Una invitación para conocer la historia del Galeón de Manila, su cultura y su impacto en Filipinas y en América.

jueves, 31 de enero de 2013

Los negocios del Marqués de Cañete, 1590

A la distancia del tiempo, según la sabiduría popular, se olvidan las penas y las dificultades, pero también se ocultan muchas de las incómodas verdades que han dominado al mundo. De hombres ambiciosos y corruptos se han forjado próceres de bronce o se les ha convertido en respetados ancestros. El comercio transpacífico, que como hemos visto incluía al triángulo entre Filipinas, México y Perú, tuvo alguno de aquellos personajes que aparecen en las páginas de la historia como destacados hombres de empresa. Es el caso del Marqués de Cañete.



Las notas siguientes son tomadas del libro del historiador peruano Fernando Iwasaki Cauti sobre  el comercio entre extremo oriente y Perú en el siglo XVI. Su prosa es magnífica y dejo a los lectores ese recuento.




Las reales cédulas que prohibieron el comercio privado entre las Indias orientales y occidentales durante el siglo XVI, merecen un lugar de privilegio en los anales de la ineptitud y el desacato, ya que nunca interrumpieron el lucrativo tráfico de plata americana y géneros asiáticos. ¿Cómo pudieron desafiar a la Corona un puñado de negociantes particulares?

La respuesta no hay que buscarla en la biografía de algún audaz contrabandista, sino en las conexiones transoceánicas de los burócratas coloniales. A menudo los investigadores han considerado a las gobernaciones estudiadas como unidades autónomas, olvidando que formaban parte de un imperio del que sus funcionarios y súbditos eran plenamente conscientes.

Así, la mayoría de las expediciones particulares dirigidas hacia China y Filipinas en el siglo XVI, contaron con el respaldo de una o varias autoridades civiles y eclesiásticas de los virreinatos, quienes proporcionaron navíos, contactos, licencias, información privilegiada y hasta fuertes sumas de dineros, a cambio de participar en los beneficios del negocio.

Dentro de estas coordenadas hay que entender la aciaga aventura comercial de García de Mendoza -octavo virrey del Perú- quien en 1590 despachó una nao a la China con más de trescientos mil ducados. La maniobra del marqués de Cañete bien podría ser considerada como el modelo de operación mercantil del funcionario corrupto del XVI, pues involucró a un heterogéneo conjunto de burócratas, comerciantes, aristócratas, estafadores y sacerdotes. La operación fue un sonado fracaso, pero demostró que algunas órdenes religiosas eran tan competentes en los negocios terrenales como en los espirituales.

Volveremos sobre el tema.

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Fernando Iwasaki Cauti, Extremo Oriente y Perú en el siglo XVI, Mapfre, Madrid, 1992, Capítulo V, pp 181-214.

lunes, 28 de enero de 2013

El observatorio de Pekín

En el centro de la capital de China, Beijing o Pekín, se yergue el observatorio astronómico construído en el siglo XV y que un siglo después incorporó las aportaciones de los misioneros jesuítas que llegaron a la corte imperial.



Un museo modesto informa a los pocos visitantes acerca de la larga historia de observación del universo, por parte de los sabios chinos, siempre pendientes de describir los fenómenos del cielo, de donde se supone que procedían los propios emperadores.




La capacidad de  los misioneros jesuítas, versados en los avances científicos de la época, incluso de aquellas informaciones que eran vetadas por el Vaticano, les permitieron transmitir conococimientos de interés para los académicos chinos. Esta fue la puerta de entrada a los favores imperiales en su misión original: difundir el pensamiento católico entre la población de estas latitudes.


Fotografías tomadas el domingo 27 de enero, un día particularmente contaminado.

miércoles, 16 de enero de 2013

Prohibición del comercio México, Perú, Filipinas

La década de los ochenta en el siglo XVI marcó la confluencia de múltiples circunstancias especiales que le darían un tono particular al Imperio Español.  El emperador Felipe II se convertía en esos años en rey de Portugal y coronaba, de verdad, la idea de tener un territorio que abarcaba al planeta conocido. 

