Una invitación para conocer la historia del Galeón de Manila, su cultura y su impacto en Filipinas y en América.

viernes, 10 de abril de 2009

Música filipina

Falta mucho por investigar acerca de la influencia musical occidental en Filipinas, país cuyos habitantes son famosos en toda Asia por su habilidad para el canto y la actuación. Habrá de seguro historiadores que descubran pronto los lazos que unían la labor misionera entre México y Filipinas, en cuanto a la música religiosa de corte barroco. Quizás en los archivos catedralicios se encuentre testimonio de maestros de capilla españoles o novohispanos que hayan viajado, a no dudarse, a realizar su trabajo musical en las islas de Oriente. Las similitudes en las prácticas evangelizadoras  en América y en Filipinas hacen pensar precisamente en la intencionalidad de los misioneros para transmitir su mensaje a los indígenas a través de la música religiosa.

La musicalidad del pueblo filipino tiene sus raíces fundamentales en la confluencia de la macroregión del sudeste de Asia, donde comparte instrumentos de percusión y alientos similares a los que se utilizan en Indonesia, Malasia y Tailandia. Sin embargo, en ese contexto Flipinas aparece como un caso singular en el panorama asiático porque también se distingue la tradición española de la jota, la habanera, la mazurka, la pandereta como música tradicional de las islas. Algo que recuerda tanto a Madrid o a Guanajuato es sin duda la rondalla como costumbre de grupos estudiantiles.

Por lo pronto, cabe hacer notar la belleza del órgano  que se encuentra en la población Las Piñas, al sur de Manila. Se trata de un instrumento fabricado casi en su totalidad en bambú en el siglo XIX y para el que fueron compuestas diversas obras religiosas filipinas. 



En la música popular filipina se observa también una marcada influencia mexicana, no tanto de ahora, sino de poco más de doscientos años. Rafael Bernal señalaba hace medio siglo que "la música popular moderna mexicana, sobre todo el mariachi, está de moda en Filipinas y por todos lados se escucha. Pero en Zamboanga, en idioma chavacano, encontramos rastros de muy viejas canciones mexicanas como ésta:

Abajo de mi ventana - tiene un pono de limoncito,
cada rama siete plores - cada plores un bisito.
Abajo de mi ventana - tiene un pono de naranjita,
ya partí para comé - ya salí site bonita.
Siete palo tiene el monte - sambón, sampáloc, sandía,
santol, sampinit, sampanga - hierba de Santa María.

También se toca y se baila el jarabe al estilo mexicano" (1).

Acerca del órgano de bambú ver:


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(1) Rafael Bernal. México en Filipinas. Historia Mexicana. Vol. XIV. Octubre-diciembre 1964. Num. 2. Pp. 187- 205.

jueves, 9 de abril de 2009

Sincamas y sayotes

Rafael Bernal fue pionero en afirmar que muchos mexicanos, en diversas oleadas a través del tiempo, se mezclaron con la población filipina, sobre todo hombres que se casaban con mujeres filipinas, aprendieron un nuevo idioma, una nueva vida y unas costumbres nuevas, pero enseñaban también parte de las suyas. El autor afirma que "no únicamente los varones mexicanos jamás echarían tortilla, cosa de mujeres, por lo cual el maíz de uso común en Asia no se consume a la manera mexicana".
Bernal reconoce de inmediato palabras mexicanas en el habla cotidiana en Tagalo y en el idioma “chavacano”. Para ello elabora un curioso compendio de las voces mexicanas de uso común en Filipinas en los años sesenta:
Ajonjoli, igual que en México.  Achuete, por Achiote. Se emplea, lo mismo que en México, para dar color y sabor a ciertos guisos, sobre todo carnes. Atole (masa de arroz desleída en agua. En México se hace con masa de maíz y tanto en Filipinas como en México se usa para preparar el Champurrado). 
Avocado, por aguacate. Esta palabra podría ser la forma que usan los angloparlantes para designar nuestra fruta americana.
Cacahuate “En Filipinas se le llama así a un arbusto que se utiliza para formar setos vivos alrededor de las casas. A la raíz que en México se suele llamar cacahuate, en Filipinas se le da el nombre de mani y, últimamente, con mayor frecuencia, el nombre inglés de peanut”. 
El Cacao, al igual que en México sirve para hacer el Chocolate; Camachile, un arbusto semejante al árbol el pan (artocapus comunis), cuyo nombre es de indudable origen mexicano. Camote. Se refiere al camote blanco. El camote morado recibe el nombre tagalo de Ube, emparentado con el nombre que se consume en todo el sudeste de Asia.  Chico, que en México se dice chico-zapote. Chiquilite; Chocolate; Guanabana; Guayaba; Guachinango; Kilites (por quelites); Mecate; Nanay; Panocha; Papaya; Pazote (por epazote, que en Filipinas se utiliza como planta medicinal y muy rara vez como condimento en las comidas); Petaca; Sayote por chayote; Sili, por chile; Sincama o Jícama, Súchil; Tamal; Tatai; Tianqui (por mercado o tianguis);Tomate; Zacate; Zapote
De origen caribe: Barbacoa; Cacique; Canoa; Casaba ; Maiz; Maguey; Mamey; Maní; Nagua;Tabaco; Yuca.
las sincamas en Filipinas sirven ralladas para hacer las lumpias, que son como los rollos de primavera chinos. No, ellos no le pondría chile ni limón como nosotros.
En Filipinas se cuenta el dinero en español. En Madrid se habla de conservas, pero en México y Filipinas se dice latas. En las islas se dice pósporo traído de la antigua forma mexicana fósforo, no cerillas. Que, en fin, en ambos lados del Pacífico la gente sigue contando chismes.
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Rafael Bernal. México en Filipinas. Historia Mexicana. Colegio de México. Vol. XIV. Octubre- diciembre, 1964. Num. 2. Pp. 187 -205.

