miércoles, 9 de septiembre de 2009

Un mercado oriental 4

Los Parianes: Manila (1608)

La corrupción y la avaricia de los encomenderos españoles en Filipinas terminaron arruinando en pocos años la riqueza anunciada por el verdor de las islas de San Lázaro, las Filipinas, al final de la ruta del Mar del Sur. Durante quince años la posibilidad de continuar disfrutando del inagotable manantial de miel de palma y leche de coco era poco menos que un espejismo. Cada año se construían hasta diez embarcaciones en el astillero de Cavite, congregando esfuerzos de cientos de trabajadores tagalos, encomendados a través del polo, o “trabajo comunitario”.

Mucho más se podria hacer, quizás hasta cincuenta barcos si fuese necesario; tanta y tan buena es la madera de estas tierras que tardará mucho tiempo antes de que los bosques desaparezcan, decía en sus cartas al Rey de España el gobernador y capitán general de las islas.

Pero la promesa acabó de pronto. La población de risueños y dóciles naturales fue extinguiéndose con preocupante rapidez por las enfermedades y el cansancio. Otros, muy pocos, se fueron a los territorios internos, cimarrones, escapados, fuera de la ley. La selva majestuosa también fue cediendo y fue haciéndose rala, menos generosa. Al cabo de poco, las cartas del siguiente gobernador general de las islas al mismo rey de la España inconmovible cambiaron de matiz: Es necesario hacer un esfuerzo para solventar las economías de esta región.

“Busque nuevas entradas, haga nuevas conquistas” responde Felipe desde el oscuro Escorial.

La entrada es para la geografía lo que al derecho de gentes era la pernada. La entrada es el anuncio oficial de posesión sobre un territorio por conquistar. Pongo mi pie en la playa de una isla que desconozco, la nombro conforme al santoral y hago formal apropiación en nombre del Rey de España. De los naturales me encargo más tarde, de saber la extensión de estas tierras, más tarde. De los problemas de estas gentes, más tarde.

* * *

Los hombres de bien, los buenos cristianos, los pocos españoles en la isla proponen al Rey iniciar la conquista de China. Los planes van viento en popa. España pondría 2,000 soldados. Otros 10,000 filipinos servirán de carne de cañón en esta empresa.

¡Armas, se necesitan armas¡ ¿Barcos, cuántos tenemos?

Se frotan las manos al pensar en los nuevos repartimientos: miles de chinos que habrán de volverse cristianos y, sobre todo, labrarán la tierra y enriquecerán al Imperio.

Los sueños de conquista se hunden en los mares de la tardanza y de la indecisión. ¿Dónde están los barcos, dónde están las armas?

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Cuando fracasaron los intentos de conquistar China, absurdos e impracticables, comenzaron los esfuerzos más realistas de mantener la posesión de las islas Filipinas por medio del comercio. El galeón permitió dejar atrás los sueños de espansión en Asia para concentrarse en lo que se tenía a la mano. El Parián se convirtió en símbolo de ese intenso intercambio con un mundo complejo donde los españoles aprendieron a convivir con los extraños. El aroma de las especias, los colores de las sedas y la riqueza de las manufacturas chinas mantuvieron vivo el interés de España en la lejana colonia.

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