lunes, 30 de diciembre de 2013

Hospedería de San Jacinto

Con los mejores deseos para los lectores en el año 2014.

Decenas de jóvenes españoles impulsados por la fe religiosa recorrieron cada año el largo y accidentado camino entre Sevilla y Manila desde finales del siglo XVI y hasta el siglo XIX, cuando concluyó el tránsito directo entre México y Filipinas. Las dificultades del viaje, que podía durar entre ocho meses y en alguna ocasión hasta dos años, fueron un gran reto para varios misioneros que deseaban en principio llegar a las islas de Oriente. Queda pendiente investigar, en clave sicológica y social, el poderoso impulso que animaba a estos hombres; un valor que en la actualidad es difícil incluso imaginar si se compara con el interés pecuniario o de prestigio individual que estimula a las sociedades modernas. Detrás de las biografías de varios de aquellos misioneros, enterradas en archivos, debe estar una veta muy interesante de experiencias humanas y una psique tan particular que aún es necesario analizar. 

En aquel viaje sin retorno a la Nueva España y Filipinas, tras un recorrido en el Atlántico que podía variar de mes y medio, con buen tiempo, hasta seis meses (si se descuentan barcos hundidos o las enfermedades a bordo), se llegaba a Veracruz, y a lomo de mula o a pie se llegaba en cosa de otras semanas a Puebla y a la ciudad de México. 

Ya hemos mencionado aquí el hospicio agustino de Santo Tomás de Villanueva, que alojaba a los misioneros de esa orden y cuyo edificio engalana el costado norte de la Alameda Central. En esta ocasión hablaremos del hospicio de los dominicos, ubicado "en una casa que está extramuros de esta ciudad, en las huertas entre el convento de San Cosme y el pueblo de Tacuba, nombrada San Jacinto de Nuestra Señora de Guía, para que sirva de hospedaje a los religiosos que vienen por su cuenta para las dichas islas".  

La casa con huerta se encontraba a media legua de los confines de la ciudad del siglo XVI, junto a la actual calzada México-Tacuba, frente al Colegio Militar. 



El 29 de septiembre de 1582 llegaron a Veracruz los miembros de la Orden de los Predicadores destinados al Oriente, que en 1587 fundaron la Provincia del Santo Rosario de las Filipinas. "Tras unos días de descanso en Puebla, en donde algunos murieron, los religiosos se distribuyeron por los conventos de la Provincia de México, esperando la primavera del año siguiente para embarcarse en Acapulco". En ese período colaboraron con el trabajo misionero en México y seguramente aprendieron mucho para sus tareas en Filipinas.

Seis años más tarde, en 1598 fue adquirida la  nueva casa de tránsito, con las limosnas del rey y de otras personas caritativas. El padre Procurador Fr. Diego de Soria compró allí una casa y una huerta, para descanso y vida recogida de los frailes que iban a evangelizar China y Filipinas. Tomo aquí el texto de Fray Miguel A Medina, OP, con precisiones sobre el origen de esta casa:

"Las actas de 1621 la denominan: Domus St. Dominici de Mexico. Sin duda se trata de un error, y así parece deducirse de la corrección efectuada por el siguiente Capítulo. Pero el error tendrá como consecuencia la desaparición de la segunda parte: desde entonces será S. Jacinto de México. Esta es la denominación que aparece en los documentos de la Provincia, con la precisión geográfica de "extramuros de México". Algunos documentos se refieren a él con el nombre de San Jacinto de China y en otros, finalmente, se le conoce como San Jacinto de los filipinos, por referencia los frailes que él paraban.
"Los primeros en gozar de las ventajas de la nueva casa fueron los 35 componentes de la expedición conducida por FrayTomás Hernández en 1601."
"Normalmente las expediciones tenían que esperar en San Jacinto desde agosto-septiembre hasta mediados de febrero del año siguiente, fecha en que solía partir el galeón de Manila. El tiempo de estancia variaba, desde dos días como ocurrió a una expedición de 15 religiosos en 1790, a tener que estar esperando año y medio". Sin embargo se dio el caso de 32 religiosos que salieron de Sevilla en 1613 y llegaron a Manila hasta 1615.

