sábado, 17 de abril de 2010

Padroado Portugués

La estrecha unidad entre el poder político y la labor misionera fue característica de la expansión portuguesa iniciada en el siglo XIV. La estrecha interdependencia de la iglesia, la sociedad y el estado, hacía natural que los príncipes consideraran que su principal tarea era expandir la fe cristiana, al mismo tiempo que ampliaban sus dominios y fortalecían su comercio. Pero las armas de los principes no son las mismas que las de los santos y por ello fue necesario confiar en un cuerpo especializado de misioneros para dedicarse a la propaganda de la fe cristiana.

El fenómeno puede ser visto también desde la óptica de una herencia medieval directamente relacionada con las cruzadas. Si bien la última fue en 1269 contra Túnez, el pensamiento guerrero-religioso siguió presente en la mentalidad imperial ibérica (portuguesa y española por igual) como lo demuestra la expulsión de los árabes en 1492.

Como hemos apuntado, la creación del Padroado en el caso de Portugal y del Patronato en España reunían en una sola estructura las peores formas del europeísmo, la unión entre la misión y el imperialismo colonial.

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Por ello resalta como un aspecto modernizante para la época la propuesta jesuíta, que encontró un ambiente propicio en Portugal. Si bien la orden religiosa se fundó en España, por españoles, en la etapa sucesiva encontró el cobijo necesario con la corte portuguesa.
La efectividad de la nueva orden en la corte portuguesa de Joao III estaba basada en las buenas relaciones con la Reina Catalina de Austria, quien a la muerte de su esposo, en 1557, se convirtió en la regente de su hijo de tres años, Sebastiao. Cuando renunció en 1562, la regencia recayó en el infante Enrique, que había sido inquisidor general de Portugal y nombrado Cardenal en 1540. El era aún más favorable a los jesuitas que la reina y escogió a un miembro de esa orden para tutor del principe.
En 1568 Sebastiao llegó a la mayoría de edad y las relaciones con los jesuitas se hicieron todavía más estrechas, fortalecidas por el sentimiento del rey de ser "Capitán de Dios", "idea fija que se fue transformando poco a poco, en la orgullosa convicción de estar predeterminado a grandes cosas".
Éstas no incluían el matrimonio, puesto que huía de la compañía femenina, sino un plan para la reconquista del norte de África, concebida bajo la influencia de sus consejeros jesuitas. Eventualmente fue vencido y muerto el 4 de agosto de 1578, en la batalla deAlcázar Kebir.Este asunto coincidió con desastres jesuitas similares en el sur de Kyushu, en Japón.
La guarda pretoriana de la Contrarreforma, apunta Lothar Knauth, aunque efectiva en la corte y altamente estimada por el Papa y la curia romana, órganos que estaban de acuerdo en sus conceptos de una jerarquía pre-ordenada, tendría que acostumbrarse a luchar a la retaguardia en el campo de batalla abierta.
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Lothar Knauth, Confrontación Transpacífica. UNAM, México, 1972, pp. 95-96.
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