domingo, 2 de mayo de 2010

Dos mujeres: América y Asia

En el imaginario misionero, las revelaciones, los sueños, las profecías, eran interpretadas como una suerte de ilustración de lo ya escrito siglos atrás en la Biblia. Es por ello relevante que en el siglo XVI las crónicas de la orden franciscana en México mencionaran un sueño que tuvo el primer provincial, el multimencionado fray Martín de Valencia.

En ese sueño aparecían dos mujeres a ambos lados de un río, cada una con un niño en brazos. Las dos pedían ayuda del franciscano, que observaba la diferencia entre ellas:
La una destas mujeres era fea y su hijo también y legañoso; la otra era hermosa y por semejante el hijo era también hermoso y muy graciosito.
Cabe resaltar que el texto forma parte de la historia oficial franciscana en México, escrita por uno de los iniciadores, Francisco Jiménez.
Y queriendo pasar el río la fea, no podía y entró en el agua con temor e iba titubeando para caer, e las olas la turbaban e impedían, pero con todo su trabajo y temor pasó el río. La otra mujer hermosa, antes que entrase al rio el niño estaba en sus brazos mirando el hito al siervo de Dios y con cara alegre y riendo alargando la mano, mostraba que deseaba mucho pasar a donde él estaba, y luego que la madre entró con él en brazos, pasó muy ligeramente y sin temor el río que ningún impedimiento recibió de las olas de la corriente.

E fuele declarado en espíritu que aquella mujer fea es esta nueva España y la iglesia della, cuyos hijo e hijos, esto es, los convertidos, son sarnosos y legañosos en sus principios y con trabajo pasan las ondas deste mundo, pero en fin llegan al puerto...
La segunda mujer, según todas las interpretaciones representa la feligresía asiática, aún por conquistar, que resultaba mucho más atractiva que las masas indígenas americanas.
La otra mujer hermosa y graciosa, cuyos hijos también son hermosos, esto es, varones buenos cristianos y espirituales y graciosamente y de voluntad sin compulsión se convertirán y serán constantes en la fe y guarda de la ley de Dios, y serán graciosos delante de Dios, y esto es lo que representaba aquel niño hermoso y gracioso que en sus brazos tenía.
Lothar Kanuth afirma que este sueño "era una versión -más adecuada para los castos frailes- del episodio bíblico del matrimonio por servidumbre de Jacobo con la desaventajada Lea (como metáfora de la misión americana), esperando el primero en las deseadas segundas nupcias con Raquel (como símbolo de los pueblos del este de Asia)"

* * *
Cuán poderoso sería aquel sueño, que movió al provincial franciscano a intentar la aventura de viajar a Asia. Otro cronista, Gerónimo de Mendieta, lo narra de la siguiente manera:


Después que el siervo de Dios Fr. Martín de Valencia hubo predicado y enseñado, juntamente con sus compañeros, la palabra de Dios en México y en las provincias sus comarcanas por espacio de ocho años, quiso, a ejemplo de nuestro Redentor, ir a otras ciudades y tierras a predicar y enseñar su Santo Evangelio.
En los mismos años en que Cortés buscaba la salida por el Mar del Sur, los franciscanos que eran favoritos del conquistador lo acompañan en su viaje al istmo de Tehuantepec.

Y como fuese prelado, dejó en su lugar un comisario, y de sus compañeros y de otros que de España habían venido en su busca, tomó ocho compañeros, y con ellos fue a Teuantepeque, puerto en el mar del sur, que dista de México más de cien leguas, para allí se embarcar y ir adelante; porque siempre tuvo como cosa cierta el varón santo que había otras muchas gentes que descubrir por la mar del sur.

Y para este viaje que tanto deseaba, el marqués del Valle le había prometido navíos que le pusiesen a él y a sus compañeros por la derrota que su espíritu le dictaba, adonde Dios los guiase, y allí libremente predicasen el Evangelio de Jesucristo, sin preceder conquista por medio de armas.

Estuvo en Teuantepeque esperando los navíos siete meses, que para aquel tiempo habían quedado los maestros de darlos acabados, y para mejor cumplir su palabra, el marqués desde su villa de Cuernavaca (a do era su continua residencia, que está once leguas de México), fue en persona a Teuantepeque al despacho de los navíos. Mas con toda la diligencia que él pudo poner, no se acabaron en aquel tiempo, porque en esta tierra con mucha dificultad y costa y muy a la larga se echan los navíos a la mar.

Parece que aún no era llegado el tiempo que aquellas gentes se descubriesen. Ni tampoco quiso Dios que faltase la presencia de tal padre a estas plantas tan tiernas en la fe. Ni quiso (como luego lo diremos) que de los doce que él había escogido para principio y fundamento de esta conversión, alguno de ellos se ocupase en otra empresa.
Pues viendo el siervo de Dios Fr. Martín, que los navíos le faltaban, y que el capítulo de la custodia se acercaba (para el cual él tuvo entendido que sería de vuelta, dejada ya descubierta otra gente), volvióse a México, dejando allí tres de sus compañeros para que acabados los navíos fuesen en ellos a descubrir.
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Francisco Morales, OFM, De la utopía a la locura. El Asia en la mente de los franciscanos de Nueva España: del siglo XVI al XIX, en Órdenes religiosas entre América y Asia. Ideas para una historia misionera de los espacios coloniales. Elisabetta Corsi, Coordinadora. El Colegio de México, 2008, p.68.

Lothar Kanuth. La ruta de los evangelios, en El Galeón del Pacífico. Acapulco-Manila. Gobierno Constitucional del Estado de Guerrero, México, 1992, p.120.

Fray Gerónimo de Mendieta. Historia eclesiástica indiana, editada por Joaquín García Icazbalceta. Libro cuarto, capítulo X. De las jornadas y misiones que a los principios se hicieron para descubrir nuevas gentes. Y cómo el Señor no permitió que alguno de los doce se emplease en otra parte. Disponible en www.cervantesvirtual.com.
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