domingo, 5 de septiembre de 2010

Desde Acapulco

Una versión moderna de la vida del joven Felipe de Jesús, contada con el sabor de la aventura, nos permite imaginar cómo habría sido la partida de la Nao desde Acapulco, aunque algunos datos no son precisos.


"A mediados de 1590 habían llegado al puerto de Acapulco, para seguir con destino a Manila, el gobernador de las Filipinas, Gómez Pérez Dasmariñas y su séquito compuesto de ayudantes y guardias de corps. Figuraba, entre los pasajeros un joven que respondía al nombre de Felipe De las Casas, a quien acompañaba su padre don Alonso De las Casas, muy conocido en Acapulco porque tenía la concesión de proveer, a las naos que salían para Manila y al Perú, las telas para el velamen, cordajes, anclas, víveres, etc., así como también tenía el encargo de llevar la correspondencia oficial y privada que se movía para Lima y Manila, circunstancia por la que sus relaciones con los capitanes de las naves de estas rutas eran muy cordiales. El señor De las Casas tenía asiento en el Tribunal del Santo Oficio y ello le daba preeminencia en todas partes.


"La nao que estaba a punto de partir para las Filipinas tenía por nombre "Santiago", y su capitán, don Tomás de Arzola, era amigo íntimo de don Alonso De las Casas, circunstancia ésta por la que le confió a su hijo Felipe, recomendándole para el viaje, y entregándole, además, algunas misivas para sus amigos de aquella colonia; así podría el joven recomendado desenvolverse más fácilmente en los negocios que pensaba desarrollar, pues en México no había logrado sentar cabeza por sus inquietudes.


"Aprovechando esa oportunidad, hizo extensiva la recomendación al nuevo gobernador de Filipinas, pasajero en la misma nave, por lo que los mejores augurios prometían éxito al joven Felipe De las Casas; pero lejos de favorecerle en los negocios que proyectaba emprender, le sirvieron para que distrajera el tiempo en fiestas y bacanales, acabando el capital que había llevado. Esto hizo que después todos le volvieran las espaldas, lo que trajo para él una profunda decepción de lo que es la vida disipada, y se resolviera a entrar de novicio en el convento de San Francisco, dedicándose por completo a cosas espirituales".
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Tomás Oteiza Iriarte. Acapulco. La ciudad de las Naos de Oriente y de las Sirenas Modernas.  Edición del autor, México, 1965, p. 85.
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