sábado, 2 de mayo de 2009

Tareas de esclavos

El uso principal de esclavos por parte de los españoles en Filipinas fue en las labores de casa y en trabajo no calificado relacionado con el comercio del galeón de Manila. Se tenía tal número de sirvientes que el obispo Diego de Soria planteó en alguna ocasión que si cada casa española donara un sirviente se podrían explotar las minas de oro de Igorot. Un visitante portugués señaló que “no hay soldado español en estas partes, no importa que tan pobre sea, que no tenga un esclavo indio que le sirva y algunos tienen hasta dos y tres”, de modo que los portugueses fueron muy hábiles en cubrir la demanda con esclavos traídos de Africa, India y Malaca.

El propio adelantado Legazpi, en carta escrita en Panay en 1570 cuenta que en efecto él ordenó la liberación de todos los esclavos que no debieran serlo, pero informa sibilinamente que envió a Nueva España:

“no sé cuántos muchachos y muchachas negrillos, a los quales pense hacía buena obra, porque allá podrán ser christianos y mejor tratados que no lo son acá. La yndia que llevaron fue sin mi licencia y contra mi voluntad, y tenían pena los que la llevaron, pero ello y los negrillos todos volvieron acá por mandado de vuestra excelencia, y está muy bien probeido”(1).

Un ejemplo del principio del “se obedece, pero no se cumple”.

La crueldad e injusticia que fue denunciada de manera regular por los frailes en Filipinas se refería a los Filipinos como súbditos del Rey de España. En el caso del arzobispo Domingo Salazar no se refería a los esclavos vendidos por los portugueses, sino a los naturales.

Las casas religiosas también necesitaban sirvientes. Los agustinos en sus actas capitulares de 1572 indicaban entre sus cuentas todas las “posesiones, herencias, esclavos y ganados” y en 1574 ordenaron que todos los esclavos fueran liberados, pero en 1672 pusieron el límite de un esclavo por cura aunque elevaron el nivel a cuatro en 1650.


Alipin, esclavos filipinos, Códice Boxer

Los conventos también mantuvieron esclavos “libres” trabajando para saldar sus deudas, y “pocos esclavos que no nos sirven a nosotros a menos que sean adquiridos para ser liberados bajo nuestro poder en la condición de que nos sirvan, en pago por el hecho de que les damos todo lo que requieran” (3).

Los ciudadanos de Manila consideraban en general que tener esclavos filipinos era tan necesario que cuando un decreto real llegó en 1581 para liberarlos, el gobernador Ronquillo pidió consejo al obispo Salazar sobre cómo tenerlos subrepticiamente, calculando la oposición que se suscitaría. El obispo convocó a la clerecía principal y concluyeron que la ley debería aplicarse estrictamente, y que los colonos que mantuvieran esclavos quedarían sin absolución. Las emociones se exaltaron a tal punto que el gobernador Ronquillo le recordó a obispo Salazar que él era nieto de un hombre que no había dudado en ahorcar a un obispo durante la guerra de los comuneros en España. Aun si tal conflicto permitió acrecentar la presión moral sobre los españoles para liberar a los esclavos filipinos, la práctica continuó y 50 años después el arzobispo Miguel García estableció impuestos especiales para cada “indio, japonés o negro esclavo en manos de español”.
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(1) Carta de Legazpi al Virrey de Nueva España, 25 de julio de 1570, HPAF, Isacio Rodriguez, tomo XIV, pp. 49 - 53.
(2) Archivo de los padres agustinos d Filipinas. Libro provincial.Fols 17, 18; libro de gobierno II, Fol 147.
(3) Agustin de Albuquerque, 5 de junio de 1575, HPAF, Isacio Rodriguez, tomo XIV, p. 245.

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