miércoles, 8 de abril de 2009

La demanda de sirvientes "chinos" en México

Francisco de la Maza dice que “los chinos esclavos eran límpios, serviciales, honrados y fieles. Además, daban un cierto exotismo y un sabor oriental, sin el peligro de no hallarse y de huirse a su tierra, como las muchachas y muchachos del país. Estos chinitos y chinitas de la nao, que se quedaban sin padres, llegaban a reconocer como tales a sus amos mexicanos” (1).

Al margen de ese sentido paternalista que aún se utiliza en el lenguaje supuestamente moderno de México al designar a todos los asiáticos (los chinitos, que en el fondo es una expresión despectiva), la presencia de sirvientes orientales era bien aceptada en los hogares de la época colonial. Pocos imaginarían que al cabo de varios siglos estos migrantes, portadores de su propio carga cultural, influirían en el perfil idiosincrático de nuestro país. Baste mencionar un ejemplo relevante, la famosa China Poblana, que ha sido mencionada hasta la saciedad.

La historia de Catarina de San Juan, que ese era el nombre dado en vida a la China Poblana, revela la afición de la clase encumbrada novohispana por tener sirvientes orientales. Cuenta de la Maza que en el año 1621 “había dos pedidos en Manila para una chinita: uno del virrey de México, don Diego Carrillo, marquez de Gélvez, y otro de un rico poblano, el capitán Miguel de Soza. Como un amigo portugués de éste llevaba incluso el dinero necesario y pagó diez veces más que lo que daría el virrey en Acapulco, la chinita Mirra fue vendida al portugués y para ocultarla al Marquez la vistieron de muchacho” .

Catarina de San Juan se transformó en algo similar a un oráculo pagano que entraba en trance y hablaba en una mezcla de diversos idiomas incluído el español. Ricos y pobres se acercaban a ella en plan adoratorio y con el propósito de saber más del misterio religioso. Fue tan popular que por décadas se conservaron sus reliquias como si fuera una santa.

La importancia de la historia de Catarina de San Juan no puede ser disminuida, en tanto que fue un hito en la cultura colonial mexicana del siglo XVII, que motivó la tentación de la curia poblana de solicitar el inicio del proceso de su canonización, mismo que terminó siendo abortado por la inquisición española en 1691. La trascendencia de su imagen se muestra también en el mito de la China Poblana al que dió pie en el siglo subsecuente. No deja de sorprender aún hoy que una inmigrante de origen desconocido y estado esclavo adquiriera tal relevancia en la sociedad novohispana.

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1. Francisco de la Maza, Catalina de San Juan, México Conaculta.Col. Cien de Mexico.1990. p. 22.



martes, 7 de abril de 2009

Medidas para remediar el abuso

Sea por razones humanitarias o económicas, se registran casos en los que se procuró poner límite al contrabando de esclavos asiáticos a la Nueva España.  Victoria González Claverán da noticia de un documento de 1671 redactado en Guadalajara en el que se informa al rey sobre la situación de la esclavitud en la Nueva Galicia. 

