sábado, 26 de noviembre de 2016

Los buques suicidantes (1)

Una narración sobre las islas Filipinas, escrita probablemente por un religioso que vivió allá entre 1620 y 1640, ofrece abundantes detalles que además tienen cierta flema dramática. El texto es anónimo pero el cronista jesuita Pablo Pastells consideró que por el estilo del texto y la época podría tratarse del padre Diego Bobadilla. El texto, si algún amable lector lo reconoce, está en la biblioteca del Don Carlo del Pezzo, de la cual no tengo otra referencia.


Un segmento de ese escrito se dedica al viaje desde Manila hacia España, via México. Solamente cuento con el texto en inglés, traducido del español por Emma Blair y James Alexander Robertson (volumen XXIX), pero en esencia es asi:

"El viaje desde Manila a México dura cuatro, cinco, seis o incluso siete meses.  Se parte de Manila,  que queda en los treinta grados y medio, en el mes de julio y durante los vendabales. Se toma rumbo al norte hasta que se llega a los treinta y ocho o cuarenta grados. Los pilotos toman ese curso porque están seguros de encontrar vientos favorables; de otro modo se corre el riesgo de encontrar  mar calmo, que es más temido en los largo viajes que los vientos fuertes. 

Desde el momento en que se dejan las Filipinas hasta que se llega cerca de las costas de la Nueva España no se ve tierra, excepto una cadena de islas conocida como Ladrones, o la Zarpana (también conocida como Rota en Guam), que está a unas 300 leguas del Embocadero de las Filipinas. Los habitantes de esas islas son bárbaros y van casi desnudos. Cuando nuestras naves pasan por ahí, esas personas llevan pescado, arroz, y agua fresca, que cambian no por oro o plata sino por hierro, que valoran mucho, porque lo usan para hacer sus herramientas y para la construcción de sus pequeñas embarcaciones. 

Después de esas islas, la primera tierra a la vista es la isla de Cedros, muy cerca de la costa de México. El espacio abierto entre isla de ladrones y esta isla está sujeto a grandes tormentas, que son peligrosas sobre todo cerca de Japón, que se pasa sin embargo sin poder verlo. Durante todo el largo viaje, no hay día en que no se vean pájaros. Son aves que viven en el mar y también se pueden ver ballenas y marsopas.

En cuanto se acercan a la costa de América, a una distancia de sesenta, ochenta o cien leguas hay signos en el mar que indican que el barco está a esa distancia. Estos signos son largos carrizos traídos por los ríos de la Nueva España, que se juntan y forman una especie de balsa. En esos carrizos se pueden ver monos, que son otro signo de que se aproxima la costa. Cuando el piloto descubre esos signos, cambia inmediatamente de curso, y en lugar de seguir hacia el este, coloca la proa del barco hacia el sur, para evitar quedar atrapado en el mar o en un golfo, porque se vuelve difícil salir de ahi. Pero cuando se divisa la costa se sigue hasta ella para llegar al puerto de Acapulco, que está a dieciocho grados.

Acapulco es un buen puerto, que está protegido de los vientos, y protegido por un fuerte. Ahí  desembarcan los pasajeros y las mercancías, que son llevada por mulas hacia la Ciudad de México, que está a ochenta leguas de distancia. El camino es desértico y cubierto en parte por montañas. Se sufre por los mosquitos y por el calor extremo. 

Para llegar de México a España se va al puerto de Vera Cruz, un viaje de ochenta y cinco leguas. En la ruta se pasa por Los Angeles (Puebla) que tiene cerca de seis mil habitantes, y donde el Obispo tiene un salario de sesesenta mil escudos.

El arrecife y las rocas en la boca del puerto de Vera Cruz defienden la entrada mejor que la fortaleza que la dirige, aunque el fuerte es excelente. A ese puerto arriban las flotas de comercio de España, que traen vino, aceite de oliva, ropa, cera, canela, papel y otras mercancías europeas. Esas flotas pasaban antes el invierno aqui, pues antes llegaban en junio y se quedaban hasta el año siguiente en el mismo mes. Ahora llegan en el mes de mayo y regresan en el mes de agosto. Por regla toman tres meses para llegar a España. En cuanto a mi, tomó cien días en hacer ese viaje.  

Se toca el puerto de la Habana en Cuba, que es el mejor puerto de las Antillas (y que es muy seguro y defendido por tres fortalezas). Ahí llegan dos flotas de comercio, la de México y la de Tierra Firme, que unen sus galeones. Desde ahí, siguiendo a lo largo de la costa de Florida y de Nueva Francia, llegan al cabo de Finisterre o San Vicente, para tomar curso hacia Cadiz, que es el fin del viaje. 

Este también es el fin de esta relación, que he escrito obedeciendo a una personas a quien espero le haya sido agradable."


* ¿Por qué le puse el nombre de buques suicidantes a esta entrada? Los invito a la leer la segunda parte.



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