sábado, 14 de agosto de 2010

Un aparecido. De Manila a México (1593)

La inesperada muerte del Gobernador General de Filipinas, Don Gómez Pérez Dasmariñas, caballero de la Orden de Santiago, el veinticinco de octubre de 1593, comenzó y acabó en medio de una fuerte tormenta. Primero fue la borrasca que casi hunde su galera; luego la lluvia de monsón, el baguío como le llaman los filipinos, que se abatió sobre Manila el mismo día en que los chinos le sorrajaron la cabeza, cuando se hallaba fuera de la capital filipina. Después fue el aguacero acompañado de rayos y truenos que anunciaba el funesto asesinato de tan importante hombre, llevando la noticia de su muerte hasta la Ciudad de México, a miles de leguas de distancia, en forma fulminante y misteriosa.

No era el gobernador un hombre infiel a la religión católica aún cuando se hubiera distanciado del obispo de Manila, Fray Domingo Salazar. Más que motivos de fé, aquellos hombres habían agriado su relación debido al irrefrenable asentamiento de chinos en las inmediaciones de Manila. Por otra parte, una creciente animadversión de los ciudadanos en su contra se relacionaba con asuntos de dinero, mala administración y abuso de poder. Al momento de su muerte, el gobernador no tenía todas consigo.

La conspicua presencia de tantos chinos en el territorio filipino preocupaba a los frailes por las consecuencias que podría acarrear en la propagación de ideas ajenas a la religión católica. Desde 1589 la Corona española había instruido al gobernador para que prohibiera a los chinos permanecer en Manila más allá de la temporada anual de comercio, a menos de que estos se convirtieran al catolicismo y obtuvieran residencia como artesanos o comerciantes.

El obispo Salazar había perdido una batalla cuando años antes recibió la orden del Rey de permitir que los chinos sangleyes fueran bautizados aún si no aceptaban cortarse la trenza. Fray Domingo siempre se había opuesto a que los recién convertidos continuaran con sus tradiciones, pero un edicto del Rey Don Felipe lo obligó a reconocer que esos chinos al regresar a sus tierras serían mal vistos por los suyos si traían el pelo recortado. Algunos de ellos decidieron recibir el bautismo, o incluso casáronse con filipina, cambiaron de nombres e hiciéronse súbditos del Rey de España. No obstante, para esas fechas los chinos rebasaban fácilmente por dos el número de los españoles y justo es reconocer que debido a sus habilidades comerciales eran en ocasiones más ricos que los peninsulares o que los criollos venidos de la Nueva España.

Veinte años después de haber sido fundada, Manila sólo contaba con unos 2,000 españoles, incluyendo a los misioneros, quedando en peligrosa minoría frente a indios filipinos, negritos de Mindanao y chinos inmigrantes. Año con año, no menos de 15 barcos y chalanes de todo tipo provenientes de las costas chinas de Amoy y Fukién (Fujian) traían a Filipinas sedas, porcelanas, granos, frutas y metales, pero sobre todo hombres ávidos de riqueza. Taciturnos y acomodaticios, los chinos, que se autonombraban comerciantes o singleyes en dialecto fujianés, volviéronse imprescindibles en el panorama cotidiano de la ciudad. Hábiles en el comercio ofrecían productos de calidad y belleza incomparable, con tal abundancia y buenos precios que la población de Manila toleraba su presencia no sólo durante la temporada comercial sino a lo largo de todo el año.

Buen negocio eran también para los administradores de las islas, pues cada chino pagaba ocho pesos por el permiso de residencia, comparado con un peso que cada familia originaria de Filipinas pagaba a las autoridades. Era bien sabido que el número de chinos era mucho mayor que el permtitido por la ley, y que el exceso en la recaudación de los impuestos no constaba en actas. Era común decir que si un chino moría, otro lo reemplazaba con el mismo nombre. Tenían estos trabajadores derecho a las barracas en el Parián, un mercado de tablones a distancia de tiro de mosquete al este de la ciudad. También, fuera de la ciudad amurallada, cruzando el rio, los chinos comenzaron a asentarse lentamente en un plano llamado Binondo.

Tanto en el Parián como en Binondo, la abundancia de porcelanas y sedas, curtiduría y tintes, panaderías, joyerías, hierbas, especias, medicinas y comida atraían diariamente a los manilenses. No sólo las mejores compras se hacían con los chinos sino que los ciudadanos iban adquiriendo gusto por platillos en los que es difícil distinguir las verduras de las viandas, si las hay. El Gobernador y el Obispo coincidían en su preocupación de que nada sano para el espíritu y el cuerpo podían encontrar los cristianos buenos en medio de tantos extraños olores, remedios paganos y comidas revueltas. Con ese pretexto, las fiscalías revolujaban de tanto en tanto los tendajones de madera en busca de evidencias de brujería y armas. Los chinos así capturados tenían asegurada una pena de trabajo forzado por dos años en los astilleros de Cavite.

El conflicto con el Obispo vino en cambio de un incidente torpe, producto de la ambición de Gomez Dasmariñas. El Gobernador no quiso autorizar, un poco por codicia y otro tanto por capricho, un aumento a la cuota de 250 labriegos que trabajaban las tierras de los misioneros jesuitas y otros tantos de los agustinos.

Todo ello se sumó quizás para determinar la suerte final del Gobernador, quien ciego por sus ambiciones creyó obtener gloria y riqueza al iniciar una osada aventura en las lejanas islas de las Especias.

Al imaginar que podría obtener enormes recompensas si lograba penetrar el rico Reino de la Especiería, mandó preparar una pequeña armada de diez barcos, entre los que obligó a incluir algunos sampanes chinos. Obtuvo créditos de los hombres prominentes de la ciudad y dejó encomendada la guarnición de Santiago con un grupo suficiente de soldados para proteger Manila. El obispo Salazar comprendió que era innecesario privar al Gobernador de la bendición requerida y de mala gana (que a veces sucede) pidió el amparo del Señor para esta empresa. Envío además con la expedición a dos frailes para que reconfortaran el espíritu de los soldados y si acaso iniciaran obra misionera en las nuevas tierras. El Gobernador General de Filipinas, Don Gómez Pérez Dasmariñas, salió de la ciudad el 17 de octubre de 1593 por tierra hasta el puerto de Cavite, de donde partió dos dias más tarde. No había pasado ni una semana, cuando en la punta de Santiago el viento del Este estrechó a la galera capitana, lo que obligó al gobernador a fondear en Punta de Azufre. Una tormenta inclemente desperdigó la improbable armada invencible de Don Gómez Pérez Dasmariñas.

Separada del resto de las galeras y sampanes, la reducida tripulación española de la nave principal se vió inesperadamente cara a cara con los improvisados marineros de origen chino. Los sangleyes se dejaron llevar de modo natural y hasta sereno por el impulso de vengar los abusos cometidos por el Gobernador, entre tantos otros, el haberlos forzado a seguirlo en su podrida expedición. Se amotinaron sin más y asesinaron de un certero hachazo en la roja cabeza del intrépido gobernador, que quedó abierta como una sandía sobre la cubierta del barco. Su cuerpo y el del resto de los españoles fue echado al mar.

La noticia de la muerte del Gobernador llegó a Manila junto con los pocos sobrevivientes desamparados en la única goleta que quedaba de esa necia iniciativa.
(continua)
Publicar un comentario