Ante tal demanda, se nombró un oidor, el licenciado Fernando de Haro y Monterroso, quien pone de relieve que, en efecto, la codicia ha hecho que los chinos sean traídos en las naos de China para ser vendidos como esclavos, a pesar de las normas dictadas de que los indios de aquellas latitudes sean considerados como vasallos.

En aquel expediente se indica que seis esclavos chinos de Guadalajara fueron liberados, si bien se sospecha que el número de los que quedaban en posesión irregular de sus dueños pudo ser mayor. El oidor advierte con objetividad en su informe que deben imponerse penas más severas, como la muerte, a aquellos que no acaten las cédulas reales

En el ramo de Filipinas del AGN sobre la composición de la Fragata del Rey de Santa Rosa, lista para salir al Oriente en el año 1774 se, mencionan “51 individuos de los cuerpos veteranos de infantería y Dragones voluntarios, 100 reclutas para el refuerzo del regimiento de infantería del Rey de Manila y 42 chinos que se restituyen a su patria”  . ¿Cuántos más habrán sido deportados en esos años?, falta aún mucho por investigar.

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1. Victoria González Claverán, "un documento colonial sobre esclavos asiáticos" revista Historia Mexicana. Colegio de México. México, enero-marzo 1989, Pp. 523 -538.



domingo, 5 de abril de 2009

Esclavos y concubinas

Si bien, Filipinas y Nueva España no se consideraban a sí mismas como  sociedades esclavistas, tenían diversas formas para enmascarar el uso de mano de obra forzada, y en ambos extremos del comercio transpacífico prosiguió el lucrativo comercio de esclavos. La demanda de esclavos satisfacía una vasta gama de requerimientos, como sirvientes personales, cuya posesión daba prestigio al dueño; concubinas de origen exótico y otros. Era tal la demanda que un decreto del 29 de mayo de 1620 especifíca que sólo la gente de honor puede importarlos (1):

Respecto de que en las naos de Filipinas suelen venir muchos esclavos, que consumen bastimentos: ordenamos y mandamos, que ningún pasajero ni marinero pueda traer más de un esclavo, excepto las personas de calidad y con mucha proporción y limitación

La Corona Española llegó a preocuparse por el tráfico de sirvientes para la ostentación y de mujeres para convertirlas en concubinas, una práctica muy común desde el período colonial (2).

"Hase entendido que los pasajeros y marineros de las naos de contratación de Filipinas, traen y llevan esclavas, que son causa de muy grandes ofensas de Dios y otros inconvenientes, que se deben prohibir y renunciar y con más razón en navegación tan peligrosa, quitando todas las ocasiones de ofenderle: Para cuyo remedio ordenamos y mandamos al Presidente y Oidores de nuestra Real Audiencia de Manila, que no permitan traer, ni llevar esclavas en aquellas naos y con particular cuidado acudan al remedio de lo suodicho, de forma que cesen estos inconvenientes, y se eviten: y asimismo ordenamos y mandamos al fiscal de la audiencia, que cuide de la execución y el oidor más antiguo, al tiempo de la partida, visite las naos y reconozca si viene alguna muger casada y sin necesidad de pasar y el conocimiento de causa sea ante los dichos presidente y oidores, que provean justicia y sea capítulo de residencia

La introducción de asiáticas vendría a complementar la existencia de una red de concubinas, principalmente indias y negras, que enriquecieron la gama de colores (tanto por su tez como por sus vestidos) del México colonial. Viajeros en diferentes épocas mencionaban la displicencia en el vestir de ciertas damas negras en México, que eran amantes de hombres ricos.  

Otra solicitud de sirvientes eran los pajes, que eran adquiridos para servir en las casas ricas de México y Perú. Un escritor filipino señala que durante la Feria de Acapulco algunos comerciantes peruanos adquirieron jóvenes varones sirvientes, que en realidad les servirían de efebos (3).

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1. Recopilación de las Leyes de los Reinos de las Indias, Madrid, 1752, citado por Francisco de Santiago Cruz. La Nao de China. Editorial Jus, 1962, pags 146 y 147.

