sábado, 18 de octubre de 2014

Dos esclavos de la India portuguesa

Para Eugenio Reyes, por su dedicación y solidaridad.

En el año 1652, Antón Chino o António Chino fue acusado de hechicero por la Inquisición en México, sin embargo, en su  declaración ante el temible tribunal se descubrió mucho más que una posible transgresión a las reglas de la iglesia católica. En su historia personal se resume en realidad la tragedia de decenas o quizás cientos de asiáticos que sufrieron la desgracia de ser sometidos a esclavitud y forzados a vivir en países ajenos para ellos, como la Nueva España.

El documento del proceso inquisitorial se encuentra en el Archivo General de la Nación, de México, en el volumen 456, folios 70-74. El caso fue estudiado en 2013 por Maria de Deus Beites Manso y Lúcio de Sousa, de la Universidad de Evora, Portugal. También Tatiana Seijas aborda el tema en su nuevo libro Asian Slaves in Colonial Mexico. From Chinos to Indians, Cambridge Latin American Studies, 2014.


Acapulco, puerta de entrada de esclavos asiáticos a América


En múltiples entradas hemos tratado de informar acerca del  comercio de seres humanos en el contexto del comercio transpacífico. En concreto abordamos el papel de los comerciantes portugueses como  principales traficantes de esclavos hacia América, tanto desde el lado Atlántico como desde Asia. En esta ocasión presentamos dos casos, digamos inusuales, de esclavos que procedían de contextos diferentes y que resulta extraño que hayan terminado sus días en la Nueva España del siglo XVII. Retomaremos aquí el hilo del relato escrito por Maria de Deus Beites y Lúcio Sousa, con modificaciones en la traducción.

Nuestro personaje nació alrededor de 1585 en Cochin, en el actual estado de Kerala, en India. Declaró que su padre se llamaba Chene y era escribano, su madre, de nombre Unieche se dedicaba a cuidar su casa. Aparentemente Antonio no provenía de una familia pobre, pues de hecho sabía leer y escribir, una herramienta de gran utilidad en la profesión que desarrollaría más tarde: la de comerciante especializado en la venta de pimienta. En esa calidad viajaría por toda la costa Malabar, entrando en contacto con el mosaico de culturas y religiones que negociaban en la región: hindús, árabes, judíos, cristianos. Hacia 1615, cuando tenía alrededor de 30 años, sufrió un incidente que cambiaría el curso de su vida y lo llevaría a otros extremos del planeta.

"Como era costumbre en esa época en la región de Cochin, el comerciante acompañado de nueve chinos se dirigió a un barco portugués para vender su pimienta.  Al finalizar la transacción, probablemente ya cerca de la noche,  este grupo de comerciantes aceptó la sugerencia de la tripulación portuguesa de pernoctar en la embarcación.
"Confiando en los portugueses, sería muy tarde cuando se percataron de que era una trampa urdida eficazmente por los lusitanos para quedarse gratuitamente con la pimienta y, sumado a ello, apresar a los comerciantes para convertirlos en esclavos. Fueron secuestrados y el barco portugués hizo la vela hacia Malaca. En esa ciudad, bajo control portugués. Ahí fueron vendidos por 25 fardados, alrededor de 155 reales".
El primer dueño sería un piloto de nombre Antonio Gomes que, eso sí, lo llevaría a la iglesia para convertirlo al catolicismo y bautizarlo con su propio nombre como Antonio China o Antonio de China. "En Malaca viviría cinco años, de 1615 a 1620. Desconocemos las tareas que desempeñaba pero probablemente estaban relacionadas con el comercio de pimienta.  Existe la posibilidad de que, debido a los conocimientos lingüísticos  de Antonio se desempeñara como traductor o jurubaça, nombre que se daba a las personas que intervenían en los negocios entre comerciantes europeos y asiáticos desde el sudeste de Asia hasta Japón" apuntan Beites y Sousa.

Poteriormente Antonio Gomes viajó como esclavo a lugares como Macassar y las islas Molucas, en la actual Indonesia, y terminó siendo vendido una vez más, en este caso a Francisco Farinhas, otro portugués, por la cantidad de 50 pesos. Este comerciante tenía relación con las Filipinas, que sería el destino siguiente de Antonio de China. En Manila, Antonio fue vendido por Francisco Farinhas a un calafate de nombre Miguel, que viajaba para Acapulco en el famoso Galeón de Manila. 

En la rápida descripción sólo se cuenta que ya en América Antonio de China fue vendido nuevamente por 150 pesos a un hombre de apellido Fanvexa, Sobre este último se desconoce el nombre propio, profesión o nacionalidad. De cualquier forma, existe una elevada probabilidad de que se tratase de un comerciante de esclavos establecido en la Nueva España, ya que poco tiempo después Antonio fue llevado al puerto de Veracruz, donde una vez más fue vendido por 250 pesos. En esta ocasión, el capitán portugués  que lo compró se llamaba Jacinto da Silva, con el cual viviría otros 16 años, de 1634 a 1650, en la región de Cuinacan,Veracruz, un municipio que ya desapareció. 

