domingo, 15 de marzo de 2009

El idioma español en Filipinas

Sorprende de verdad que en Filipinas, después de tres siglos de dominación colonial española, la población es profundamente católica, pero no habla español. El tagalog y varias otras lenguas regionales dominan el espacio cultural de las islas, teniendo al inglés como lengua unificadora, pero no al idioma español. Al mismo tiempo, es muy frecuente que los filipinos se refieran a sus antepasados como mestizos, castila (por castellanos) o españoles. Detrás de ello existe el interés de poseer y mostrar un pasado de abolengo español que no necesariamente existe. ¿Cómo explicar esta curiosa situación, de un país que se reclama de origen hispano y que no habla ese idioma?. Una posible respuesta es la forma en que el lenguaje es el código para transmitir el rito del poder y como se sabe, el poder no se comparte.

Es dable suponer que la corona española decidió, en algún punto al principio de la colonización de Filipinas, no transmitir la lengua española a la población nativa. Las razones son muy variadas, pero encuentran sus raíces en la experiencia colonizadora efectuada en América, que entregó a la variada población indígena una nueva lengua franca, el español. Por ello, el asunto cobra relevancia para México, tanto  como el tema del translado (la traducción) de las prácticas colonizadoras de América hacia Filipinas. El interés de ello reside en que en tal proceso se mezclaron muchos elementos que no povenían de la península española sino preponderantemente de México.

Los misioneros que zarpaban de América con el propósito de evangelizar a las poblaciones en Asia llevaban consigo la experiencia que habían acumulado entre los indígenas mexicanos con decenas de lenguas. La gran empresa hispanizadora se fue diluyendo, sobre todo en cuanto a la propagación del idioma español, aunque tuvo brillantes momentos al inicio del período colonial en el siglo XVI.

Martín de Rada, misionero agustino en México y Filipinas, es quizás el caso más relevante de esta transformación. Misionero que trabajó de 1560 a 1564 en el actual estado de Hidalgo, en México,  compiló un diccionario en lengua Otomí. En 1564 pasó a Filipinas, donde reinició su trabajo evangelizador y nuevamente desarrrolló un diccionario tagalo-español. Aparte de su innegable estatura humanística, Rada representa el espíritu misionero de una generación indómita (1). 

Este tipo de esfuerzos fue dejando paso a una actitud menos comprometida con la propagación del idioma.

En Filipinas el poder colonial estuvo dominado por el estamento religioso, pues los frailes se convirtieron en la cabeza absoluta de las remotas  y dispersas comunidades y pueblos, donde fungían también como representantes de la corona española. En la figura del misionero, convergían los poderes seculares y espirituales o, dicho de otro modo, “el cura del pueblo fue un representante, no sólo de la voluntad del Rey sino de la divina voluntad. Por este gigantesco poder los indígenas se resistieron a someterse completamente al Cristianismo y a aquellos a quienes les impusieron su resistencia” (2). Las comunidades religiosas, después de los comerciantes, eran las que se beneficiaban más del comercio del Galeón.
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1. Pedro A. Galende. Apologia Pro Filipinos. Manila. Salesiana Publiching, 1980.
2. Vicente L. Rafael. Contracting Colonialism. Translation and Christian Conversion in Tagalog society under Early Spanish Rule. Ateneo de Manila, 1988. Manila.

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