Las posesiones españolas en América se afianzaban después de cruentas campañas de "pacificación" de las poblaciones indígenas y de hecho se entraba en una nueva rutina cortesana que configuraba los virreinatos de la Nueva España y el Perú. En una misma dinámica, estos territorios americanos seguían en febril expansión y al mismo tiempo en la construcción de defensas contra los ataques de poderes enemigos de España, atraídos por las enorme riquezas americanas.  Años antes, los descubrimientos magníficos de plata realizados en  Guanajuato y Zacatecas, en México (1546), y El Potosí, Bolivia (1573), daban frutos y una riqueza que los primeros conquistadores apenas habían soñado, pero nunca vieron en su vida. El inicio del comercio con el Pacífico en 1573 coincide con este auge minero y daba el último impulso a esta expansión imperial ibérica. 

En el fondo de todo, sin embargo, las estructuras administrativas del imperio nacían carcomidas por la corrupción de los administradores en ultramar y el abuso contra la población indígena. El dominio más grande de la historia desde la antigua Roma sería aquejado por el tráfico improductivo de las riquezas americanas y asiáticas hacia los propios competidores de España, Inglaterra y Holanda. Si la riqueza americana era tan notable, el problema de la administración era formidable. La preocupación principal de la metrópoli era controlar las ambiciones personales de los españoles radicados en América y el ocultamiento que hacían acerca de los recursos en esas tierras.

La reacción de la metrópoli fue conservadora, con el ánimo de prohibir el comercio entre la Nueva España y Perú, y de éste último con Filipinas. El 11 de junio de 1582 Felipe II envió una carta al cuarto virrey de Perú, Martín Enriquez de Almanza, en la que prohibía enfáticamente el comercio con el Oriente. La visión imperial procuraba un control que fue desbordado por la realidad de las ambiciones e intereses de los comerciantes y funcionarios en América.

En opinión de Woodrow Borah, la expedición de esa carta demuestra que en la Corona española no hubo nunca la intención de permitir "más que un comercio limitado, todo productos chinos para su consumo en México. Durante varios años, quizás estos mismos oficiales también ignoraron el monto de las reexportaciones que desde la Nueva España se hacían rumbo al Perú por vía marítima, pero cualquier cosa que supieran y cualesquiera que hayan sido sus intenciones, el hecho es que durante el decenio de 1580 a 1590 la prohibición relativa a la reexpedición y venta de esos artículos en el Perú fue letra muerta. Se embarcaban las mercancías registradas y se recaudaban impuestos sobre ellas como si no hubiesen existido restriccciones a ese tráfico. El gobierno de la Nueva España por lo menos tenía la disculpa de que durante varios años la real voluntad no le fue notificada oficialmente, pero en cambio en el Perú, desde el virrey y las Audiencias para abajo, todos los funcionarios se confabularon abiertamente para no hacer caso de las órdenes de Felipe II. Esta situación da un tono extraño a los informes virreinales dirigidos a la Corona".

Agrega Borah:
En la Nueva España el Virrey Alvaro Manrique de Zúñiga, Marqués de Villamanrique gobernó 1575-1604, actuaba como si el comercio en cuestión hubiese sido lícito, impuso el pago de derechos más altos a los artículos chinos que se exportaban al Perú. Al año siguiente concedió licencia a dos residentes de la ciudad de México, el capitán Juan de Chapoya y Baltasar Rodríguez, para que llevaran al Perú un cargamento de mercancías chinas en el barco que por entonces estaban construyendo en Tehuantepec. No podía haber negado la licencia porque fue solicitada con base en una real cédula que dichas personas habían obtenido en Barcelona el primero de junio de 1585. Informando al rey sobre dicha licencia, Villamanrique declaraba que entendía que la prohibición se refería únicamente a la navegación directa entre las Filipinas y el Perú, y que la mercancía traída a la Nueva España podía ser reexpedida en otros barcos. También informaba en la misma carta que la reexpedición rumbo al Perú de las mercancía que llegaban de las FIlipinas se había convertido en una parte importante del comercio mexicano.
La respuesta real seguramente sorprendió al virrey. Mediante una cédula expedida el 11 de noviembre de 1587, se le censuraba abiertamente por permitir al buque de Chapoya y Rodríguez que llevara mercancías chinas al Perú. La real voluntad no deseaba la existencia de tal comercio, decía la cédula, por los muchos inconvenientes que de él podían resultar, y por ello el comercio nunca había sido permitido hasta que el gobernador de las Filipinas envió dos barcos al Perú y hasta que Villamanrique concedió licencia a Chapoya y a Rodríguez. La secretaría imperial estimó conveniente no mencionar la expedición de la primera licencia concedida a esas dos personas, ya fuera deliberadamente o por ignorancia, pero el hecho demuestra también que que se sabía poco de la importancia del comercio triangular de artículos chinos con el Perú."
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Woodrow Borah, p 228.

