martes, 21 de julio de 2009

Influencia mágica de la especiería

En la Edad Media los atributos árabe, persa, indostánico, se identificaban con los conceptos de exhuberante, refinado, distinguido, cortesano, costoso y precioso. Ningún artículo tan apetecido como la especiería. Era como si el aroma de las flores orientales hubiera enajenado con su mágica influencia el alma de Europa.

Precisamente porque, con el aceite de la moda, es tanta la demanda, la mercadería índica se mantiene a altos precios, que van subiendo. Hoy son poco menos que incalculables las curvas de aquellos precios en continua alza, ya que todas las tablas caen en lo abstracto, y es aún más fácil hacerse cargo de la loca supervaloración de las especias por vía óptica, recordando que la misma pimienta que hoy hallamos a libre disposición en cualquier mesa de fonda, y que se prodiga como si fuera arena, al principio del segundo milenio era contada por granos y casi tan apreciada al peso como la plata. Tan sólido se consideraba su valor, que eran varios los Estados y ciudades que calculaban a base de pimienta, como si fuera un metal noble: a cambio de pimienta se adquirían haciendas, se pagaban dotes y se obtenía el derecho de ciudadanía; príncipes y ciudades cobraban tributo en pimienta, y cuando en la Edad Media se quería ponderar la riqueza de un hombre, se le motejaba de saco de pimienta.

El jengibre, la canela, la quinina y el alcanfor se pesaban en balanzas de orfebre o de boticario, tomando la precaución de cerrar puertas y ventanas, no fuera que una corriente de aire aventara ni siquiera un dracma de polvo precioso. Absurda podrá parecer hoy esta valorización, tanto como justificada la vemos en cuanto consideramos las dificultades y el riesgo del transporte.

Oriente y Occidente están en aquel entonces a una distancia imponderable entre sí. ¡Cuántas dificultades y obstáculos tienen que vencer los buques, las caravanas y los carros en sus trayectos! ¡Qué odisea han de afrontar cada grano, cada flor, desde que se cosechan en el archipiélago hasta que, llegados a la última playa, descansan en el mostrador del tendero europeo! Ninguna de esas especias es en sí misma una rareza. Allá, a la otra parte del globo terráqueo, crecen los tallos de canela de Tidore, los clavos de Amboina, las nueces moscadas de Banda, los arbustos de pimienta de Malabar, con la misma prodigalidad y espontaneidad que los cardos de nuestro suelo. Y allá en las islas malayas, un quintal de ellos no tiene más valor que en Occidente lo que cabe de los mismos en una punta de cuchillo.

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Fragmento de Magallanes: Historia del primer viaje alrededor del mundo, de Stefan Zweig. Ed. Juventud, Barcelona. Traducción de José Fernández.

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