sábado, 13 de agosto de 2011

Arte barroco

Un buen consejo para acercarse al tema del arte es procurar alejarse de lo que podría ser el gusto personal, las preferencias subjetivas por un determinado período cultural. Esta paradoja abre una sana distancia frente a la fascinación que puede producir un texto, una mirada a la arquitectura, una escultura o un cuadro y, por supuesto, al encuentro con la música de un determinado período.

Nos guste o no el arte barroco, éste proporciona claves muy claras de interpretación histórica, política y económica, del período del que se ocupa este blog. A partir de la definición elaborada por el historiador Werner Weisbach, que coloca el arte barroco como un instrumento de la política de la iglesia católica para contrarrestar el desafío de la cultura protestante en Europa, es ampliamente aceptado el sólido vínculo que existió entre la Contrarreforma y las expresiones barrocas del siglo XVII y hasta mediados del XVIII. 

En esta relación es posible distinguir al menos dos elementos: el papel de la Compañía de Jesús como actor central en la estrategia de defensa del Papado frente al embate del protestantismo, y el ingenio utilizado para impulsar las expresiones artísticas dentro de los objetivos religiosos.



Pero,  ¿por qué abordar este tema en un blog sobre la relación transpacífica? Porque el encuentro cultural que involucró de manera integral a Europa con América y Asia tuvo algo más que rasgos barrocos. Ya hemos visto aquí expresiones propias de aquella época, el temor a la muerte por ejemplo en el mar; las aportaciones al lenguaje como resultado de la aparición de nuevos objetos y sujetos; la música como interpretación/traducción entre culturas lejanas. El barroco constituyó el marco cultural del encuentro en aquella primera globalización. Se desplegaron toda suerte de herramientas culturales para ampliar la mirada del mundo, con el propósito de abarcar a todo el planeta.





La Compañía de Jesús definió sus objetivos a través de la defensa del poder terrenal de la iglesia católica y de su papel central en la vida de todo el mundo conocido, Europa, así como en los espacios recién descubiertos en América o en Asia. La centralidad de la iglesia en la vida de Europa implicaba un acercamiento del ritual cristiano, renovado después del Concilio de Trento, para acercar a esa iglesia a la vida cotidiana de sus fieles. Es pues un reconocimiento de la necesidad de renovación.

Lo anterior fue trasladado conscientemente para ofrecer una imagen más elevada y precisa en el sentido artístico, que se tornara atractiva para la población; una pedagogía religiosa. En ese medio representativo destacarían la pintura y la música.


En el sentido contrario, la demanda de arte religioso en América y en Europa incentivó la elaboración de exquisitas piezas por parte de artistas asiáticos, con técnicas y materiales de aquellas latitudes.  
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Weisbach, Werner, El Barroco, arte de la Contrarreforma, Madrid, Espasa-Calpe, 1948.
Foto del blog Vamos al Bable dedicado al Museo Nacional del Virreinato, México.


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