Una invitación para conocer la historia del Galeón de Manila, su cultura y su impacto en Filipinas y en América.

domingo, 27 de febrero de 2011

Reparto de boletas

Las cuentas de galeón siempre fueron complicadas, en parte por la disparidad en los valores establecidos para las mercancías que transportaba y otro tanto por el ocultamiento, o franco contrabando, que realizaban los comerciantes desde Manila hasta Acapulco. Por principio es importante señalar que el navío, sus marinos y pertrechos, así como la administración corrían por cuenta de la Corona española, es decir, era una carga fiscal para todos los contribuyentes, incluyendo los de la metrópoli.

Desde su primer recorrido a fines del siglo XVI se estableció el sistema de cuotas que favorecía a los habitantes hispanos en Manila, quienes tenían por ese solo hecho la oportunidad de contar con un espacio en el galeón para cargar mercancías con destino a América y Europa. Como no todos contaban con recursos suficientes para adquirir productos podían de mil formas traspasar sus derechos a quienes si tenían capital, comerciantes, comunidades religiosas y usureros. El sistema de cuotas se explica como un repartimiento de boletas, equivalente "al valor total que debían tener las mercancías que iban a ser embarcadas y al número de toneladas disponibles para cargar en el galeón que hiciera el viaje ese año", como explica Carmen Yuste.
Durante los primeros años del tráfico, fue el gobernador de las Islas el encargado de hacer el reparto de carga del galeón; sin embargo, a partir de 1604, por un decreto de la Corona, compartió estas atribuciones con dos Juntas, una llamada de Repartimiento y otra de Avalúos. En un principio, la Junta de Repartimiento estuvo integradas únicamente por representantes de los intereses de la Corona y la Iglesia -el gobernador, la Audicencia y el arzobispo de Manila-. Desde 1702 se permitió el ingreso de dos compromisarios del comercio quienes eran, hasta antes de la creación del Consulado de Manila en 1769, los representantes del cabildo abierto de la ciudad y por lo tanto los responsables de discurrir sobre asuntos mercantiles con las autoridades de Filipinas.
De esta forma, el reparto del espacio de las bodegas del galeón se expresaba en boletas, equivalente a determinado número de piezas, medias piezas o cuarto de piezas. Habrá que imaginar el grado de conflicto que se generaba con tal repartimiento entre los pocos y aislados habitantes europeos en Manila, a los que se diferenciaba también conforme a su rango y capital. Las boletas no podían ser vendidas o transferidas, a excepción (siempre las hay) de las viudas y comerciantes pobres. Volveremos sobre esto.

Hubo periodos en que el Gobernador impuso su poder sobre las juntas de repartimiento y avalúo para controlar el comercio, por encima de los intereses de los habitantes representados por la Ciudad y el Comercio, aunque siempre la Corona intentó evitar abusos. Un ejemplo de ello fue el papel del gobernador Sebastián Hurtado de Corcuera, quien estuvo en las islas de 1635 a 1644 e intentó suspender la función de las juntas. Quizás el error más grave de este administrador fue entrar en conflicto con la iglesia, a quien también pretendió sujetar.

En suma, el mecanismo de asignación de boletas como parte del sistema de comercio del galeón se mantuvo hasta el siglo XVIII, cuando la oleada de reformas establecidas por los Borbones pretendieron dar nuevos aires a ese sistema. Un diagnóstico cuidadoso de las deficiencias fue realizado por Francisco Leandro de Viana, Conde de Tepa, promotor de esa visión modernizante desde la metrópoli, y quien identificaba el atraso de Filipinas precisamente como resultado del monopolio del galeón. Un claro efecto de los mecanismos rentistas del galeón era la concentración física de colonos hispanos o novohispanos en Manila, dejando en desventaja el resto del archipiélago. Los vecinos europeos de la islas vivían en el ocio y los vicios, según lo documenta Leandro de Viana, dependiendo de los beneficios del comercio, que era irregular por la naturaleza del trayecto en el Pacífico.

De tal diagnóstico era natural concluir que se debía dotar a Filipinas de una base agrícola autosuficiente, liberar el comercio, conforme a las práctica mercantilistas de aquella época y fomentar el intercambio directo entre Sevilla y Manila, rompiendo el monopolio mexicano. Las reformas borbónicas intentaban dar así una estocada al comercio por la vía de Acapulco, décadas antes del estallido de la independencia en México.
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Carmen Yuste, pp. 54-56; Schurtz, pp. 162-163.

Francisco Leandro de Viana, Demostración del mísero deplorable estado de las Islas Philipinas, Manila, 1765, citado por Luis Alonso Alvarez, El impacto de las reformas borbónicas en las redes comerciales.Una visión desde el Pacífico hispano, 1762-1815, consultado 5 febrero, 2011.

martes, 22 de febrero de 2011

Los mapas son...

