viernes, 27 de marzo de 2009

La geografía espiritual de Filipinas


Una visión idealizada de la vida filipina. Daan sa Baryo, del pintor Rodolfo H. Herrera.
Un modo de vida en concordia con el medio ambiente.
La llamada hispanización de las islas Filipinas quedó en manos de los misioneros y frailes que ocuparon el territorio, fragmentado en miles de islas. Se ha calculado que en el siglo XVII el total de religiosos que habitaron el país llegaba a un máximo de 400 individuos, frente a una población cercana al medio millón de filipinos. Por ello se pensó siempre en utilizar la enorme cantidad de religiosos que sobrepoblaban los monasterios e iglesias en la Nueva España, pero debido a la desconfianza que la Corona tenía a los criollos se estableció que los misioneros con destino a Oriente fueran españoles. Tampoco era vista con buenos ojos la posibilidad de ordenar sacerdotes filipinos, de tal manera que el traslado de religiosos españoles hacia Filipinas, con su obligado paso por México, constituyó una corriente viajera de notable importancia a lo largo de los siglos.
En los hechos, muchos de aquellos misioneros en busca del Oriente quedaban anclados en México, debido a las dificultades inherentes a un viaje que, desde España, podría tardar cerca de dos años. Muchos de aquellos misioneros tenían en mente, como tantos otros dedicados al comercio o al ejército, llegar hasta China y Japón, sin tener paticular interés de quedarse en Filipinas.
Ante tal escasez de religiosos se intentó emplear el método de las congregaciones utilizado con éxito en México y en Perú; o lo que posteriormente, en el siglo XVII, fueron las reducciones en el Paraguay. No obstante, la diferencia sustancial radicaba en el monto de la población indígena y en su distribución geográfica en el archipiélago filipino. Para la mentalidad española, el concepto civilizatorio era precisamente el de vivir en ciudades (la polis romana), algo que vieron fructificar exitosamente en América, pero que encontró una resistencia feroz en las islas Filipinas.
El historiador americano John Leddy Phelan señala que a fines del seiscientos no se contaban más de veinte poblados en todo el archipiélgo con más de 2,000 habitantes. Hacia 1650 se calculaba que la gran concentración de Manila se dividia de la siguiente forma: la ciudad intramuros, donde vivían lo españoles, con 7,350 habitantes; el Parián, adyacente a Manila, de población china, con alrededor de 15,000 habitantes, y los suburbios con 20,124 filipinos.
La razón de los filipinos para rechazar la concentración forzada tenía su origen en su relación tradicional con el medio ambiente de la zona. La producción de arroz y la pesca en ríos y ensenadas les impedía concentrarse en poblaciones donde no podían producir lo que ellos necesitaban. La simple idea de vivir en aldeas significaba la destrucción de su modo de vida, que no podía ser reemplazado por otras tareas, como la minería, la artesanía o el comercio, tal como aconteció en América.
Luego de un primer intento, en el siglo XVI, de emplazar a las órdenes religiosas en todo el archipiélago filipino, a través de misioneros en los más intrincados lugares, fue necesaria una reconsideración estratégica que obligó a distribuir tanto a las órdenes religiosas como al clero seglar. Agustinos y Franciscanos fueron beneficiados con un amplio territorio misionero en la zona Tagala, en Luzón, la principal isla de Filipinas tanto por superficie como en población. Le seguían los Jesuítas en esa misma zona. los Dominicos asumieron la responsabilidad de la comunidad china, cuya mayoría habitaba el Parián en Manila, así como Pangasinan, Cagayan, Pampanga e Ilocos, esta última una de las más ricas y fértiles provincias del archipiélago. Los Franciscanos se ocupaban de la provincia de Camarines, donde se habla Bikol y Cagayan. “Las islas Bisayas fueron divididas –menciona Phelan- a lo largo de líneas linguísticas y geográficas entre Agustinos y Jesuítas".
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Phelan, John Leddy. The Hispanization of the Philippines. Spanish Aims and Filipino Responses, 1565 – 1700. The University of Wisconsin Press. Madison. 1959. Capítulo IV. Pp, 41 -71.



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