viernes, 12 de marzo de 2010

La expedición de Villalobos

Dejé hasta este momento la información sobre una importante expedición efectuada entre 1542 y 1545 por Ruy López de Villalobos porque en cierta forma constituye una excepción respecto al impulso conquistador encabezado por Hernán Cortés y la prudencia mostrada por la corona española en la mitad del siglo XVI.

En 1537 Andrés de Urdaneta, uno de los sobrevivientes de la expedición de Loaisa, informó a Carlos V sobre las condiciones de las Molucas (1).
Por aquel entonces Pedro de Alvarado, capitán de Cortés y conquistador de Guatemala, que visitaba España, se reunió con Urdaneta y obtuvo una patente para el descubrimiento del Mar del Sur.
Al volver a México, Alvarado celebró un acuerdo con el virrey de Mendoza para llevar a cabo una empresa conjunta. El arreglo se formalizó en el tratado de Tiripetío, firmado el 29 de noviembre de 1540.
Debido a que Alvarado murió a raíz del levantamiento indígena en el Bajío, el virrey escogió a su pariente Ruy López de Villalobos como capitán de esa expedición, con una tripulación de trescientos setenta hombres. En uno de los barcos que zarparon los primeros días de noviembre de 1542, iban el contador Guido de Lavezares y seis miembros del clero; cuatro agustinos, dirigidos por el padre Jerónimo de Santisteban, y dos curas, que más tarde por complicaciones de la expedición se unirían a los jesuítas que operaban en la India.

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Cabe destacar en este momento la participación de un sacerdote, Cosme de Torres (1510-1570), quien había llegado a la Nueva España dos años antes, en 1540, junto con el impetuoso capitán Pedro de Alvarado.

Originario de Valencia, fue ordenado sacerdote y obtuvo un cargo magisterial en Valencia, Mallorca y Ulldecona. A los 28 años decidió marchar a Nueva España, acompañando a un franciscano que murió poco después de llegar a Veracruz; por ello, Cosme de Torres llegó solo al monasterio de la órden seráfica de San Francisco en la ciudad de México, en donde los frailes lo recibieron y le pidieron que tomara el hábito, "porque en ello haría grande servicio a Dios para enseñar Gramática a los frailes y también a los mozos de la tierra indíigenas, que lo hay muy hábiles para eso".

Cosme de Torres decidió en cambio aceptar un cargo de capellán, lo que lo mantenía libre de sujetarse a una orden monástica. Cuando se anunció la expedición a las Molucas resolvió ir "contra la voluntad de todos aquellos señores y señoras los cuales tenían más amor que si fuera su hijo carnal" (Schurhammer, citado por Lothar Knauth). Cosme de Torres jugaría un papel muy importante en la etapa final de la misión de Francisco Javier en Japón.

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Después de permanecer en Mindanao, en el sur de Filipinas (o como denomina Villalobos a esas islas: Cesarea Caroli), la expedición se dirigió a Ternate, en las especierías, donde se adentraba a una zona en litigio entre españoles y portugueses.

El misterio de Japón

Mientras la flota de Villalobos se encontraba en Tidore tuvieron noticias, por informes del portugués Diego de Freitas, de las islas Ryukyu. Más tarde llegaron informes provenientes de la cercana Ternate, que un tal Pero Díaz, español de Galicia, había vuelto de Borneo en un barco japonés. Villalobos pidió más informes y Díez (o Díaz?) escribió una carta en la cual relataba cómo en mayo de 1544 había partido de Patani, al sur de Tailandia, rumbo a Ningpo y Nanking, en China.

García Escalante, cronista de la expedición, preparaba un informe al soberano en los siguientes términos:
De allí atraversaron a la isla de Japón, que está en 32 °, hay de ella a Ningpo ciento e cincuenta leguas, córrese casi Este-Oeste. Es tierra muy fría, y por la costa los pueblos que vieron son pequeños, y en cada isla hay un señor, y el rey de todos, no supo decir a dó residía. La gente de estas islas es bien dispesta, blanca e barbada, no tienen yerba como en el archipiélago de las Filipinas,; pelean con varas, que en las puntas tienen puestos clavos agudos, no tienen espadas ni lanzas; leen y escriben como los chinos, y en la lengua parecen alemanes. Tienen muchos caballos en que andan; las sillas no tienen arzón trasero, y los estribos son de cobre. La gente labradora se voste de paño de lana, que parece estameña, ques de la manera de la Francisco Vázquez halló la tierra dó fue; y los principales visten sedas, damascos, rasos y tafetanes.
Las muejres son en gran manera muy blancas y hermosas, andas vestidas a manera de castellanas, de paño o seda, conforme a su estado. Las casas son de piedra y tapia, por dentro encaladas, los tejados de teja a nuestro modo, con altos y ventanas y corredores. Tienen todos los bastimentos, ganados y frutas que en la tierra firme; hay mucha azúcar, tienen halcones y azores con que cazan, no comen vaca, es tierra de muchas frutas, en especial de melones, labran la tierra con bueyes y arados, traen calzado de cuero, y en las cabezas traen capeletes, como albaneses, de cerda, quítanselo los unos a otros por cortesía. Son islas de muchas pesquería.
El gallego decía haber visto en esa isla muy poco oro, pero grandes cantidades de hierro y cobre, pero había encontrado a unos portugueses que venían de las islas Ryukyu, que según dijeron, eran ricas en oro y plata, con unos habitantes fuertes y con apariencia de guerreros. El informe de Pero Díez, escrito en español, fue la primera relación de un occidental sobre el Japón.

Los españoles, incapaces de mantener su posición en las Molucas, se rindieron a las demandas de los portugueses y estuvieron de acuerdo en volver a España a través de territorio portugués. Rumbo a Malaca, en Amboina, conocieron a Francisco Javier, misionero de los nativos. En este sitio murió Villalobos en los brazos del que sería el primer santo jesuíta.

Para el 22 de enero de 1547 el agustino Gerónimo de Santiesteban informó al virrey de Mendoza, desde Cochin en el sur de la India, que de los trescientos cincuenta miembros de la expedición de Villalobos, sólo ciento diez y siete habían llegado a la Malaca portuguesa. Gran parte de los españoles conoció en diciembre el informe que Jorge Álvarez envió a Francisco Javier sobre el Japón recién descubierto. Lothar Knauth resume lacònicamente el fracaso de esta expedición:
Poco después, en el lejano Absburgo, los Fúcares entablaban una demanda en contra de la Corona Española por 3 946 939 maravedíes que curbían los gastos durante las expediciones a las Molucas.
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(1) Lothat Knauth. Confrontación Transpacífica. El Japón y el Nuevo Mundo Hispánico, 1542-1639. UNAM. 1972, p.36.
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