... los ojos de la historia.
Gerardus Mercator.
El martes 22 de febrero se realizò la presentación del libro Las Independencias. Explorando las claves de América Latina, que contiene el catálogo de la exposición cartográfica Paseo en Mapa, presentada en 2010 en el Colegio de San Ildefonso, en la ciudad de México. Tanto la exposición como el libro es resultado de un enorme esfuerzo de coordinación que recoge cartografía americana desde el periodo colombino. En el sentido museográfico, la exposición fue un alarde también de documentos poco conocidos, instrumentos de navegación, grabados y pinturas de la geografía americana, y por supuesto mapas.

Quien haya tenido oportunidad de visitar la exposición, que contó con más de 60,000 visitantes, podrá ahora disfrutar las interpretaciones de lo que ha sido de alguna manera una biografía gráfica del continente americano. Los textos observan con detalle los mapas y las historias de conquista, colonizaciòn, revueltas, batallas e independencias que se convierten en los horizontes reconocidos ahora como fronteras.

En palabras de su coordinadora, la doctora Mercedes de Vega, Directora del Acervo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores, el libro aporta un mejor conocimiento de la riqueza de los archivos que existen en América Latina y cuenta sobre todo una historia cultural y humana de enorme valor. Enhorabuena.

lunes, 21 de febrero de 2011

La Pancada

Era tan escasa la población hispana en Filipinas que la metrópoli intentó estimular, al margen de soldados y misioneros, la colonización de las islas con familias que pudieran permanecer en aquellas tierras. El viaje, además de riesgoso, significaba en muchos casos un punto de no retorno para la mayoría de los que se atrevían voluntariamente a viajar en el galeón. Un mecanismo que alentaba la colonización era la posibilidad de participar de los beneficios del comercio de productos asiáticos, iniciado prácticamente desde 1593. El desarrollo de las islas fue visto como una empresa siempre a punto de fracasar a menos de que se permitieran beneficios extraordinarios para aquellos hispanos que aceptaban viajar y residir en ellas.

En el caso de la seda se estableció la denominada pancada, o sistema de compra en conjunto, principalmente de seda china. Esto permitía una negociación más ventajosa para los comerciantes en Manila, comparada con las compras individuales. En contraparte, los derechos de carga del galeón que se dirigía a Nueva España se distribuía entre los habitantes hispanos de Manila por medio de boletas. El término pancada parece derivar del portugués para designar una lluvia imprevista o aluvión, una manera gráfica para designar la irregularidad del galeón que llegaba anualmente, y que en ocasiones tardaba años en volver.

En la metrópoli sin embargo había también otro tipo de preocupaciones por evitar, por un lado, la concentración excesiva de la riqueza del galeón en manos de unos cuantos comerciantes por otro la fuga de la plata hacia el otro lado del Océano Pacífico. Esta situación llevó a los administradores españoles y también novohispanos a buscar una regulación de las normas del comercio, que en ocasiones resultó excesiva y propició por el contrario el ocultamiento y el contrabando. Las autoridades concedían permisos que regulaban el valor y la cantidad de las mercancías, una especie de modernas cuotas de exportación.

Desde un principio, el problema fue cómo llevar la contabilidad de los productos, sobre todo cuando muy pronto comenzó a darse una enorme variedad de géneros que dependían de la oferta de los comerciantes que llegaban a Manila. La mayor regulación se daba precisamente sobre el comercio de la seda, que podía competir con la producida por España. Se hacía un prorrateo de espacios disponibles en el galeón, por medio de boletas entre los colonos que vivían en Manila.

El primer "permiso", nos dice Schurz, se fijó en 1593, "limitando el valor de la carga total de mercaderías transportadas a 250,000 pesos en Manila, y un valor total en venta en México de aproximadamente el doble de aquella cifra".
El mismo techo fue ratificado por disposiciones de 1604 y 1619. Ese máximo legal duró hasta 1702, cifra que mantuvo hasta la desaparición de la línea marítima en 1815. Durante todo ese tiempo el valor de lo vendido se estimaba que sería el doble de lo tratado en Manila. No se asignaban cantidades, ni en Acapulco ni en Manila, para el pago de aduanas, que iban incluidas en el total fijado en el permiso. Todo esto eran las reglas del juego, su cumplimiento más o menos exacto era otra cosa y generalmente existió un ancho margen entre ambas cosas.
Al cabo del tiempo, el propósito metropolitano de evitar el monopolio del comercio fue vencido por la concentración de intereses de un grupo fuerte de comerciantes sobre todo novohispanos, que fueron capaces de enviar a sus propios agentes hasta Manila, para estrechar los lazos de comercio y darle vuelta a las reglamentaciones.

En 1604, Felipe III expidió un decreto que establecía una junta encabezada por el Gobernador en Filipinas que tomaba las decisiones en nombre de la comunidad (...) "estos intereses comprendían a la Corona, a la Iglesia y a la Ciudad y Comercio", explica Schurz.
Se llamaba la Junta de Repartimientos y de ella formaban parte miembros del Cabildo municipal y el Arzobispo de Manila. La reglamentación aparecida en 1734 sustituía a uno de los regidores por un juez de distrito de la Ciudad. Esta misma reglamentación reformada establecía que el regidor municipal debería alternar esa función cada dos años con uno de los ocho compromisarios que representaban al Comercio o intereses de la comunidad, en el sentido más estricto.

