viernes, 10 de julio de 2009

El barco perdido (4)

El recuento de Arellano continuó en el sentido de mostrar que habían llegado a Mindanao, en la parte sur de Filipinas, donde encontraron indígenas acostumbrados a ver extranjeros e incluso conocedores de la religión católica.
Venida la mañana, que fué a postrero del dicho mes de Enero, vinieron tres indios a un cerro alto, frontero del navío y comenzaron a dar voces. Dijéronle al piloto por señas que saltasen a tierra; él les dijo que viniesen al batel. Uno de ellos se arremangó para entrar en él y los otros no se lo consintieron. Entonces el piloto les echó un bonete colorado en tierra y tomaron y alzaron las manos hacia el cierlo, como señal de paz. Venían vestidos de algodón con sus dagas en la cinta y tablachinas (escudos) y lanzas y en esto conocimos que estábamos en las Filipinas, así como en el buen tratamiento de ellos.
Por la tarde aparecieron en la playa como treinta o cuarenta indios con sus lanzas y tablachinas. Delante de ellos venía uno que era el Principal a quien todos respetaban. Hiciéronos señas de que fuésemos a tierra y ansí fuimos el piloto y yo. Y al tiempo que saltábamos, este Principal se metió en el agua y tomando una poca de ella, comenzó a persignarse como uno de nosotros y dijo por señas que lo hiciésemos así, porque ansí se debe hacer la paz entre ellos. Para más confirmar la paz sacó su daga que en la cinta tenía e hízonos señas que se quería cortar en la barriga o en el brazo para sacarse sangre, para confirmar más la amistad; yo le quité la daga y le dije que sin eso, teníamos mucha amistad y ansí quedó contento.
Muestras de amistad.
Sacaron una cañas muy grandes y gordas, llenas de vino y antes de que nosotros las bebiésemos, bebió el Principal una vez, delante de nosotros, por darnos a entender que era cosa buena y sin ponzoña y ansí bebimos sendas veces: era el vino dulce, requemaba un poco como genibre, tenía la color como agua de canela. Se holgaron todos ellos en ver que bebíamos su vino sin asco y diéronos cantidad de cañas dules; nosotros les dimos de lo que teníamos y al Principal un pedazo de hierro que lo tuvo en mucho. Preguntámosle si había en la tierra vacas y cabras y dijeron que si y señalaban con las manos unos cuernos muy largos. Ellos se fueron contentos y nosotros mucho más con las mercedes que nuestro Señor nos había fecho.
Luego a otro día, que fué el primero de Febrero, vino el Principal con obra de doscientos indios cargados de puercos y gallinas de Castilla y unos perrillos como raposos y arroz y miel, cera, incienso y muchas cañas dulces tan gordas como un brazo y también trajeron naranjas y limones y plátanos de tres maneras.
Y hay allí muchas porcelanas muy buenas y muy finas, con pinturas de diferentes maneras, el cual barro de estas porcelanas es tan fuerte que tomando un pedazo de ella, corta un clavo como una lima, la cual experiencia la hice con un clavo.
Comenzamos a rescatar (hacer trueque) algunas cosas de comida porque teníamos mucha necesidad. No querían trocar sino por hierro, que es la cosa que ellos tienen en más. Nos preguntaban que de hacia donde veniamos: respondímosles por señas que de hacia Levante, que éramos vasallos de Su Majestad y ellos alzaban las manos al cielo y se holgaban mucho de estar allí con nosotros, aunque recelaban, porque decían haberlos hecho mal otra gente que se parecía a nosotros (¿portugueses?).
Al día siguiente vinieron las mujeres, todas muy bien vestidas con sus nagoas largas (*) y unas camisas muy galanas, con unas tocas muy delgadas en la cabeza. Holgáronse mucho con vernos, se les dió algunas cosillas que convenían para mujeres y sendos pedazos de hierro. Ellas me dieron a mí una toca de palma muy galana y otra al piloto y a Pedro de Rivero; las cuales eran de muchos colores. También nos dieron un puerco muy bueno y otro mataron allí y convidáronos a comer.
(*) Nagoas, enaguas, forma mexicana de llamar a la falda de las mujeres.
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