Luis Miguel Glave, La puerta del Perú, Paita y el extremo norte peruano, 1600-1615
http://www.ifeanet.org/publicaciones/boletines/22(2)/497.pdf

Schurz, pp 366-368

jueves, 27 de diciembre de 2012

Felices Fiestas


Lamentablemente el uso de blogger desde China tiene muchos inconvenientes y el que esto escribe no ha podido actualizar la bitácora de la Nao Va. Mientras encuentro la mejor manera de entrar al blog, deseo a los lectores lo mejor en estas fiestas y también para el año 2013.

Cordiales saludos
Cuauhtémoc Villamar 

viernes, 23 de noviembre de 2012

Gonzalo Ronquillo, gobernador y comerciante


Gonzalo Ronquillo de Peñalosa fue el cuarto gobernador general de las islas Filipinas. Llegó a Manila el primero de junio de 1580 y en los tres años que gobernó el archipiélago hasta su muerte en 1583 mantuvo un control férreo sobre la colonia y sus moradores, lo que motivó que fuera duramente criticado por el arzobispo de Manila, Fray Domingo de Salazar, y por Francisco de Sande quien lo había precedido en el cargo y cumplía desde la Ciudad de México el cargo de Oidor. Se le acusó de corrupción, de permitir el abuso de los encomenderos contra los indígenas y propiciar el enriquecimiento de familiares y allegados.  Al morir dejó en el cargo a su sobrino Diego Ronquillo.

Su carrera política había iniciado tiempo atrás en Perú, donde llegó como parte del séquito del virrey Diego  López de Zúñiga y Velasco Conde de Nieva en 1561. En los hechos fue enviado por su encumbrada familia para afincar intereses económicos en América, en una época de inestabilidad y conflicto en el Perú, pero propicia para los negocios privados y el rápido enriquecimiento. El mecanismo empleado era impecable: ocupar cargos en la corte virreinal para usufructuar encomiendas y dinero público. Regresó a España y pasó un breve tiempo por la Ciudad de México en una rápida carrera dedicada al beneficio privado en puestos públicos. Diez años más tarde era nombrado Gobernador General de las islas Filipinas, pero pronto se evidenció que mantenía sus intereses en Perú y en España.



En contravención con el decreto real del 14 de abril de 1579 que prohibía el comercio entre Filipinas y Perú, el gobernador Ronquillo envió tres barcos de Manila a El Callao, primero dos en julio de 1580 y un tercero en junio de 1581. El último de ellos iba con el pretexto de remitir artillería para la defensa de Lima. Era tan claro el interés de abrir la ruta de Manila al Callao para aprovechar en su beneficio el comercio de mercaderías asiáticas que provocó de inmediato la molestia de los comerciantes de la Nueva España quienes temían perder el monopolio del comercio con el Extremo Oriente.  Fernando Iwasaki describe así este enredo:

En México causó gran malestar la nueva de la nave de Ronquillo, no sólo por la amenaza que representaba para el monopolio de Acapulco, sino por la fundada sospecha de la evasión de los impuestos sobre las mercancías por parte del gobernador. Alertada la Corona por el virrey novohispano, el 11 de junio de 1582 se promulgaron tres fulminantes reales cédulas dirigidas a Gonzalo Ronquillo de Peñalosa, al virrey Martín Enríquez (de Almansa, del Perú) y al conde de La Coruña (Lorenzo Suárez de Mendoza) virrey de la Nueva España.  En ellas se prohibía de manera terminante la navegación directa entre Perú y Filipinas, pero además se solicitaba una investigación exhaustiva del contenido de las naves despachadas, tanto en Lima, Acapulco y Manila. Sin embargo, ignorante de la resolución tomada contra él en Lisboa, Ronquillo seguía insistiendo en que sólo había enviado artillería para socorrer al Perú. 

