sábado, 5 de octubre de 2013

Defensores del esclavismo

La historiografía del Pacífico tiende a olvidar aspectos amargos del intercambio humano a través de ese enorme océano. A excepción de estudios especializados, se conoce poco el tema del tráfico de seres humanos en sus diversos matices, que van de forzados y reclutas, migrantes involuntarios, hasta esclavos en toda la forma.  En cambio es común la descripción de viajeros que por voluntad propia transitaron de un punto a otro en ese inmenso recorrido marítimo y en afortunadas ocasiones dejaron testimonio escrito de su experiencia. Documentos históricos dispersos, en espera de nuevos investigadores, conservan la historia no escrita incluso cuidadosamente oculta de la experiencia esclavista en el Pacífico.

Es importante señalar que en el período inicial de la ruta del Galeón, toda la movilización humana de aquella época se realizó conforme a un sistema integrado bajo los poderes imperiales español y portugués, especialmente en el período en que las coronas estuvieron unificadas entre los años 1580 y 1640.  En ese sistema, paradójicamente, se integraron desde el siglo XVI y hasta el siglo XVIII los otros poderes europeos en disputa por Asia y el Pacífico: la Compañía Holandesa de Indias y tardíamente también los intereses de Inglaterra. Cientos de miles de seres humanos pertenecieron a ese trasiego económico y cultural, en una gran proporción de manera forzada, involuntaria, sometida. Visto de esta manera es posible encontrar un vínculo que relaciona a negros africanos en Filipinas, China o India; malayo-filipinos marineros en las galeras de los galeones; esclavos del sur y sudeste de Asia y hasta de Japón y China en Europa o América. Era un sistema integrado, quizás el primero verdaderamente global.

Antes, como ahora, sigue habiendo poca claridad en la descripción de la variedad de formas de sumisión laboral que prevalecían en diversas culturas en Africa, Oriente Medio, India y el Sudeste de Asia. Los colonizadores utilizaron hábilmente el concepto que para ellos era más adecuado al tomar prisioneros legítimamente como presas de guerra y comerciar con aquellos individuos, hombres, mujeres, niños, que en sus comunidades estaban obligados a trabajar sin retribución, principalmente por deudas y también por otras razones sociales. El tránsito era sencillo para convertirlos en esclavos y transportarlos a cualquier rincón del mundo. Por principio de cuentas, a los ojos de los europeos, eran infieles, no católicos, y por tanto susceptibles de ser prisioneros producto de una guerra justa

Paulatinamente ha emergido un mejor conocimiento de este fenómeno, que formó parte del sistema comercial y de dominio en el planeta. Mucho se sabe de las hornadas de esclavos africanos con rumbo a América, pero aún existe un velo de silencio en cuanto a la migración forzada asiática hacia el nuevo continente. En las próximas entradas de este blog intentaremos mostrar parte de tales investigaciones que permiten ver de manera más clara, primero la confusión existente entre esclavitud organizada, llana y clara, y las formas de manumisión preexistentes en las sociedades asiáticas. En segundo lugar, la sorda lucha que existió en las élites imperiales para contener el abuso sobre los pobladores y tratar de apegarse a valores consagrados en las leyes de la religión, con muy pobres resultados.

Filipinas, punto de llegada y punto de partida

Hemos abordado el tema del esclavismo entre Filipinas y la América hispana desde varios ángulos, comenzando por el abuso del régimen de encomienda. También se han descrito las formas que se usaron para enmascarar la trata de personas y la demanda de esclavos entre las élites hispanoamericanas. Una serie de textos nos ha permitido recordar que también mexicanos de origen humilde sirvieron obligados como soldados o reclutas en tierras asiáticas. El destierro tanto en Filipinas como en América fue el destino final de muchos insurrectos. En suma, viajeros involuntarios. Volvamos al principio.

Desde la fundación de Manila, se debatió la legitimidad de tener esclavos filipinos. Por lo general se argumentaba que la esclavitud que hacían los filipinos de sus propios pueblos era moralmente tan negativa como hubiera sido la esclavitud entre ciudadanos españoles. En 1574 el Rey Felipe II, teniendo conocimiento que “hay muchos indios privados de su libertad y que han sido tiránicamente esclavizados” nombró un ministro para investigar estos casos y restaurar la libertad natural de las víctimas.


Iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, Malate, Manila.


