jueves, 7 de enero de 2010

La curiosidad de Caboto

Una de las misiones de Saavedra era localizar el paradero de la expedición de Sebastián Caboto, italiano al servicio de España, que el emperador había enviado poco después de la de Loaisa. La flota que se organizó con este propósito había zarpado del puerto de La Coruña el 3 de abril de 1526, compuesta de tres naves y una carabela. Seguía en esencia la misma ruta de Magallanes y de Loaisa, pero la curiosidad de Caboto la llevó a un destino completamente diferente.

La flota llevaba unos 200 hombres, entre los que se encontraban dos tripulantes sobrevivientes de la nave Victoria de Magallanes, Martín Méndez y Miguel de Rodas. Como en la flota de Magallanes, se incorporaron muchos extranjeros: italianos, ingleses, un holandés, un portugués y un alemán.

Caboto dedicó tres años a explorar por el Río de la Plata, en la actual Argentina, por lo que no continuó con la ruta original. De regreso, Caboto fue procesado y declarado culpable y responsable de desacato por un tribunal. Su nombre ha pasado a la historia, manchado por la acusación de traidor y oscurecido en muchas de las crónicas de exploraciones de aquel azaroso inicio del siglo XVI. Carlos V perdonó al marino y le devolvió el cargo de Piloto Mayor. Poco después, Eduardo VI, Rey de Inglaterra le ofreció el mismo puesto en la marina inglesa, a lo que el navegante aceptó.

Ante la duda histórica sobre el valor de los descubrimientos de Sebastián Caboto, la investigadora italiana Ilaria Luzzana Caraci señala que buena parte de la leyenda negra que existe sobre el navegante se debe a una interpretación de historiadores del siglo XIX, embebidos por el sentido nacionalista que dominó muchas de las recopilaciones de viajes.
A causa de la falta de una documentacón suficientemente exhausitva, señala Caraci, y sobre todo digna de fe, las vicisitudes de Sebastián Caboto. como la de otrosnavegantes y exploradores, de la primitiva historia americana, han sido recontruidas a fines del siglo pasado (XIX) basándose en criterios no sólo históricos sino también y ante todo morales, fuertemente condicionados a su vez por prejuicios nacionalistas de aquella época.
Con gran ingenuidad y con escaso sentido histórico, se ha dado así por descontado que Sebastián Caboto y sus contemporáneos pensasen y actuasen como era lógico, moral y patriótico pensar y actuar tres siglos más tarde.
Sebastián Caboto tuvo ante todo la gran culpa de ponerse al servicio de dos grandes potencias marinas, interesadas ambas en una expansión transoceánica y por tanto rivales. Esta rivalidad pesó en los acontecimientos de su vida y aún más en la manera en la que fueron juzgados. Luego, a menudo, éstos fueron intencionalmente envueltos en el misterio, y por esto los documentos que han llegado hasta nosotros logran dar tal vez sólo una imagen distorcionada o parcial.
Aún hoy se habla de las gestas marítimas como producto exlusivo de una nación, desconociendo el hecho de que en ellas participaron personajes provenientes de múltiples nacionalidades o si se quiere, de espacios diversos, antes de que se formara propiamente el concepto moderno de nacionalismo y patria.

Las contribuciones de Caboto, por aproximaciones sucesivas, ayudaron a reconocer los extremos norte y sur del continente americano. Llevó hasta el final de su vida la idea de que existía un Paso del Norte, entre los hielos de la actual Canadá, que conduciría directamente hasta China.
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Ilaria Luzzana Caraci. Navegantes Italianos. Cap. VII. Sebastián Caboto: La esfinge de la historia americana. Ed. Mpfre, Madrid, 1992, pp. 231-255.


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