martes, 7 de julio de 2009

La aventura del patache San Lucas

En diciembre de 1564, un pequeño navío de acompañamiento, o patache de carga, que formaba parte de la Armada del Poniente que dirigía Legazpi,se perdió en el camino y regresó a puerto mexicano con su inexperta tripulación. El barquito de apenas 40 toneladas, sin velas de repuesto, llevaba por nombre San Lucas y es motivo de una de las más extraordinarias aventuras en las que aparecen marineros de origen mexicano.

Para evitar incriminaciones de que hubiera desertado de la nave capitana, el comandante Don Alonso de Arellano escribió un memorial que hoy ofrece el más curioso documento sobre esta etapa de transición hacia la nueva cultura que comenzaba a crearse en América.

El Patache San Lucas, quedó desderrotado (extraviado) el primero de diciembre de 1564, según escribe el comandante Arellano. Este hombre, debió ser un criollo aristócrata de la nueva España o por lo menos un español adelantado en México, según señala Mariano Cuevas .

Tal se echa de ver en los muchos giros y vocablos que usa y que son típicos y aún exclusivos de México. Un español auténtico, aún de los viejos colonos, no escribiría zozobra, ni razón con S, ni usaría tanto el verbo jalar (halar) ni emplearía el verbo escandalizar y empachar de los sentidos, respectivamente de hacer ruido y tratarse de una cosa. Mucho menos habría de hablar con la mayor naturalidad de escaupiles (de la voz mexicana Excecatl, algodón, huipilli, sayales).
Sólo un natural de México llama chiquihuites a los cestos, naguas a las faldas, huipiles a las camisas, frijoles a las habichuelas, ni habla con la mayor naturalidad como hace Arellano de mecates (cuerdas) tamales (pan de maíz).

Afirma Cuevas que lo que más hace resaltar el caracter mexicano de esta expedición, es la devoción contínua y colectiva, a la virgen de Guadalupe. Los náufragos del patache San Lucas llevaron el mástil a la ermita de la Villa en la ciudad de México.

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El relato de Arellano señala:

Primero día de Diciembre en la noche, fué tanto el viento, que nos hizo ir a Sudoeste, nos íbamos anegando y no podíamos poner el costado al mar, por ser, como era, el navío muy pequeño y raso. Se puso un farol en la popa, para que las naos de la Armada de Legazpi entendiesen el trabajo en que íbamos. Tuvimos puesto el farol toda la noche y nunca respondieron en toda ella y entendimos que el Armada se había psado adelante; corrimos todo el día sin verla, por la gran cerrazón y escuridad que hizo, que en aquellos veinte días vimos sol y ansí corrimos en demanda de la isla de los Reyes, como por la instrucción nos era mandado y fuimos por la altura de los nueve grados en que ella está.

Seguiremos la narración del comandante Don Alonso de Arellano hasta su regreso a México.

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Mariano Cuevas, Op. Cit. P 215 - 238.

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