sábado, 26 de septiembre de 2009

La media naranja

El aspecto más impresionante de la construcción del imperio portugués en el siglo XVI fue el despliegue de sus fuerzas comerciales y militares en prácticamente todo el planeta, apenas unas cuantas décadas después del viaje de Cristóbal Colón a América en 1492. Sin mencionar las posesiones en África y Brasil, el arco que ocupó la corona portuguesa desde el estrecho de Ormuz hasta la península de Malasia y las islas Molucas representó un esfuerzo extraordinario, quizás el primer gran imperio mundial, basado en la sobreexplotación de su propia población, así como de los recursos naturales y humanos de pueblos enteros en África y Asia.




Al mismo tiempo que pescaban en Terranova, los portugueses en el siglo XVI extraían oro de Guinea, azúcar de Madeira, Sao Tomé y Brasil; comerciaban con pimienta de Malabar e Indonesia; nuez moscada y macis de Banda; clavos de olor de Ternate, Tidore y Amboina; canela de Ceilán; oro, seda y porcelana de China; plata de Japón, caballos de Persia y Arabia, algodón de Cambay (Gujarat) y Coromandel en la India (1).

Como es de suponerse, esa expansión generó el recelo de los demás poderes europeos, en especial España, que sintieron la necesidad de contener a los portugueses, primero disputándoles el control del mercado de especias en el Pacífico sur y posteriormente bajo arreglos diplomáticos propios de la política europea, pero que determinaron el destino de millones de personas en el otro extremo del mundo.

Un primer efecto fue la percepción de que el Tratado de Tordesillas firmado para la repartición del mundo en 1494 era a todas luces insuficiente. Los cálculos sobre los que se basó eran completamente erróneos y por decirlo gráficamente, el globo terráqueo se había expandido enormemente. Por principio, se contaba ya con la certidumbre de la presencia de América, pero también de la extensión inabarcable del océano Pacífico.

Los descubrimientos y avances portugueses en África y Asia en el primer cuarto del siglo XVI rebasaron la visión erudita que se tenía en Europa acerca de las dimensiones reales del mundo y confirmaron simultáneamente que el planeta era redondo; a nivel popular esa percepción se asentó rápidamente en el pensamiento humano en una sola generación, a pesar de la férrea oposición de la iglesia católica.

Si así era ¿en dónde caía el otro lado de la línea dibujada en el mapa sobre el Atlántico?

Lourdes Díaz-Trechuelo evalua la circunstancia que se vivía en aquel momento:
Es evidente que cuando las diplomacias castellana y portuguesa mantuvieron conversaciones para modificar la raya de "polo a polo" trazada por el Papa en la segunda bula Inter Caetera, nadie pensó en las consecuencias que la futura línea pudiera tener en el hemisferio opuesto, Aunque era perfectamente conocida la esfericidad de nuestro planeta, la mayor parte de su superficie estaba sin explorar. En 1494 en Europa no se sabía aún nada del continente americano: Colón había llegada a una islas que pensaba eran de Asia, y nada más (2).

_____________________

(1) C.R. Boxer. The portuguese Seaborne Empire. 1415-1825. Carcanet. The Calouste Goulbenkian Foundation, 1991. Londres, pp. 51.

(2) Lourdes Díaz-Trechuelo, Universidad de Córdoba. El Tratado de Tordesillas y su proyección en el Pacífico, Revista Española del Pacífico, No. 4, 1994.
Publicar un comentario