Tatiana Seijas reconstruye cuidadosamente la ruta que seguía el circuito esclavista en la Nueva España, comenzando por Acapulco y sus alrededores (Coyuca de Benitez, Coyuca de Catalán, Zacatula, Juxtlahuaca), para ser trasladados a Cuautla. Toluca, Ciudad de México y Puebla. Un destino final era Veracruz, pero también se encuentran esclavos asiáticos en Guadalajara, Yahualica, Zacatecas y San Luis Potosí.

En aquel lugar de la costa atlántica de la Nueva España Antonio se dedicó a la adivinación, prediciendo el futuro de quienes lo solicitaban, y en una ocasión pudo descubrir a los autores de un robo. En poco tiempo sus predicciones fueron acertadas y le granjearon fama entre la población que lo reconoció como hombre sabio o zahorí.

La fama de esclavo de Antonio como adivino o hechicero llegó a oídos de la Inquisición, donde le instruyeron un proceso de investigación. El 9 de marzo de 1652 fue enviado a la cárcel del Santo Oficio en la Ciudad de México, donde describió su propia historia, antes y después de ser esclavo. En su discurso de vida se describe la forma como fue raptado y reducido a la esclavitud, así como la ilegalidad de su captura, un asunto en que los inquisidores no ofrecieron ninguna opinión. En rigor, Antonio debería ser un hombre libre, sin embargo la ausencia de derechos cuando se es esclavo o el desconocimiento del contexto social para un extranjero, hacían muy difícil semejante tentativa. Para obtener la libertad se requerían documentos oficiales y la voluntad de la iglesia.



Con todo, este no sería el único caso. En los mismos expedientes aparece el del esclavo Antonio Rosado, nacido en Goa, "en la India Oriental", alrededor de 1590. En 1651, cuando cae en las redes de la Inquisición, acusado de renegado, es decir, que rechazó en público a Dios y a la Vírgen María durante la misa del mediodía del domingo 19 de marzo de 1651 en la iglesia de la Misericordia

Rosado tenía 61 años, casi la misma edad de Antonio China cuando fue hecho prisionero. El padre de Rosado era un capitán del Virrey de la India y su abuelo se llamaba André Furtado. Sus bisabuelos del lado paterno serían un Capitán General de Goa y de Malaca, quien falleció en el viaje de regreso de Goa a Lisboa, y una esclava de Mozambique, combinación no extrana para la época y entre los portugueses. La madre de Antonio Rosado, con una genealogía menos ilustre, era una mora cristiana libre de Terrenate. En sus primeros 27 años de vida, Rosado vivió en Goa, donde sirvió quizás como empleado en la orden franciscana. 

Más tarde prestó servicios a varios amos, viajando desde la India hacia el Sudeste de Asia y finalmente a las Filipinas. A pesar de su condición de  hombre libre, su amo en Manila lo vendió ilegalmente, a pesar de las protestas de Rosado, y fue enviado a América, donde no logró recuperar su libertad. Su dueño era un tal Andrés Alvarez, dueño de obraje en México.  Consta en el documento  depositado en el AGN, Inquisición, Vol. 456, exp 27, folio 443-459, año de 1651, que renegó de Dios porque estaba harto de los abusos y golpes de su amo, pues a su edad ya no tenía la fuerza para seguir trabajando como se le exige.

En la calle se le dieron 200 azotes en la cabeza, y se le puso mordaza en la boca. Al dueño se le hizo una amonestación para que no lo vuelva a golpear ni amenazar.


"Su testimonio fue tan cruel como conmovedor, pero su comportamiento atípico muestra también un trastorno sicológico producto del período en que fue sujeto a la esclavización. Privado de su libertad, y a merced de los maltratos de sus dueños, Rosado se rebela contra la hipocresía del sistema colonial prepotente, algo que enfurece al Santo Oficio. Contrariamente a Antonio China, Rosado reniega de la ideología dominante, en su tentativa de escapar de un estatuto marginal en el cual no encuadraba. Rosado, tanto como Antonio China, son dos casos raros,  no solamente porque son esclavos oriundos de la India portuguesa que vivieron en México, sino más bien debido a sus rangos de edad. Ambos tenían más de sesenta años de edad, cuando que la media de vida de un esclavo en América en el siglo XVII era extremadamente baja".

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Maria de Deus Beites Manso y Lúcio de Sousa, "Os Portugueses e o Comércio de Escravos nas Filipinas (1580-600)". NICPRI / Universidade de Évora, Portugal, Lisboa, 2013.

Tatiana Seijas. Asian Slaves in Colonial Mexico. From Chinos to Indians, Cambridge: Latin American Studies, 2014. p.96
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