La introducción de este último miembro en la Junta es significativa del cambio ocurrido en el seno de la misma porque los ocho compromisarios eran la base del Consulado creado en 1769 como organismo que había de regir aquella actividad comercial. Es también indicadora de la nueva división en la Colonia entre "Ciudad" y "Comercio", que hasta entonces habían sido la misma cosa. A partir de ese momento el poder en el tráfico del galeón estaría en las manos de unos pocos comerciantes ricos. Este grupo no quería sufrir ni el poder omnímodo del Gobernador -virtualmente decisivo en todos los casos- ni tampoco compartirlo con los ciudadanos de Manila que no eran comerciantes registrados en el Consulado.

El comercio iba a ser en adelante dirigido por comerciantes, con el mínimo de participación del gobierno; el Consulado y sus hombres de negocios iban a realizar en adelante las funciones de aquella vieja Junta de Composición tan heterogénea y las realizó hasta la extinción del régimen del galeón en 1815.
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Schurz, Ibidem, pp 161-163.

domingo, 20 de febrero de 2011

Ciudad y comercio

La peculiar ubicación de Manila como centro comercial en el sudeste de Asia, a donde recalaban comerciantes provenientes de India, Malasia, China, Japón y otros puntos distantes, fue un estimulo muy importante para el florecimiento del intercambio a través del Pacifico. La ciudad formaba parte de un sistema regional de comercio antes de la llegada de los españoles, pero se mantuvo como entrepôt de sistema expandido a partir de la última década del siglo XVI hasta el XIX. El dominio español en Filipinas fue la garantía de funcionamiento de dicho mecanismo comercial, alimentado por la plata americana, pero controlado por el vasto imperio español, por lo que enlazaba a un mismo tiempo a Europa, América y Asia. Insistimos en que esta fue la primera verdadera globalización efectiva de la economía mundial.

Ahora bien, el caso de Manila y de sus habitantes hispanos y americanos es de particular interés porque habla de Emporios Transpacíficos, para usar el término de Carmen Yuste para designar a una élite comercial globalizada que tenía intereses en los tres continentes. Los estudios clásicos hacen referencia por lo general a la importancia de este sistema comercial para los fines europeos y si acaso americanos, pero sólo recientemente han aparecido importantes análisis acerca de la visión asiática de este fenómeno.

Comencemos por la propia ciudad de Manila y su peculiar condición de puesto de tránsito, habitado y dominado por extranjeros. En palabras de William Lyte Schurz, un clásico del tema del galeón, debido a que toda la población hispana que vivía en Filipinas dependía ámpliamente para su mantenimiento de las ganancias de los galeones.
Como consecuencia de dicho principio todos los pertenencientes a dicha comunidad tenían el privilegio de participar en el flete de los navíos. Las naos eran propiedad de la Corona y era esta la que reglamentaba minuciosamente el funcionamiento del sistema con el objeto de asegurar a cada ciudadano de la colonia una participación en los beneficios. Así la Ciudad y el Comercio expresión usada a menudo al dirigirse al Rey, significaba la identidad de la una y de lo otro y durante el tiempo constituyeron casi un sinónimo.

Las primeras disposiciones que rigieron el comercio del galeón fueron apareciendo bajo la forma de reales órdenes. Muchas de ellas datan de 1593 y la mayor parte de este corpus legal fue codificado bajo el nombre de "Leyes de Indias". Los gobernadores ejercieron también un poder legislativo en dichas materias.
En entradas posteriores iremos revisando las modalidades de este comercio, la presencia de los comerciantes novohispanos, usos y abusos, pero también procuraremos integrar la visión contemporánea sobre la presencia de los comerciantes chinos en un comercio que ellos también aprovechaban.
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Carmen Yuste, Emporios Transpacíficos, Comerciantes Mexicanos en Manila, UNAM, México, 2007.

William Lyte Schurtz. El galeón de Manila, Prólogo de Leoncio Cabrera, traducción de Pedro Ortiz Armengol, Ediciones de Cultura Hispánica, Madrid, 1992.

domingo, 13 de febrero de 2011

Plata

De plata los delgados cuchillos, los finos tenedores; de plata los platos donde un árbol de plata labrada en la concavidad de sus platas recogía el jugo de los asados; de plata los platos fruteros, de tres bandejas redondas, coronadas por una granada de plata; de plata los jarros de vino amartillados por los trabajadores de la plata; de plata los platos pescaderos con su pargo de plata hinchado sobre un entrelazamiento de algas: de plata los saleros, de plata los cascanueces, de plata los cubiletes, de plata las cucharillas con adorno de iniciales... Y todo esto se iba llenando quedamente, acompasadamente, cuidando de que la plata no topara con la plata, hacia las sordas penumbras de cajas de madera, de huacales en espera, de cofres con fuertes cerrojos, bajo la vigilancia del Amo que, de bata, sólo hacia sonar la plata, de cuando en cuando, al orinar magistralmente, con chorro certero, abundoso y percutiente, en una bacinilla de plata, pronto cegado por una espuma que de tanto reflejar la plata acababa por parecer plateada...

