miércoles, 3 de junio de 2009

Forzados y reclutas / Soldados (3)

En las anteriores entradas hemos señalado lo dificil que fue la defensa de Filipinas para los administradores coloniales y cómo por más de dos siglos fue una preocupación constante que se resolvió, en parte, a través del entendimiento con los chinos residentes en Manila, así como por medio de la contención contra el asedio permanente de los corsarios. Esta situación debe ser observada en el contexto más amplio de lo que fue la defensa del enorme imperio español, en constante conflicto con los demás poderes europeos.

Desde el punto de vista organizativo, la defensa en Asia dependía de la administración en la Nueva España, que de por sí estaba enfrascada en constantes acciones de expansión en las fronteras del norte del actual México, al tiempo que se procuraba la estabilización de regiones internas con población indígena rebelde, como por ejemplo los Chichimecas. En su conjunto, las administraciones novohispanas se mantuvieron en acción constante en territorios como Nueva Viscaya, Florida y Texas, ésta última conocida también como el Reino de las Nuevas Filipinas. Por esa razón, el despliegue de fuerzas militares en ese inmenso espacio casi nunca pareció suficiente.
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De hecho, administradores coloniales, como el mencionado gobernador Pedro Manuel Arandía, estableció entre sus prioridades modernizar la defensa desde que llegó a Filipinas en 1754. La información proporcionada por la historiadora María Fernanda García de los Arcos que aquel gobernador "se extrañó de que pese al tradicional envío anual de reclutas que llegaba de Acapulco, no quedase casi ninguno de los que habían desembarcado varias décadas antes. Por ello indagó y pidió a los pueblos y a las diferentes islas que informaran de los criollos que habían llegado en tan buen número y de los descendientes que de ellos pudieran existir. Después de obtener información, Arandía daba las siguienes explicaciones del fenómeno:
1. Cuando los reclutas llegaban a Manila se encargaba de recibirlos el maestre de campo y procedía a seleccionar aquellos hombres que le convenían; otros entraban a formar parte de alguna compañía; pero otros, en lugar de entregarse a actividades relacionadas con el ejército, se empleaban como criados en las casas de distintos vecinos de la ciudad así como en algunos conventos.
2. Ahora bien los reclutas que efectivamente pasaban a ejercer funciones militares, sufrían una lastimosa evolución: los recién llegados gastaban su dinero en alcohol y juego.
Este tipo de vida acarreaba consecuencias funestas, pues los soldados caían enfermos "se hinchaban y al poco tiempo daban en la sepultura". Había quienes no corrían esta suerte, pues podían asentarse en el país cuando se casaban con filipinas o con mestizas. La mayoría pagaba con su vida el traslado al Oriente.

García de los Arcos opina que es muy posible que Arandía exagerase un tanto, tratando de llevar agua a su molino, pues le importaba destacar el éxito de sus reformas administrativas. Su visión del ejército después de tal renovación era desde luego optimista: las tropas habían adquirido un nivel de adiestramiento y disciplina que ya no distinguían en servicio y apariencia de "nuestros marciales batallones de Europa". El gobernador había reformado a fondo las tropas, organizando los batallones, a los que purgó de "viciosos y vejestorios inútiles" y aumentó la prestación para vestuario.

Pese a todo, no se podía solucionar satisfactoriamente el problema de la merma de los contingentes, en parte por la elevada tasa de fallecimientos que en ellos se daba y en parte "por su maldad, no querer regla y padecerse por ello bastante deserción". Arandía murió en el cargo el 31 de mayo de 1759 -hace exactamente 350 años. Al parecer sus planes defensivos no fueron tan eficientes, pues Manila fue ocupada por los ingleses de 1762 a 1764.
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María Fernanda García de los Arcos. El traslado de novohispanos a Filipinas en la segunda mitad del siglo XVIII. En La presencia Novohispana en el Pacífico Insular. Universidad Iberoamericana. 1990, pp. 61-62.

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