sábado, 7 de enero de 2012

Planes de invasión

A lo largo de casi una década, de 1592 a 1600, un puñado de soldados y frailes españoles entró en el reino de Camboya, se hizo de un gran poder, para al fin perderlo todo. Los capitanes de esta aventura, con nombres dignos de una novela, eran peninsulares: Juan Juárez Gallinato, Diego Belloso y Blas Ruiz Hernán González, quienes vivieron una de las historias más extrañas y fantásticas de la conquista de las Filipinas, a finales del siglo XVI. Mientras los líderes de esa campaña eran españoles, cabe suponer que la tropa anónima era mexicana, compuesta por colonos, marinos y mercaderes llegados de la Nueva España.

La invasión de Camboya podría atribuirse al espíritu caballeresco de los españoles quijotescos, avant la lettre y, entre ellos, algunos nuevos mexicanos que, habiendo pasado por tierras de la Nueva España, terminaron sus vidas en Filipinas por aquellos años. Pero a diferencia del humanismo cervantino, estos quijotes simplemente actuaban en razón de intereses mezquinos. Una revisión de los hechos que condujeron a la invasión de Camboya por tropas españolas arroja interesantes elementos para apreciar que, entonces como ahora, existen reglas inviolables del trato internacional, de la cortesía y del derecho.

La aventura de Camboya puso de relieve el dilema de invadir la región del Mekong para enviar allá a la escoria que pululaba en América y que también llegaba a Asia. Desde un principio, la preocupación de poblar Filipinas con gente blanca y decente fue un prurito de la Corona española.

En la práctica, el problema era que la población criolla que abundaba en México, en permanente demanda de privilegios de clase, si tenía los rasgos físicos que tanto aprecian aún ahora en la televisión y en las revistas de sociales, pero constituía una pesada para el erario y para el mantenimiento del orden en la Nueva España (*).  El excedente de aquella población desempleada se enviaba a las islas a realizar tareas militares y administrativas aunque, en realidad, era una especie de honorable destierro. Hemos tratado el tema de los forzados y reclutas en notas anteriores.

En México se acostumbraba decir a los indeseables: mándalo a Filipinas. Estos mexicanos de mala fama adquirieron el mote de Huachinangos (red snapper) entre los filipinos, quizás por su color, pero más por su carácter arrogante y advenedizo... los ancestros de nuestros políticos de oportunidad, los arribistas de todas las épocas.






En el año 1593 el gobernador de Filipinas, Gómez Pérez Dasmariñas, se quejaba amargamente de que llegaban de México personas de muy mala calidad.

En México ay un abuso, que para limpiar aquella tierra de fascinerosos y malos los destierran a título de soldados, que sirvan a V. Md. (Vuestra Majestad) y no son buenos sino para estragalla (estragarla, echarla perder), pegando los malos vicios y costumbres que de allá sacaron a los de acá: que en una república que ahora nace es de mucho inconveniente a su principio, a lo cual no avían de passar (a Filipinas) sino los hombres más enteros, qualificados y virtuosos, y assi están desacreditadas estas yslas, de que aquí no llega un hombre de bien; suplico a V. Md. lo mande considerar y remediar, con que si fuere posible, la gente de guerra que aquí viene sea de la buena de Castilla, y de allá venga y lo mismo si hoviere lugar sea de los religiosos, que no vengan de México, sino de los reynos de Castilla, y los más escenciales y exemplares.

Podría parecer, simplemente, que los españoles atribuían todos los males a los novohispanos, sin ver sus propios defectos pero, más que cierto chovinismo, la corrupción era rampante en las colonias españolas, tanto en América como en Filipinas. Una carta escrita en Filipinas por el padre agustino Alonso de Vico, dirigida al obispo de Nueva España, muestra la desesperación de algunos pocos que veían la grave descomposición social que prevalecía en la joven colonia:

El estilo de la Nueba España de los hombres pobres para hacerse ricos, es pensar tener un hijo frayle que luego al mismo punto es rico, porque los conventos son ricos y los bienes de la orden que debrían gastarse en servicio de Dios se reparten entre los priores y provinciales, de modo,  que ya están introducido que los priores, demás de la coleta (el estipendio, sueldo) que se da señalada por la provincia al provincial, se le a de untar las manos muy bien (ahora decimos en México dar mordida) y que aquel es mejor prior que unta las manos (...)

Más adelante afirma ante el Obispo:

(...) testigo soy de vista que de un convento nuestro llamado Chilapa (en el actual estado de Guerrero, en México) sacó el provincial dinero y ropa y otras joyas más de quatrocientos ducados y que vinieron unos indios a quexarse del prior, porque más de treinta leguas les havía hecho ir cargados al puerto de Acapulco a costa de los mismos indios, y no les quiso pagar nada, y el provincial que es aora de la Nueba España Fray Juan de Contreras tenía una hermana que no era rica, y aora lo es notablemente, y a este tono son todas las cosas de la Nueba España.

... y continúa lamentándose, porque:

Más aunque esto está perdido, sin comparación está más esta pobre y miserable provincia de las Philipinas, porque los males de ellas andan tan públicos que los religiosos de ella no sólo son escándalos a los fieles a cuya vista estamos (...) porque esta provincia está tan apoderada de criollos, que no se usa sino los mismo que en la Nueba España y con más publicidad y libertad; hay religiosos que tractan y tienen grangerías (hacen negocios); no se habla de letras ni de estudios, porque dizen que en esta provincia no son necesarias las letras.
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Carta transcrita por W.E. Retana en su edición de Sucesos de las Islas Filipinas, México, 1609. Eds. Polifemo, Madrid, 1977, pp. 194-195.

(*) La migración proveniente de otros territorios americanos, como el Virreinato del Perú, era muy limitada en Filipinas.
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