lunes, 13 de julio de 2009

El barco perdido (7)


Tres meses en altamar estuvo el patache San Lucas. El comandante Don Alonso de Arellano describe las penurias que los tripulantes vivieron al final de su viaje, aunque utiliza el curioso lenguaje marinero:
Ansí venimos corriendo, con harto trabajo por no haber pedazo de vela con que poder remendar las velas y ansí cortábamos la bonetas para remendar los papaigo; y después que no habia bonetas, cortábamos de los propios papaigos para remendar las demás y el hilo con que se cosía era hilera, dimos tras los cordeles de pescar y otros mecates delgados.
Es decir, cortaban paños (bonetas) para remendar las velas mayores (papahígos), luego usaron los cordeles y, muy a la mexicana, mecates.

Escasea el agua y aumentan los ratones
Demás de este trabajo creóse tanta cantidad de ratones que a palos andábamos tras de ellos y como había poca agua y ellos no tenían de qué beber, arrataban las pipas, de manera que se nos fueron las dos de ellas en dos horas, que nos pusieron en tanto trabajo, que no pudo ser mayor, según la parte en que estábamos, que eran trescientas leguas de la costa de Nueva España y con solas tres pipas y de éstas le
faltaba a cada una cuatro o cinco arrobas.

El viento brisa nos duró veinte días y en todos veinte no trujimos más velas de los papaigos y mar mucha, comenzónos a dar en treinta y ocho grados y dejónos en veintisiete pero el camino que hacíamos era al sueste, porque el viento era nordeste.
Acordamos hacer vela a los ratones (vigilar) de día y de noche con lumbre encendida debajo de cubierta y cuatro hombres de cada guardia, y ansí mataban cada noche veinte y trainta ratones.

Dejado que nos hubo la dicha brisa se halló el piloto cien leguas de la Nueva España y el viento en el norte, por cierta diferencia que él decía haber en el aguja.
El día que se hizo con la tierra que fué martes en la noche, a 16 de Julio, mandó se hiciese buena guardia y luego otro día al cuarto del alba se levantó y me llamó diciendo viniese a ver la tierra de la Nueva España y en viéndola dimos muchas gracias a Nuestro Señor Jesucristo por las mercedes que nos había hecho.
Venido el medio día que estábamos cerca de la tierra tomó el piloto el sol en veintisiete grados y tres cuartos.
Escorbuto
La tierra era una punta de una ensenada grande donde cae la isla de Corones. Estando tanto avante como la punta de la California, e yéndola atravesando esta noche, cargó tanto tiempo del oeste al noroeste, que nos dió un golpe de viento y mar y agua del cielo, que no sabíamos si íbamos por tierra, si por mar y con la gran fuerza del viento, se les destomó la vela a los que la tomaban, que no se pudo tomar por mucho que se hizo y ansí descalabró a dos o tres y a dos echó por la cubierta. Yendo con este trabajo, nos dió un golpe de mar por la banda de estribor que entró todo el navío y dió en la bitácora y echó a la aguja y a todo lo demás y a la lumbre que dentro estaba por la cubierta y al del timón lo mismo y ansí nos quedamos sin lumbre y el navío atravesando y medio zozobrado metido debajo del mar.
La gente estaba turbada, que no había quien acudiese ni acertase con cabo ninguno por la grande escuridad que hacía y también por estar toda la gente enferma de la grande hambre y sed que han pasado y pasaban y aunque hubieran que comer no podían, porque a todos se les andaban los dientes y les creció mucha carne de la boca, tanto que les tapaban las encías y en tocando en cualquier cosa se les caían los dientes.
Plugo a Nuestra Señora que arribó el navío y la vela mayor se hizo pedazos y la cebadera y bonetas que dentro estaban se las llevó la mar y ansí yendo corriendo, con sólo el trinquete, que ya no teníamos otra vela. Prometimos llevar a Nuestra Señora este papaigo a su Casa de Guadalupe en México.
En esta travesía fuímos corriendo con este tiempo, hasta la mañana que nos dejó de tal manera que nosotros y el navío no estábamos para ver.
Martes postrero del dicho mes (julio) vimos al otro día la tierra de la otra banda de la California y tomó el piloto el altura en veinticinco grados y medio y dijo que había distancia de donde estábamos al puerto, 150 leguas y el otro día que fué primero de agosto vístonos con pocas velas y que en el navío no había dos varas de lienzo, acordó el piloto que de las frazadas que teníamos para dormir se hiciesen las bonetas para aprovecharnos de la virazón de medio día y con la ayuda de Nuestro Señor y con la buena industria, llegamos al Puerto de la Navidad a 9 de agosto de 1565.
Firman: Don Alonso de Arellano, comandante, y Lópe Martín, piloto
Publicar un comentario