron instrucciones para que el Virrey de la Nueva España enviara las armas y también las tropas y colonos solicitados por el Gobernador de Filipinas ¨tomando en cuenta los límites de gastos que tiene el factor de Su Majestad¨

El sentido práctico de los administradores coloniales de España y México les hacía comprender que era más redituable concentrar en la capital filipina el comercio de manufacturas y especias del sudeste de Asia para satisfacer la creciente demanda de tales productos en Europa y América.

Manila ofrecía la enorme ventaja de que en ella confluían las principales redes comerciales de Asia, con productos venidos desde la India, China, la actual Indonesia y la denominada Indochina. El comercio en la región fluía como los monzones que sacuden estos mares, y mantenía su propio ritmo tiempo antes de que llegaran los españoles a la región. Sin embargo, por importante que fuera el comercio aparecían dudas sobre mantener empresa tan colosal. De tanto en tanto, en la metrópoli, y sobre todo entre los comerciantes de la Península Ibérica -quienes veían con recelo las ganancias que se obtenían en la Nueva España- se expresaban opiniones en el sentido de que la distante colonia era una carga innecesaria para el erario.

El argumento contrario, que justificaba la acción colonial española en Asia, se centraba en dos propósitos políticos: contener la expansión islámica y propagar los principios del catolicismo militante (frente a la amenaza protestante representada por holandeses e ingleses). De esta forma, Filipinas se convirtió en una las de las fronteras entre las dos religiones que contendían con fuerza incontenible desde las costas de España hasta las puertas mismas de Viena.

En opinión de John. D. Phelan ¨frecuentemente se oscila entre el análisis cuantitativo del comercio, los fines políticos o los intereses religiosos para explicar la presencia española en las islas. La realidad es que la compleja administración colonial española tomó siempre en cuenta todos estos factores, con grave ponderación entre unos y otros¨.

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Emma Helen Blair y James Alexander Robertson, The Philippine Islands, 1493-1898, 55 vols. Cleveland,  vol. 1603-1609, pp 207-244. Military Affairs in the Islands, Informe del gobernador Francisco Tello.

Luis Merino. O.S.A. El Cabildo Secular: aspectos fundacionales y administrativos, vol. I, p.47. The intramuros Administration, Manila 1983.

John D. Phelan, Hispanization of the Philippines, Spanish aims and Filipinos responses 1565-1700, University of Wisconsin Press, 1959, capítulo primero. 

jueves, 29 de diciembre de 2011

La invasión de Camboya

En solidaridad con la población filipina que ha sufrido los embates de la naturaleza. Mi más sentido pésame por los muertos y desaparecidos,  a sus deudos y a todo el pueblo filipino.
Diciembre, 2011.

Desde la fundación de Manila en 1571, los habitantes españoles de las islas Filipinas fraguaron todo tipo de proyectos para conquistar los variados reinos del sudeste de Asia, a pesar de que en España se desautorizaron tales iniciativas y hasta se llegó a pensar, al finalizar el siglo XVI, en abandonar aquella lejana colonia.

Los gobernadores del archipiélago llegaban instruidos por el Rey para vivir en respeto y armonía con las naciones circundantes, pero los intereses de frailes y comerciantes residentes ejercían una fuerte y continua presión para enviar ejércitos a las Molucas, a Siam, Champa, Camboya y Laos, y al propio imperio mandarín. Entre tales intentos se cuenta la intervención española en Camboya de 1592 a 1599, que concluyó en un rotundo fracaso, mostró los límites reales de la empresa conquistadora española en Asia y demostró, junto con otros intentos efectuados en aquella coyuntura, que el imperio español no podía seguir expandiéndose.

Dedicaré las siguientes entradas de esta bitácora electrónica a mostrar información poco conocida sobre un acontecimiento que tensó la vida política y militar de Filipinas en sus primeros años, y que puso a prueba la vinculación de la colonia española en Asia, frente a las estrategias que se tenían tanto en la metrópoli como en la Nueva España en aquella época. Mucho más que una anécdota curiosa, esa aventura, junto con otras que se vivieron en aquel momento fundacional, ilustra la visión que se tenía en amplios sectores españoles en contra de la masa criolla que crecía en América y Asia, calificada de perniciosa por sus ociosos y ambiciones. Con objeto de debilitar a esta masa de españoles criollos, se pretendió abierta y llanamente enviar a pobladores desde México para colonizar y cristianizar Camboya.

Poco se sabía en Manila, y mucho menos en España o en México, acerca de las naciones y pueblos que circundaban a la joven colonia española. Sin embargo, se recibían los informes de comerciantes, misioneros y soldados mercenarios, dispersos por toda la región, quienes describían con lujo de detalles las riquezas materiales, las costumbres locales y las posibilidades de establecer comercio, expandir las cristiandad, hacer acuerdos de amistad o, simplemente, ocupar tales territorios.

De esta forma, y desde un principio, se dispusieron planes muy serios para colonizar la Gran China desde Filipinas; avanzar en las Islas de la Especiería; conquistar los reinos misteriosos de Siam, Pegu, Camboya, Champa o Laos, todos ellos en la actual península Indochina.

