sábado, 15 de enero de 2011

Lope de Vega y Japón

En la aproximación europea a Oriente a finales del siglo XVI y principios del XVII, fue fundamental -lo hemos repetido muchas veces- la presencia de los misioneros que se aventuraron en tierras desconocidas. La parte más fértil de aquella obra fue el impacto que tuvo en el imaginario de Europa y entre las élites americanas. Procuraré caminar por algunos de aquellos rumbos trazados en los textos de viajeros y aún de quienes no viajaron mas que con su imaginación.

El investigador Fernando Cid Lucas señala que la presencia de palabras de origen japonés se remonta al Siglo de Oro español, "cuando -aun muy tímidamente, es cierto-, aparecen en obras del mismo Lope de Vega, como Triunfo de la fe en los reinos del Japón por los años de 1614 y 1615, publicado en Madrid en 1618. También en su comedia (¿1617-1619?) Los primeros mártires del Japón" (1).

En dichas obras, términos como katana (espada) o bonzo (monje budista) hacen acto de presencia en el idioma Español. Igualmente el término japón o japones (sin acento). El citado investigador hace referencia a las obras de Baltasar Gracián y de Pedro Ordoñez de Ceballos, quien en su obra Viaje del Mundo nos dice, además, que "en Japón hay un grandísimo volcán (Onzen, cercano a Nagasaki)", dándonos una someras nociones sobre la aún ignota geografía nipona (2).

Lope de Vega

Veamos algunos pasajes de la citada pieza del gran Lope:

Escribo los martirios, no testigo de vista, que no fue mi dicha tanta, pero por relaciones de algunos padres que me las enviaron desde Manila, a efecto que en el estilo con que he nacido las publicase. Certifico a los que las leyeren, confesando mi ignorancia, que donde faltare la pluma suplirán las lágrimas, sin las cuales no me ha sido posible dictarle ésta piadosa historia, ánimo de los que padecen por Dios y afrenta de los que con tal descuido esperamos el incierto límite de nuestra vida.
Entre las selvas de islas a quien el mar permite sacar las frentes yace el Japón, ya tan conocido de nosotros como ignorado antiguamente, o por la noticia de sus embajadores en Roma, o por los que al Rey católico vinieron tan deseosos de la fe, por orden de los padres de San Francisco, el año de 1615, o, lo que es más cierto, por la que nos han dado con sus cartas los padres de la Compañía, buenos testigos del fruto de su predicación y cuidado.
Diole la Naturaleza un sitio tan apartado de todo el resto de la tierra, que no se sabe cuál es más remoto de nuestro trato, el sitio o las costumbres.



Incluye el nombre de Japón muchas islas, a quien divide el mar con tan pequeños brazos del continente, que parecen el ramo de las venas del cuerpo humano que pinta la anatomía. Son tres las principales, y a quien las otras están sujetas; la mayor tiene seiscientas leguas de largo y trescientas de ancho; corre del Norte al Ocaso, dividida en cincuenta y tres reinos. Es la metrópoli del Japón, Meaco, ciudad no inferior a las más políticas de la Europa, por hermosura y grandeza; y así, el que de ella se puede adjudicar el cetro, es tenido por señor universal de los convecinos mares y tierras.
Simo, que con segundo lugar aspira al primero, tiende su espacio del Septentrión al Mediodía, acercándose a la China noble por los nueve reinos, donde Bungo, con la ciudad de Vesuco y Tunay, se hace tan célebre.

Xicoco, la tercera, contiene cuatro reinos a Levante, con el famoso Tosa. Las islas del contorno con sin número, y sólo la de Meaco reconocida por la parte meridional, que por la oriental y septentrional aún ignora sus confines la atrevida navegación de los hombres, dudando si es isla, istmo o continente contiguo con la China.





