lunes, 14 de julio de 2014

Primeros escritos europeos sobre China


En las próximas entradas de esta bitácora trataré de recorrer parte de las crónicas iniciales que viajeros, comerciantes, misioneros occidentales dejaron como testimonio de Asia en el siglo XVI y hasta la primera mitad del XVII. La idea es contrastar esta visión, que ha quedado sedimentada en el imaginario global. La expansión portuguesa y española en la región en aquellos siglos contó evidentemente con el antecedente de la maravillas contadas por Marco Polo un par de siglos antes.

Con el inicio de la era de los descubrimientos, los viajeros europeos llevaban consigo la mentalidad de las cruzadas, lo que nublaba la forma de interpretación de una realidad compleja como la asiática. Los portugueses al inicio del siglo XVI había llegado por  la India hasta las puertas de China. Uno de los personajes que contribuyeron a consolidar una visión distorsionada de Asia fue Tomé Pires, un comerciante portugués de especias que había hecho una fortuna en Malaca, un puerto malayo recién conquistado en 1511 en el sudeste de Asia.  Este comerciante viajero representa el caso más evidente de incomprensión de los códigos asiáticos en los primeros años de exploración europea en la zona.

Aquella temprana presencia portuguesa en la región provocó diversas reacciones en Asia, comenzando por la introducción de armas de fuego como el arcabuz que desató una suerte de carrera armamentista en el siglo XVI, dotando a los poderes locales de instrumentos de defensa desde el Golfo Pérsico hasta Japón, pasando por el sudeste de Asia. La reacción imperial de China y de Japón ante los cambios que se avecinaban fue similar: el confinamiento del comercio con los europeos a los puertos asignados para ello, como es Cantón. 

Para su desgracia, Tomé Pires fue comisionado en 1516 por el Rey de Portugal para encabezar una misión diplomática  ante el emperador Zhengde de China, que ya estaba alertado sobre la presencia extranjera en su zona de influencia . Luego de años de esperar ser recibido como embajador, fue hecho prisionero en el sur de China, donde murió en 1524. Desde su cautiverio escribió cartas y un recuento general conocido como Summa Oriental, con una gran cantidad de observaciones. La amargura del personaje  trasciende su época y aún ahora se percibe en muchos viajeros que rechazan por desconocimiento lo que viene de esas latitudes.  

Como contraparte, la campaña misionera de Francisco Javier abrió una época, conocida como el siglo cristiano en Asia. Durante doce años, de 1540 a 1552 recorrió los espacios dominados por los portugueses en ese continente, sin poder lograr su objetivo de acceder 

Una gran parte de las descripciones de China y Oriente en general hechas por los viajeros europeos de aquella época eran parciales, por necesidad, y se limitaban a describir las zonas que podían visitar, el tipo de población con la que entraban en contacto, el breve tiempo que permanecían en los  diversos lugares y el desconocimiento o abierto rechazo a comprender la cultura local, el idioma, las costumbres.


En un gran número de crónicas de finales del siglo XVI, los datos que circulaban en cartas y narraciones, habían sido escuchados y escritos desde los puestos de avanzada de los europeos en Asia, principalmente Manila, Macao, Cantón. Son por lo general textos pintorescos, que alimentaban la curiosidad de los lectores europeos. Un terreno distinto es la correspondencia que circuló entre Filipinas, México y España, que da cuenta del día a día de la administración de los territorios ultramarinos. Riquísimo archivos guardan aún información muy valiosa sobre espacios que apenas eran conocidos en aquella época. Los documentos que se guardan pueden ofrecernos informes sobre acontecimientos, pero también iniciativas que quizás no maduraron, como la invasión a China de la que ya hemos hablado en este blog, pero que muestran el estado mental de los primeros colonos europeos en Asia.
     
En ese tipo de archivos, se localiza la acción del agustino Martín de Rada, poseedor de una amplia experiencia misionera en México y en el sur de Filipinas. El fue el primero en formular de manera explícita un proyecto de conquista de China en una carta dirigida al rey Felipe II, fechada el 8 de julio de 1569. En la carta señala la importancia de dotar a las islas filipinas con una adecuada fuerza naval y argumenta a favor de convertir ese espacio como un punto de partida para la conquista de China.

Como otros de sus contemporáneos, especialmente embajadores y comerciantes portugueses y españoles, describe a grandes rasgos las características del imperio: grandeza, orden, desarrollo urbano y ausencia de belicosidad. Claro, no tenían porqué saber de un pasado guerrero chino de miles de años, pero quizás esa suerte de inocente visión del momento le permitía pensar en una conquista (en el sentido más bien religioso) que podía realizar un puñado de hombres validos de Fé, un tanto a "la mexicana" que aún estaba fresca en la mentalidad de su generación.

Rada había obtenido su información a partir de portugueses y de indios filipinos que comerciaban con los chinos. En particular, conocía a un chino de nombre Canco, quien había escapado de un barco pirata y obtuvo refugio con Martín de Rada. Volvió a escribir, esta vez al virrey de la Nueva España Martín Enríquez el 10 de agosto de 1572, y anunció la posibilidad de introducirse de incógnito en China.