Cabe resaltar que, a partir de la segunda mitad del siglo XVI y hasta casi el final del siglo XVII, se sucedieron numerosas convulsiones militares y una continua redefinición de las fronteras en la espaciosa región de la cuenca del rio Mekong que, más tarde, los franceses llamaron Indochina. Ahora nos resulta difícil intentar siquiera la localización de los reinos de Champa, Conchinchina o Tunkin, que forman el actual Vietnam. La parte este de Tailandia era provincia camboyana y el noroeste de Tailandia formó parte de Laos. En ese escenario geográfico, tanto la religión como el comercio desempeñaron un papel central, de atracción y conflicto. En los reinos de la península se venía efectuando un proceso de consolidación de alianzas entre autoridades budistas y la monarquía, lo cual sirvió más tarde para la formación de las naciones contemporáneas.






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Anthony Reid, Southeast Asia in the Age of Commerce 1450-1680, vol. I. The lands below the winds, pp 1-10. Silkworm Books, Bangkok, 1988.


domingo, 18 de diciembre de 2011

Negritos

Pocos asuntos tan poco comprendidos como la presencia de población negra en Filipinas, sobre todo porque la tipología racial que domina aún al mundo se basa en observaciones superficiales, relacionadas con el color de la piel. Solamente las investigaciones antropológicas a partir del siglo XX comenzaron a desentrañar la naturaleza de un pueblo que no encuadraba con el esquema descriptivo de los ¨indios filipinos¨.

Para comenzar, los ocupantes españoles del archipiélago filipino en el siglo XVI traían como herramienta de conocimiento la experiencia conquistadora de la Nueva España, donde había un sinnúmero de pueblos que podían ser catalogados como ¨indígenas¨ a partir del socorrido genérico de indios... americanos. Pero, un siglo después de la conquista de América, al llegar al otro lado del Pacífico encontraron más indios, lo que significó un serio problema de catalogación. Comenzaron a llamar a los pobladores, por simple extensión, indios filipinos. Para complicar la cosa, se encontraron con estos negrillos, distintos a los demás pueblos que ocupaban el espacio filipino. 

Como tal, los negros filipinos no compartían ni religión ni costumbres con el resto de los pobladores de las islas: mostraban grandes habilidades como cazadores y recolectores, pero no formaban en apariencia gobiernos y sistemas de defensa al estilo de los tagalos, por ejemplo, además de que a la llegada de los españoles ya se habían refugiado en las zonas altas de la isla de Luzón, para escapar del sometimiento de otras comunidades locales.

Se estima que la llegada de negritos a las islas pudo ocurrir en tiempos tan remotos como cuando Malasia estaba unida a Sumatra y a otras islas de Sunda. ¨Si esto es cierto, afirma Mario D. Zamora,  podemos postular la hipótesis de que por aquel entonces el conjunto de islas que formaban Filipinas era un solo bloque. De este modo las primeras migraciones de los negritos debieron ser por tierra¨. Hoy se habla también de migraciones realizada en una última mini glaciación, que habría puesto en contacto a las tierras bajas desde Tailandia y Malasia, hasta la Micronesia. Asunto difícil de confirmar.

La investigación lingüística contemporánea ha desentrañado una incógnita: siendo que tradicionalmente se relacionaba a los negritos de Filipinas con otros grupos orientales de la India, como los Semang, localizados en el interior de la península de Malasia, o con los habitantes de las islas Andamán en el Océano Indico, ahora se sabe que el pequeño grupo filipino habla una lengua distinta a la de aquellos con los que se les relacionaba. 





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Mario D. Zamora y otros. Los indígenas de las islas Filipinas, Mapfre, 1992, Madrid. Pp 243-278.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Cagayanes

En la punta norte de la isla de Luzón se localiza la provincia de Cagayanes, distinguida por ser una zona estratégica en comunicación con la isla de Taiwán y las costas del sur de China. La percepción de la importancia de la región  fue reforzada por los ocupantes españoles desde el período de la ¨pacificación¨de Filipinas a finales del siglo XVI. 


En una carta del gobernador Gonzálo Ronquillo de Peñalosa a Felipe II, Rey de España, escrita en junio de 1582, relata la necesidad que tuvo de enviar tropas a la zona de Cagayanes debido a la presencia de piratas chinos y japoneses. En su recuento señala que los españoles hicieron frente a tales  invasores y que en feroz batalla aniquilaron a doscientos japoneses, incluyendo al hijo del comandante, con sólo tres españoles muertos.



A partir de la expulsión de japoneses y chinos en 1582 se iniciaron las primeras incursiones españolas en aquella zona al norte de Luzón, lo cual condujo al descubrimiento de las oportunidades de expansión y el sometimiento de los naturales. El comandante español Juan Pablo Carrión exploró el rio Cagayanes y los fértiles valles protegidos por el terreno montañoso y fundó en aquella época la provincia de Nueva Segovia, que ha cambiado en extensión a lo largo de la historia.


Los pobladores originales de esta región debieron recibir influencia de una multitud de pueblos de la región, como lo muestran las imágenes del Códice Boxer. 


La distancia entre Taiwán y el norte de Filipinas es de apenas 250 kilómetros a través de un estrecho que incluye muchas islas, con dos grupos: Batanes y Babuyanes. De ahí que resulta natural la presencia de piratas chinos y japoneses en la zona. De hecho, ese fue el camino seguido por tropas japoneses durante la segunda guerra mundial para invadir Filipinas.