2. Ibidem. Santiago Cruz., Decreto firmado en San Lorenzo, 22 de abril de 1608.

3. Jose María Luengo. A History of the Manila-Acapulco Slave Trade (1565-1815). Mater Deu Publication Tubigon, Bohol, Filipinas, 1996.

 


 

sábado, 4 de abril de 2009

El lenguaje en las galeras

Bajaban al puerto los fardos del galeón y con ellos los nuevos habitantes y sus costumbres, sus palabras. El puerto es el destino para algunos, una nueva casa en el otro lado del mar y, si la suerte los acompaña, el regreso al terruño para muy pocos de los viajeros.

Existe una profesión muy noble, la paleografía, que nos ayuda a entender a aquellos de nuestros ancestros que dejaron testimonio escrito de sus viajes y de sus andanzas. Sin los paleógrafos apenas entenderíamos un mínimo de aquellos relatos que están escritos en Español. Pero además del testimonio escrito, se hace necesaria una interpretación del sentido de las palabras; de cómo se hablaba en una época y en un lugar.
Lo más sorprendente es que ese idioma, rico y cambiante, ya tenía sus críticos hace cuatro siglos, que se motraban molestos por la forma de hablar de los tripulantes de los barcos que surcaban el Atlántico rumbo a América y, desde México, con destino a las Filipinas. Una queja parecida a la que ahora se hace ante tantos cambios impuestos por la tecnología del "punto com".

Ya en 1539 uno de los primeros viajeros que atravesó el Atlántico se quejaba “del bárbaro lenguaje que hablan en las galeras” o galeones, pues lo marineros tenían un modo de comunicarse tan extremado como su propia manera de vivir. Uno de estos viajeros, Fray Antonio de Guevara, dejó por escrito sus observaciones acerca de un viaje a América (1). El mareado (tanto por hacerse a la mar como por perder el equilibrio) hace una ocurrente lista de palabras que ya resultaban incomprensibles para un hombre común en la España del siglo XVI pues esa es “la jerigonza que hablan en la galera” y  agrega: 
...la vida de la galera dela Dios a quien la quiera.

“Al fundamento de la galera, quieren ellos que se llame quilla, y a las clavijas del palo llaman escálamos; a la cabecera de la galera llaman popa, y al cabo della dicen proa. A lo que nosotros llamamos costeras no consienten ellos sino que se nombren cuadernas, y lo que decimos borde llaman ellos caballeres. (…) al camino que va de proa a popa nombran crujía. Adonde se sientan los remeros llaman postiza, y donde van guardadas las velas llaman cuarteles. Quieren que la cocina se llame fogón, y al renovar la galera le digan dar carena. Como decimos en nuestro lenguaje acostaos a una parte, dicen ellos en lo suyo teneos todos a la banda (…) Nosotros decimos ésta es la vela mayor, ésta es la mediana y ésta es la menor, ellos no dicen sino vela maestra, vela mezana, vela del trinquete (…) Para decir no reméis más, dirán ellos leva remo, y a lo que cargan en la galera llaman lastre. Por decir que navegan con buen viento, dicen que van en popa, y por navegar a medio viento dicen que van en orza. A lo que llaman remar, dicen ellos bogar, y al sacar el agua de la galera, llaman escotar
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[1] Fray Antonio de Guevara. De muchos trabajos que se pasan en las galeras, 1539. En Pasajeros de indias, de José Luis Martinez, Alianza Editorial, México, 1984

Morisqueta

Iriving Leonard señala que en el complejo étnico de la sociedad barroca el México colonial existió también “una gota de sangre asiática”. Los inmigrantes que entraban por el Pacífico traían consigo oficios y técnicas útiles para la economía, como atestigua el viajero Thomas Gage en los años treinta del siglo XVII en la Nueva España con relación a la alfarería “los indios, y la gente china que han sido cristianizados y cada año llegan aquí, han superado a los españoles en ese oficio”[i].

El espacio geográfico y humano de la tierra caliente, tanto en Michoacán como en Guerrero, fue el receptor principal de tales viajeros, aunque en etapas posteriores de la historia de México se localizan individuos y grupos de origen asiático en el centro norte del país. He mencionado anteriormente el caso de marineros filipinos que auxiliaban en las obras de limpieza y renovación de los barcos, el carenado del Galeón, cuya presencia en el puerto de Acapulco fue mantenida desde el siglo XVII. Llevaron consigo usos y costumbres, como el vino de coco, o tuba, que aún se produce en algunas partes de Guerrero. Sin embargo, la aportación más importante de los asiáticos parece ser el cultivo del arroz, que implica la utilización de delicadas y laboriosas técnicas, desconocidas entonces por los mexicanos. 

