sábado, 4 de junio de 2011

China se cierra al mundo

No, no existió un momento preciso en el que China se cerró a la influencia externa. Se trata, y siempre ha sido así, de una tendencia presente en su cultura en la que busca proteger al país de las amenazas que se perciben en el exterior. Las turbulencias políticas que atravesó China en el siglo XVII, la transición rápida y violenta de una a otra dinastía en 1644, colocó al comercio fuera del control gubernamental y generó tremendos cambios, sobre todo en el sudeste de Asia, forjando plazas comerciales y ciudades-emporio como Manila, Macao o Batavia. Lo que me interesa definir aquí es el encuentro entre la concepción europea, dominada por el pensamiento mercantilista y las acciones chinas, de defensa y control del comercio.

El pensamiento europeo, en plena expansión colonial, era de una simpleza aterradora: debido a que la riqueza de una nación depende de la acumulación de metales preciosos (oro y plata sobre todo), la mejor opción era exportar a otros países y reducir la importación al mínimo necesario. Para los imperios europeos en expansión, el dominio sobre América resultaba la plataforma ideal, con la plata producida en   Perú y en la Nueva España, para continuar hacia el continente asiático, tentados por las inimaginables riquezas de China.

El problema subyacente, que condujo a una profunda crisis sobre todo de la península ibérica en el siglo XVII, fue la incapacidad de crear una industria propia en España y Portugal. Las coronas de Lisboa y Madrid ocupaban enormes territorios pero no medían su fuerza y en los hechos no podían controlar todos sus dominios. Aspiraban a ser grandes, pero a diferencia de China, aún no lo eran. Los virreinatos americanos adquirían mayor fuerza y en ciertos momentos soñaron con la posibilidad de actuar por su cuenta. Diversos relatos de los que hemos dado cuenta en este blog hablan de iniciativas mexicanas... para ¡ invadir China !.

Para China, el atractivo de la plata americana a partir del siglo previo, a mediados de 1500, significó un acicate a su comercio. En aquel momento los chinos recibieron de América productos nuevos para enriquecer su cultura y alimentación, como la papa y el maíz. La diferencia fundamental es que los chinos contaban en abundancia con manufacturas disponibles para la exportación, sobre todo porcelanas, textiles varios y sedas, tan atractivas para el consumo suntuario de los americanos y europeos. En el siglo XVII ese comercio quedó en manos de piratas y forajidos de origen mixto (chinos, japoneses, malayos), que entraban y salían de las costas del sur de China afrontando grandes riesgos.







Diversos especialistas han reflexionado sobre este asunto y parecen coincidir en esta apreciación, aunque no necesariamente en cuanto a las fechas, pues se trata de procesos de larga duración. Mungello señala por ejemplo que a principios del siglo XVI los portugueses fueron capaces de acercarse al imperio chino con propósitos meramente comerciales, más que de expansionismo colonial, y así fueron vistos por los mandarines, como simples extranjeros tributarios. Así fue tratado por ejemplo, Tomé Pires, quien viajó de Malaca a Cantón en 1517, con la intención de llegar a Beijing. Esperó en vano seis años para ver al emperador Zhengde, y murió en las mazmorras de Cantón sin lograr su cometido.  Sin embargo, desde su prisión logró transmitir el mensaje a Portugal de que era necesario lanzar una expedición punitiva contra China.

En aquel momento, Portugal tenía un millón de habitantes y China cerca de 150 millones.

Prevaleció la sensatez o quizás falta de recursos, pero los portugueses prefirieron continuar el comercio costero con China y lograron en 1555 la concesión de Macao, que fue reincorporada a China en 1999.

Dos siglos más tarde, el emperador Qianlong (que reinó de 1736 a 1795) expresaba, contundente y suave, el pensamiento chino ante una embajada  encabezada por Lord Macartney enviada por el rey George III de Inglaterra, que llevaba atractivos regalos. "Nunca hemos valorado artefactos ingeniosos, no tenemos la mínima necesidad de las manufacturas de su país" respondió. Aquella frase encierra mucho de la visión autosuficiente de los chinos respecto a su cultura, un vasto imperio en medio del mundo.

Sin embargo, en Europa la reacción fue atroz. Los ingleses comenzaban a dominar al mundo y China vivía una declinación prolongada: los europeos tomarían revancha por otros medios, la venta de opio al pueblo chino.
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D. E. Mungello, The great encounter of China and the west, 1500-1800, tercera edición, Rowman & Littlefield Publishers, Inc. Lanham, Maryland, EUA, 2009.


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