Si el peregrino argumento de enviar artillería desde la lejana colonia filipina, que constantemente se quejaba de carecer precisamente de una buena defensa, era francamente inaceptable, el problema se recrudeció con el testimonio del Virrey en el Perú, quien evidenciaba que la famosa pieza de artillería era un cañon pedrero de doze quintales y ochenta quintales más en otras armas. El resto de la carga de la nao Nuestra Señora de la Cinta, que por cierto era capitaneada por Pedro Mercado de Peñalosa hermano del Gobernador, se describió de esta manera:

...ha ymbiado un navío con cantidad de cosas de China que son porçelanas y sedas y especería y hierro y sera y mantas y seda en maço y otras buxerías que son las que suelen traer y todo se ha vendido bien, sino ha sido la canela que tiene mala salida por no ser buena. Y lo que señalaba ser de la Real Hazienda eran como quatrocientos quintales de hierro y ciento y noventa quintales de especería en que entrava canela, pimienta y clavo.

La mentira del gobernador Ronquillo se acrecentaba, contrastada con los testimonios brindados por pasajeros y comerciantes en una indagatoria ordenada por la Corona en 1582. La parte más comprometedora era el hecho de que muchas mercancías eran propiedad del propio Gobernador de las FIlipinas y que tenía en Lima compradores ligados a su estancia anterior. Las redes familiares tejidas durante décadas abarcaban intereses verdaderamente globales, desde España a México, de Perú a Filipinas.

El tiempo corrió como siempre, más lento en las investigaciones burocráticas, pero veloz para el gobernador Ronquillo quien murió en Manila al año siguiente. Sin embargo, como veremos, la tentación de continuar con el prometedor comercio con Oriente se mantuvo en Lima por mucho más tiempo.
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Fernando Iwasaki, Ibidem, pp 32 y ss.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Mercadurías chinas en Perú

Un comerciante portugués que recorrió Perú durante la segunda y tercera  décadas del siglo XVII, Pedro de León Portocarrero, apenas conocido como el judio portugués, realizó un amplia descripción de la naturaleza y las costumbres del virreinato del sur de América. Tales observaciones se hallan en una obra descubierta a principios del siglo pasado y descifrada podemos decir hasta el año 1958, cuando se definió con más claridad el origen del autor y sus posibles intenciones de localizar oportunidades para el comercio entre Europa y América que escaparan del control español.

Se ha mencionado la posibilidad de que sus observaciones pudieran servir para potencias enemigas a la Corona española, pero sobre todo se descubre el ávido interés del comerciante en busca de espacios para sus negocios. Como extranjero fue rechazado en las regiones por donde anduvo y fue calificado como portugués y además como judío.

Se ha destacado que la obra tiene elementos a favor de la cultura indígena y su crítica a la dominación española. Escribe que los españoles maltratan a los indios que “traen muy oprimidos” y que los religiosos abusan de ellos “sus doctrineros les cogen todo su bien”. Al admirar la obra arquitectónica de los incas hace comparaciones interesantes con otros portentos del mundo:  “Aquí se ven sus piedras de tanta grandeza y tan bien labradas que exceden a todo encarecimiento y lindeza”, al grado de comparar el Camino del Inca con la Muralla China: “le hicieron los indios un camino por las montañas. todo de una igualdad y derecho subiendo valles y bajando montañas y pasando ríos y allanando las mayores dificultades del mundo le hicieron el camino más insigne, obra más excelente que se encuentra en el mundo, porque aquella famosa muralla que tienen los chinos, que los divide de los tártaros, no es más famosa que este grande camino”.

Un punto de interés para el que esto escribe es la descripción que Portocarrero hace de los productos orientales que llegaban a Perú alrededor de 1610 a 1625, cuando él estuvo en el país.  Cabe destacar que este comercio estaba prohibido desde el siglo anterior y sin embargo continuaba impetuoso como un río de productos asiáticos que técnicamente eran contrabando, pero que se amparaban por mil vericuetos legales y la complicidad de la corrupción.

De las mercadurías que vienen a México cada dos años de la China, se llevan al Perú grandes partidas de tafetanes y gorboranes enrollados y otros de librete, damascos ordinarios y damascos mandarines, que los madarines son los señores de los vasallos de la China, y estos damascos les pagan sus vasallos de tributo y otras sedsa, y todos los que se llaman mandarines son los mejores que vienen de la China, rasos de muchas suertes, en particular vienen muchos de lustre blancos de Lanquín, picotes y azabachados, muy lindos terciopelos llanos y labrados, negros y de colores, mucha diversidad de colchas y sobrecamas de muy varios colores. Grandes partidas de cates de seda blanca torcidas de Aucho y Chaguei y Lanquín y muchos cates de seda floja y de matices de colores, tocas de seda para mujeres y tocones. Llévase almizcle, algalia, ámbar negro, muchas y finas porcelanas y otras mil lindezas, y toda es ropa en que todos ganan y se vende bien y se visten de ellos los pobres, porque son sedas baratas y se traen muchas mantas de Lanquín, que son telas de lienzo feito (hecho) de algodón, blancos y azules. Lima es ciudad rica y regalada, la mejor ciudad de la América, abastecida de cuantas mercadurías se benefician y labran debajo del cielo.