El arroz fue adoptado felizmente en la dieta mexicana, incluyendo la versión malayo-filipina de cocerlo con carne de res o cordero y que aún se consume en el altiplano de Michoacán. Se le llama Morisqueta, aludiendo al origen islámico o morisco de donde procede. 

El arroz es hoy en día el acompañamiento ideal del platillo nacional, el mole. De este tema hablaremos más adelante, pues ofrece una oportunidad para conocer algo tan importante como la incorporación de elementos culturales complejos (cultivo-consumo-adaptación-cultivo) en el consumo nacional de la época colonial.


[i] Iriving A. Leonard. La época barroca en el México colonial. FCE, colección popular, 1974, p.78

jueves, 2 de abril de 2009

Cabeceras

En el proceso de evangelización de Flipinas, la resistencia de los habitantes de las islas para vivir forzadamente en poblaciones al estilo español obligó a los misioneros a generar opciones para acercarse a las comunidades locales. Una de éstas fue la celebración de las fiestas religiosas con gran despliegue, lo que atrajo a los remotos pobladores a las grandes ocasiones de Semana Santa o de orpus Christi. Las iglesias se asentaron en las denominadas Cabeceras, destinadas originalmente a ser la base de poblaciones permanentes. En efecto se construyeron habitaciones alrededor de las iglesias, llamadas casas dominicales, pero que no eran habitadas  de manera permante. Ante ello, los frailes tuvieron que construir capillas de visita en lugares apartados.

El sistema cabecera-visita, ya experimentado con anterioridad en la Nueva España, se convirtió gradualmente en la forma más utilizada de la evangelización en Filipinas. Cabe señalar que ante la insuficiencia de religiosos esta fue la manera más adecuada para propagar la religión, aunque siempre hubo quejas por el esfuerzo que se debía realizar en los traslados de una a otra.  En los siglos XVII y XVIII la presencia religiosa no rebasaba el perímetro de las capillas de visita, por lo que se contaba con  las llamadas misiones vivas, destinadas a atender a pobladores que aún no se integraban a la religión católica. Ello explica en parte el hecho de que en Filipinas, un país profundamente católico, persiste la población de origen musulmán y de otras religiones.

Una queja constante que recogen diversos estudios históricos es que el proceso de evangelización concedió un poder casi absoluto a los religiosos que se instalaron en las cabeceras y que controlaban amplias extensiones a través de las capillas de visita. La dispersión de estos frailes también condujo en muchas ocasiones a la transgresión de sus deberes como líderes religiosos de las comunidades.

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Phelan, John Leddy. The Hispanization of the Philippines. Spanish Arms and Filipino Responses, 1565 - 1700. . Pp. 51 -52



Matrimonios

(Agradezco la información de esta entrada al paleógrafo Eugenio Reyes, especialista en la Academia Mexicana de Historia)

En el Archivo General de la Nación (AGN) se localizan numerosos documentos sobre solicitudes de matrimonio de filipinos con indias mexicanas o con filipinas residentes en México. El procedimiento debía asentar la ascendencia y el estado civil de los peticionarios, para lo cual debían presentar los testigos que señalaran conocer a los futuros cónyuges y sus virtudes para poder casarse. Posteriormente se tramitaban los permisos religiosos necesarios para el matrimonio propiamente. En el Ramo de Matrimonios del AGN se localizan varios documentos que dan testimonio de estos enlaces entre chinos e indias, principalmente, pero también con negras esclavas.

Como ya se señaló los asiáticos libres en México tenían el mismo estatuto jurídico que las poblaciones indigenas, por lo que se les llegó a conocer como “indios de Filipinas” o “indios chinos”. En tal razón estaban obligados a pagar tributo pero no otro tipo de impuestos y a diferencia de los esclavos negros, mulatos y mestizos, quienes vivían segregados tanto de los blancos como de los indios, los asiáticos podían integrarse a los pueblos indios.