Alejo Carpentier, Concierto Barroco, Siglo Veintiuno editores, México, primera edición, 1974.

viernes, 4 de febrero de 2011

Azogue


Dejemos la palabra azogue a los poetas. Usemos una designación más actual: mercurio, ese metal líquido que tirita en la palma de la mano de un niño, que con callada intención rompió el termómetro.

Hablemos del mercurio que dejó una herida profunda en las sierras peladas del Potosí boliviano; en Guanajuato y en Zacatecas, en la Nueva España. El elemento químico altamente tóxico era utilizado para atraer las partículas de plata y oro del mineral extraído de las minas. El momento de auge platero en Perú y en México en el siglo XVII trajo consigo enormes riquezas y un despliegue inconmensurable de pobreza en las poblaciones mineras. El mercurio quedó entonces en las venas de los mineros que rara vez rebasaban los treinta años, para morir envenenados por el metal líquido.

El método de amalgamación implicaba mezclar mercurio con los metales hechos trozo. Al calentar la mezcla, el mercurio se evapora y quedan libres los metales preciosos. Se usaba la mano esclava indígena para mezclar con los pies los ingredientes. Las bestias de carga, mulos y asnos, ya no digamos caballos, eran demasiado caros para este trabajo. El método era utilizado por las grandes compañías mineras, frente a un sistema de fundición que empleaban las pequeñas mineras.

Pues bien, toda esta triste historia de explotación humana puede ser fácilmente olvidada y ahora se intenta convertir la explotación minera de aquella época en un valuarte cultural del comercio de mercurio traído de Europa.

México, España y Eslovenia presentaron el año pasado por vez primera una candidatura tripartita para colocar en la lista del Patrimonio de la Humanidad una ruta cultural: el Camino Real Intercontinental del Mercurio y la Plata.

La propuesta fue desechada durante la reunión del Comité de Patrimonio Mundial de la UNESCO, en agosto de 2010 en Sevilla. El proyecto enlazaría a tres ciudades: Almadén (España), Idria (Eslovenia) y San Luis Potosí (México). Sin embargo, continua el interés de sus promotores.

La prensa lo ha bautizado como la ruta del azogue.

Desde los yacimentos de Almadén hasta su destino americano, el mercurio español atravesaba más de nueve mil kilómetros, en un recorrido que comprendía un viaje en carretas o mulas hasta Sevilla y luego una travesía ultramarina hata el puerto de Veracruz, para alcanzar la capital del Virreinato y otro trayecto más hasta las correspondientes minas de plata del centro norte del territorio.

Sin embargo, en México existe un rechazo al proyecto por parte de importantes grupos ambientalistas y sociales, ya que es considerado como una acción política de gobiernos locales ligados a la minería que se ejerce, todavía en pleno siglo XXI, sin la más mínima responsabilidad social.

domingo, 30 de enero de 2011

Caminos de la plata

Saludos a Alejandro y sus investigaciones sobre la minería contemporánea

En agosto de 2010, la UNESCO declaró 55 sitios en el norte de México como parte de la lista de de patrimonio cultural de la humanidad, en el denominado Camino Real de Tierra Adentro. Se trata de la ruta que parte de la Ciudad de México y llega a Santa Fe, Nuevo México y al enorme estado de Texas; una línea de comunicación que también fue conocida como "Camino de la Plata". Comprende cinco sitios ya inscritos en la lista de Patrimonio Mundial y otros 55 sitios más, situados a lo largo de 1,400 km, entre los que se identifican conventos, haciendas, antiguos pueblos, puentes, cementerios, minas, templos y capillas, cuevas. La página de UNESCO señala:

Utilizado entre los siglos XVI y XIX, este camino servía para transportar la plata extraída de las minas de Zacatecas, Guanajuato y San Luis Potosí, así como el mercurio importado de Europa. Aunque su origen y utilización están vinculados a la minería, el Camino Real de Tierra Adentro propició también el establecimiento de vínculos sociales, culturales y religiosos entre la cultura hispánica y amerindias.

La plata pues fue la fuerza dominante de este desarrollo económico y cultural bajo el dominio español que tuvo la habilidad, sin duda, de expandir su influencia en territorios inhóspitos y remotos. Pero es difícil que el lenguaje políticamente correcto de la UNESCO mencione que la plata traía consigo un sistema de trabajo forzado, sumisión de los pueblos indígenas (entre otros: pames, otomíes, tarahumaras, apaches,o los desaparecidos tobosos) y trata de esclavos negros en las minas. Sin este componente social y cultural no sería posible explicar la expansión en el medio natural de Aridoamérica, donde se desplegó a la par una persistente cultura agrícola, de convivencia/transacción cultural entre colonos, mineros, arrieros; criollos, españoles, múltiples pueblos indios, esclavos y algunos migrantes asiáticos (casi siempre en el papel de comerciantes trashumantes).