Si tales productos se comerciaban a la luz del día, a pesar de las prohibiciones reales, estamos ante una simulación que benefició a comerciantes, consumidores y sobre todo a los burócratas del imperio, desde  Filipinas hasta Perú, pasando por México, de modo tal que el engranaje se aceitaba convenientemente en cada una de las plazas. En las frecuentes declaraciones oficiales, se escribía a la Corona que este comercio no valía la pena y que consistía en mercancías de mala calidad que sólo consumía la gente de bajo nivel. Ello no explica la cuantiosa salida de plata peruana y el ingreso de ingentes cantidades de productos asiáticos de todas las calidades. En próximas entradas intentaré mostrar parte de estos mecanismos amparados en la corrupción y el disimulo.
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Carlos Guillermo Carcelén Reluz, Universidad Nacional Mayor de San Marcio / IFEA, Espionaje, guerra y competencia mercantil en el siglo XVII. El judío portugués Pedro de León Portocarrero, autor de la Descripción del Virreinato del Perú.

http://sisbib.unmsm.edu.pe/bibVirtualData/publicaciones/inv_sociales/N22_2009/pdf/a06.pdf

Fernando Iwasaki Cauti, Extremo Oriente y Perú en el siglo XVI. Colecciones Mapfre 1492, Madrid 1992.



sábado, 10 de noviembre de 2012

Chinos en Perú

Las huellas e influencias de Oriente en la América virreinal no se restringían, como es obvio suponer, al virreinato de la Nueva España, con asiento en la ciudad de México, sino que se expandía a otras provincias y hasta el virreinato del Perú.

Estuardo Nuñez identifica varios indicios de tal influencia en la cultura peruana de los siglos XVI y XVII, En las crónicas se mencionan, aunque de pasada, chinos entre la población limeña,

En el Diario de Lima de Mugaburu se anota la muerte de un chino en el barrio del Cercado en 1656, y también que un chino mató a un español en agosto de 1649. Naturalmente este escueto dato encierra una realidad mayor ya que los chinos desempeñaron siempre oficios humildes u ocupaciones modestísimas y los ¨diarios¨ dan cuenta por lo general de sólo lo acaecido a personas visibles de figuración política o social.

El mismo cronista informa que durante un festejo popular en el año de 1656 se indica que hubo fuegos de artificio.
Sábado veinte y uno del corriente empezaron los del comercio sus fiestas. Y este día a la noche, hubo los mayores fuegos que ha habido en esta ciudad. Entraron los fuegos en la plaza a las cinco de la tarde por la calle de la Puente (sic). La primera entró una sierpe de 7 cabezas, figura muy para ver, en un carro con dos mulas y cuatro negros de librea, con sus montantes de fuego cada uno. p25. 

¿un dragón chino en el cielo de Lima? Creo que es elocuente muestra del oriente en el virreinato del sur.

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Estuardo Nuñez Huellas e Influencias de Oriente en la cultura peruana de los siglos XVI y XVII, en la expansión hispanoamericana en Asia. Siglos XVI y XVII, Ernesto de la Torre Villar, compilador, pp. 149-161

Mugaburu, Josephe y Francisco de, Diario de Lima, Lima, Concejo Provincial, 1935, p. 275.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Sampán

La palabra 三板 (San Pan) designaba a una embarcación que surcó los mares y grandes ríos de China desde hace casi mil años. En la foto aparece un modelo que representa el llamado barco de Cantón hecho en la provincia del mismo nombre (en chino es Guangdong). Es una construcción resistente y muy práctica cuyo nombre significa tres tablones, sin quilla y con una popa recortada. Podía ser de remos o, como en la imagen, de velas de tela que le proporcionaban gran fuerza. En algunas ocasiones tenía una pequeña habitación en la cubierta.


Este tipo de navíos era el que acarreaba mercancías hacia Filipinas y formaba parte del paisaje de Manila. Era el vehículo en el que llegaban los productos que posteriormente se transportaban al famoso Galeón de Manila.


