sábado, 21 de agosto de 2010

San Felipe de Jesús

Usualmente, una historia que se cuenta de la misma forma miles de veces hace olvidar los trazos de verdad que le dieron origen; se vuelven leyendas o historias piadosas, hagiografías. Sucede así con el primer santo mexicano, San Felipe de Jesús, cuya muerte en 1597 está envuelta por la bruma del pasado, aunque su ascenso a los altares marcó un proceso político importante para México en los siglos posteriores.

En efecto, el siglo XVI dió a la Nueva España su primer santo, Felipe de Jesús, en circunstancias un tanto extrañas, manchadas por los vapores de la política y el comercio, y desde tierras tan lejanas como Japón. El tema de San Felipe, de su martirio en Nagasaki en 1597 y de su posterior beatificación en 1627 por el Papa Urbano VIII, dio pie para la creación de una importante figura de la mitología social mexicana, alentada en el naciente orgullo criollo en los siglos XVII y XVIII1.

La leyenda de este santo fue repetida ad nauseam en aquella época y en el México independiente por los seráficos pastores que proclamaban el orgullo de tener un santo de manufactura nacional2 El origen de tal leyenda se quedó sin embargo en la bruma de las circunstancias que motivaron la crucifixión de Felipe de las Casas, junto con otros 25 mártires, en febrero de 1597 en el otro extremo del mundo.

Las siguientes líneas procuran evitar, en la medida de lo posible, la repetición de los devocionarios y las florecillas con que educaron de manera edificante a tantas generaciones en México, e intentan en cambio dar noticia de aspectos históricos relevantes del incidente de Nagasaki, así como poner de relieve el naciente sentimiento criollo en la Nueva España, en el marco del imponente esfuerzo globalizador realizado por el Imperio Español y por el Papado en el siglo XVI.

El análisis de estos hechos conduce a observar un proceso más complejo que la vida del santo y de carácter global: el acre conflicto que existía entre las diversas órdenes religiosas en Asia, específicamente sobre sus perspectivas y métodos de evangelización, mismas que se tradujeron en enfrentamientos de tipo político entre esas misiones en prácticamente toda la región asiática3.


1 Un trabajo original y valioso es el de Reiko Kawata, La carrera política del Santo Criollo. La cambiante imagen del protomartir mexicano, Felipe de Jesús, presentado en las Primeras Jornadas Internacionales sobre la presencia Novohispana en el Pacífico Insular, celebradas en al Ciudad de México del 19 al 21 de septiembre de 1989. Actas publicadas por la Universidad Iberoamericana, Embajada de España en México, y la Comisión Puebla del V Centenario, Pinacoteca Virreinal, México 1990. pp 157-185.

2 Don Manuel Romero de Terreros y Diment utilizó en 1913 las siguientes fuentes históricas de los siglos XVII al XIX para elaborar sus Florecillas de San Felipe de Jesús, México Imprenta de José Ballescá, 1916:
- Crónica de la Santa Provincia de San Diego de México, de Religiosos Descalzos d N.S.P.S. Francisco en la Nueva España. Por Fray Baltasar de Medina. México. Juan de Ribera. 1682.
-Vida, Martirio y Beatificación del Invicto Proto-Martyr del Japón San Felipe de Jesús. Por Fray Baltasar de Medina. México. Juan de Ribera. 1683.
-Crónica de la Apostólica Provincia de San Gregorio de los Religiosos Descalzos de N.S.P.S. Francisco, en las Islas Philipinas, China, Japón Parte Tercera. Por Fray Juan Francisco de San Antonio. Manila. Fray Juan de Sotillo. 1744.
-Obras pastorales y oratorias de D. Ignacio Montes de Oca y Obregón. Obispo de San Luis Potosí. Tomo V. México. Escalante. 1898. Panegírico de S. Felipe de Jesús.

3 Este texto se basa principalmente en dos estudios modernos. C.R. Boxer, The Christian Century in Japan 1549-1650. Ed. Carcanet in association with The Calouste Gulbekian Foundation. Lisbon, 1993. Primera Edición 195, University of California, y Fidel Villarroel OP, The Chinese Rites Controversy –Dominican Point of View-, profesor de historia eclesiástica en la Universidad de Santo Tomás, Manila. Philippiniana Sacra, Vol. XXVIII, número 82 (1993) 5-61.
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