Ahora bien, esta herencia cultural ha sido descuidada por el férreo centralismo que padecemos en México. En buena hora se comienza a desarrrollar la conciencia de que más allá de Cuatitlán también hay cultura. Hemos tocado este tema anteriormente, con motivo de la exposición sobre el arte de las misiones del norte de la Nueva España. La magnitud de la arquitectura en aquellas zonas nos indica un proceso completo y de cierta forma descentralizado, donde cada gran asentamiento era una especie de foco irradiador.

La ruta es una colección de sitios relacionados con el trabajo en las minas y haciendas, comercios, puestos militares, evangelización y la estructura administrativa diseñada para controlar el inmenso territorio desde las metrópolis españolas, con una adaptación al ambiente local, los materiales y las práctica técnicas, que reflejan un destacado intercambio cultural y de ideas religiosas, apunta la UNESCO.

En septiembre de 2010, en el XII Seminario Internacional sobre Asia Oriental y América Latina, el Dr. Tomás Martínez Saldaña, de El Colegio de Postgraduados, uno de los promotores del conocimiento y recuperación de este patrimonio, señalaba adecuadamente que no sólo corresponde a aspectos físicos "como podría ser un camino, es decir una carretera o un lugar para caminar que se va estableciendo tranquilamente, sino que nos lleva a una herencia, y fundamentalmente una herencia cultural"


Autor de un libro de divulgación sobre este tema, el Dr. Martínez Saldaña apunta que el Camino Real de Tierra Adentro "nos va creando una cultura, un escenario realmente insólito en la medida en que va avanzando a partir de Zacatecas, que se funda en 1548. Desde dos años ya hay gente en Zacatecas porque en 1546 se descubre la veta grande y la riqueza de una de las ciudades más importantes de toda América". Fiestas religiosas o civiles, alimentos, trato con la naturaleza y sobre todo con el agua escasa, dan a toda esta región que se extiende por casi 2,000 km un sentido histórico unitario más allá del que se percibe a simple vista.
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Información del Instituto Nacional de Antropologìa e Historia sobre el Camino Real, disponible en http://www.elcaminoreal.inah.gob.mx/

Un excelente blog con imágenes de la ruta: http://vamonosalbable.blogspot.com/ de Benjamín Arredondo.

Volvemos a citar las reflexiones de la Dra. Clara Bargellini acerca de la expansión en el período virreinal. Arquitectura jesuíta en la tarahumara ¿Centro o Periferia? , en Órdenes religiosas entre América y Asia. Ideas para una historia misionera de los espacios coloniales. Elisabetta Corsi, coordindora, Colegio de México, 2008, pp. 143-155.

martes, 25 de enero de 2011

Consumo

Descanse en paz Don Samuel Ruiz

La ecuación central del consumo está relacionada con la capacidad de producir bienes conforme a las condiciones técnicas disponibles y los medios para distribuirlos. La América hispana y Filipinas comparten una historia cambiante e intensa de cambios en los patrones de consumo, que corresponden a su inserción temprana en la economía mundial, bajo el imperio español. El cambio más importante, porque modificó de raíz las formas de producción, distribución y consumo en tierras de América y Asia, fue la imposición de un modelo mediterráneo que incluía sus propios productos naturales y manufacturas, desde el trigo, la vid, los aperos de labranza, los medios de transporte, pesos y medidas.

Hemos abordado el tema de la transformación del consumo anteriormente, señalando el cambio radical de la producción agrícola en América, que llevó a los pueblos originarios a sobrevivir simultáneamente en dos economías: la de autoconsumo, con los productos de la tierra, como el maíz, y la europea en América, que privilegiaba el trigo.

En un plano más amplio, el consumo en América fluctuaba conforme a los cambios que ocurían en la metrópoli. La exacción, demanda usurera sobre los recursos de los pueblos indígenas, fue el método privilegiado, condenando a esas poblaciones a la marginalidad y el autoconsumo. Más tarde, en el apogeo del período virreinal desde Nueva España a Perú y aún en Filipinas, la búsqueda del control sobre el consumo de esos mismos pueblos llevó a los comerciantes peninsulares y criollos a imponer productos que la población indigena debía adquirir. Ya en el siglo XVIII era obligado que los pueblos indígenas consumieran las nuevas manufacturas que vomitaba la naciente industria europea. Fue la aplicación de un modelo mercantil que causó estragos en la economía indígena.

"El consumo forzado también demostró de manera precisa la amplia brecha industrial y cultural entre los centros florecientes del capitalismo atlàntico y los escasos medios adquisitivos y valores campesinos de un mundo distinto y alejado. Mientras que una revolución del consumo constituida por miles de ansiosos consumidores en Gran Bretaña inspiró inversiones cada vez más grandes en los molinos de Lancastershire, sus productos tenían que ser administrados forzadamente por la garganta de los reticentes consumidores en el altiplano de Perú" señala Arnold J. Bauer.
En las próximas entradas de este blog intentaré describir un aspecto fundamental de esta transformación del consumo: el tránsito de obras suntuarias en el medio virreinal, que por lo general se analiza desde la apreciación meramente estética y rara vez desde la perspectiva del dominio colonial.