En la cédula que cubre parte de barco chino se informa que este modelo lleva por nombre Piloto. Foto tomada en las oficinas del Consejo Chino de Comercio Internacional en Pekín.

sábado, 27 de octubre de 2012

El otro lado del Pacífico

Estimados lectores,

Por razones de trabajo he tenido la fortuna de trasladarme al otro lado del Pacífico, a la ciudad de Pekín o Beijing, desde donde ahora continuaré escribiendo esta bitácora electrónica. Es muy grande la tentación de tocar casi exclusivamente el tema de China, que a final de cuentas era el otro nombre del Galeón de Manila, o Nao de China, con innumerables asuntos que se suman a este recuento de la relación entre los pueblos del gran océano. Sin embargo, continuaré por lo pronto con los temas que tengo acumulados en cuanto a la influencia cultural asiática en México y América Latina en los tiempos del comercio colonial desde Filipinas.

Espero seguir contanto con el interés de los lectores y sobre todo con los comentarios acerca de los temas que abordo. 

En el momento actual, de intenso intercambio económico y cultural a nivel global, tiende a perderse la perspectiva sobre el pasado. Muchos pretenden que todo es absolutamente nuevo en estas relaciones y por el contrario, como hemos visto en entradas anteriores de este blog, existe una antigua y profunda relación entre los pueblos de la Cuenca del Pacífico. El interés fundamental de este tecleador es dar a conocer los aspectos humanos, los que dieron vida y sustento a dicha relación. Muchos aspectos pueden ser polémicos, como el del trabajo forzado o el abuso de la naturaleza y de poblaciones enteras por parte de los colonizadores extranjeros, pero es necesario mostrar en toda la gama el sentido de este intercambio. No puedo avalar la idea de que el único interés que tiene la historia del comercio transpacífico es el placer estético, válido en sí mismo, sin observar los costos humanos y materiales de ese intercambio.

Deseo poder atender sus preguntas sobre los temas que ya he publicado y también aquellos que van surgiendo de la investigación inacabable de la herencia del Galeón.




lunes, 3 de septiembre de 2012

Nueva ruta


Estimados lectores:

Este blog toma nuevos rumbos y se dirige al otro lado del Pacífico. Por varias semanas dejaré de actualizarlo, pero prometo regresar con nuevas historias. 


Cuauhtémoc

Islas Salomón


La primera expedición comandada por Alvaro de Mendaña en 1567-69 dio como resultado el descubrimiento de un grupo de islas en Melanesia, conocidas como islas Salomón. El propósito del viaje era descubrir un supuesto continente austral que comunicaba América con Asia por la parte sur. 

El piloto de la expedición, Pedro Sarmiento de Gamboa, trazó la ruta inicial hacia el sur oeste, a la altura de los 16 º latitud sur, donde recorrieron 800 leguas marítimas, aproximadamente 4,500 kilómetros, sin localizar ninguna tierra. Por ello decidieron cambiar de rumbo y dirigirse en zigzag, primero hacia el noroeste y luego al suroeste, a fin de cubrir un área mayor. Subraya Rafael Bernal la determinación de Sarmiento de Gamboa:
¨Sus conocimiento geográficos sobre esta zona eran, seguramente, los mismos que sirvieron a Abraham Ortelius para su famoso mapa de 1570, publicado en Amberes en el Theatrum Orbis Terrarum, en el cual se ve que el continente austral se extiende desde la Tierra del Fuego que forma parte de él, hasta la costa norte de Nueva Guinea, un poco al sur del ecuador. Si Mendaña y Sarmiento buscaban ese continente, no tenían más que navegar hacia el sur para dar con él, de acuerdo con Ortelius, quien, en esto, copia a Mercator. Pero navegaron, como lo hicieron, en zigzag al norte y al sur, perdían el tiempo, precioso en esas empresas, ya que al norte no esperaban encontrar nada.¨




En un mes de exploraciones, se dieron cuenta de que estaban en medio de un archipiélago y reconocieron y bautizaron las islas de Ramos, Galera, Buena Vista, Florida, San Dimas, San Germán, Guadalupe, Sesarga, Gudalcanal y San Jorge. Muchas de ellas conservan sus nombres y se hicieron famosas en el mundo durante la guerra del Pacífico. Dado que las tierras halladas no eran el continente austral, las bautizaron con el nombre del segundo de los mitos, el del oro del templo de Jersualén y les pusieron islas del Rey Salomón.



