domingo, 6 de septiembre de 2009

Un mercado oriental 3

Los Parianes: Manila
La algarabía del Parián no se puede comparar con nada. El nombre es tagalog y designa al mercado, centro de la vida de las ciudades en todo el mundo, lugar donde se compra, se vende, se habla y se intercambia cultura. Hablemos de los Parianes, comenzando por el de Manila y después los que se instalarán en México, en Puebla y en otras ciudades de de la América española.
Tras descargar los barcos en Cavite, la fiesta se encamina por la ruta que conduce a Manila. Esto ocurre varias veces al año con naves de todo tipo provenientes de las costas chinas, de Japón, de la India, de Malaca, de Singapur, de Borneo, de las Molucas y de las Indias (Occidentales, por supuesto). Los olores de las especias y los colores de las telas se mezclan con la variedad de lenguas que se hablan en este mercado.

Desde México sólo llega al año un galeón con soldados (armas), frailes (libros) y nuevas ordenanzas (papeles). Pero este navío llega en realidad desde Acapulco, un puerto al otro lado del océano en la mítica Nueva España, que tiene ciudades hechas de oro y plata; tanta plata que el galeón llega cargado del metal para comprar de todo en Manila.

Otras doce a quince naves son sampanes que salen de los puertos de China y de Japón. Traen porcelana, seda, herramientas, perlas, marfiles, corales.
Tibores pintados con dragones rojos alegres y amenazadores, vajillas completas al gusto del comprador con la heráldica solicitada, jofáinas, bandejas, fruteros de azul magnífico y de celadón. La seda la concentran en el Parián los propios chinos en sus alcaicerías o sederías. Las damas tienen la ventaja de venir en cualquier momento del año a comprar y a pedir la confección para momentos especiales. Seda de Kansú, seda vírgen, hilos de seda, seda bordada, juego multicolor de sedas de origen desconocido.
Ligeras embarcaciones procedentes de Malaca traen las apreciadas especias, clavo, pimienta, jengibre, galangán. Aquel viejo puerto malayo se va extinguiendo frente al comercio manilense. Su monopolio se cuartea cuando los especieros deciden vender sus productos directamente en Filipinas, desde Sumatra, Tidore, Flores, Java, Borneo, las Molucas. Cada uno tiene algo diferente qué vender y todo es muy apreciado.
Los mejores caballos llegan desde México, fuertes para la labranza, acostumbrados a estos calores, pero mucho más bajos que las monturas españolas. Monedas de plata, algodones de calidad, arreos de cuero labrado, platería, cacao, cacahuates, chocolate, cochinilla púrpura para teñir las mantas. Los padres de San Francisco han comenzado a sembrar camotes y semillas traídas de aquellos lugares (que padres tan inocentes..): aguacate (abocado le dicen los locales), guayaba (guaba), papaya (papaya), piña (pina). Otras verduras que han venido de allá se acomodan al gusto y al habla local: los sayotes y las sincamas. El chile, con su imprevisto ardor en el paladar, comienza a desplazarse como por su casa en el gusto diario de los asiáticos.
Narices
Cierto día en el Parián de Manila se recibe la orden de algún cliente de ultramar que había perdido la nariz (¿sífilis ? ¿lepra ? ¿un espadazo de honor?) para que le hagan un apéndice de madera cubierto de plata. Paga muy bien por el producto hecho en China. Al año siguiente, los chinos traen regocijados cientos de narices de todos los tamaños y materiales para los desnarigados de la Nueva España.
Nadie se las compra.
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