Textos previos sobre este tema: marzo y mayo de 2009.
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Arnold J. Bauer, Somos lo que compramos. Historia de la cultura material en América Latina. Ed. Taurus, México, 2002, p. 160.

viernes, 21 de enero de 2011

Mercados

Toda ciudad es un código dificil de decifrar para ojos inexpertos. La cuadrícula a la que estamos acostumbrados los habitantes de las ciudades hispanoamericanas forma parte de nuestra interpretación de la vida cotidiana, aunque a veces resulte dificil ver lo que tenemos justo enfrente de nuestros ojos. El trazo norte-sur, este-oeste, el tablero de ajedrez de las plazas con los poderes civil, religioso, comercial, son nuestro pan cotidiano.

Una mirada experta, la del historiador Jorge Olvera Ramos (México, 1960), nos ofrece una guía para caminar por la historia  de los mercados de la Plaza Mayor en la Ciudad de México a lo largo del período virreinal.

El libro con ese nombre fue editado en 2007, por editorial Cal y Arena, pero me llama la atención porque con mucha frecuencia visito el centro histórico de la capital mexicana y sin embargo la visión analítica histórica me ha permitido pensar en el origen y evolución del desorden que tiene la inmensa área comercial del centro histórico de México.

La propuesta del autor es desentrañar las razones del ordenamiento del comercio desde el principio mismo de la presencia española en América. Señala de antemano que en la plaza principal de la ciudad convivían al menos tres mercados. La opinión generalizada es que sólo era "un mercado unificado y homogéneo, en el que a cargo de las autoridades municipales los comerciantes y vendedores se identificaban en términos de igualdad". Sin embargo, señala el autor que "esta perspectiva conduce a una simplificación de las instituciones y prácticas mercantiles novohispanas".

De esta forma, el autor se lanza a hacer un ejercicio de micro-historia que resulta muy ilustrativo de las contradicciones de la sociedad virreinal; diriamos de la eterna búsqueda de imponer cierto orden en la mayor concentración comercial de América desde el siglo XVI. La intención de las autoridades resultó fallida, deformada por la miríada de intereses particulares y por prácticas muy arraigadas como la apropiación de los espacios (por costumbre, por acuerdos verbales entre los comerciantes), los traspasos y los "guantes", tratos preferenciales, dádivas graciosas, para tener privilegios ocultos en la propiedad de los lugares de comercio.

Los cajones de comercio, al estilo de los que todavía tienen los evangelistas en la plaza de Santo Domingo, en el centro de la Ciudad de México.

El comercio se diferenciaba por la calidad de las mercancías: utramarinas (venidas de Europa, vía España), orientales (traídas por el Galeón de Manila), productos de la tierra y manufacturas locales, aperos, telas de algodón, productos de barro. Sin embargo, el deseo de especializar a los comerciantes se diluía en un caos de convivencia, donde el tendero de productos de calidad tenía "arrimados" a los vendedores de comida, con braceros y todo, pulque, falta de drenaje e inseguridad. Lo fundamental sin embargo es que esos espacios, tanto los locales formales construidos de piedra, como el Baratillo hecho de cajones o de petates en el suelo, constituían el centro de la vida social de la capital de la Nueva España, donde se contaban los sucesos y se realizaban los encuentros cercanos de todo tipo.

Para los bachilleres, el Baratillo fue, por la variedad de opciones, un centro de reunión y de entretenimiento estudiantil. Se adquirían libros usados y prohibidos, se charlaba, se discutía, se hablaba en voz alta, se formaban corrillos. Probablemente los muchachos, en especial los lacrosos, eran seducidos por los hilarantes relatos de atracos exitosos o los finales trágicos de célebres bandidos (...) Ahí estaba la picota donde los delincuentes eran azotados o ahorcados. Probablemente en el Baratillo se redactaban y distribuían los manuscritos satíricos que se burlaban de las autoridades y de los curas"
Destaca el capítulo IV, dedicado al mercado de productos ultramarinos o la "Alcaicería de la Plaza Mayor", mejor conocido como el Parián, del cual nos hemos ocupado en este blog hace un año. Un espacio único, dedicado a la porcelana, seda, perlas y sin fin de productos traídos del Oriente.

En suma, un libro ameno e informativo.
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Jorge Olvera Ramos. Los mercados de la Plaza Mayor en la Ciudad de México. Ediciones Cal y Arena, México, 2007.

sábado, 15 de enero de 2011

Lope de Vega y Japón

En la aproximación europea a Oriente a finales del siglo XVI y principios del XVII, fue fundamental -lo hemos repetido muchas veces- la presencia de los misioneros que se aventuraron en tierras desconocidas. La parte más fértil de aquella obra fue el impacto que tuvo en el imaginario de Europa y entre las élites americanas. Procuraré caminar por algunos de aquellos rumbos trazados en los textos de viajeros y aún de quienes no viajaron mas que con su imaginación.


El investigador Fernando Cid Lucas señala que la presencia de palabras de origen japonés se remonta al Siglo de Oro español, "cuando -aun muy tímidamente, es cierto-, aparecen en obras del mismo Lope de Vega, como Triunfo de la fe en los reinos del Japón por los años de 1614 y 1615, publicado en Madrid en 1618. También en su comedia (¿1617-1619?) Los primeros mártires del Japón" (1).