En los numerosos documentos que guarda el AGN en espera de nuevas generaciones de historiadores se indican casos de indios chinos que se acogían al régimen legal de la Nueva España, para pagar únicamente el tributo como los indios. Tal información, dispersa en los volúmenes del ramo de Indios del AGN, principalmente, nos indica también la existencia de un número constante y de importancia de asiáticos en México, en Guerrero, Michoacán, las ciudades de México y de Puebla.

Mencionemos algunos ejemplos. En 1648, se concede permiso a Pedro de Asquetta, indio chino para tener cajón de barbero en la ciudad de México. Igual sucede con Juan Agustin, chino, para tener tienda de barbero en la plaza pública de esta ciudad. Un año después se confirman los decretos despachados y en su conformidad para poner y tener tienda de barbero a Francisco Vélez, indio chino, guardando las ordenanzas. En 1654, en la ciudad de México, el virrey concede licencia a Francisco García, indio chino tributario, para vender por los pueblos y plazas, ropa y mercaderías 1.

También se encuentran múltiples casos de demandas interpuestas por estos chinos, para defender sus derechos. La mayoría de las demandas era contra el abuso de españoles que les obligaban a pagar alcabala, aunque pagaran tributo. En 1640, Juan Alonso, Juan Saldivar, Simón López, Domingo de Pastrana, Bartolo Meda, entre otros indios chinos libres naturales de Manila, tratantes de telas (excepto de seda de Castilla o de la China) solicitan a través de un abogado, Melchor López de Haro, la intervención del Marquez de Villena, para que el arrendatario de los tendajones donde venden, un tal Juan Correa, no les cobre alcabala, ya que ellos como indios sólo deben pagar tributo. Los demandantes ganaron el pleito 2.

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1. Archivo General de la Nación. México. Catálogo del Ramo de Indios. Vol 15. Exp. 29. Folio 20v.-21 (12 Febrero de 1648). Vol. 15, exp 62, f.44v (25 de mayo de 1648). Vol. 15, exp 8, fs. 154v.-155 (14 junio de 1649) Vol. 17, exp. 40, fs. 62 v-63 (7 febrero de 1654)

2 AGN.México. Catálogo de Ramo de Indios. Vol. 13, exp 112, f. 92 (24 diciembre de 1640)

miércoles, 1 de abril de 2009

Acapulco, puerta de entrada a la Nueva España

El famoso viajero italiano Giovanni Francesco Gemelli Careri describió Acapulco hacia el año 1697 como una pequeña e inhóspita aldea cuyo único atractivo era recibir al galeón de Manila. “En cuanto a la ciudad de Acapulco, me parece que debería dársele más bien el nombre de humilde aldea de pescadores (tan bajas y ruines son sus casas, hechas de madera, barro y paja) que el engañoso de primer emporio del mar del Sur y escala de China” . En la versión en español de su crónica de viajes se cita el Diccionario Geográfico de las Indias Orientales, de Antonio de Salcedo, indicando que la población permanente de Acapulco era de cerca de “400 familias de chinos, mulatos y negros” (1).


La llegada del galeón a Acapulco era el acontecimiento comercial más importante de la Nueva España. Hasta el puerto se trasladaron comerciantes de todo el país y de otros virreinatos. Aparte de las mercancías, llegaban también los asiáticos “que por rara vestimenta llamaban poderosa la atención; y aún más, por su ininteligible hablar pero que dábanse a entender por medio de señas cuando trataban a adquirir algún objeto, para ellos curioso, de las manufacturas de Nueva España. No faltaba en aquel maremagnum curanderos y yerberos que curaban toda clase de males, y hasta los embrujados por cheneques; otros, que adivinaban la suerte con sus naipes; llegaban también comediantes que en corrales al aire libre, representaban actos dramáticos y comedias que habían aprendido de los frailes franciscanos, obteniendo buenos ingresos” (2).

La feria de Acapulco era de la mayor importancia para la Nueva España pues en ella se cumplía el ritual anual de descargar el galeón, verificar la carga (lo que casi nunca se hacía) , y luego de que desde la capital se determinara el monto de impuestos a pagar, se iniciaba el regateo por las mercancías. A esta fería asisitieron hasta medidados del siglo XVI los comerciantes venidos del Perú, hasta que fue prohibido el comercio entre ambas colonias, lo que dio pie al contrabando de plata peruana por productos asiáticos, en puertos secundarios como Huatulco.

En Acapulco llegaron a venderse esclavos de la tribu caffir, provenientes del Sur de Africa. Vale notar que la forma de llamar en español a estos esclavos negros era “cafres”, igual que algunos automovilistas de ahora en la Ciudad de México.