En 1582, bajo la guía del primer obispo Domingo de Salazar, dio inicio en la Catedral el Sínodo de Manila, que congregó a 90 religiosos y tomó conocimiento de las opiniones de todos los sectores de la nueva comunidad reunida en la ciudad, incluso de los jefes indígenas. A lo largo de cuatro años abordó temas delicados y de trascendencia para todo el imperio, como la legitimidad del uso de la mano de obra indígena, la recolección de tributos, la legitimidad de la esclavitud, la enseñanza de la religión, la traducción y publicación de doctrinas en otras lenguas distintas al español, y en general el tema que hoy llamamos derechos humanos. El Sínodo concluyó que de “veinte o más formas de esclavismo, ninguna es justificable” aunque el obispo Salazar pensó “que algunos son esclavos legítimos”. A la distancia, ese evento marcó la pauta de lo que era el abuso sobre las poblaciones y aún cuando las prácticas semi-esclavistas o el descarado esclavismo continuaron se atemperó la legitimidad de esta acción.

Todos los europeos dueños de esclavos pensaban que la abolición general de la esclavitud no sólo sería injusta, sino que produciría una disrupción social y económica en la colonia, si no es que una rebelión. La Asamblea General de 1586 propuso una fórmula para reducir gradualmente el número de esclavos y que fuera aprobada por el Rey: todos los niños deben nacer libres (ley de vientres libres), no se harán nuevos esclavos y se debe fijar un precio justo para que los esclavos paguen su libertad si pueden.

En Madrid, una comisión real aprobó el plan, pero el Rey no lo puso en práctica. En cambio, instruyó al gobernador Gomez Pérez Dasmariñas para poner en práctica la vieja ley que negaba el derecho de los españoles a tener esclavos filipinos. Felipe II trató continuamente de proteger a los filipinos de los abusos de los españoles, pero nunca quiso ni en este caso intentó reestructurar a la sociedad filipina.

Múltiples crónicas de los siglos XVI y XVII mencionan la persistencia de la esclavitud entre los filipinos y atestiguan las variaciones de precios de la mercancía. En cierta medida, los españoles se acostumbran a ver a ese mercado de manera natural, que sólo inquietaba un tanto porque cuando los españoles preferían negros para el trabajo pesado, el precio de éstos aumentaba, comparado con el de los indios.

Los esclavos no filipinos, procedentes de diversas regiones africanas, de la India y en general de los dominios portugueses constituían un jugoso comercio que generaba dos tipos de conflicto: el pago de impuestos y la seguridad. Por una parte, la queja de la Audiencia de Manila era que esa importación de esclavos no pagaba impuestos, se cometían muchas ofensas a Dios en los barcos cargueros, y la presencia de un ingente número de esclavos negros amenazaba la seguridad de las islas. En 1605 se reportó la presencia de muchos esclavos que huyen y cometen desmanes. "Que hay muchos negros esclavos traídos por los portugueses que huyen se convierten en borrachos y salteadores" AGI Filipinas 27-51-310r-336v (1605).

Por lo tanto, en la práctica, el esclavismo en Filipinas se mantuvo como una institución legal en la colonia, y su legislación actuó sólo para remediar los excesos. Trató, por ejemplo, de que cada esclavo sólo tuviera un amo. En 1598 la Audiencia dictó que cuando se establezca un estado (negocio) los esclavos no deben ser compartidos sino vendidos y la ganancia dividida, o si uno de ellos retiene un esclavo, esta parte debe pagar a la otra por los derechos de ésta. Pero al año siguiente, en 1599, reconsidera y ordena que los abogados y fiscales deben seguir la costumbre local en cuestión de “esclavizaje, división de herencias, esclavos, matrimonio, dotes y otras cosas”. 

Una nota de Tatiana Seijas señala: "Real Cedula...sobre sacar de la ciudad de Manila a los 400 o 500 negros libres y libertos que en ella había, por los robos que hacían ayudados de los esclavos y desordenes que provocaban. La ciudad pretendía que se les expulsase a 9 leguas y los Jesuitas ofrecieron una isleta que tenían en el río para que se poblasen allí y darles doctrina junto a los chinos. Se considera que esto también puede ser peligroso." AGI Filipinas 330-4 40v-42r (1638).
Volveremos sobre este enorme asunto.
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William Henry Scott. Slavery in the Spanish Philippines. De La Salle University Press. Manila. Segunda Edición. 1994.

Tatiana Seijas. The Portuguese Slave Trade to Spanish Manila: 1580-1640. Itinerario. Volume 32 (March 2008), Issue 1. Published online 11 January 2010.

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