En dichas obras, términos como katana (espada) o bonzo (monje budista) hacen acto de presencia en el idioma Español. Igualmente el término japón o japones (sin acento). El citado investigador hace referencia a las obras de Baltasar Gracián y de Pedro Ordoñez de Ceballos, quien en su obra Viaje del Mundo nos dice, además, que "en Japón hay un grandísimo volcán (Onzen, cercano a Nagasaki)", dándonos una someras nociones sobre la aún ignota geografía nipona (2).

Lope de Vega

Veamos algunos pasajes de la citada pieza del gran Lope:


Escribo los martirios, no testigo de vista, que no fue mi dicha tanta, pero por relaciones de algunos padres que me las enviaron desde Manila, a efecto que en el estilo con que he nacido las publicase. Certifico a los que las leyeren, confesando mi ignorancia, que donde faltare la pluma suplirán las lágrimas, sin las cuales no me ha sido posible dictarle ésta piadosa historia, ánimo de los que padecen por Dios y afrenta de los que con tal descuido esperamos el incierto límite de nuestra vida.
Entre las selvas de islas a quien el mar permite sacar las frentes yace el Japón, ya tan conocido de nosotros como ignorado antiguamente, o por la noticia de sus embajadores en Roma, o por los que al Rey católico vinieron tan deseosos de la fe, por orden de los padres de San Francisco, el año de 1615, o, lo que es más cierto, por la que nos han dado con sus cartas los padres de la Compañía, buenos testigos del fruto de su predicación y cuidado.
Diole la Naturaleza un sitio tan apartado de todo el resto de la tierra, que no se sabe cuál es más remoto de nuestro trato, el sitio o las costumbres.



Incluye el nombre de Japón muchas islas, a quien divide el mar con tan pequeños brazos del continente, que parecen el ramo de las venas del cuerpo humano que pinta la anatomía. Son tres las principales, y a quien las otras están sujetas; la mayor tiene seiscientas leguas de largo y trescientas de ancho; corre del Norte al Ocaso, dividida en cincuenta y tres reinos. Es la metrópoli del Japón, Meaco, ciudad no inferior a las más políticas de la Europa, por hermosura y grandeza; y así, el que de ella se puede adjudicar el cetro, es tenido por señor universal de los convecinos mares y tierras.
Simo, que con segundo lugar aspira al primero, tiende su espacio del Septentrión al Mediodía, acercándose a la China noble por los nueve reinos, donde Bungo, con la ciudad de Vesuco y Tunay, se hace tan célebre.

Xicoco, la tercera, contiene cuatro reinos a Levante, con el famoso Tosa. Las islas del contorno con sin número, y sólo la de Meaco reconocida por la parte meridional, que por la oriental y septentrional aún ignora sus confines la atrevida navegación de los hombres, dudando si es isla, istmo o continente contiguo con la China.





Dista el Japón de la nueva España ciento cincuenta leguas. Toda esta tierra es por la mayor parte montuosa, fría, y más que fecunda, estéril. Hácenla temerosa dos montes, Figionoyama, que trascendiendo las nubes, se atreve a conservar intactas las cenizas, mejor que el Olimpo despreciador de la región del aire; y el otro, que la Italia llama volcán, horrible por las que escupe, y porque a los gentiles, que con larga penitencia vanamente se afligen y por voto visitan este monto, se aparece el demonio en una nube resplandeciente, desde donde los habla y consuela, quiero decir, engaña, miserable imitador de la luz, que perdió por tan soberbia culpa.
Su gente es blanca; su ingenio y memoria, admirables; no cubren la cabeza; sus riquezas son metales; sus fábricas, madera; sus armas, arcabuces, flechas, dagas y espadas. En las que sirven de astas hacen notoria ventaja, así en el venenoso temple como en el corte y ligereza, a las de Europa. Mudan el traje conforme a las edades; afrenta nuestra, que ni aun lo consentimos al tiempo, enmendando la vejez con artificio, como si en las fuerzas hubiese hallado la vana diligencia o la lisonja. Escriben bien prosa y verso, y en todas las demás acciones desprecian a los forasteros, como naciones a la suya tan ínfimas.
Esta descripción basta para la inteligencia de nuestro propósito, y porque esta materia ha sido tratada de tantos como cosa a nuestros tiempos incógnita; que no es mucho que si en los límites de la anciana Castilla lo fueron a nuestra edad tantos lugares, y ellos tan bárbaros que ni rey ni dios reconocían, lo fuesen las islas tan remotas y apartadas de las comunes sendas de los navíos.

