sábado, 28 de febrero de 2009

España y el mundo

Para el Rey Felipe II de España el Estado era una maquinaria que debía ser aceitada día con día. El monarca más poderoso de su época dedicaba más de 15 horas al día para leer y revisar textos que venían de todas partes del Imperio. Despachaba por igual cartas a todos los confines del mundo, de su mundo donde el sol no se ponía en el horizonte, de Europa a América y a la lejana Asia. Cartas, mensajes reservados, leyes y nombramientos, que en realidad eran cuidadosamente pergeñados por sus escribanos, para concluir con la famosa e imponente rúbrica YO EL REY.

La etiqueta y el protocolo impuesto por Felipe II dominaba la rutina lúgubre de su corte, aún cuando afuera de ella seguía corriendo el caudaloso rio de la vida picaresca y mundana de Quevedo y de Cervantes ¿Qué nos queda de ambos mundos? Textos, palabras e ideas dispares, muchas veces contrapuestas, porque gobernar es tambien tener dudas.

A finales del siglo XVI era dificil medir los limites de un imperio que se expandía, como el español, y pocos de sus súbditos podrían entender entonces que se hallaban en las fronteras de la historia y de la autoridad de un reino que no podría respaldarlos en sus sueños de conquista. No debería sorprendernos entonces que aquellos hombres, militares, comerciantes, misioneros, se proponían seria y razonadamente conquistar China y, para ese propósito, colonizar el sudeste de Asia con pobladores mexicanos. Lo que sorprende en realidad es la pasión de tales empresas conquistadoras y evangelizadoras, formuladas por hombres de Estado, por lo general religiosos de buena educación, que evaluaban en su momento acciones expansivas para concluir la tarea divina de evangelización del mundo en manos de España.

No obstante, la mentalidad de múltiples generaciones tanto en Europa como en América estuvo impregnada por la predilección popular española por los capítulos consecutivos de novelas de caballería. Hasta las mentes pías, como Santa Teresa, estaban interesadas en aquellas historias. Sin embargo lo que llama la atención ahora es la influencia práctica de las novelas caballerescas cuyas virtudes guerreras, el oro, el poder y sobre todo el honor, influyeron en los conquistadores españoles del siglo XVI y bien entrado el siglo XVII. Para resumir las cualidades de esa invención barroca baste decir: arrojo personal y búsqueda de lo maravilloso.

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