La forma que planteaba, un tanto fantástica, era que en ese año de 1572 en ocasión del ascenso de un nuevo emperador de nombre Wanli, de la dinastía Ming, se había decretado un indulto para el retorno de chinos que habían estado exiliados. Como algunos de aquéllos chinos en el exterior se habían convertido al cristianismo podrían regresar secretamente a su país, ahora como aliados de los europeos. La misión no se realizó principalmente por la improvisación con que fue concebida, pero Martín de Rada atribuía el fracaso más bien al temor de los chinos de entrar a su patria con extranjeros.

Paralelamente, la llegada de misioneros jesuitas a China por el lado portugués quedaría marcada en la historia con más boato y propaganda que la misión de Martín de Rada. Un gran cambio se suscitó con la presencia más permanente de los misioneros en China, sobre todo jesuitas, que abrió una nueva época de comprensión. Como apunta el historiador catalán Manel Ollé ‟en el momento en el que los padres jesuitas Matteo Ricci y Michele Ruggieri acceden, a través del conocimiento de la lengua china, a la lectura de los registros históricos, institucionales, filosóficos etc. se abren las puertas a un nuevo paradigma de percepción que dará sus frutos durante las primeras décadas del siglo XVII (...y que) representa un cambio cualitativo". En esta lista Alessandro Valignano ocupa un lugar prominente.

Así llegamos a Diego de Pantoja (1571-1618 Macao) Lisboa, 1596, Goa 1597, Macao 20 de julio de 1597. Relación de la entrada de algunos padres de la Compañía de Jesús en la China y particulares sucesos que tuvieron y de cosas notables que vieron en el mismo reino. Pertenece a la tradición jesuita y es uno de los cronistas de esa orden que acompañaron a Mateo Ricci. Dedicaremos algunas entradas de este blog a hablar de este admirable misionero.

Un asunto relevante que perduró por siglos fue la ruptura entre jesuitas y el resto de las congregaciones católicas, lo que se consideró el debate de los ritos chinos y la adecuación a las culturas de Oriente. Es un tema central, pero que no puede ser revisado en este breve recuento de crónicas.

Otras visiones

Desde 1575 los agustinos habían tenido también presencia en China, aunque con escasos resultados. El mejor producto de una visita de Martín de Rada en aquella época fue un memorial que describe la mítica Cathay de Marco Polo. 

Los misioneros no jesuitas también hicieron un esfuerzo notable en entender la mentalidad china, a despecho de la acusación jesuíta de que era simples “frailes idiotas”, y ello se demuestra en las obras lingüísticas como la del padre Juan Cobo en 1593, Pieng Cheng-Cha Chen-Shua Shih-Lu, destinadas a catequizar a los chinos residentes en Manila. El campo de prácticas de los misioneros filipinas eran los barrios manilenses en que comerciantes asiáticos vivían por largas temporadas en las islas. Uno de los grandes logros fue la fundación de la Universidad de Santo Tomás como obra de los dominicos.

Bernardino de Escalante (1537-1605). Discurso de la navegación que los portugueses hacen a los Reinos y Provincias del Oriente y de la noticia que le tiene de las grandezas del Reino de China. publicado en Sevilla en 1577. Fue traducido al inglés en 1579. Es un trabajo de síntesis de la información proporcionada por misioneros, si bien el no viajó al Oriente.
Gaspar da Cruz, dominico portugués (1520-1570) publicó en Evora en 1569 su Tratado das cousas da China, que en principio no tuvo un gran impacto editorial, pero sus descripciones lograron influir en muchos misioneros deseos de llevar al imperio celeste.
Juan González de Mendoza, agustino, Historia de las cosas más notables, ritos y costumbres del Gran Reino de la China, 1585. Puede considerarse un éxito de ventas, pues en 16 años alcanzó 38 ediciones en 9 idiomas diferentes. Nunca estuvo en Oriente, pero utilizó la información proporcionada por Martín de Rada  y fray Pedro de Alfaro.
Joseph de Acosta. Historia Natural y Moral de las Indias. Parecer sobre la Guerra de China y Respuesta a nuestro padre. Fundamentos que justifican la guerra contra China. 1586-1587

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Stewart Gordon. When Asia was the world. Traveling merchants, scholars, warriors, and monks who created the ¨riches of the East¨, Da Capo Press, Philadelphia, EUA, 2009. p 157-177.

Manel Ollé, "Comunidades mercantiles en conflicto en los estrechos de Taiwán (1624-1684)", Revista de Historia Económica (second series) pp. 271-297, Universidad Carlos III de Madrid, 2005.

Pedro G. Galende, O.S.A., Apologia Pro Filipinos. Ed. Salesiana Publisher, Manila, 1980.

Destaca la obra de J. Cobo. Apología de la Verdadera Religión, edición facsimilar a cargo de F. Villarroel, Universidad de Santo Tomás, Manila 1986.

Fernando Iwasaki Cauti, Extremo Oriente y Perú en el siglo XVI. Mapfre, Madrid, 1992.
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