domingo, 12 de diciembre de 2010

Misiones japonesas en Manila

El juego del espejo invertido permite entender de mejor manera el complejo entramado de relaciones que existía en Asia al final del siglo XVI, en el que los europeos sólo eran parte del conjunto de intereses de poderes ascendentes en Japón y China.

Un primer caso ha sido estudiado por Lothar Knauth (1) y es el del corsario, gobernador, comerciante japonés Kamei Korenori, que usaba el título de Señor de Taiwán (Taishu no Kami). Este personaje juraba lealtad al shogún Hideyoshi y el nombre que ostentaba era más el deseo de mostrar su poder que la realidad. "como descubridor de las minas de plata de Sakai (...) se interesó en el comercio en el sureste de Asia, interés del que participaban otros daimyo y mercaderes".

En ese caracter, en el año 1587 llegó a Filipinas una misión comercial japonesa enviada por el Daimyo Jirado o Reino de Firando, como decían las cartas con las que Santiago de Vera, Presidente de la Audiencia de Filipinas, informaba al virrey de México, Don Álvaro Manrique de Zuñiga, Marqués de Villa Manrique. El ofrecimiento japonés consistía en apoyar con hombres armados a los españoles en Filipinas:
y así las veces que se le mandase y avisase que hay necesidad alguna para su servicio de gente de guerra, el dicho rey y otro rey cristiano, su amigo, llamado don Agustín, enviaría los soldados que se le pidiesen, bien armados y a poca costa:
De acuerdo a Knauth,el enviado japonés llevaba otras intenciones ocultas, como sería aliarse con filipinos y convertir a las islas en protectorado japonés.

Existen al menos otros dos documentos que dan cuenta de la presencia japonesa en Filipinas en aquellos años. Knauth cita un testimonio de 1587 dado frente al obispo Domingo Salazar por un grupo de japoneses. La declaración se tomó el 4 de julio de 1587 y la firmaron once testigos que llegaron desde Jirado en barco, pero que eran residentes de Jakata, Bungo, Miyako (Kioto), Sakai, Jigo. De Jirado vino solo Andrés González Aburaya Jakadiro. Como interpretes se mencionaba a dos japoneses, Nicolás Báez y Luis Fernández.

El testimonio empieza con una descripción de las islas principales -Miyako, Shikoku y Kiushu- y de las sesenta y siete provincias que entonces formaban Japón. Exponían que todos hablaban la misma lengua y que reconocían al Kampaku Jashiba Chikusen no Kami -es decir Jideyoshi- como "Rey en Miyako", con excepción del rey de Satsuma que se había rebelado y contra quien el Kampaku estaba en guerra. Agregaban que el "Kampaku-dono" había dominado durante seis años sólo el distrito de la capital, pero que en los últimos tres años había llegado a ser el señor de todo el Japón.

Dioses y costumbres

El relato que utiliza Lothar Kanuth fue recuperado por Johannes Laures en 1941 (2). Aquellos japoneses en Manila señalaban que como dioses tenían a Amida y Shaka, cuya fe había venido de Siam y Cambodia y que antes de ellos, reconocían al "Kami" como su dios. Además de alguna información sobre sus costumbre funerarias, hablaban de sus órdenes religiosas. Éstas tenían su "gran monje",el "gren rey" de la capital. La justicia civil colaboraba con los monjes sobre el equipo litúrgico de sus templos. La entrevista trataba problemas seculares, tales como la forma de pagar tributo, que se daba directamente al señor local, quien enviaba una parte de éste al "rey de la capital". Informaban sobre las costumbres matrimoniales y actitudes hacia la esclavitud y había declaraciones sobre comida y bebida -arroz y vino de arroz- las que conducían a los problemas de siembra y consecha.

Otras secciones trataban el sistema judicial y los estudios médicos. Incluían información acerca del calendario, días de fiesta, manera de medir el tiempo, así como la navegación marítima y el sistema monetario. Al contestar las preguntas sobre sus industrias y otras ocupaciones, señala Lothar Knauth, aclararon que en el Japón los mercaderes eran muy respetados, lo cual tal vez prueba que los testigos eran todos mercaderes, por lo que sin duda el Japón de Jideyoshi le daba gran valor a las artes comerciales.

Debido a que el obispo Domingo Salazar abrigaba intenciones de promover las misiones de las órdenes mendicantes en el Japón, el interrogatorio sobre las actividades de los jesuítas fue extenso y llevaba el asunto hacia el problema de si los japoneses aceptarían otras órdenes religiosas. La contestación fue no sólo afirmativa, sino que tres de los japoneses firmaron otro documento en el que solicitaban al obispo el envío de frailes descalzos. Y como ellos habían presenciado la llegada de un grupo de dominicos, le pareció "que ninguna religión será más a propósito que la de Santo Domingo".

En su propia declaración, Domingo de Salazar señaló que de ahí en adelante podrían conocerse en España las "verdaderas condiciones del Japón" y que nadie tendría que depender de la tendenciosa información de los jesuítas. Ahora sería necesario romper las restricciones que el Papa y el rey de España habían impuesto a las órdenes mendicantes y enviar franciscanos y dominicos. Porque:
según el dicho intérprete dijo, los dichos japoneses mientras se escriba los arriba dicho, estaban entre si y decían que si en (Miyako) viesen los religiosos de San Francsco, que ahora vinieses a estas islas, lloraran con ello de placer y los recibieran como a ángeles del cielo.
Existían ahora, concluye Knauth, iniciativas del lado japonés, para poner a las Filipinas y el Japón en un contacto oficial más cercano. Los jesuítas hubieran querido prevenir esto a toda costa, pero los acontecimientos de Kyushu mostraban que no tenían medios para asegurarse la exclusividad y que la idea de la tutela jesuíta era una quimera. La suposición de que el Japón estaba separado del resto de la cristiandad, que carecía de comunicaciones, había sido desruída con la visita a Jirado. Ahora los de Jirado, al corresponder con otra visita, hacían las relaciones definitivamente bilaterales.
_____________
(1) Lothar Knauth, Confrontación Transpacífica, El Japón y el nuevo mundo hipánico, 1542-1639, México, UNAM, 1972. Cap. IV. España y Jideyoshi: dos conceptos de paz y amistad, pp. 121-124.

(2) J. Laures. An Ancient Document on the Early Intercourse between Japan and the Philippines Islands (Tokio, 1941), citado por Lothar Knauth, Ibidem.
Publicar un comentario