domingo, 15 de agosto de 2010

Un aparecido. Ciudad de México

(segunda parte)
Los inexplicables acontecimientos que sucedieron tanto en Manila, como en la ciudad de México el día de la muerte del Gobernador, siguieron siendo causa de sorpresa y de malos recuerdos para los habitantes de las islas muchos años más tarde. Al conocerse la noticia, la mañana del veinticinco, la Audiencia Real de Manila decretó una semana de luto general y las campanas de todas las iglesias, desde San Agustín hasta Pasay anunciaron el duelo llamando a los vecinos a rezar por el alma del difunto y a recogerse temprano.

Ese día los agustinos descubrieron aterrorizados en un muro del recibidor de su convento,
precisamente donde estaba el retrato de Gómez Dasmariñas, que una grieta cruzaba de lado a lado, a la altura de la cabeza de tan ilustre señor.

Muy entrada la tarde, a los pies de la muralla de Santiago, en la plazoleta que mira hacia
la ciudad, un pequeño grupo de mujeres encendió algunas velas y fue sumando rezos y sollozos por el Gobernador muerto. El grupo se mantuvo por largo rato sin juntar mucha gente. Nadie podría prestar demasiada atención a unas mojigatas que le lloraban a quien en vida nadie de verdad quería, por tanta corrupción y desorden en la villa. Los rezos continuaban a pesar del anuncio de borrasca en el horizonte y hasta iban en aumento como acompañando los truenos que se acercaban con la tormenta. Los últimos girones de la tarde se mezclaban con la primeras gotas del aguacero y con las luces de las velas en el suelo de la plaza.

Ayes de duelo sobrecogen siempre el alma de los hombres, aun de los más templados, pero esta vez los rezos incomprensibles y un llanto de multitud fue creciendo como si compitiera con el vacío que anuncia el temporal. Juan Domingo Catapang, soldado de guardia en el fuerte de Santiago, miraba desde el baluarte que da a la plazoleta, despotricando en silencio por la tontera de esas viejas: “como si algún bien nos hubiera hecho el difunto” se dijo para sus adentros. Disciplinado por costumbre aprendida en las labores del campo, Juan siguió su guardia y sus pensamientos a pesar de la lluvia que arreciaba.

De pronto, la sordina de las voces lejanas se hizo intolerable para el soldado filipino. Presintió un dolor que le atravesaba el pecho antes aún de entrar en él. El malestar por los gritos y el dolor se volvió una sola desesperación incontenible en forma de relámpago; un latigazo luminoso que lo levantó por los aires y lo hizo polvo, ceniza, nada.

A él, Juan Domingo Catapang, natural de Pangasinan, lo cogía el capricho del destino como a un hilacho. Campesino hijo de campesinos, que siendo humilde soldado nada en verdad tenía que ver con el Gobernador, le sucedía lo inesperado. Lo último que pudo ver desde lejos fue el rostro horrible de las viejas que minutos antes rezaban y que ahora al descubrirse mirando volar a Juan por los aires mostraban una algarabía impúdica, festejando a risotadas su dominio sobre la tormenta.

Perdió el conocimiento…

El rumor corrió como una bocanada de aire pestilente por la Ciudad de México. Salió del Zócalo y llegó mas pronto a oídos de la Inquisición que a los del propio Virrey; pero llegó primero como sucede con todas las malas noticias. Quedaría escrito que en la mañana del veinticinco de Octubre de Mil Quinientos Noventa y Tres un hombre enloquecido, mas sorprendido él mismo que los vecinos, vestido con el uniforme de los guardias filipinos, gritaba "quien vive" a los transeúntes que pasaban por la plaza principal de la Nueva España. Eran pocas las almas que caminaban a esas horas por los portales que dan a la plaza haciendo sus primeras diligencias del dia; sin embargo la sorpresa provocada por un hombre armado, extravagante por sus ropas e incomprensible en su lenguaje congregó a mucha gente. Juan Domingo fue detenido al poco rato por los gendarmes del Santo Oficio sin oponer verdadera resistencia, desarmado mas bien por su propia incredulidad ante lo que el pensaba era una pesadillla imposible.

Minutos después, llevado a las celdas de Santo Domingo explicaba conteniendo los sollozos que esa misma tarde el estaba en Manila cumpliendo sus deberes en el fuerte de Santiago. Tarde, mañana o noche eran para él una sola pregunta en su delirio, pues no recordaba nada o nada podía hacer para demostrar a sus vigilantes cómo hubiera podido estar a la vez en dos lugares tan distantes como Manila y la Ciudad de Mexico obviando un viaje de meses desde aquellos confines hasta la capital de la Nueva España. Recordaba sí que estando de guardia en el fuerte, una tormenta se anunciaba con truenos amenazadores, cosa normal en esas zonas tropicales. Si acaso las centellas por la zona de La Laguna eran más espectaculares que en otras ocasiones, pero nada más.

Juan no hubiera podido imaginar entonces que en medio de su rutina diaria de soldado pobre estaba destinado a anunciar acontecimientos notables para asombro de los vecinos de la Ciudad de México, al otro lado del Mar del Sur. Informó de la muerte del Gobernador, acontecida apenas unos días atrás allá en las Filipinas.

Años después al contar una y mil veces su propia historia, su larga travesía de regreso desde la Nueva España hasta Manila, pasando por Acapulco, las maravillas vistas en el rico virreinato novohispano y otras tantas cosas, los detalles de su narración se fueron agrandando y su fama le duró un buen rato.
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Texto sobre la base de:
Gaspar de San Agustín. Conquistas de las Islas de Filipinas, 1565-1615. Manila, Filipinas, edición fascimilar, 1997, p. 996.
Luis González Obregón. México Viejo. Alianza Editorial, México. “Un aparecido”. capítulo XIX, pp.195-198. Noticias históricas, tradiciones, y leyendas. Segunda edición, 1992.

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