En enero de 1569, más de un año después de su partida del Perú, llegaron con enfermedades y hambre al puerto de Santiago en las costas de Colima, en la Nueva España. En el informe oficial traslucía el desánimo, pues ¨...en estas descubiertas no hubo muestras de especiería, ni de oro ni de plata, ni de otra mercadería ni aprovechamiento y la gente era toda desnuda¨.

Al cabo de los siglos es posible evaluar esta empresa de manera distinta, ya que en realidad se hizo la primera descripción de una de las áreas más amplias del planeta, se descubrió Melanesia y dos nuevas posibilidades de navegación por el sur del Pacífico.


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Rafael Bernal, pp. 242-243

sábado, 25 de agosto de 2012

El triángulo del sur

El gran escritor Rafael Bernal reflexiona acerca de las diferencias entre la Nueva España y Perú respecto a su posición frente al mar. Mientras que la expansión española en el virreinato del norte se adentró en el altiplano mexicano y dejó como única comunicación con la metrópoli el puerto de Veracruz en el Golfo de México, el virreinato del sur fundó su capital a la orilla del mar. Mientras las ciudades mexicanas (Puebla, Guadalajara, México) dan la espalda al mar, Lima se convirtió con el Callao en ciudad mercantil y marítima.

Los peruanos requerían el contacto con España por la vía marítima de Panamá; con la Nueva España bordeando el istmo centroamericano y también por mar se comunicaban con los puertos de Valparaíso y Concepción en Chile.

Quizás está en lo correcto, los peruanos tenían más vocación marítima que los novohispanos. No obstante esa posible inclinación histórica no fue suficiente para que fuera el virreinato peruano el que dominara el comercio con el Pacífico. ¿Qué factores impidieron ampliar el papel de Perú en la conquista del Gran Océano? Debe quedar claramente establecido sin embargo que en el siglo XVI se realizaron varios intentos para alcanzar desde el Perú las grandes extensiones del Pacífico sur, en empresas que probaron el fracaso pero que no dejan de estar llenas de fantasía y aventura.

En entradas anteriores hemos hecho el recuento de expediciones en la enorme área del Pacífico, donde destacan varias que iniciaron en el puerto del Callao. Estas experiencias prueban que a finales del quinientos se conocían al menos tres grandes rutas en aquel océano: la trazada por Magallanes y seguida luego por Loayza; la ruta de Saavedra Cerón y la del Tornaviaje.

Estas tres rutas, si bien eran las fundamentales para el tráfico entre México y el Oriente, dejaban hacia el sur un enorme triángulo sin descubrirse, que se extendía del estrecho de Magallanes a Guam y la Nueva Guinea. Y en este enorme vacío la imaginación de los geógrafos colocaba el quinto continente, llamado ¨Austral¨, donde seguramente habría toda suerte de riquezas y de secretos admirables, amén de naturales que convertir a la fe de Cristo. Este continente, según los cartógrafos, estaba separado de América por el estrecho de Magallanes, así que la Tierra del Fuego no era una isla sino parte de esa inmensidad de tierra que, según Sarmiento de Gamboa, era necesaria para equilibrar las masas de agua y tierra sobre la superficie del globo. Y seguramente en ese continente se encontrarían todos los lugares mitológicos que ya se esperaba hallar en América o en Asia. Allí sin uda estarían las islas maravillosas en las cuales el rey Salomón había logrado el oro para el templo de Jerusalén y la Antípoda, donde los habitantes tenían la cabeza colocada bajo los hombros.


Mapa tomado de la página de Jorge Juan Sánchez, viajero.

En busca del mito marítimo, el 19 de noviembre de 1567 zarparon del Callao dos naves al mando del joven Alvaro Mendaña de Neira, sobrino de Lope García de Castro, en aquel tiempo presidente de la Real Audiencia de Lima. Una de las naves quedaba bajo el mando del piloto Pedro Sarmiento de Gamboa, doce años mayor que Mendaña y probablemente el inspirador de esa empresa.

Volveremos sobre este asunto.

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Rafael Bernal, El Gran Océano. Banco de México, México, 1992, pp. 239-250.


miércoles, 15 de agosto de 2012

Galeón en el Callao


Escena histórica o Pasaje de la vida de Santa Ursula, c.1650. 
Oleo sobre lienzo atribuido al pintor peruano Diego Quispe Tito.
Colección Museo Sumaya


Rasgos de la vida cotidiana en el Perú virreinal