Gemelli Careri hace referencia a que durante su breve estancia en Acapulco, antes de pasar a la Ciudad de México, hizo la venta de un negro de su propiedad “el viernes 8 (de enero de 1697) queriendo el contramaestre del almirante comprarme un negro, después que fue determinado su precio en cuatrocientos pesos, comenzó a oprimirle los labios, las mejillas y las piernas, para ver si estaba hinchado, sin considerar que los negros tienen por naturaleza los labios gruesos e hinchados” .
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1. Gemelli Carrieri, Giovanni Francesco, Viaje a la Nueva España. UNAM, México. 1979.
2. Tomás Oteiza Iriarte. Acapulco, ciudad de las Naos de Oriente y de las sirenas moderas p 89

Demanda de esclavos II

El sistema comercial del galeón tenía un complejo mecanismo administrativo y un impacto regional muy amplio, dado que requería de un sistema de abasto en las regiones donde llegaba. Aguirre Beltrán (1) afirma que “encontrándose Acapulco a gran distancia de la capital, el suministro de víveres para el viaje de retorno de la Nao de China debe de haber presentado grandes dificultades; por otra parte, este suministro era calculado según la cuantía de la tripulación, en tal forma que un aumento considerable en la demanda de alimentos para el refrescamiento de los esclavos, era siempre un trastorno de consideración.”

En el Archivo General de la Nacion se encuentran múltiples quejas de los pueblos en el camino a Acapulco que solicitan constantemente a las autoridades se les libere de la obligación de pagar los abastos para las tropas que van a embarcarse rumbo a Filipinas. Lo primero que destaca es que existía un presupuesto para tales gastos y sin embargo se obligaba a pueblos y comunidades de esta región a poner de su peculio para alimentar al correo hacia Acapulco. La pregunta obligada es: ¿quien se quedaba entonces con las ganancias?

“Los esclavos que entraban por Acapulco, en un principio, no pagaron sino los derechos de almojarifazgo comunes a toda clase de mercancías que tocaban el puerto. En 1626, Felipe IV impuso un derecho sobre la introducción, equiparable al que cubrían los capitanes negreros cuando pagaban su registro en los puertos de las Indias. Se fijó este derecho en 400 reales, que traducidos a ducados, o sea pesos de diez reales, resultaban 40. Esta tasa era considerablemente mayor que la que cubría el asentista, o suministrador de víveres y otros efectos, Rodriguez Lamego, que por entonces usufructuaba el monopolio y que era de 24 ducados por cada pieza de negro. Para asegurar el cumplimiento de su mandato el rey ordenó que ningún escribano hiciese escritura de venta si no constaba por certificación de los oficiales reales de Acapulco que se habían pagado los derechos mencionados”.

La presencia de esclavos asiáticos en los siglos posteriores hace parecer que tales instrucciones no se cumplieron cabalmente y que el tráfico de esclavos por el Pacífico continuó sin pagar los derechos que se le exigían a la entrada de esclavos chinos. Si evaluamos los costos de transporte en el Atlántico y en el Pacífico, que son relativamente similares, el alto gravamen de importación de esclavos por Acapulco, y la presencia constante de asiáticos esclavos aún en el siglo XVIII nos indica que el contrabando continuó floreciendo en la Nueva España (2). Si bien, por definición, el contrabando no es documentable, no es remoto que existan en algún texto perdido algunas cuentas de esclavos sin licencia.

Aunque menos frecuente que en la manera anterior, en ocasiones también entraron por Acapulco barcos dedicados al comercio de esclavos en forma casi exclusiva. Algunos de ellos, que pretendieron introducir su mercancía de contrabando sin conseguirlo, fueron confiscados y su producto aplicado al tesoro Real, no obstante las protestas de los asentistas del Atlántico que aseguraban pertenecerles tales descaminos, según las capitulaciones de sus contratos
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1. Aguirre Beltrán, Gonzalo. La población negra de México. Estudio etnohistórico. Fondo de Cultura Económica. México. 1972. p. 51.

2. Silvio Zavala, Los Esclavos Indios. El Colegio Nacional. Da cuenta de que en 1687 se encontraban chinos indios en obrajes de México en calidad de esclavos. AGN Hospital de Jesus, Legajo 318, expediente 46. Zavala p. 342.