La forma de vida

Un personaje fundamental que se hospedó en San Jacinto fue fray Domingo Fernández Navarrete, autor de una de las obras más interesantes y leídas sobre China, Tratados históricos, políticos, éthicos y religiosos de la Monarchia de China, que lo confrontó con los misioneros jesuitas en aquellas latitudes y en el Vaticano. Cuenta el misionero que llegó a México en 1646 junto con otros 27 dominicos y en esa casa "comenzamos luego a vivir conforme al estilo de nuestra Santa Provincia, sin más cama que dos mantas sobre unas tablas; dos horas de oración mental, coro, estudio y lo demás, que nuestro instituto conduce. Domingos y fiestas no faltaba sermón, ni confesores en la iglesia, ni conclusiones cada semana". 

La casa de los predicadores se sostenía con lo producido en las huertas, además de que los gastos de viaje y estancia de los misioneros en tránsito era costeado por las cajas reales. La disciplina religiosa y el ayuno en la solían coincidir con el tiempo de estancia de los viajeros que se hospedaban en San Jacinto.

Al igual que en otras órdenes misioneras, con el correr de los años, la disciplina se relajó y en varias ocasiones fue necesario obligar a los jóvenes que tenían por destino Manila, para que continuaran el viaje desde Acapulco. Mucho de ellos preferían quedarse en la Nueva España, de clima benigno y en condiciones privilegiadas. 

El fluir de noticias

La llegada de visitantes desde Europa y las cartas y relaciones desde Asia, colocan a este hospicio como un lugar de incesantes noticias sobre lo que acontecía en el mundo. Seguramente ahí fue discutido el tema de los métodos misioneros que seguían los jesuitas en China y Japón; los martirios a que fueron sometidos misioneros en aquellas lejanas tierras y otros tantos relatos de un mundo apenas conocido por los occidentales en esa época. De algún modo, la casa de San Jacinto a las afueras de la Ciudad de México se convertía en un espacio cosmopolita de su tiempo.

En Filipinas

Los dominicos llegaron al puerto de Cavite el 21 de julio de 1587. Cinco de ellos permanecieron en una casa que fue denominada Convento de Santo Domingo. Cuatro más se destinaron a Bataan y otros seis a Pangasinan. Esa orden se hizo cargo de Baybay, Binondo y el Parián, donde vivían los comerciantes chinos, la provincia de Pangasinan, algunos pueblos del norte de Tarlac, el valle de Cagayan, las actuales provincias de Cagayan, Isabela, y Nueva Viscaya, incluyendo las laderas de la Cordillera Central y el oeste de la Sierra Madre, las islas Babuyan y las de Batanes, con interrupciones.

Una de las tareas misioneras más importante desarrolladas por los dominicos fue la fundación de la Universidad de Santo Tomás, probablemente la más antigua de Asia. El primer obispo de Filipinas, Fray Domingo de Salazar, perteneció también a esa orden. Un éxito notable fue su dedicación al conocimiento de lenguas y dialectos que existían en el archipiélago filipino, como la primera doctrina cristiana, escrita en tagalog.
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Fr. Miguel A. Medina OP.  San Jacinto de México entre España y Filipinas, en Los Dominicos en el Nuevo Mundo, Siglos XIX-XX. Actas del V Congreso Internacional, Querétaro, Qro (México) 4-8 septiembre 1995. Editorial San Esteban, Salamanca, España, 1997, pp. 107-123.

Pablo Fernandez. History of the Church in the Philippines (1521-1898). Orientalia Dominicana-Philippines No.8, 1979, pp. 23-24.
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