Dista el Japón de la nueva España ciento cincuenta leguas. Toda esta tierra es por la mayor parte montuosa, fría, y más que fecunda, estéril. Hácenla temerosa dos montes, Figionoyama, que trascendiendo las nubes, se atreve a conservar intactas las cenizas, mejor que el Olimpo despreciador de la región del aire; y el otro, que la Italia llama volcán, horrible por las que escupe, y porque a los gentiles, que con larga penitencia vanamente se afligen y por voto visitan este monto, se aparece el demonio en una nube resplandeciente, desde donde los habla y consuela, quiero decir, engaña, miserable imitador de la luz, que perdió por tan soberbia culpa.
Su gente es blanca; su ingenio y memoria, admirables; no cubren la cabeza; sus riquezas son metales; sus fábricas, madera; sus armas, arcabuces, flechas, dagas y espadas. En las que sirven de astas hacen notoria ventaja, así en el venenoso temple como en el corte y ligereza, a las de Europa. Mudan el traje conforme a las edades; afrenta nuestra, que ni aun lo consentimos al tiempo, enmendando la vejez con artificio, como si en las fuerzas hubiese hallado la vana diligencia o la lisonja. Escriben bien prosa y verso, y en todas las demás acciones desprecian a los forasteros, como naciones a la suya tan ínfimas.
Esta descripción basta para la inteligencia de nuestro propósito, y porque esta materia ha sido tratada de tantos como cosa a nuestros tiempos incógnita; que no es mucho que si en los límites de la anciana Castilla lo fueron a nuestra edad tantos lugares, y ellos tan bárbaros que ni rey ni dios reconocían, lo fuesen las islas tan remotas y apartadas de las comunes sendas de los navíos.

El martirio

En estas (tierras) pues, se introdujo la fe católica por la piedad divina y la solicitud humana de los ya referidos nuevos apóstoles, donde a pesar de las puertas del infierno, se ha conservado, prevalecerá con el favor de los divinos sacramentos, para que tantas almas puebles el cielo donde por tantos años, si se pudiera decir, duró la desconfianza de este accidente. pero estaba prevenido de su misericordia esta gracia, en cuyos secretos los mismos serafines están atónitos.
Mi asunto es referir las nuevas persecusiones de aquellos nuevos cristianos, por los años de 1614 hasta el fin de 1615, en Arima, Arie y Cochinotzu, cuyas persecusiones tuvieron origen de la pasión gloriosa de ocho mártires, que, porque no fuese el fénix único milagro en la Naturaleza, todos lo fueron en las llamas, renaciendo al cielo de sus cenizas misas. Eran personas ricas y principales de la ciudad de Arima, los cinco varones heróicos y las tres ilustrísimas mujeres heroínas. Sus nombre, Adriano, dos Leones, Paulo y Diego, Juana, Magdalena y María. Diego era hijo de Adriano y de edad de trece dichosos años. Magdalena tenía dieciocho, y estaba tan enamorada de Cristo esta hermosa y prudentísima vírgen, que habiendo quemado el fuego las cuerda conque tenía atadas las manos, tomó las brazas y las levantó a la boca y a la cabeza como besándolas y agradeciéndoles el bien que por medio suyo esperaba (...)

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(1) Lope de Vega. Los primeros mártires de Japón. Edición digital basada en la edición de Madrid, Atlas, 1965, pp. 309-354 (Bibiloteca de Autores Españoles

(2) Observatorio Iberoamericano de la economía y de la sociedad de Japón. Vol. 1 Número 6, septiembre de 2009. Otro breve análisis lingüistico de las palabras japonesas en la obra de Lope fue escrito por el filòlogo Tai Whan Kim. Refiere además la mención de Lope de vega a palabras como dayro, un arcaismo por daymio o señor guerrero; funea, un tipo de embarcación auxiliar para acarrear provisiones, y Myako, por Miyako, la capital de Japón, Kyoto del año 794 a 1868.

(3) Triunfo de la fe en los reinos del Japón por los años de 1614 y 1615
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