viernes, 30 de diciembre de 2011

Importancia y debilidad de Manila

Los más entusiastas promotores de aventuras invasoras en Asia eran sobre todo los comerciantes y algunos frailes de Manila, quienes esgrimían largos argumentos para que la Corona Española enviara tropas a las tierras vecinas. Su sueño, al más puro estilo de una novela de caballería, era evangelizar a las poblaciones asiáticas; ampliar el comercio y la riqueza de Su Majestad y lograr la paz bajo el dominio español. Todo ello, dentro del sagrado propósito de crear un imperio universal regido desde la península ibérica.

Los apasionados argumentos expuestos por los manilenses, desde el gobernador y el capitán general hasta los miembros de la Audiencia; los priores de las congregaciones e incluso los comerciantes del galeón, se acumulaban en abultados testimonios, informes, rogativas y cartas secretas que la Nao de China llevaba y traía de Manila a Acapulco y de ahí a España. Meses y años más tarde, dichas propuestas languidecían en los escritorios de las autoridades de España y México, desde donde se respondía con frialdad, en notas hechas al margen de los folios y mapas fabulosos en pergaminos, donde se autorizaba o no tal asunto. Proceda, concédese, anúlese, pues, como bien se sabe, los asuntos en Palacio, van despacio...

Desde la metrópoli se impidió, una y otra vez, iniciar nuevas acciones militares en Asia. Un tanto por prudencia y otro tanto por la sencilla razón de que faltaban recursos materiales y humanos para emprender nuevas campañas de conquista. Este fue el motivo por el cual, en la práctica, el proyecto asiático español se mantuviera estancado por largo tiempo, circunscrito a la isla de Luzón, pues el resto de las islas del archipiélago filipino fue realmente ocupado hasta el siglo XVII. Las fuerzas españolas se concentraban casi exclusivamente en la ciudad de Manila -puesto privilegiado para la navegación y el comercio- y a que la enorme bahía gris ofrece un invaluable refugio marítimo.

La precariedad de la presencia española en las islas era tanta que, el 12 de julio de 1599, el gobernador de Filipinas, Francisco Tello, escribió un informe sobre la situación militar en la región, en el cual solicitaba el apoyo de España para el envío anual de tropas a Filipinas: primero, por la gran cantidad de enemigos; segundo, por la enorme distancia de las islas respecto de la Nueva España, y tercero por la debilidad de las fuerzas militares para controlar el archipiélago. El número de tropas declinaba en gran parte debido a la situación insalubre que afectaba a los soldados heridos, señala el gobernador, ello sumado a la gran cantidad de acciones realizadas con resultados muy variados, como la pacificación de Mindanao, la expedición de Cagayán, el mantenimiento del presidio (cuartel) en La Caldera y la nueva expedición a Camboya. Continúa el Gobernador:

Los hombres que quedan están completamente pobres, por lo que ruego a Su Majestad ordene al Virrey de la Nueva España atender este asunto con puntualidad. Este año (1599) sólo vinieron setenta hombres; no eran útiles y entre ellos había solamente tres arcabuceros. Se deben enviar mil arcabuceros, quinientos mosquetes con cuernos de pólvora, y quinientos sacos de balas y otros tantos morriones. Eso es lo que se necesita para ser distribuidos entre los hombres desarmados: y los que no se utilicen quedarán como reserva de la armería de Su Majestad.

El gobernador Tello expresaba de manera contundente el temor que agobiaba a los pocos habitantes de Manila -cuya población desde que fue fundada la ciudad ascendía a pocos centenares de almas-, quienes pasaban de ser colonos a la condición de ciudadanos-soldados.


Manila sobrevivía con precariedad 

La población de la capital experimentó en la década de 1590 a 1600 una ligera recuperación, gracias al auge comercial de las islas y por la inmigración de españoles que quedaban en las provincias. Se trataba de hombres viejos, de casi treinta y hasta cuarenta años de edad, con cicatrices de la guerra y de los amores: cojos, tuertos o sifilíticos. Las mujeres españolas, que desempeñarían un papel central en el comercio del galeón en los siglos siguientes, aparecerán décadas más tarde en el escenarios de la ciudad. En Madrid se dieron instrucciones para que el Virrey de la Nueva España enviara las armas y también las tropas y colonos solicitados por el Gobernador de Filipinas ¨tomando en cuenta los límites de gastos que tiene el factor de Su Majestad¨

El sentido práctico de los administradores coloniales de España y México les hacía comprender que era más redituable concentrar en la capital filipina el comercio de manufacturas y especias del sudeste de Asia para satisfacer la creciente demanda de tales productos en Europa y América.

Manila ofrecía la enorme ventaja de que en ella confluían las principales redes comerciales de Asia, con productos venidos desde la India, China, la actual Indonesia y la denominada Indochina. El comercio en la región fluía como los monzones que sacuden estos mares, y mantenía su propio ritmo tiempo antes de que llegaran los españoles a la región. Sin embargo, por importante que fuera el comercio aparecían dudas sobre mantener empresa tan colosal. De tanto en tanto, en la metrópoli, y sobre todo entre los comerciantes de la Península Ibérica -quienes veían con recelo las ganancias que se obtenían en la Nueva España- se expresaban opiniones en el sentido de que la distante colonia era una carga innecesaria para el erario.

El argumento contrario, que justificaba la acción colonial española en Asia, se centraba en dos propósitos políticos: contener la expansión islámica y propagar los principios del catolicismo militante (frente a la amenaza protestante representada por holandeses e ingleses). De esta forma, Filipinas se convirtió en una las de las fronteras entre las dos religiones que contendían con fuerza incontenible desde las costas de España hasta las puertas mismas de Viena.

En opinión de John. D. Phelan ¨frecuentemente se oscila entre el análisis cuantitativo del comercio, los fines políticos o los intereses religiosos para explicar la presencia española en las islas. La realidad es que la compleja administración colonial española tomó siempre en cuenta todos estos factores, con grave ponderación entre unos y otros¨.

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Emma Helen Blair y James Alexander Robertson, The Philippine Islands, 1493-1898, 55 vols. Cleveland,  vol. 1603-1609, pp 207-244. Military Affairs in the Islands, Informe del gobernador Francisco Tello.

Luis Merino. O.S.A. El Cabildo Secular: aspectos fundacionales y administrativos, vol. I, p.47. The intramuros Administration, Manila 1983.

John D. Phelan, Hispanization of the Philippines, Spanish aims and Filipinos responses 1565-1700, University of Wisconsin Press, 1959, capítulo primero. 
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