El martirio

En estas (tierras) pues, se introdujo la fe católica por la piedad divina y la solicitud humana de los ya referidos nuevos apóstoles, donde a pesar de las puertas del infierno, se ha conservado, prevalecerá con el favor de los divinos sacramentos, para que tantas almas puebles el cielo donde por tantos años, si se pudiera decir, duró la desconfianza de este accidente. pero estaba prevenido de su misericordia esta gracia, en cuyos secretos los mismos serafines están atónitos.
Mi asunto es referir las nuevas persecusiones de aquellos nuevos cristianos, por los años de 1614 hasta el fin de 1615, en Arima, Arie y Cochinotzu, cuyas persecusiones tuvieron origen de la pasión gloriosa de ocho mártires, que, porque no fuese el fénix único milagro en la Naturaleza, todos lo fueron en las llamas, renaciendo al cielo de sus cenizas misas. Eran personas ricas y principales de la ciudad de Arima, los cinco varones heróicos y las tres ilustrísimas mujeres heroínas. Sus nombre, Adriano, dos Leones, Paulo y Diego, Juana, Magdalena y María. Diego era hijo de Adriano y de edad de trece dichosos años. Magdalena tenía dieciocho, y estaba tan enamorada de Cristo esta hermosa y prudentísima vírgen, que habiendo quemado el fuego las cuerda conque tenía atadas las manos, tomó las brazas y las levantó a la boca y a la cabeza como besándolas y agradeciéndoles el bien que por medio suyo esperaba (...)

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(1) Lope de Vega. Los primeros mártires de Japón. Edición digital basada en la edición de Madrid, Atlas, 1965, pp. 309-354 (Bibiloteca de Autores Españoles

(2) Observatorio Iberoamericano de la economía y de la sociedad de Japón. Vol. 1 Número 6, septiembre de 2009. Otro breve análisis lingüistico de las palabras japonesas en la obra de Lope fue escrito por el filòlogo Tai Whan Kim. Refiere además la mención de Lope de vega a palabras como dayro, un arcaismo por daymio o señor guerrero; funea, un tipo de embarcación auxiliar para acarrear provisiones, y Myako, por Miyako, la capital de Japón, Kyoto del año 794 a 1868.

(3) Triunfo de la fe en los reinos del Japón por los años de 1614 y 1615

jueves, 6 de enero de 2011

Regni Japoniae

Un mapa de Japón publicado alrededor de 1720-30, en la era de la Ilustración, por Matthaeus Seutter. Obra del grabador Tobias Conrad Lotter sobre plancha de cobre, basado en los dibujos de viaje de
Engelbert Kaempfer, naturalista alemán que visitó Japón a finales del siglo XVII.

Es muy interesante el medallón de la esquina superior izquierda, que ilustra pasajes del "descubrimiento" del reino nipón por los europeos.

Tomado de la página del anticuario Reinhold Berg.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Música de la Nao



Agradezco a los amigos del grupo La Folia, dirigido por el flautista Pedro Bonet, el envío de su nuevo disco dedicado a la música de la ruta española a Extremo Oriente. Se trata de un excelente esfuerzo de recuperación de aquellas tonalidades europeas que acompañaron a los viajeros que atravesaban el Océano Pacífico a partir del siglo XVI. Contiene igualmente composiciones realizadas ya por autores-misioneros en tierras orientales en el siglo XVIII, como Teodorico Pedrini (1671-1746), y algo de lo que generó la influencia asiática en el imaginación musical occidental en el período barroco, notablemente la música de Philippe Rameau.

El texto que acompaña al disco describe de qué manera la música formó parte del equipaje de lo viajeros, "tanto si se trataba de nobles, aventureros, soldados, funcionarios, colonos, agricultores y gentes de diverso oficio, como de religiosos (destacando estos últimos por el papel del arte sonoro y aculturación), y también libros de canto llano y partituras de tonos divinos y humanos, instrumentos de viento y de cuerda pulsada o frotada (cuya construcción se inició rápidamente allende los mares),así como cantores e instrumentistas profesionales que trabajaron en las casas, palacios y capillas musicales diocesanas de los teritorios de ultramar, junto a otros que se fueron formando localmente".

Enhorabuena por este grato resultado.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Un arte global



A finales de enero concluirá en el Museo del Prado en Madrid la exposiciòn "Pintura de los Reinos", que reune gran cantidad de obras elaboradas tanto en España como en América en los siglos XVI y XVII. La tesis que fundamenta esta iniciativa es tratar de ver de manera integral un arte que no reconocía fronteras nacionales, tal como ahora las conocemos. En esencia, el imperio español proyectaba un modelo que procuraba ser uniforme, aún cuando en los lejanos confines de su poder aparecían formas locales relativamente distintas de aquel modelo.

El ingrediente asiático en esta muestra son los biombos novohispanos, que señalan la influencia de Oriente, especialmente Japón en el gusto de los criollos en América.

Algo que destaca es la calidad de las obras realizadas tanto en Perú como en México, a un nivel similar al europeo de aquella época. La exposición muestra, como lo señala el título, la existencia de identidades compartidas en el mundo hispánico.

Los estudios de preparación tomaron varios años a un grupo de expertos coordinado por la Dra. Juana Gutiérrez-Haces, quien por desgracia falleció antes de ver el resultado de ese enorme esfuerzo. El proyecto cuenta con el apoyo de varios países y entidades privadas, por lo que podrá ser admirada a partir de marzo de 2011 en el Palacio de Iturbide, en el centro de la ciudad de México.